Patito feo
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Handout
Introducción
Introducción
Desde que fui niño me gustaron leer cuentos. Creo que los cuentos nos ayudan muchas veces a entender cosas complejas de una forma sencilla. De hecho, los mejores cuentos son, para mí, aquellos que enamoran a un niño como a un adulto.
El Patito feo es uno de estos cuentos. Escrito por el danés Hans Christian Andersen, quien relata la historia de un patito que nació con un aspecto poco atractivo, por eso, los patos de su clan nunca la aceptaron como tal. Él simplemente no parecía como uno de ellos. Las grandes diferencias que tuvo desde su nacimiento lo sentenciaban a ser objeto de burla.
Buscando cambiar esta realidad, el patito feo decidió pasar su vida demostrando mediante acciones que sí era un pato. Hacia el esfuerzo para corresponder. Anhelaba ser aceptado por su grupo y recuperar el amor de sus padres, quienes por su aspecto feo, y, el contexto social también le rechazaron.
Muchas veces en nuestro peregrinaje de vida somos semejantes al patito feo. Buscamos amor, buscamos aprobación, buscamos pertenecer… pero en la medida que lo intentamos, chocamos con la realidad de que no llenamos las expectativas de los demás ni nuestras propias. Nuestro mayor anhelo se ve cada vez mas distante, mientras que nuestros fracasos y defectos cada vez más evidente.
Lo mismo ocurre cuando pensamos en seguir a Dios, pero a la vez nuestra vida diaria nos muestra que una y otra vez cometemos errores. Realidad que nos lleva a creer que debemos ganarnos con nuestros actos el amor y la aprobación de nuestro Creador para pertenecer… para ser aceptados por Él.
Sin embargo, hoy quiero que juntos aprendamos que nuestro peregrinaje…nuestra relación con Dios, no se trata de nuestros méritos, sino de una palabra que mucho usamos, pero quizá poco entendemos…gracia.
Nos ayuda entender quienes somos
Nos ayuda entender quienes somos
El apóstol Pablo en Efesios 2:8 nos dice:
Porque por gracia ustedes han sido salvados mediante la fe; esto no procede de ustedes, sino que es el regalo de Dios,
Mediante este texto busca afirmar la nueva identidad de los creyentes en Éfeso. Los cuales vivían en una cultura religiosa donde el intercambio de favores entre los hombres y los dioses era normal. Por esa razón los creyentes de Éfeso se encontraban en una encrucijada. Sabían que ya eran creyentes, pero a la vez transferían sus creencias culturales a su relación con Dios. Pensaban que gran parte de su pasado y sus luchas diarias con el pecado le apartaban de Dios, y, por ende, debían hacer cosas para hacer las paces.
Eran como el patito feo que hacia todo lo posible para ser aceptado. Vivir la vida espiritual de esta forma no es algo con lo cual luchaban solamente los creyentes de la Grecia Antigua, de hecho nosotros mismos lo hacemos.
¿Cuántos al ver su pasado creen ser indignos de servir a Dios?
Soy divorciado… tengo una familia disfuncional… fui adicto… fui esto, fui lo otro… No puedo serle útil al Señor.
¿Cuántos al pensar en las veces que pecaron, sienten que en algún momento Dios podría darles la espalda?
Nuevamente fallé con el mismo problema que ayer me propuse no hacer más… Prometí tantas veces al Señor que mejoraría mi actitud con mi cónyuge, pero un día después otra vez erré… Dije que tomaría más tiempo para mis hijos, pasaron varios días y nuevamente fallé… Tantas promesas no cumplidas, estoy seguro que Dios ya me dio la espalda
¿Cuántos terminan el día frustrados porque sienten no poder llenar las expectativas de Dios?
Sé que no debería mentir, pero me es inevitable no decir medias mentiras en el trabajo. Sabía que debía ayudar a esa persona que vino a mi oficina, pero pensé que sería mejor ahorrar.
Situaciones como estas nos hacen ver que entre lo ideal, lo que debería ser, y, lo que estoy haciendo existe un abismo. Como si estuviésemos acostados en el fondo de un pozo viendo en el cielo estrellado lo que deberíamos ser conscientes de que no lograremos alcanzarlo.
Entonces, ¿qué hacemos cuando nos damos cuenta de esto?
Bueno… empezamos a culparle a nuestro pasado, a las circunstancias, y, finalmente a nosotros mismos. ¿Por qué? Porque no queremos quedar mal parados. Nadie quiere tener la sensación de no ser amado, respetado y lo peor de todo que es rechazado. Queremos ser alguien y queremos ganarnos ese lugar!
Cómo se darán cuenta al final del día no somos diferentes al patito feo ni tampoco a los creyentes de Efeso.
Entonces, ¿Cómo podemos enfrentar esto?
Pablo nos propone solucionar esta paradoja entendiendo que soy salvo por gracia mediante la fe. En realidad, nos engañamos y tenemos un concepto errado del corazón de Dios, cuando intentamos ganarnos su aprobación. Porque la gracia significa que Dios se bajo de su trono para devolverte algo que se te perdió a causa del pecado, y, siempre buscabas; tu identidad.
Cuando tenemos un encuentro con el Señor nuestro pasado, nuestras luchas diarias, nuestros pecados ya no nos identifican. Esto ocurre mediante la fe, es decir, la fuerte confianza de que la obra de Cristo fue suficiente para limpiarme. Fe literalmente significa apropiarse, unirse plenamente a Cristo. De tal forma que ahora nos identifica lo que Cristo dice acerca de mi y lo que el hizo por mí en la cruz. Ya no sos un divorciado, sos un hijo de Dios. Ya no sos un adicto, sos un hijo de Dios. Ya no sos un fracasado porque una y otra vez fallaste, sos un hijo de Dios. No es necesario preocuparse si Dios me va dejar o se va olvidar de mi, el te salvó y dio identidad de hijo porque te ama, y, no porque tienes algo extraordinario.
Nos quita el peso de compararnos
Nos quita el peso de compararnos
no por obras, para que nadie se jacte.
Entender que la gracia forma nuestra identidad en Cristo es crucial para nuestra vida. No solo porque me afirma, no solo porque borra mi pasado, no solo porque nos ayuda a entender que todo lo que somos es lo que es Cristo. Además de eso, nos quita un enorme bloque de concreto que tiene diferentes nombres: Culpa, vergüenza, insatisfacción, frustración, miedo… Todos ellos detonantes que impulsan a hacernos algo que detestamos que nos hagan.
¿Saben qué es? Compararnos...
Muchas cristianos llegan a comprender el primer punto, de hecho, cuando pensamos en nuestra propia miseria, nos consuela… nos anima… nos motiva. Pero permítanme hacerles la siguiente pregunta:
¿Qué pasa cuándo nuestra identidad nos llena de orgullo?
Dejénme explicarles esto con una historia...
Yo crecí en una colonia mennonita. Vengo de una familia mixta en donde mi papá es el “latino” y mi mamá la “mennonita”. Ambos tienen un pasado difícil… a ambos les falló el primer matrimonio. A mamá le expulsaron de la iglesia por eso, y, papá… bueno… estaba emocionalmente destrozado al igual que mamá. Toda mi infancia me pase escuchando una frase: “Cuidado con Victor el viene de una familia diferente”. Mis padres me decían que teníamos que demostrar que somos personas normales. Cuando me convertí a los 15 años, me di cuenta que era una nueva persona, pero a la vez me di cuenta que no encajaba en el grupo normal. Mi pasado familiar de cierta manera me marcaba. Mi nueva identidad era tan evidente como las comparaciones que se hacían con mi pasado. El mensaje era claro. Dios me había salvado por gracia, pero yo debía hacer algo para demostrar que esto realmente era así.
En reiteradas ocasiones este es el mensaje que transmitimos a las personas que quieren echar raíces en una iglesia. Les imponemos un peso que Cristo no nos puso a nosotros. Les hacemos creer que deben hacer algo para llegar a tener la misma cercanía con Dios que nosotros. Sin darnos cuenta transmitimos la idea que estamos en un estado de perfección. Yo soy hijo de Dios y sirvo al Señor en la alabanza. Soy hijo de Dios y predico. Soy hijo de Dios y comparto la palabra. Soy hijo de Dios y me porto bien… y vos que haces como hijo de Dios? Todavía luchas con esto y decís que sos hijo de Dios? Decís que sos hijo de Dios pero tu familia está en crisis? Como puede ser posible?
Pero queridos amigos… queridos hermanos.. el Señor nos recuerdo al oído: “No es así mi hijo, es por gracia… es un regalo, no es por obras” ¿Por qué no es por obras? Para que justamente no exista esas diferencias, para que no pensemos que somos más que los demás. Para que no pongamos nuestro estándar de espiritualidad como medida de los demás. Para que no seamos jueces de los otros. Para que no se nos infle el ego. En el momento que soy mas hijo de Dios, mas aceptado por lo que hago, en ese mismo instante, comienzo a salir de la gracia.
Es importantísimo, existencial, que nos hagamos a esta altura la siguiente pregunta:
¿Por qué me esfuerzo en agradar a Dios? ¿Qué me motiva?
Si lo que nos motiva a hacer buenas cosas mostrar lo bueno que somos al final del día estamos haciéndolo para satisfacer nuestro propio ego.
Nos lleva a vivir a Cristo
Nos lleva a vivir a Cristo
Porque somos hechura de Dios, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios dispuso de antemano a fin de que las pongamos en práctica.
Pero si ninguna obra nuestra tiene valor, entonces por qué Pablo dice que fuimos creados para buenas obras?
Bueno… lo que Pablo esta intentando de decirnos es que nuestras obras son únicamente buenas si son guiadas por la motivación correcta. Es decir, nuestras obras solamente son genuinamente buenas cuando su único fin es glorificar a Dios. Porque en el momento que busco hacer algo para impresionar a los demás, estoy cayendo en el error de creer que soy más importante por lo que hago, que por lo que realmente soy. Sería como si un hijo creyese que es más valioso por portarse bien y traer buenas notas, que por el hecho de ser un hijo.
Sin embargo, lo que el Señor espera es que mejores tu vida por amor a él y no por temor a él. Que busques crecer no por temer a un castigo, sino porque tu relación con él es lo más importante. Tu cambio debería ser producto de la gratitud, y, no producto del temor.
Entender que sos salvo por gracia y que te mantienes firme por gracia te debería impulsar a vivir a Cristo, no solo imitarle, sino realmente ser un reflejo genuino de él. Nos debería llevar a amar más, a abrazar más, a comprender más a los demás. Nos debería impulsar a buscar un mundo mejor, nos debería motivar a transmitir la misma fe y esperanza que nosotros recibimos sin merecernos.
Te invito mi querido amigo… mi querido hermano… a soñar conmigo en un lugar donde el que viene roto, pueda encontrar un oasis de amor. Donde el herido, pueda recibir fuerzas… Donde el afligido pueda ser escuchado y donde el que sane sea Cristo y nosotros simplemente un medio. Donde el que se lleve el aplauso al final del día sea el Señor y no nosotros, donde el desorientado encuentre nuevamente a Cristo.
Hermanos, si hay algo que Cristo quizo que el mundo entero entienda, es que todos estamos rotos y necesitamos de él. Que ni vos ni yo tenemos nada de extraordinario. Porque nos alcanzó la misma gracia que le alcanzó al más grande pecador.
¿Saben cuál es la consecuencia de entender esta verdad?
Que cuando ayudemos a alguien le diremos las cosas con tacto, con empatía y con amor. Porque seremos consciente de donde el Señor nos quitó. Podremos vivir una vida genuina, sin vernos obligados a aparentar perfección o una super espiritualidad. Estaremos siendo iglesia de la forma en la que describen los capítulo 4-6 de Efesios.
Conclusión
Conclusión
Recuerdan todavía de la historia del patito feo? Bueno, voy a terminar ahora la historia. El patito feo un día frustrado por no pertenecer salió a un bosque. Ahí encontró un gran lago con hermosas aves, estas aves eran cisnes que al verle corrieron a su encuentro y le recibieron como a una visita ilustre. Confundido por lo que pasaba el se miró en el reflejo del agua y se asombró al enterarse que él también era un cisne. Gran parte de su vida se paso sin entender su verdadera identidad.
A muchos de nosotros nos pasa lo mismo. No llegamos a entender la profundidad de la gracia y nos pasamos la vida caminando como patitos feos siendo que en realidad desde que tuvimos nuestro encuentro con Cristo somos cisnes.
Queridos hermanos, no necesitamos hacer nada para sorprenderle a Dios y mucho menos para impresionar a las personas que te rodean en este lugar. Todo lo que somos es gracia al Señor. Tu pasado no te define, tus luchas diarias tampoco… quizá afecte en alguna medida en tu relación con tu Creador, pero no te quita tu identidad.
Quiero cerrar con dos preguntas. Estas dos preguntas deben ser las que guién tu relación con el Señor.
Cuando falles tu pregunta no debe ser si Dios te va dejar huerfano, más bien debes preguntarte: ¿Cuánto amo al Señor? ¿Cuán importante me es esta relación?
Cuando busques reflejar a Cristo… cuando sirvas a los demás tu pregunta debe ser: ¿Qué me motiva a hacer esto? ¿Dónde está mi corazón? Y si la respuesta sincera de tu corazón en ambas ocasiones es Cristo entonces están caminando bien. Oremos.
