Lucas 5:1-11
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Hermanos, ¿alguna vez han sentido ese choque entre la grandeza del llamado de Dios y la pequeñez de sus propias fuerzas? ¿Esa tensión entre el deseo de ver Su poder y el temor a lo que Él podría pedirnos, el temor a dejar nuestra zona de confort, nuestras redes familiares, nuestro sentido de control? ¡Creo que todos luchamos con eso!
La semana pasada vimos cómo Jesús, lleno de autoridad divina, fue rechazado en Nazaret por los que creían conocerlo, y admirado en Capernaum por multitudes asombradas con Su poder. Pero como decíamos, Jesús no busca admiradores cómodos que solo quieran beneficiarse de Sus milagros. ¡Él busca discípulos! Busca hombres y mujeres que, al encontrarse con Él, sean transformados radicalmente y se unan a Su misión.
Y eso es precisamente lo que veremos hoy en Lucas, capítulo 5, versículos 1 al 11. Seremos testigos de un encuentro que lo cambia todo. Veremos cómo Jesús irrumpe en la rutina y el fracaso de unos pescadores cansados, y cómo ese encuentro los lleva por un camino asombroso, un camino que he titulado: "De la Indignidad a la Misión: El Llamado Transformador de Jesús". Porque descubriremos juntos esta mañana que un encuentro con la autoridad santa de Jesús expone nuestra profunda indignidad pecadora, pero Su llamado lleno de gracia no nos rechaza, sino que nos transforma radicalmente de seguidores temerosos a discípulos comisionados para Su misión.
Así que acompáñenme a seguir los pasos de Simón Pedro en esta transformación divina: veremos cómo la Palabra de Cristo primero desafía nuestra experiencia humana; cómo Su poder milagroso luego revela nuestra indignidadpecadora; cómo Su gracia asombrosa transforma nuestro temor en misión redentora; y finalmente, cómo Su llamado soberano demanda una entrega radical. Abran sus Biblias y sus corazones, porque lo que Jesús hizo con Pedro en esa barca, ¡quiere hacerlo también con nosotros hoy!
I. La Palabra de Cristo Desafía Nuestra Experiencia (vv. 1-5)
Hermanos, después de ver la autoridad de Jesús en Capernaum –autoridad en Su enseñanza, sobre los demonios, sobre la enfermedad, autoridad que lo impulsaba a seguir predicando el Reino–, Lucas nos lleva a la orilla del lago de Genesaret. ¿Y qué encontramos? ¡Una multitud! Una multitud que, dice Lucas, "se agolpaba sobre Él para oír la palabra de Dios" (v. 1). No buscaban solo milagros, aunque los habían visto; venían atraídos por Su Palabra. Porque como vimos la semana pasada, Jesús enseñaba con una autoridad que estremecía, ¡la autoridad de Dios mismo! (Reflejo de Confesiones Reformadas: La Palabra es central, necesaria, poderosa).
En medio de esa multitud ansiosa, Jesús ve dos barcas. Y allí están los pescadores, entre ellos Simón, ¿haciendo qué? ¡Lavando sus redes! (v. 2). Hermanos, ¿entienden la escena? Están limpiando las redes después de una noche entera de trabajo infructuoso. El versículo 5 nos lo confirma: "Maestro, hemos trabajado toda la noche y no hemos pescado nada". ¡Nada! Están cansados, frustrados, oliendo a pescado sin tener pescado que vender. Están en medio de la rutina, del fracaso, de la limitación humana. Y es allí, en medio de su faena diaria y su decepción, donde Jesús decide actuar. Sube a la barca de Simón, le pide que la aleje un poco, y desde allí, ¡enseña la Palabra de Dios a la multitud! (Estilo: Escena vívida, énfasis en la situación humana). ¡Jesús entra en nuestra cotidianidad, en nuestro lugar de trabajo, incluso en nuestro fracaso, para hablarnos Su Palabra!
Pero la cosa no termina ahí. Una vez que termina de enseñar a la multitud, Jesús se vuelve a Simón. Y aquí viene el desafío. Le da una orden que va totalmente en contra de toda lógica y experiencia pesquera: "Sal a la parte más profunda (eis to bathos) y echen sus redes para pescar" (v. 4). Hermanos, ¡pensemos en esto! ¿Pescar en lo profundo? ¿A plena luz del día? ¡Cualquier pescador de Galilea sabía que eso era absurdo! (Contexto Cultural: Pesca). Los peces se pescaban de noche, en aguas menos profundas. Jesús le está pidiendo que haga exactamente lo contrario a lo que dicta su experiencia profesional. Es una orden que parece destinada al fracaso. ¿No nos pide a veces el Señor cosas así? ¿Cosas que desafían nuestra lógica, nuestra comodidad, nuestro "así es como siempre se ha hecho"?
Escuchen la respuesta de Simón Pedro en el versículo 5. Es una mezcla de respeto, duda y una chispa de fe naciente. Dice: "Maestro...". Usa la palabra Epistata, un título de respeto, reconociendo la autoridad de Jesús que ya había visto (¡había sanado a su suegra!). (Griego: Epistata - Nolland). Luego, expone la cruda realidad, la voz de la experiencia humana: "...hemos trabajado toda la noche y no hemos pescado nada...". Suena razonable, ¿verdad? "¿Para qué intentarlo de nuevo, y encima de la manera equivocada?".
Pero aquí, hermanos, viene el momento crucial. La bisagra sobre la cual gira todo. A pesar de la lógica, del cansancio, del fracaso previo, Simón añade: "pero porque Tú lo dices" – literalmente, "epi tō rēmati sou", "sobre tu palabra", "basado en tu palabra" – "echaré las redes". ¡Qué declaración! No dice "porque tiene sentido", ni "porque creo que funcionará", sino simplemente "porque TÚ lo dices". (Griego: epi tō rēmati sou - Edwards, Nolland). Es la fe respondiendo a la Palabra autoritativa de Cristo, por encima de la experiencia y la razón. Es el primer paso indispensable en el camino del discipulado. (Teología Bíblica/Reformada: Fe que obedece la Palabra por encima de todo). ¿Recuerdan a Israel en el desierto? Escucharon la voz de Dios, vieron Sus maravillas, ¡pero murieron por incredulidad! No quisieron obedecer Su Palabra. Simón aquí, aunque vacilante, da un paso que Israel falló en dar.
Y la pregunta para nosotros hoy es directa, hermanos: ¿Dónde nos está llamando Cristo a obedecer Su Palabra, aunque vaya en contra de nuestra experiencia, nuestro cansancio, nuestra lógica humana? ¿En nuestro matrimonio? ¿En cómo criamos a nuestros hijos? ¿En nuestra integridad en el trabajo? ¿En perdonar a quien nos ofendió? ¿En usar nuestros recursos para Su Reino? ¿En compartir nuestra fe aunque nos dé temor? Muchas veces nos quedamos lavando las redes vacías de nuestra propia experiencia y fracaso porque no nos atrevemos a obedecer Su mandato de "echar la red" donde Él dice y como Él dice. Queremos ver Su poder, pero ¿estamos dispuestos a dar ese primer paso de obediencia radical, diciendo como Simón: "Señor, no entiendo, estoy cansado, parece inútil... pero porque Tú lo dices, lo haré"? Porque hermanos, es precisamente esta obediencia a Su Palabra desafiante la que abre la puerta a experimentar Su poder transformador que revela nuestra verdadera condición.
¡Continuemos! Ahora desarrollaremos el Punto II del bosquejo, enfocándonos en cómo el poder milagroso de Jesús revela la profunda indignidad de Pedro, y cómo esto se conecta con nuestra propia experiencia ante Dios.
II. El Poder de Cristo Revela Nuestra Indignidad (vv. 6-9)
Hermanos, vimos a Simón Pedro dar ese paso crucial de fe: obedecer la Palabra de Jesús por encima de su propia experiencia fallida. ¿Y cuál fue el resultado? ¡Lean conmigo los versículos 6 y 7! "Cuando lo hicieron, encerraron una gran cantidad de peces, de modo que sus redes se rompían; entonces hicieron señas a sus compañeros que estaban en la otra barca para que vinieran a ayudarlos. Y vinieron y llenaron ambas barcas, de tal manera 1 que casi se hundían".
¡Imaginen la escena! Después de una noche entera de frustración, ¡ahora las redes están a punto de reventar! ¡Necesitan ayuda! ¡Las dos barcas están tan llenas que el agua empieza a entrar! Esto no es una buena racha de pesca, hermanos. Esto es un poder sobrenatural desatado. Es el Creador del universo, Aquel que le dijo al mar "hasta aquí llegarás", demostrando Su señorío absoluto sobre Su creación. (Teología Histórica: Divinidad y Señorío de Cristo - Confesiones, Sproul). Es el contraste absoluto entre la futilidad del esfuerzo humano y la sobreabundancia ilimitada del poder divino actuando por Su Palabra.
Pero, hermanos, lo más impactante no son los peces. Lo más impactante es la reacción de Simón Pedro en el versículo 8. Ante esta demostración de poder divino, ¿qué hace Pedro? ¿Grita de alegría por la ganancia? ¿Empieza a calcular cuánto dinero va a sacar? ¡No! Dice Lucas: "Al ver esto, Simón Pedro cayó a los pies de Jesús". Es un acto de postración, de adoración, de reconocimiento de quién está realmente en esa barca con él.
Y escuchen las palabras que salen de su boca: "¡Apártate de mí, Señor, pues soy hombre pecador!". ¡Atención a esto! Ya no lo llama "Maestro" (Epistata) como en el versículo 5. Ahora lo llama "Señor" – ¡Kurios! (Griego: Kurios - Nolland, Edwards). En este contexto, frente a este poder milagroso, Pedro está reconociendo la divinidad de Jesús. Está ante la presencia de Dios mismo.
Y esa presencia santa, hermanos, ¿qué produce en él? ¡Una conciencia aplastante de su propia indignidad! "Soy hombre pecador" (anēr hamartōlos). (Griego: hamartōlos). No dice "cometí algunos errores", no dice "no soy perfecto". Dice "¡Soy pecador!". Es el grito del alma que se ve a sí misma a la luz de la santidad absoluta de Dios. Es exactamente la misma reacción que tuvo el profeta Isaías siglos antes, cuando vio la gloria del Señor en el templo y exclamó: "¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios... ¡han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos!" (Isaías 6:5). (Teología Bíblica: Paralelo con Isaías 6 - Edwards). Pedro está teniendo su propio "Isaías 6" en una barca de pesca. El poder de Jesús le revela Su santidad, y Su santidad expone la profundidad de su propio pecado. (Teología Histórica: Santidad de Dios, Depravación Humana - Sproul, Confesiones).
Por eso dice: "Apártate de mí...". ¡Qué paradoja! Anhela estar cerca del poder que acaba de ver, pero siente que la santidad de ese poder es peligrosa, ¡insoportable para un pecador! Es el reconocimiento instintivo de que el pecado nos separa de Dios. Es el corazón mismo de nuestra condición caída (FCF): nuestra pecaminosidad nos hace sentir indignos y temerosos ante la santidad de Dios. (Teología Sistemática/Chapell: FCF).
Hermanos, detengámonos aquí un momento. ¿Cómo reaccionamos nosotros cuando la Palabra de Dios, Su providencia, o la convicción del Espíritu Santo nos confrontan con Su santidad y nuestra propia miseria pecadora? ¿Respondemos con la honestidad cruda de Pedro: "Señor, soy pecador, soy indigno"? ¿O buscamos excusas? ¿Nos comparamos con otros para sentirnos mejor? ¿Intentamos esconder nuestro pecado o minimizarlo? (Aplicación - Hughes, Ryken). Como vimos la semana pasada, la gente en Capernaum se admiraba, se estremecía, ¡pero Jesús les advirtió sobre el juicio! La mera emoción no salva. Un encuentro genuino con el Cristo vivo y santo siempre, tarde o temprano, nos llevará a la misma conclusión que Pedro: "Soy pecador". (Aplicación - Beeke).
Pero ¡atención! Esta conciencia de pecado, esta confesión de indignidad, no es el final de la historia. No es para hundirnos en la desesperación. ¡Es absolutamente necesaria! Es el suelo duro y rocoso de nuestra autosuficiencia que tiene que ser quebrantado para que la semilla de la gracia de Dios pueda germinar. Es reconocer nuestra enfermedad para poder recibir al Médico divino. Es admitir nuestra bancarrota espiritual para poder aceptar la riqueza inmerecida que Cristo ofrece. (Aplicación - Chapell: FCF prepara para la Solución Redentora). Solo cuando vemos nuestra verdadera condición a la luz de Su santidad, estamos listos para escuchar y recibir la asombrosa respuesta de gracia que Jesús está a punto de dar.
III. La Gracia de Cristo Transforma Nuestro Temor en Misión (v. 10)
Hermanos, nos quedamos con Pedro postrado a los pies de Jesús, abrumado por la santidad que ha presenciado, confesando su condición: "¡Apártate de mí, Señor, soy pecador!". ¿Qué esperaríamos que sucediera? ¿Un reproche? ¿Distancia? ¿Confirmación de su indignidad? Pedro mismo pide distancia. Él siente que la brecha entre su pecado y la santidad de Jesús es insalvable.
¡Pero miren la respuesta de Jesús en el versículo 10! Es radicalmente diferente. Es pura gracia. Lo primero que Jesús le dice es: "No temas". ¡Qué palabras! No son solo palabras para calmar un susto. Hermanos, esta es la voz de la gracia divina hablando directamente al corazón del pecador aterrado y convicto. Es la misma palabra que los ángeles usaron con Zacarías, con María, con los pastores (Lucas 1 y 2). Es la palabra de Dios que disipa el temor que produce Su santidad, no ignorando el pecado, sino superándolo con Su misericordia. (Comentaristas: Edwards, Nolland sobre "No temas"). Jesús no acepta la petición de Pedro de apartarse. ¡No! ¡Él cierra la brecha! Él toma la iniciativa para asegurar al pecador arrepentido.
Y justo después de asegurarle con Su gracia, Jesús hace algo aún más asombroso: ¡le da una nueva identidad y una nueva misión! Le dice a Simón: "desde ahora serás pescador de hombres". Detengámonos en esa frase. La palabra griega usada aquí para "pescador" o "capturar" es zōgrōn, que significa "capturar vivo". (Griego: zōgrōn - Nolland, Edwards). ¡No es pescar para matar, como se hace con los peces! Es una misión de rescate, de salvación, de sacar a las personas vivas del mar peligroso del pecado y la muerte, y traerlas a la seguridad y la vida del Reino de Dios. (Teología Bíblica: Misión como rescate - Nuevo Éxodo).
¡Observen la maravilla de la gracia aquí! Jesús toma la profesión de Pedro, sus habilidades, su experiencia como pescador, y no las desecha, sino que las redime, las eleva, les da un propósito infinitamente más alto: participar en la obra redentora de Dios. Hermanos, ¡esto es lo que Cristo hace! Él no nos llama porque seamos buenos o capaces por nosotros mismos. ¡Nos llama a pesar de nuestra indignidad confesa! ¡Nos llama precisamente en nuestra debilidad! Es la gracia soberana de Dios en acción, lo que la teología reformada llama el Llamamiento Eficaz: Dios no solo invita, Él llama de una manera que transforma el corazón, vence el temor, perdona el pecado y capacita para la obediencia y la misión. (Teología Histórica: Gracia Soberana, Llamamiento Eficaz - Confesiones, Sproul). Como diría Bavinck, es Cristo mismo, por Su Palabra y Espíritu, fundando Su Iglesia al llamar a pecadores como Pedro para ser sus apóstoles.
Y aquí está la aplicación directa para cada uno de nosotros, hermanos: ¿Qué temores te paralizan? ¿Qué sentimientos de indignidad te susurran al oído: "Tú no puedes servir a Dios", "Dios no podría usarte a ti", "Apártate, eres demasiado pecador"? ¡Escucha la voz de Cristo hoy sobre esos temores! Él te dice: "No temas". Su gracia es más grande que tu pecado. Su llamado no depende de tu capacidad, sino de Su poder soberano. (Aplicación - Ryken, Hughes sobre gracia al indigno). Él quiere tomar tus dones, tus experiencias –sí, ¡incluso tus fracasos pasados!– y redimirlos para Su propósito glorioso.
La gracia de Cristo no es solo un perdón pasivo que nos deja donde estábamos. ¡Es un poder activo que nos transforma y nos comisiona! Nos saca del temor paralizante y nos impulsa hacia la misión. ¿Cuál es esa misión que Él te está llamando a abrazar hoy, confiando no en tus fuerzas, sino en Su gracia que te capacita? Él nos llama a todos, de diferentes maneras, a ser "pescadores de hombres", a participar en Su obra de rescate. La misma gracia que nos salvó es la gracia que nos envía.
IV. El Llamado de Cristo Demanda una Entrega Radical (v. 11)
Hemos visto, hermanos, el viaje asombroso de Simón Pedro y sus compañeros. Vieron la Palabra de Jesús desafiar su experiencia, sintieron el poder de Jesús revelar su profunda indignidad, y escucharon la voz de gracia de Jesús transformar su temor en una nueva y gloriosa misión. ¿Y ahora qué? ¿Cuál es la respuesta a un encuentro tan radical con el Dios vivo? ¿Se quedan calculando las ganancias de la pesca milagrosa? ¿Le dicen a Jesús: "Gracias por la ayuda, Señor, ahora volvemos a nuestro negocio"? ¡Escuchen la respuesta en el versículo 11! Es breve, pero demoledora:
"Y después de traer las barcas a tierra, dejándolo todo, lo siguieron".
¡Detengámonos aquí! "Dejándolo todo" – aphentes panta. Hermanos, no minimicemos lo que esto significa. Recordando el contexto de la pesca: ¡Acababan de tener la captura más grande de sus vidas! ¡Dos barcas a punto de hundirse por la bendición sobrenatural! Tenían frente a ellos una fortuna, seguridad económica, el reconocimiento de sus colegas. ¡Pero le dieron la espalda! (Contexto Cultural/Exegético). Dejaron las redes repletas, las barcas que eran su sustento, su negocio familiar, su identidad como pescadores. ¡Lo dejaron todo! Esto, hermanos, es el costo del discipulado que Lucas nos presenta una y otra vez. (Tema Lukan - Edwards, Nolland). Seguir a Jesús no es añadir un "extra" religioso a nuestra vida; es una reordenación radical de todas nuestras prioridades.
Y dice que "lo siguieron" (ēkolouthēsan autō). No solo caminaron detrás de Él ese día. Se convirtieron en Sus discípulos, se sometieron a Su señorío, se unieron a Su misión itinerante, dejaron que Él definiera el rumbo de sus vidas a partir de ese momento. Esta es la respuesta lógica y necesaria al llamamiento eficaz que recibieron por gracia en el versículo 10. (Teología Histórica: Respuesta al Llamamiento Eficaz). La fe verdadera, esa fe que justifica por gracia, es una fe que obra, que obedece, que sigue al Maestro cueste lo que cueste. (Teología Histórica: Fe y Obras/Santificación - Confesiones).
¡Qué contraste, hermanos, con la reacción de la gente en Capernaum que vimos la semana pasada! Ellos admiraban a Jesús, se maravillaban, ¡incluso intentaron retenerlo para que siguiera sanándolos y beneficiándolos! (Lucas 4:42). Querían los beneficios de Jesús sin el costo de seguirlo. Pero Jesús no busca admiradores cómodos; Él busca discípulos comprometidos. (Contraste con sermón anterior/Lucas 4). Pedro, Santiago y Juan pasaron de la admiración al asombro, del asombro a la convicción de pecado, de la convicción a la recepción de la gracia, y de la gracia ¡a la entrega total! Este es el camino del verdadero discipulado: de la indignidad a la misión. (Conexión Título/Big Idea).
Y la pregunta penetrante para nosotros hoy es: ¿Qué significa para ti y para mí "dejarlo todo" para seguir a Jesús? Quizás no signifique dejar literalmente nuestro trabajo o nuestra casa. Pero siempre significa destronar cualquier cosa en nuestra vida que compita con el señorío absoluto de Cristo. ¿Cuáles son nuestras "redes", nuestras "barcas"? ¿Es nuestra comodidad? ¿Nuestra seguridad financiera? ¿Nuestra reputación? ¿Nuestros planes personales? ¿Relaciones incorrectas? ¿Pecados acariciados? ¿El amor al mundo? (Aplicación - Ryken, Hughes). Jesús demanda el primer lugar. Él lo merece todo.
Hermanos, esta entrega radical no es una carga pesada que Dios nos impone para ganarnos Su favor. ¡No! Es la respuesta gozosa, aunque costosa, de un corazón que ha probado la gracia asombrosa de Cristo (Punto III), que ha sido liberado del temor y la indignidad (Punto II), y que ha sido llamado a una misión gloriosa. Es como encontrar la Perla de Gran Precio y vender todo lo demás con alegría para obtenerla. (Aplicación - Beeke: Respuesta experiencial a la gracia).
¿Somos nosotros meros admiradores de Jesús, que venimos el domingo a emocionarnos un poco, a buscar algún beneficio, pero luego volvemos a nuestras vidas sin cambios radicales? ¿O somos verdaderos seguidores, discípulos que hemos "traído la barca a tierra" y hemos decidido, por Su gracia, dejar todo lo que estorba para seguirle a Él en Su misión? El llamado de Cristo demanda una respuesta. Y esa respuesta es ahora.
Conclusión Revisada:
Hermanos, hemos viajado hoy con Simón Pedro y sus compañeros, desde la orilla de la frustración hasta el umbral de una nueva vida. Hemos visto cómo la Palabra autoritativa de Jesús desafió su experiencia y los llamó a una obediencia que parecía ilógica. Hemos sentido, junto con Pedro, el impacto aplastante del poder santo de Jesús que expone nuestra profunda indignidad pecadora – ¡"Apártate de mí, Señor, soy pecador!" Pero ¡alabado sea Dios!, no nos quedamos allí, aplastados por nuestro pecado y temor. Escuchamos la voz de gracia incomparable de Jesús diciendo "No temas", transformando esa indignidad reconocida y ese temor paralizante en una misión gloriosa: ¡ser pescadores de hombres, rescatadores de almas para Su Reino! Y finalmente, vimos la única respuesta coherente, la única respuesta digna a tal encuentro con la Majestad y la Misericordia: la entrega radical, el "dejarlo todo" para seguir al Rey.
Ese, hermanos, es el camino del Evangelio: De la Indignidad a la Misión, un camino hecho posible únicamente por El Llamado Transformador de Jesús. No es un camino fácil, no es un llamado a la comodidad que tanto anhelamos. Es un llamado a morir a nosotros mismos para vivir para Él. Es el paso decisivo de ser meros espectadores que admiran desde la orilla, a ser discípulos comprometidos que han dejado las redes de su antigua vida y siguen al Maestro mar adentro, hacia Su propósito redentor en este mundo.
Así que la pregunta final es ineludible y personal para cada uno aquí: ¿Dónde estás tú en este camino? ¿Sigues confiando en tus redes vacías, en tu propia experiencia y sabiduría, resistiéndote a la Palabra desafiante de Cristo? ¿Has experimentado realmente ese encuentro con Su santidad que te lleva a clamar desde lo profundo "Soy pecador", o sigues cómodo con una religiosidad superficial que nunca te ha quebrantado? ¿Has escuchado Su voz de gracia resonando sobre tu temor y tu indignidad, asegurándote "No temas", y has abrazado con fe la misión específica que Él te ha dado, por pequeña o grande que parezca? ¿O estás todavía aferrado a tus "barcas" – tu seguridad, tu comodidad, tus planes, tus ídolos – negociando los términos de tu seguimiento?
Hermanos, ¡no podemos salir de aquí iguales! El mismo Jesús que llamó a Pedro con autoridad y gracia te está llamando hoy. Te llama a salir de tu fracaso autoinfligido, a confesar tu indignidad ante Su santidad, a recibir Su gracia abundante y perdonadora, y a seguirle radicalmente en la misión de "pescar hombres vivos" para Su Reino eterno. ¿Qué vas a dejar hoy en la orilla para seguirle sin reservas? ¿Qué paso concreto de obediencia vas a dar esta semana como respuesta a Su llamado?
Que el Señor, por Su Espíritu Santo, tome Su Palabra poderosa y la selle en nuestros corazones. Que nos dé la fe de Pedro para obedecer Su voz aun cuando no entendamos, la humildad para confesar nuestra profunda necesidad de Él, la gratitud inmensa para recibir Su gracia que nos levanta, y el coraje sobrenatural para dejarlo todo y seguirle. Que esta iglesia no sea un club de admiradores pasivos, sino un ejército de discípulos activos y apasionados, avanzando con nuestro Rey en Su misión gloriosa hasta que Él vuelva.
(Proceder a la oración final, enfocada en la confesión, la recepción de la gracia, y el compromiso con la misión y el seguimiento radical).
