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Asi Como Cristo
Asi Como Cristo
Así como Cristo
“Así como Cristo”. Ese es el tema que vamos a estar explorando en la próxima reunión de matrimonios. Por eso, te invito a que escuches este audio con atención, y si puedes, toma algunas notas para que luego compartamos ideas cuando estemos juntos.
Mi esperanza es que este estudio nos llene de ánimo y nos motive a hacer los cambios que necesitamos para tener un matrimonio sano y fuerte.
Hay mucha gente que siente que no hay esperanza, pero nosotros, como hijos de Dios, no solo tenemos la esperanza de mejorar nuestras vidas y nuestros matrimonios, sino que también contamos con todo lo que Dios nos da a través de Su Palabra para ser una bendición para nuestra pareja.
Dios puso a alguien a nuestro lado para compartir el resto de la vida. La verdad es que nadie nos preparó del todo para esto cuando éramos solteros.
No hay una escuela que te enseñe cómo ser esposo o esposa, pero qué increíble es que tenemos al Creador del matrimonio bien cerquita de nosotros. Él quiere guiarnos para que vivamos un matrimonio feliz y saludable. Así que, ¡vamos a empezar!
En Efesios 5:33 dice: “Por lo demás, cada uno de vosotros ame también a su mujer como a sí mismo, y la mujer respete a su esposo”.
Esto suena bastante real, ¿no? Y por eso mismo surgen las peleas, los roces y los problemas que vemos en los matrimonios. Pero espera, no empecemos por el versículo 33.
Mejor vayamos al principio, al versículo 1, que dice: “Sean, pues, imitadores de Dios como hijos amados”. ¡Qué tremendo! Nuestro llamado es a imitar a Dios, no importa si estás soltero, casado, divorciado o viudo. Y como imitadores de Dios, debemos amar y perdonar.
Fíjate en Efesios 4:32: “Antes sean benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándose unos a otros, como Dios también los perdonó a ustedes en Cristo”.
Cuando leemos la Biblia, a veces nos sentimos motivados, otras veces nos sentimos culpables, pero nunca estamos de forma neutral.
Mi recomendación es simple: escuchemos lo que Dios nos dice con oídos abiertos y el corazón listo, porque Su Palabra siempre hace algo en nosotros. Como dice el Señor, nunca vuelve vacía. Y para los matrimonios, la Biblia tiene muchísimo que decirnos.
Alguien dijo una vez que el matrimonio es la unión de dos pecadores. Esa es la base de lo que vamos a ver en este estudio. Suena un poco duro, pero es la pura verdad. Por eso no podemos esperar que exista un matrimonio perfecto. Señora, usted está casada con un pecador. Varón, usted está casado con una pecadora. Así de simple.
Pero aquí viene lo bueno, porque esa no es toda la historia. La definición completa es esta: el matrimonio es la unión de dos pecadores en quienes la gracia de Dios todavía está obrando.
Jesús dijo: “Mi Padre aún trabaja, y yo trabajo también”. Dios no se detiene, y quiere trabajar en tu matrimonio, en ustedes como pareja.
Tal vez estás pensando: “Un momento, mi esposo o mi esposa no cree en Dios, no entiende estas cosas espirituales ni cómo Él obra”.
Tranquilo, recuerda que tú también estuviste en ese lugar alguna vez. Como dice la Biblia, estabas muerto en tus pecados, pero Dios, que es tan misericordioso, te dio vida junto con Cristo. El Padre sigue trabajando, y por eso hay esperanza para cada persona y para cada matrimonio.
No pienses que estás casado con un ángel, pero tampoco con un demonio, ¡menos mal! Estás casado con una persona imperfecta, igual que tú, en quien Dios sigue haciendo Su obra. Él empezó algo en esa vida y aún no lo ha terminado.
Así que seamos realistas: tu matrimonio no va a ser perfecto, pero puede estar bien cerca. Y lo mejor es que hay mucha esperanza para él.
La frase, “Así como Cristo”, la vemos varias veces en Efesios 5, y siempre está conectado a Jesús. La verdad es que Cristo debe dar forma a cada parte de nuestras vidas, y el matrimonio no es la excepción.
Es algo clave para nosotros y para la sociedad. El apóstol Pablo dijo que la relación entre Cristo y Su iglesia es el ejemplo perfecto de lo que debería ser un matrimonio entre un hombre y una mujer, un matrimonio como Dios lo diseñó.
Fíjate bien en cómo lo dice Pablo. No dice: “Cristo amó a la iglesia como el esposo ama a su esposa”. ¡Menos mal que no es así!
Porque, seamos honestos, nosotros como esposos no siempre amamos como deberíamos. Lo que dice la Biblia es: “Maridos, amad a vuestras esposas, así como Cristo amó a la iglesia”. Ese es el estándar, el modelo perfecto.
Cristo amó a Su iglesia, y los esposos debemos seguir ese ejemplo. Y a las esposas les dice algo parecido: “Someteos a vuestros esposos como la iglesia se somete a Cristo”.
El patrón es la relación entre Cristo y Su iglesia. Así debería ser la relación entre esposo y esposa.
Si eres hombre y te preguntas cómo amar a tu esposa, piensa bien en cómo Cristo amó a la iglesia y todo lo que eso significa.
Si eres esposa y te preguntas cómo responder a tu esposo, mira cómo la iglesia se relaciona con Cristo. Ese es el modelo. Dios quiere que tu matrimonio sea un reflejo vivo de la relación entre Cristo y Su iglesia.
Entonces, la gran pregunta es: ¿cómo hacemos para que nuestros matrimonios muestren esa realidad? ¿Cómo vivimos este ejemplo de Cristo y la iglesia en nuestra vida diaria como pareja?
Vamos a sumergirnos en tres imágenes, tres analogías o fotos que sacamos de Efesios 5, y las vamos a aplicar a nuestras vidas. La primera imagen que quiero que veamos está en Efesios 5:8, y es una luz. Sí, así de simple, una luz. El versículo dice: “Porque en otro tiempo ustedes eran tinieblas, mas ahora son luz en el Señor. Anden como hijos de luz”. Esto es como una orden, pero al mismo tiempo es algo que reconforta, porque tenemos la capacidad de ser luz gracias al Señor, y lo que toca es ponerlo en práctica.
Piensa en la luna por un momento. La luna no tiene luz propia, ¿verdad? Lo que hace es reflejar la luz del sol. Cuando cae la noche y el sol desaparece, la luna toma esa luz y la hace brillar para nosotros. Así es el llamado que tenemos como creyentes. Hay gente que no conoce a Cristo directamente, no ha visto Su luz de frente, pero sí puede verla reflejada en nosotros. Somos como espejos que muestran la luz de Jesús. Ese brillo de Cristo lo ven en nosotros porque, como dice el versículo, somos luz en el Señor.
Ahora, no todas las luces son iguales. Hay luces que te atraen y otras que te espantan. Piensa en una luz suave, cálida, bonita, esa que te invita a acercarte, que te hace sentir bien. Pero también hay luces que dan miedo, como una antorcha de esas que queman fuerte, que alumbran tanto que el calor o el resplandor te abruman y lo único que quieres es salir corriendo. Entonces, párate un segundo y pregúntate: ¿qué tipo de luz estoy reflejando en mi vida? ¿Cómo ha brillado la luz de Jesús en mí?
Tal vez recuerdas la historia de Saulo de Tarso, el que después fue el apóstol Pablo. Cuando iba camino a Damasco, tuvo un encuentro único con la luz de Cristo. Si le preguntaras a Pablo cómo fue eso, seguro te diría: “No fue precisamente agradable”. ¡Y cómo no! Esa luz lo dejó ciego. Era un resplandor más intenso que el sol en su máximo esplendor, la gloria de Jesús en todo su poder. Menos mal que no es así como Cristo suele mostrarse. Esa fue la experiencia de Pablo, pero ¿y la tuya? ¿Cómo ha sido para ti la luz de Jesús en tu vida?
Yo diría que para la mayoría de nosotros, Jesús ha iluminado nuestras vidas de una manera suave, tierna, casi como un amanecer. No nos muestra toda Su luz de golpe, porque si lo hiciera, pondría al descubierto todos nuestros errores y pecados en un instante, y eso nos aplastaría. En cambio, Él nos alumbra poco a poco, con paciencia, con una luz que nos atrae y nos invita a seguirlo. Como dice el Salmo 119: “Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino”. La luz de Jesús nos guía de una forma que nos hace sentir cómodos, a gusto, y nos da ganas de caminar con Él.
Ahora llevemos esto al matrimonio. Tú vives bien cerquita de otra persona, tu pareja. Tienes una influencia enorme en esa vida que Dios puso a tu lado. Tu luz está todo el tiempo alumbrando a tu esposo o esposa. Entonces, la pregunta clave es: ¿qué clase de luz estás siendo para él o ella? En el matrimonio te abres, te das a conocer, y eso es normal, porque fuiste creado a imagen de Dios, y somos seres que necesitamos relacionarnos. Pero también da un poco de miedo, porque todos tenemos nuestras fallas, esas cositas que preferiríamos que nadie viera. Y tu cónyuge, quieras o no, te conoce bien, más que nadie. O al menos, así debería ser.
Entonces, piénsalo: ¿qué tipo de luz eres para tu pareja? Si no estás casado, podrías preguntarte: ¿qué clase de luz soy para mis amigos, mis compañeros de trabajo, mis papás, mis hijos? Porque, te guste o no, vas a alumbrar de alguna manera. Puede ser con una luz que atraiga o con una que asuste. Nadie quiere vivir bajo una luz tipo reflector de detective, siempre buscando defectos, señalando lo que está mal. Y la verdad, esa es una de las razones por las que hay tantos problemas en los matrimonios. Si solo nos la pasamos criticando, acusando, quejándonos, enfocándonos en lo malo y no en lo bueno, terminamos siendo esa luz que espanta.
¿Eres una luz que invita, que da confianza, o una luz que hace que tu pareja quiera cerrar la puerta y esconderse? Eso marca la diferencia entre un hogar feliz y uno donde todos se sienten miserables. A veces nos alumbran con una luz que asusta, pero disfrazada de verdad. Por ejemplo, cuando alguien te señala tus errores y te lanza un versículo de la Biblia para “probarlo”, te gritan la verdad, pero sin amor, sin compasión, sin paciencia. Sí, es una luz, pero una que te hace querer huir. Y cuando eso pasa, algo cambia en casa. Si la luz que hay en tu hogar es de esas que espantan, la luz de la Palabra de Dios deja de sentirse bien. Pierdes las ganas de buscar a Dios o de interesarte por las cosas espirituales. ¿Por qué? Porque lo que ves en tu pareja es una antorcha que quema, y tu reacción natural es cerrar el corazón. Ya no quieres ni la luz mala ni la buena; no quieres ninguna.
Jesús lo dijo claro en Mateo 6:23: “Así que, si la luz que en ti hay es tinieblas, ¿cuántas no serán las mismas tinieblas?”. Y en Lucas 11:35 agrega: “Mira pues, no suceda que la luz que hay en ti sea tinieblas”. El punto es este: la luz de Jesús debe brillar en cada hogar, en cada matrimonio, en cada familia y en cada persona que cree en Él. Pero tiene que ser una luz que atraiga, que invite, no una que asuste y aleje. Recuerda Efesios 5:8: “Porque en otro tiempo ustedes eran tinieblas, pero ahora son luz en el Señor, así que anden como hijos de luz”.
¿Qué tal si esta semana te animas a hablar con tu pareja, con tus hijos, sobre la luz de Jesús? ¿Cómo puede esa luz entrar y llenar tu matrimonio y tu familia? Esa es la primera imagen que vemos hoy: la foto de la luz.
La segunda imagen que vamos a explorar es la del agua. Vamos a Efesios 5:25-26, que dice: “Maridos, amad a vuestras mujeres así como Cristo amó a la iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra”. Cuando alguien se encuentra con Cristo y se convierte en creyente, es como si hubiera sido lavado por completo en Jesús. La Biblia lo pinta como un bautismo, como si te sumergieras entero en Él. Imagínate meterte en un jacuzzi, quedarte ahí bien a gusto y salir reluciente, totalmente limpio. Ese jacuzzi es Jesús. Romanos 6:4 dice que somos sepultados con Él en el bautismo. Es algo espiritual, que no se ve, pero cuando nos bautizamos en agua y nos sumergimos por completo, estamos mostrando al mundo lo que pasó adentro de nosotros: fuimos lavados en Cristo.
Jesús no solo nos limpia una vez y ya, sino que nos mantiene limpios. Es como si viviéramos todo el tiempo dentro de ese jacuzzi llamado Jesús. Estar en Él nos mantiene puros constantemente, y así es la vida cristiana. Cristo está siempre limpiando a cada creyente, purificando a toda Su iglesia, hasta que llegue el día en que la presente en el cielo, perfecta, sin manchas ni arrugas. Ahora, llevemos esto al matrimonio. Efesios 5 nos dice a los esposos que, así como Cristo santifica y limpia a Su iglesia, nosotros debemos tener un efecto parecido en nuestras esposas, con el “lavamiento del agua por la palabra”.
Cuando te casas, dos se hacen uno. Piensa en esto: esposo, tu vida es como el agua en la que tu esposa se baña. Esposa, tu vida es el agua en la que tu esposo se baña. Lo que hay en ti, en tu forma de vivir, es lo que “limpia” o afecta a tu pareja. Es una imagen poderosa, ¿no crees? Recordemos que, así como hay diferentes tipos de luz, también hay diferentes tipos de agua. Imagina una ciudad donde se rompen las tuberías y el desagüe empieza a soltar desperdicios cerca de una playa turística. El olor era insoportable, todo estaba contaminado. Pasaron meses limpiando esa suciedad. Nadie quería acercarse, mucho menos bañarse ahí. Había letreros diciendo “Prohibido nadar”, pero ni hacían falta, porque nadie en su sano juicio se metería en esa agua podrida.
Entonces, esposo, pregúntate: ¿qué clase de agua eres para tu esposa? ¿Es un agua en la que ella se siente a gusto “bañándose”? Si lleva diez o veinte años en esa agua, ¿sale renovada, limpia, con energía, o sale agotada, decepcionada y contaminada? Y ojo, varones, porque la pornografía es agua sucia, apestosa y tóxica. Este es un momento perfecto para dejar esa basura atrás. Hay hombres que arrastran a sus esposas y familias por ese vicio asqueroso. Es un problema enorme hoy en día, un desastre para los matrimonios y las familias. La inmoralidad sexual y la pornografía están corrompiendo a los hombres, a nuestros jóvenes, a través de videos, redes sociales y hasta la música. Esposo, el agua que tú traes es donde tu esposa y tu familia viven. Si sigues llenando tu vida con esa agua podrida, inevitablemente vas a contaminar a los que te rodean. No hay excusa que valga para traer aguas sucias a tu hogar.
La Palabra de Dios lo dice clarito en Efesios 5:3: “Entre ustedes ni siquiera debe mencionarse la inmoralidad sexual, ni ninguna clase de impureza o de avaricia, porque eso no es propio del pueblo santo de Dios”. Aquí salen tres cosas: inmoralidad sexual, avaricia y palabras indecentes. Qué mezcla tan interesante, ¿no? La inmoralidad sexual, la lujuria, suele golpear más a los hombres, aunque muchas mujeres también caen en ella. Pero las mujeres, siendo pecadoras también, ¿verdad?, tienen su propia lucha. Fíjate que Pablo menciona la avaricia justo después de la lujuria sexual. La avaricia es como una lujuria por las cosas, un deseo insaciable de tener más y más. Aunque hay excepciones, en general los hombres tienden más a la lujuria sexual y las mujeres a la avaricia, a las compras impulsivas. Es un vicio que no para. Por eso las revistas, los canales de compras, la ropa y los artículos del hogar están tan dirigidos a las mujeres.
Señora, tú eres el agua en la que tu esposo se baña. ¿Qué efecto tienes en él? Volvamos a las imágenes: primero la luz, ahora el agua. Si tu esposo lleva diez o veinte años en esa agua, ¿sale revitalizado, limpio, con ganas de seguir, o sale agotado, desanimado y contaminado? A veces el hombre siente que nada de lo que hace alcanza para llenar las demandas de avaricia de su esposa. Y hay veces que ambos caen en ese pozo, se hunden en deudas y ni cuenta se dan. Los problemas financieros son una de las causas más comunes de divorcio. La avaricia destroza matrimonios. Muchas veces ese deseo insaciable se vuelca en los hijos: darles todo, llenarles el tiempo con actividades caras. Ojalá invirtieran igual en su carácter y en enseñarles de Cristo, pero esas actividades terminan robándoles el tiempo para Dios. Todo eso es agua sucia.
Y la tercera cosa que menciona Efesios 5:4 es la comunicación necia. Dice: “Tampoco debe haber palabras indecentes, conversaciones necias ni chistes groseros, todo lo cual está fuera de lugar”. Agua sucia es agua sucia. Insultarse, lanzarse palabras hirientes, es como tirarse baldes de agua podrida uno al otro. Pueden pasar años así, haciéndole daño a la relación. Efesios 4:29 lo pone claro: “Eviten toda conversación obscena, abandonen toda amargura, ira y enojo, gritos y calumnias, y toda forma de malicia”. Esos son vicios que destruyen el matrimonio. En lugar de satisfacción, traen frustración. En lugar de felicidad, miseria. En lugar de paz, puro conflicto. Hay demasiada agua sucia en el hogar.
Ya vimos la luz y el agua, y ahora vamos con el tercer cuadro: la comida. Sí, la comida. Luz, agua y comida, todo en un paquete. Efesios 5:28-29 dice: “Así mismo el esposo debe amar a su esposa como a su propio cuerpo. El que ama a su esposa se ama a sí mismo, pues nadie ha odiado jamás a su propio cuerpo. Al contrario, lo alimenta y lo cuida”. Y escucha bien lo que sigue: “Así como Cristo hace con la iglesia”. Ahí está otra vez el modelo: “Así como Cristo”. Ese es el ejemplo que debemos seguir en la relación entre esposo y esposa. Cristo alimenta a Su iglesia. Así como la ilumina con Su luz y la limpia con el agua de Su Palabra (pensemos en el bautismo como símbolo de eso), también la nutre. Fuimos bautizados en Cristo de manera invisible, y luego lo hacemos visible cuando nos sumergimos en el agua. Pero aquí, con la comida, podemos pensar en otro símbolo: la cena del Señor. Jesús es nuestro pan de vida. Compartimos con Él, nos llenamos de Él, nos nutrimos de Él. Jesús es nuestro alimento, y en Él encontramos satisfacción para vida eterna.
Pero, al igual que hay diferentes tipos de luces y aguas, también hay diferentes tipos de comida. Todos sabemos que lo que comemos afecta nuestra salud, ¿verdad? Te sientes bien, fuerte, hasta que vas al doctor y te dice: “Tu colesterol está por las nubes, tienes que cambiar tu dieta”. Ahí se acabó la pizza, las hamburguesas, tamales, empanadas, el pan. Si quieres vivir bien y por más tiempo, toca comer saludable. Y lo que es cierto para el cuerpo lo es también para el alma. Para tener una vida espiritual sana, la Biblia nos dice que debemos alimentarnos de Cristo, de Su Palabra, todos los días. Es nuestro pan diario, una dieta perfecta y balanceada. Como dice: “No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”.
Ahora, el versículo dice: “El que ama a su esposa se ama a sí mismo, pues nadie ha odiado jamás a su propio cuerpo. Al contrario, lo alimenta y lo cuida, así como Cristo hace con la iglesia”. Entonces, pregúntate: ¿qué efecto tiene en alguien haber estado comiendo de tu “alimento” por diez o veinte años? Porque, quieras o no, tú eres comida para tu cónyuge. Así es el matrimonio. A veces, en un arranque de rabia, alguien dice: “¡Estoy harto de ti!”. ¿Será que se lo estuvo comiendo? En cierto modo, sí, porque vive de lo que tú le das en ese ambiente conyugal.
Esposa, ¿cómo alimentas a tu esposo? ¿Le das una dieta cargada de críticas y quejas, o una buena dosis de gratitud? ¿Lo nutres con cariño o lo dejas morir de indiferencia? ¿Lo animas, lo respetas, o lo desgastas con insultos y frialdad? ¿Lo estás empujando a seguir a Cristo o lo estás desanimando de la vida cristiana? ¿Qué clase de comida eres para él? Y lo mismo va para ti, esposo. ¿Eres un banquete delicioso o una piedra en el camino para tu esposa? ¿La nutres y le das vida al corazón, o eres como un balde de agua helada en pleno invierno?
Esposo y esposa, piensen: ¿qué clase de luz le estás dando a tu cónyuge? ¿Qué clase de agua es tu vida para esa persona que Dios puso a tu lado? ¿Qué tipo de alimento eres para él o ella? Pero aquí va lo primero: para que todo esto funcione, necesitas que Cristo brille en ti. Si no tienes Su luz en tu vida, ¿cómo vas a reflejarla? Efesios 5:14 dice: “Despiértate, tú que duermes, y levántate de los muertos, y te alumbrará Cristo”. Hay que responder a Su Palabra. Si quieres ser agua limpia para tu pareja, primero necesitas que Cristo te lave a ti. No hay otra forma. Tú solo no puedes limpiarte, ni puedes limpiar el alma de nadie. Esa naturaleza pecadora solo la quita Jesús. Y mira esta promesa en Ezequiel 36:25: “Esparciré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpiados de todas vuestras inmundicias, y de todos vuestros ídolos os limpiaré”. Qué tremendo, ¿no?
Y si quieres ser un alimento que nutra y bendiga a tu cónyuge, primero tienes que alimentarte de Cristo. Tienes que saciar tu hambre y tu sed en Él. Si no, ¿cómo vas a ser buena comida para alguien más? Necesitas vivir en la luz de Jesús, lavarte en el agua de Su Palabra, nutrirte del pan de vida con Su amor. Solo así podrás ser una bendición para tu pareja. Pablo lo resume perfecto en Efesios 5:1-2: “Por tanto, imiten a Dios como hijos muy amados, y lleven una vida de amor, así como Cristo nos amó y se entregó por nosotros como ofrenda y sacrificio fragante para Dios”. Quita esa parte que dice “así como Cristo nos amó”, y te quedas sin nada. Sin Él, no hay forma de bendecir a tu cónyuge ni de hacerlo feliz. Sin el ejemplo de Cristo, sin Su llenura, no podemos hacer nada. Somos inútiles sin Él.
Todo se trata de hacer las cosas “así como Cristo”. Dios es amor, Cristo es amor, Él es la fuente del amor. Si Jesús no edifica tu vida, tu matrimonio o tu hogar, todo lo que hagas será en vano.
Como dice el Salmo 127: “Si Jehová no edificare la casa, en vano trabajan los que la edifican”.
Sé que algunos me están escuchando ahora, y tal vez hay esposos o esposas diciendo en su corazón: “Señor, edifica mi hogar, edifica mi matrimonio”.
¡Esa es una buena oración! “Necesito Tu luz, Señor, necesito Tu limpieza, necesito Tu alimento en mi vida, para poder reflejarlo en mi casa, con mi esposo, con mi esposa”.
Esa es la clave.
