Lucas 5:1–11 Llamados por Gracia: El llamado transformador de Cristo
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Introducción
Introducción
Vivimos en tiempos donde el llamado radical de Cristo ha sido suavizado, diluido y moldeado al gusto de una cultura centrada en el yo. Hoy, no es raro escuchar que el evangelio es promovido como:
Una herramienta para “mejorar tu vida”,
“invitar a Jesús a tu corazón”
“descubrir tu propósito personal”.
Pero, hermanos: ese no es el evangelio de Cristo.
Ese no fue el mensaje que transformó el mundo en el primer siglo, y no es el llamado del verdadero discipulado bíblico.
El Señor Jesús nunca prometió comodidad ni realización personal en términos humanos. Él no vino a ayudarnos a cumplir nuestros sueños, sino a llamarnos a morir a nosotros mismos. Su invitación fue:
“Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame.”
Seguirle implica rendirlo todo: nuestros planes, nuestras prioridades, nuestros recursos, nuestro orgullo, nuestra seguridad…
Seguir a Cristo no es una mejora superficial.
No es una autopromoción espiritual.
Es una rendición total ante Su majestad soberana.
Y lo más sorprendente es cómo comienza esa rendición. No con una decisión emocional ni con una búsqueda mística, sino cuando Cristo irrumpe con autoridad en lo cotidiano, en medio de nuestras rutinas gastadas, en nuestros fracasos comunes. Él nos confronta con Su verdad, nos quebranta con Su santidad… y con gracia irresistible, nos llama a seguirle.
Eso es exactamente lo que encontramos en Lucas 5:1–11.
Pedro no estaba en un retiro espiritual. No estaba en ayuno ni buscando una experiencia divina. Estaba lavando redes vacías, luego de una noche entera de esfuerzo inútil. Frustrado, cansado, desanimado. Y fue precisamente ahí, en ese lugar ordinario de fracaso, donde Cristo se subió a su barca… y todo cambió.
Tal vez tú también llegaste hoy con redes vacías.
Tal vez vienes cansado por lo que no ha funcionado.
Cargando frustraciones, dudas, y una fe debilitada por la rutina.
Pero, hermano, hermana: si Cristo se sube a tu barca hoy, nada puede seguir igual. Porque cuando Él habla, Su Palabra confronta, transforma y comisiona.
Y cuando Él llama, no nos invita a un cristianismo cómodo, sino a una vida rendida al Reino.
Hermanos, el texto que vamos a leer no es solo la historia del llamado de Pedro.
Es el patrón del llamado de Cristo a todo discípulo.
Es el llamado del Señor para ti. Hoy. Aquí. Ahora.
Y es urgente. Porque cuando Cristo sube a tu barca, no lo hace como un pasajero opcional…
Él viene a tomar el timón.
No te deja igual.
Y tampoco te deja en la orilla.
Así que abramos la Palabra con reverencia y expectativa, y escuchemos la voz de Aquel que aún hoy llama a seguirle con entrega total.
Vamos a leer juntos Lucas 5:1–11….
En este pasaje veremos cuatro acciones poderosas del Señor Jesús que no solo revelan Su autoridad, sino que transforman a un pecador en siervo del Reino: Él enseña con autoridad, actúa con poder, quebranta con santidad… y comisiona con gracia.
Veamos como…
I. Cristo enseña con autoridad (vv. 1–5)
I. Cristo enseña con autoridad (vv. 1–5)
Su Palabra confronta nuestra lógica y demanda fe
La semana pasada vimos cómo Jesús, en la sinagoga de Capernaum, enseñaba con autoridad, reprendía demonios con Su palabra, y sanaba con un solo mandato.
Hoy, Lucas nos traslada a un escenario distinto: las orillas del lago de Genesaret. Y lo primero que notamos es que la gente se amontonaba sobre Él, presionándole para oír la Palabra de Dios (v. 1). ¡Qué escena tan impactante! No están allí por un espectáculo, ni por pan ni milagros. Están hambrientos por escuchar la voz de Aquel que habla como nadie ha hablado: con la autoridad misma de Dios:
El versículo 1 dice claramente: «Aconteció que estando Jesús junto al lago de Genesaret, el gentío se agolpaba sobre él para oír la palabra de Dios.»
Las multitudes habían visto milagros, pero ahora estaban desesperadas por escuchar algo aún más poderoso: la Palabra viva de Dios predicada por Cristo. Porque cuando Jesús enseña, no es meramente un hombre quien habla; es Dios mismo revelando Su voluntad y Su Reino a Su pueblo.
La Confesión de Fe de Westminster dice que la Palabra de Dios escrita y predicada es el medio por el cual Dios revela eficazmente Su verdad, produciendo fe verdadera en el corazón de quienes la escuchan (CFW 1.6; 14.1)
Mientras la multitud presiona y se esfuerza por acercarse a Él, Jesús dirige a dos barcas vacías en la orilla, mientras unos pescadores cansados lavan redes tras una larga noche sin resultado alguno. Es justo allí, en medio del cansancio, en medio de la frustración, en medio del desánimo, donde Cristo interviene.
Él no pide permiso para entrar en nuestras vidas ordinarias; Su autoridad soberana no necesita nuestro consentimiento. Él simplemente sube a la barca de Pedro y convierte esa humilde embarcación, ese espacio común de trabajo y frustración, en un púlpito santo desde donde predica la Palabra de vida.
Al terminar de predicar desde la barca, Jesus se vuelve directamente hacia Pedro con una orden totalmente inesperada y desconcertante:
Al terminar de hablar, dijo a Simón: «Sal a la parte más profunda y echen sus redes para pescar».
Pescar en el lago de Genesaret o de Galilea, se hacía siempre por la noche. Las redes de arrastre eran visibles para los peces durante el día, y estos peces tendían a permanecer en aguas más profundas bajo la luz del sol.
Pedro, un pescador experimentado, sabía perfectamente que lo que Jesús estaba pidiendo era técnicamente absurdo. No tenía ningún sentido profesional o práctico. Pedro había estado pescando toda la noche y no había atrapado absolutamente nada. ¿Qué sentido tenía volver a intentarlo ahora?
Pero notemos la respuesta humilde de Pedro… Lucas 5:5
Simón le contestó: «Maestro, hemos estado trabajando toda la noche y no hemos pescado nada, pero porque Tú lo pides, echaré las redes»
Su lógica humana le decía: «No tiene sentido intentarlo ahora».
La experiencia personal decía: «Ya lo intenté y fracasé».
Pero la fe verdadera responde humildemente: «Tú lo has dicho, y eso basta para mí».
La palabra griega literalmente dice: «sobre tu palabra, descansando en tu palabra echare la red».
El ya había visto a Jesus reprender a los demonios y sanar a su suegra. Así que reconoce que la autoridad de su MAESTRO es mayor que cualquier experiencia humana.
Es la misma fe humilde y sencilla que caracteriza a todos los discípulos del Señor: obediencia basada únicamente en la autoridad y fiabilidad de Su Palabra.
La fe no exige explicaciones ni garantías de éxito.
La fe simplemente reconoce la autoridad de quien habla, y obedece.
Este principio no es nuevo. Lo vimos en Naamán, el comandante sirio que esperaba algo espectacular y fue humillado al recibir una orden aparentemente sencilla: «Ve y lávate siete veces en el Jordán». Naamán, inicialmente indignado por el absurdo aparente, al final encontró sanidad no por haber hecho algo heroico, sino simplemente porque obedeció humildemente a la Palabra del profeta de Dios (2 Reyes 5:10–14).
Pedro aprenderá lo mismo aquí:
Que la obediencia precede al milagro.
Que el discipulado no comienza en grandes actos visibles, sino en pequeñas obediencias cotidianas.
Que el llamado a seguir a Cristo comienza cuando Su Palabra invade nuestra vida diaria y cotidiana, y nos llama a confiar y obedecer, aun cuando parezca absurdo o imposible para nosotros.
Aplicación:
Aplicación:
¿Estás escuchando hoy la voz del Señor con la misma disposición humilde que Pedro?
¿O acaso te encuentras como los muchos en Nazaret que simplemente se admiraron de Sus palabras, pero jamás le obedecieron?
Tal vez hoy estás cansado, agotado, desanimado en alguna área de tu vida. Tal vez has estado lanzando redes por mucho tiempo en tu matrimonio, tu trabajo, tu lucha contra el pecado, y solo encuentras frustración tras frustración. Y hoy Cristo mismo te dice claramente:
«Vuelve a lanzar la red. No porque ahora parezca más lógico. No porque tengas alguna garantía humana. Sino simplemente porque Yo lo digo.»
Hermanos, Cristo sigue hablando hoy con la misma autoridad. Y cuando Él habla, no lo hace solo para informarnos o inspirarnos emocionalmente, sino para transformarnos profundamente desde adentro hacia afuera.
Él toma lo cotidiano… y lo vuelve un escenario para manifestar su gloria.
Por eso la pregunta para ti esta mañana no es si entiendes todo lo que Cristo está haciendo en tu vida, sino esta: ¿Estás dispuesto a obedecer Su voz solo porque Él lo dice? Cuando Cristo viene a tu vida y habla, solo una respuesta es apropiada: «Señor, en tu palabra lo haré»
Ahora, hermanos, consideremos cómo Cristo no solo habla con autoridad, sino que también:
II. Cristo actúa con poder (vv. 6–7)
II. Cristo actúa con poder (vv. 6–7)
Su poder soberano se manifiesta sobre la creación
Pedro obedece la orden del Señor, y probablemente ni siquiera espera resultados diferentes. Lo hace simplemente porque quien habla es Cristo, y Su autoridad es suficiente razón para obedecer. Y que paso:
Cuando lo hicieron, encerraron una gran cantidad de peces, de modo que sus redes se rompían. Entonces hicieron señas a sus compañeros que estaban en la otra barca para que vinieran a ayudarlos. Y vinieron y llenaron ambas barcas, de tal manera que se hundían.
Hermanos, esto no fue suerte o una coincidencia providencial; Ni siquiera un milagro para impresionar o proveer para una necesidad de estos pescadores. Este acto es una revelación contundente del poder soberano de Cristo sobre toda la creación.
Jesús manifiesta claramente Su autoridad divina sobre el mar y todo lo que hay en él.
Noten como Lucas resalta intencionalmente la abundancia milagrosa con estas palabras: «gran cantidad de peces», «su red se rompía», «llenaron ambas barcas», «se hundían».
El quiere que entendamos que cuando cuando el Señor ejerce Su poder, lo hace con una generosidad que supera todas las expectativas humanas. No es un poder limitado, sino una manifestación extraordinaria de Su gloria como Señor y Creador.
Jesús: no es solo un rabino sabio, ni simplemente un profeta carismático. Es el Señor el creador que hablo desde el principio:
Entonces dijo Dios: «Llénense las aguas de multitudes de seres vivientes, y vuelen las aves sobre la tierra en la abierta expansión de los cielos» Y Dios creó los grandes monstruos marinos y todo ser viviente que se mueve, de los cuales, según su especie, están llenas las aguas, y toda ave según su especie. Y Dios vio que era bueno.
Con esta la misma autoridad soberana, ordena a esos peces llenar la red de Pedro.
Aquí se cumple de manera clara el Salmo 8, que describe la autoridad que Dios dio originalmente al ser humano sobre la creación—una autoridad perdida en la caída, pero que ahora es perfectamente manifestada en Cristo:
Tú le haces señorear sobre las obras de Tus manos; Todo lo has puesto bajo sus pies: Todas las ovejas y los bueyes, Y también las bestias del campo, Las aves de los cielos y los peces del mar, Cuanto atraviesa las sendas de los mares.
Jesús es el Rey prometido, el nuevo Adán, quien no solo vino a rescatar al hombre pecador, sino a restaurar el orden quebrantado de toda la creación por causa del pecado.
Lo que vemos en esta escena no es simplemente la provisión milagrosa de peces para pescadores cansados, sino una señal poderosa del Reino de Dios que ha irrumpido en la historia. Este milagro no tiene como fin impresionar, sino revelar: revelar quién es Cristo verdaderamente y cuál es la misión para la que ha venido.
Él no llena redes vacías solo para aliviar una necesidad temporal, sino para manifestar Su gloria y llamar a hombres comunes —pecadores como Pedro— a una nueva vida bajo Su señorío.
Porque Cristo no vino a ofrecernos una mejora superficial o momentanea, sino a cumplir el propósito eterno de Dios: redimir para Sí un pueblo y reconciliar consigo todas las cosas, como primicias de una nueva creación (Ef 1:10; Col 1:20).
Su poder transforma corazones, pero también anuncia que el proceso de restauración cósmica ha comenzado ya en Él, aunque su consumación aún está por venir (Rom 8:19–22).
Aplicación:
Aplicación:
Hermanos, muchas veces buscamos a Jesús como si lo único que necesitáramos fuera una ayuda puntual:
un milagro que alivie nuestra carga,
una provisión que llene nuestras carencias,
una intervención que solucione lo que nos frustra.
Queremos que llene nuestras redes vacías.
Y sí, Él puede hacerlo. Pero Cristo vino a hacer algo mucho más profundo: no solo cambiar tus circunstancias… sino transformar tu corazón.
Él no vino simplemente a darte lo que tú crees que necesitas. Vino a revelarte quién es Él realmente. Porque cuando ves a Cristo como es —santo, soberano, glorioso— no puedes seguir siendo el mismo.
Su meta no es que tengas redes llenas, sino que tengas un corazón rendido. No busca solo darte peces, sino cautivar tu alma con Su gloria.
Quizás hoy estás cansado. Has trabajado duro, pero las redes siguen vacías. Llevas tiempo orando, sirviendo, perseverando… y te preguntas si vale la pena seguir.
Pero escúchalo bien: el verdadero milagro no es que Jesús llene tu barca, sino que abra tus ojos para que veas Su majestad en medio del fracaso. Porque cuando Él se revela, todo cambia.
Cristo quiere encontrarte justo ahí: en tu cansancio, en tu desánimo, en la orilla de una noche sin fruto. No para darte solo un resultado, sino para darte Su presencia. Porque más que peces, necesitas al que tiene poder sobre el mar. Más que respuestas, necesitas al Rey que llama con autoridad.
Así que déjame preguntarte amado hermano:
¿Estás buscando que Jesús resuelva tus problemas… o que Él gobierne tu vida?
¿Anhelas solo redes llenas… o un corazón transformado por Su gloria?
Pedro fue quebrantado no por los peces, sino por la presencia del Señor. Y tú también lo serás, si le ves como Él es. Porque cuando reconoces quién es Cristo, entiendes por qué vale la pena dejarlo todo por seguirle.
Avancemos ahora para considerar cómo Cristo no solo revela Su poder, sino que también usa esa revelación para quebrantar y transformar el corazón del pecador. Consideremos entonces nuestro tercer punto:
III. Cristo quebranta al pecador (vv. 8–9)
III. Cristo quebranta al pecador (vv. 8–9)
Su santidad revelada expone nuestra indignidad
Lucas dirige ahora nuestra atención hacia la reacción de Pedro:
Al ver esto, Simón Pedro cayó a los pies de Jesús, diciendo: «¡Apártate de mí, Señor, pues soy hombre pecador!» Porque el asombro se había apoderado de él y de todos sus compañeros, por la gran pesca que habían hecho;
Hermanos, esta no es una reacción normal. No dice:
“¡Qué maravilla! ¡Jesús, ven mañana también!”
Tampoco dice: “¡Qué método de pesca! ¡Vamos a hacer fortuna juntos!”
No. Pedro cae. Se postra. Y su primera palabra no es celebración… es confesión. Porque ante la manifestación gloriosa del poder de Cristo, Pedro no ve redes llenas. Ve su corazón vacío. No se enfoca en los peces que estaban hundiendo su barca, sino en el peso de su propio pecado.
¡Eso es lo que sucede cuando Cristo se revela como el Santo!
Y noten este cambio sutil, pero teológicamente profundo:
Hasta este punto, Pedro le había llamado “Maestro” (v.5, epistátes, un término de respeto, pero común).
Ahora le llama “Señor” (Kyrios), el mismo título que la Septuaginta usa para traducir el nombre de Dios (YHWH).
Pedro ya no está delante de un maestro admirable.
Está ante la santidad misma de Dios encarnado.
Este momento nos recuerda a Isaías 6: “¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios… han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos”.
Isaías vio la gloria del Señor en el templo. Pedro ve la gloria del Señor en una barca. Pero ambos tienen la misma reacción: quebrantamiento total. Porque la presencia de Dios no deja espacio para el orgullo humano.
Recuerden lo que dijo Jesús en Juan 12:41 “Esto dijo Isaías porque vio Su gloria, y habló de Él.” ¿De quién hablaba Isaías? ¡Del mismo Cristo glorioso que ahora está en esta barca!
Pedro está viviendo un momento similar: Una epifanía, una revelación gloriosa del Hijo de Dios. Y no puede soportarlo.
R.C. Sproul dice: “Pedro no quería que Jesús se alejara porque no lo amaba, sino porque entendió que un pecador no puede estar impunemente ante la santidad divina.”
Cuando Cristo se revela claramente, la primera reacción del corazón regenerado no es buscar beneficios personales, sino reconocer su absoluta indignidad ante la majestad divina.
Aplicación pastoral:
Aplicación pastoral:
Hermanos, el milagro más glorioso en este pasaje no fue que las redes se llenaron de peces. Fue que Cristo no se alejó de Pedro cuando este, quebrantado por su pecado, le dijo: “Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador.” Al contrario, Jesús se quedó.
Y lo mismo hace contigo hoy.
Porque Cristo no revela nuestra condición para destruirnos, sino para salvarnos. Su gloria no viene a aniquilar al pecador, sino a quebrantarlo… para luego restaurarlo.
Tal vez tú también has tenido momentos como Pedro.
Momentos donde, al escuchar la Palabra predicada, o al abrir la Escritura en casa, o en medio de una situación dolorosa, de pronto viste tu pecado con claridad.
Viste tu orgullo. Tu egoísmo. Tu hipocresía. Tu falta de fe.
Y en ese instante sentiste que no podías estar delante de Dios.
Pensaste: “¿Cómo Dios puede querer algo conmigo? ¿Cómo no se aleja de alguien como yo?”
Hermano, hermana, esa sensación de indignidad no es una barrera para la gracia… es el umbral. Pedro no fue rechazado por Jesús, sino acogido, perdonado, restaurado y llamado.
Y si hoy tú estás experimentando ese quebranto sincero, esa convicción profunda, quiero que sepas que estás exactamente donde debes estar. Porque:
La tragedia más grande no es sentirte indigno ante Cristo.
La verdadera tragedia es no sentir nada.
Cristo no vino por los que se sienten suficientes. Vino por los que, como Pedro, caen de rodillas. Vino por los que claman con el corazón roto: “Ten misericordia de mí, oh Señor.” Y si ese es tu caso, rinde tu corazón quebrantado. No lo ocultes, no lo excuses, no lo justifiques. Tráelo a Sus pies. Porque es precisamente allí —en el suelo, en el quebranto, en la confesión— donde comienza la verdadera restauración.
Y recuerda que cuando Cristo te confronta, es porque tiene una obra mucho más grande que simplemente ayudarte: quiere salvarte, transformarte y enviarte. Y eso es exactamente lo que veremos a continuación.
IV. Cristo comisiona con gracia (v. 10)
IV. Cristo comisiona con gracia (v. 10)
Su gracia restaura, llama y da una nueva misión
y lo mismo les sucedió también a Jacobo y a Juan, hijos de Zebedeo, que eran socios de Simón. Y Jesús dijo a Simón: «No temas; desde ahora serás pescador de hombres».
Jesús no reprende a Pedro por reconocer su pecado, sino que responde a su confesión con una afirmación poderosa y restauradora: «No temas».
Esta frase aparece repetidamente en la Biblia cuando Dios llama a hombres y mujeres que Él ha decidido usar para Sus propósitos eternos.
Dios la usó con Abraham cuando lo llamó a creer promesas que parecían imposibles (Gn 15:1).
La usó con Moisés cuando este se sintió incapaz frente al llamado divino (Éx 3:12).
La usó con Isaías al confrontarlo con Su santidad (Is 6:7–8).
Ahora Jesús se la dice a Pedro: «No temas». ¿Por qué le dice esto? Porque Jesús no vino a destruir al pecador arrepentido, sino a restaurarlo, salvarlo, y darle una nueva vida.
Jesús sabe quién es Pedro, sabe perfectamente todas sus debilidades y pecados, sabe incluso cómo Pedro lo negará tres veces más adelante; y aun así, en este momento, lo llama, lo restaura y le da una misión nueva y extraordinaria.
Fíjense en la frase: «Desde ahora».
No dice: «Cuando mejores, Pedro».
No dice: «Cuando sepas más teología, Pedro».
Tampoco dice: «Cuando madures lo suficiente».
No. Dice claramente: «Desde ahora». Este llamado es inmediato. La misión comienza en el mismo instante del quebrantamiento y la rendición ante Cristo.
Luego añade: «Serás pescador de hombres».
Cristo no solo transforma la vida de Pedro, sino también su oficio. De ahora en adelante, su tarea no será atrapar peces para morir, sino rescatar almas para vivir. Esta no es una metáfora ingeniosa; es el cumplimiento de una promesa profética. En Jeremías 16:16, Dios dijo que enviaría “pescadores” para reunir a Su pueblo disperso.
Ahora Jesús toma esa promesa antigua y la aplica directamente a Pedro: “Desde ahora serás uno de esos pescadores.”
En otras palabras, el tiempo del gran retorno ha comenzado. A través de Pedro y los apóstoles, Dios está iniciando Su obra de redención: traer de vuelta a los perdidos, no al Israel físico, sino al pueblo espiritual del nuevo pacto, por medio del evangelio.
Así funciona la gracia de Dios siempre, hermanos. Dios nunca salva a alguien simplemente para perdonarlo y dejarlo inactivo. Dios salva, restaura y transforma pecadores para enviarlos con una misión.
Esto fue así con Abraham, llamado para ser bendición a todas las familias de la tierra (Gn 12:3).
Fue así con Moisés, llamado a liberar al pueblo de Israel (Éx 3:10).
Fue así con Isaias - Enviado a proclamar el evangelio a Israel
Y ahora es así con Pedro, de pescador fracasado a apóstol enviado para atraer multitudes hacia Cristo.
Aplicación:
Esto mismo lo expresa claramente el apóstol Pablo en Efesios 2:10 cuando dice: «Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas.»
Hermanos, Dios no solo nos salva del pecado. Nos salva para servirle. Nos salva para enviarnos. Nos salva para hacer de nuestra vida ordinaria algo eterno y significativo en Su Reino.
Asi que hermano, «No temas. Desde ahora, serás útil en mis manos dice el Señor»
Dios no espera que estés perfectamente listo o preparado para usarte.
Él usa justamente personas quebrantadas que saben que dependen completamente de Él.
Dios se glorifica usando hombres y mujeres débiles, pecadores y limitados, para mostrar que el poder transformador y salvador está únicamente en Él, no en nosotros.
Cristo te está diciendo hoy, claramente, que Él quiere usar tu vida, tus talentos, tu hogar, tu tiempo, para atraer a otros hacia Él. Él te está llamando hoy a comprometerte no solo con una experiencia emocional o intelectual del evangelio, sino con una misión activa, real, tangible.
Miremos la respuesta de estos pescadores al llamado de gracia soberana del Señor:
Dejándolo todo, le siguieron (v. 11)
Dejándolo todo, le siguieron (v. 11)
Todo lo que Lucas ha descrito hasta este punto—la autoridad de Cristo al enseñar, Su poder sobre la creación, Su santidad quebrantando el corazón pecador de Pedro y Su gracia soberana comisionándolo—conduce inevitablemente a esta respuesta radical, clara y absoluta: «Y cuando trajeron a tierra las barcas, dejándolo todo, le siguieron.»
Esto es lo que siempre ocurre cuando una persona experimenta realmente el poder y la gracia transformadora de Jesucristo: Una entrega radical a la luz de la gloria de Cristo.
Estos hombres dejaron atrás la seguridad de sus vidas ordinarias, su estabilidad económica, sus planes personales, sus expectativas para el futuro.
¿Por qué harían algo así?
Porque Cristo había revelado algo infinitamente más valioso que todas estas cosas juntas: Él mismo.
¿Por qué harían algo así?
Porque Cristo había revelado algo infinitamente más valioso que todas estas cosas juntas: Él mismo.
Habían visto Su gloria, habían experimentado Su gracia, habían escuchado Su voz. Y frente a eso, todo lo demás pierde inmediatamente valor.
Como Pablo diría más tarde en Filipenses 3:7–8
Pero todo lo que para mí era ganancia, lo he estimado como pérdida por amor de Cristo. Y aún más, yo estimo como pérdida todas las cosas en vista del incomparable valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor. Por Él lo he perdido todo, y lo considero como basura a fin de ganar a Cristo,
Jesús dijo claramente lo que implicaría seguirlo: «Así, pues, cualquiera de vosotros que no renuncia a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo.» (Lc 14:33)
No todos somos llamados necesariamente a abandonar nuestros empleos o nuestros hogares literalmente, pero todos somos llamados claramente a entregar todo cuanto tenemos y somos al Señorío soberano de Cristo. Significa vivir con las manos abiertas, sabiendo que Cristo tiene derecho absoluto sobre cada área de nuestra vida:
Sobre nuestras relaciones
Sobre nuestras carreras
Sobre nuestro tiempo
Sobre nuestras finanzas
Sobre nuestros sueños y ambiciones personales
Seguir a Cristo, hermanos, nunca ha sido compatible con la comodidad o con medias entregas. Él es el Rey soberano, y Él merece absolutamente todo lo que somos y todo lo que tenemos.
Seguir a Cristo siempre cuesta todo… pero Cristo siempre vale más.
Seguir a Cristo siempre cuesta todo… pero Cristo siempre vale más.
Conclusion:
Conclusion:
Hoy debes preguntarte claramente, delante del Señor:
¿Estoy dispuesto a dejarlo todo por Cristo?
¿Qué estoy reteniendo hoy que me impide entregarme plenamente al Señor?
¿Qué redes, qué seguridades, qué comodidades, están frenando mi caminar con Jesús?
Quizá no son barcas o redes de pesca, pero quizás hoy tu corazón está aferrado a otras cosas: tu reputación, tu control sobre tu vida, tu comodidad, o ciertos pecados secretos.
Lo que sea que estés reteniendo, Cristo hoy te llama claramente a dejarlo atrás para seguirle con absoluta fidelidad.
No lo hace porque quiere despojarte de lo bueno, sino porque quiere darte algo infinitamente mejor: Él mismo. La entrega radical no es pérdida. Es ganancia eterna. Él jamás nos llamará a nada que no sea para nuestro eterno bien y para la gloria de Su nombre.
Decide entregar tu vida completamente al Señor.
Deja hoy aquello que sabes que debes abandonar.
Habla con tu esposa, tu esposo, tus hijos sobre cómo servir mejor a Cristo como familia.
Ora con otros hermanos sobre cómo Dios quiere usarte activamente en Su iglesia.
Abre tu hogar, tu tiempo y tu vida para alcanzar a otros con el evangelio.
Usa lo ordinario que Dios te ha dado (tu casa, tu trabajo, tus habilidades) como instrumentos para el avance de Su Reino.
Cristo sigue subiendo a las barcas de hombres y mujeres comunes como tú y como yo. Él sigue buscando discípulos que estén dispuestos a dejarlo todo para seguirle a Él.
Así que hoy no salgas de aquí indiferente. No permitas que este sea otro sermón más en tu vida. Escucha la voz clara de Cristo que te llama con gracia irresistible y responde como lo hizo Pedro:
«Señor, aquí estoy. En tu palabra, lo dejo todo y te sigo.»
Él es digno. Él lo merece. Y no hay vida más gloriosa que una vida plenamente rendida a Sus pies.
