¡Jesús sana!

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Buenas noches, bienvenidos a este nuevo Tiempo con Dios del miércoles 23 de abril de 2025.
‌Me da mucho gusto saludarlos, yo soy Hector Viruega, y soy el responsable de los grupos pequeños de nuestra iglesia. Y para mi es un gusto el poder estar con ustedes en esta noche.
Antes de comenzar, quiero dar tres breves anuncios:
El próximo domingo vamos a estar celebrando el día del niño en nuestra iglesia, así que si tienes chavos, te invito a que los lleves.
El siguiente domingo vamos a tener Sunday Worship, que es un servicio dedicado especialmente para adorar a nuestro Dios.
El próximo 4 de mayo arrancaremos Alpha presencial en Zona Esmeralda, a las 10 am. Si tu o algún conocido está explorando los conceptos básicos de la fe, y tienes dudas al respecto, te recomiendo Alpha.
ORACIÓN
Perdón por lo que les voy a contar.
El 31 de diciembre por la tarde, llevaba aproximadamente 36 horas de diarrea continua. Había vomitado un par de veces y me sentía sumamente desganado.
Como ustedes se imaginarán, esa noche teníamos la cena de fin de año en casa de unos amigos, y me sentía tan débil que le dije a mi esposa: “yo creo que te vas sola y yo me quedo”.
A los hombres nos cuesta mucho trabajo pedir ayuda. Pero le doy gracias a Dios, muchas gracias a Dios, por mi esposa, y el apoyo que ella ha sido para mi siempre.
Ella le llamó a una doctora que nos atiende, y ésta le dijo que me llevara de urgencia al hospital.
Yo no lo sabía, pero cuando ingresé al hospital tenía el intestino detenido, y además presentaba un cuadro tan severo de deshidratación que ya estaba empezando a tener falla renal y taquicardias.
La doctora que me recibió, nos dijo: vamos a pasar al paciente a rayos X, le vamos a hacer una tomografía y un contraste, en lo que llega el cirujano.
Cuando escuché la palabra cirujano, me alarmé, y pensé esto está muy mal, pero como dicen por ahí, “lo mejor aún estaba por venir”.
Cuando regresé de los rayos X y de la tomografía, el cirujano, que en realidad es un gastroenterólogo, le estaba diciendo a mi esposa: “pero ahora que llegue Héctor hablo con él”.
Cuando un doctor dice eso, no es nada bueno.
Así que a unos minutos de acabar el año, el doctor me dijo: Te hemos encontrado un pequeño tumor atrás inicio del intestino delgado, y lo más seguro es que sea cáncer.
Vaya manera de cerrar el año.
Perdónenme por contarles algo muy personal, pero te lo cuento porque el día de hoy vamos a hablar de que Jesús sana. Y si tu o alguien cercano a ti está pasando por enfermedad, espero que este tiempo con Dios sea de bendición .
Vamos a estar estudiando Mateo 8:1-17, donde Jesús realiza una serie de milagros que demuestran su autoridad y compasión al sanar a un leproso, al curar al siervo de un centurión y al sanar a la suegra de Pedro, además de muchos otros enfermos que son mencionados de manera general.
Este pasaje ilustra el poder transformador de Jesús en la vida de aquellos que sufren, de aquellos que estamos padeciendo alguna enfermedad.
Así que vamos a nuestras Biblias, y vamos a Mateo, capítulo 8 para que demos lectura a los versos 1 al 4.
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Matthew 8:1–4 NVI
Cuando Jesús bajó de la montaña, lo siguieron grandes multitudes. Un hombre que tenía lepra se le acercó y se arrodilló delante de él. —Señor, si quieres, puedes limpiarme—le dijo. Jesús extendió la mano y tocó al hombre. —Sí quiero—le dijo—. ¡Queda limpio! Y al instante quedó sano de la lepra. —Mira, no se lo digas a nadie—le dijo Jesús—; sólo ve, preséntate al sacerdote, y lleva la ofrenda que ordenó Moisés, para que les sirva de testimonio.
Esto me lleva al punto #1,
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1. La Compasión de Jesús

En los tiempos de Jesús, ser leproso tenía implicaciones devastadoras tanto físicas como sociales. Los leprosos eran considerados impuros y eran condenados al destierro, al marginamiento social.
La lepra era símbolo del pecado. En libros como Éxodo y Crónicas, leemos que Dios castigaba a los más rebeldes con lepra (Exo. 4:6; 2 Crón. 26:20).
Así, los judíos del primer siglo creían que toda enfermedad venía por castigo de Dios, especialmente la lepra. Era el “azote divino”.
Y antes de entrar al tema, quisiera decirte:
Primero, si estás padeciendo alguna enfermedad, tu enfermedad no es un castigo de Dios por algún pecado.
Mateo va a referirse en el versículo 17 que el castigo de nuestros pecados fue pagado por Cristo Jesús en la cruz del calvario. El versículo 17 hace referencia a
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Isaiah 53:5 NVI
Él fue traspasado por nuestras rebeliones, y molido por nuestras iniquidades; sobre él recayó el castigo, precio de nuestra paz, y gracias a sus heridas fuimos sanados.
Y Pablo le escribe a los Romanos 5:1 “que hemos sido justificados mediante la fe, y tenemos paz con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo.”
Desafortunadamente nunca falta algún baboso, y perdón que lo diga así, pero es la manera más cristiana de referirme a estos hermanitos bien intencionados, pero mal instruidos, que se acercan a exhortarte diciendo que seguramente tienes algún pecado que que confesar u oculto y por eso Dios te está castigando.
Era lo mismo que los judíos pensaban en la época de Jesús. Es más, los mismos discípulos tenían esta misma percepción.
Así que si algún menso se te acerca diciéndote esto, pídele que lea y estudie la historia de Job, o que lea el pasaje donde los discípulos le preguntan a Jesús si el ciego de nacimiento estaba así por su pecado o por el de sus padres, y Jesús les contesta que ni lo uno ni lo otro, sino para que la obra de Dios se hiciera evidente en su vida.
Si bien es cierto que hay enfermedades que pueden ser causa de nuestras acciones, por ejemplo una diabetes por no cuidar mi alimentación, mi peso, y llevar una vida sedentaria, la enfermedad puede ser una consecuencia de mis acciones, pero no un castigo de Dios.
Regresemos al pasaje que estamos estudiando.
Decíamos que los leprosos debían vivir aislados de la comunidad, y gritar "soy impuro" cuando alguien se acercaba.
Esto era para alejar a las personas sanas y que no fueran contagiadas. Y por lo mismo vivían fuera de las ciudades.
Es por eso que, los leprosos eran vistos como intocables, y además, el simple contacto físico con ellos hacía a los otros ceremonialmente impuros según la ley judía.
Esta condición no solo causaba un horrible sufrimiento físico, sino también un profundo trauma emocional y psicológico al ser rechazados por la sociedad y ser separados de familiares y amigos.
Según la ley de Moisés, solo un sacerdote podía declarar limpio, a un leproso que había sanado, lo que era algo extremadamente raro.
Es en este contexto que vemos a un leproso acercarse a Jesús.
Un hombre enfermo, que rompe las normas levíticas establecidas (Lev. 13:46), y se acerca a Jesús, y se postra, se arrodilla y le dice al Maestro: “si quieres, puedes limpiarme”.
Aquí vemos un tremendo acto de humildad y de fe.
En seguida, dice la Escritura, que Jesús “extendió la mano y tocó al hombre”.
Marcos 1:41 añade “Jesús movido a compasión”.
Cuando Jesús ve a este enfermo, ocurre lo impensable, el Maestro lo toca. Eso estaba prohibido por la Ley (Lev. 5:3).
Jesús tiene compasión, y no demora en responder a la petición del leproso al decir:
“Quiero, ¡queda limpio!” (v. 3b).
¡Qué maravillosas son esas palabras!
El Señor responde de manera inmediata a la confesión que había hecho el leproso: “Si quiero”.
Fíjense bien, el leproso no tenía duda de que si Jesús podría sanarlo, de lo único que no estaba seguro era de la voluntad de Jesús para hacerlo.
Cuando Jesús pronunció esas palabras, la Escritura dice: “al instante quedó sano de la lepra”.
Aquí vemos la total compasión y misericordia de Jesús para con los necesitados.
Si tu estás pasando por enfermedad, o alguien cercano a ti, te invito a que consideres cómo la compasión de Jesús hacia el leproso nos invita a acercarnos a Él con confianza en su poder para sanarnos.
La fe del leproso, quien se postra humildemente y clama por compasión, nos enseña a venir a Cristo tal como somos, sin temor ni vergüenza.
Recordemos que el enfermo era un paria, un rechazado por la sociedad, un marginado.
Y Jesús no solo sana, sino que restaura dignidad y comunidad, desafiando las normas sociales.
Y vamos ahora a nuestras Biblias, para continuar con el relato bíblico. Vamos a los versículos 5 al 10:
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Matthew 8:5–10 NVI
Al entrar Jesús en Capernaúm, se le acercó un centurión pidiendo ayuda. —Señor, mi siervo está postrado en casa con parálisis, y sufre terriblemente. —Iré a sanarlo—respondió Jesús. —Señor, no merezco que entres bajo mi techo. Pero basta con que digas una sola palabra, y mi siervo quedará sano. Porque yo mismo soy un hombre sujeto a órdenes superiores, y además tengo soldados bajo mi autoridad. Le digo a uno: “Ve”, y va, y al otro: “Ven”, y viene. Le digo a mi siervo: “Haz esto”, y lo hace. Al oír esto, Jesús se asombró y dijo a quienes lo seguían: —Les aseguro que no he encontrado en Israel a nadie que tenga tanta fe.
Eso me lleva al segundo punto que es que:
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2. La Fe Rompe Barreras y nos Asegura una Inclusión Universal

Mateo 8:5-10
Mateo es judío. Y el escribe su evangelio para los judíos. Y aquí narra como Jesús tiene compasión del siervo de un Centurión. Un gentil. Un oficial romano de un ejército opresor. Alguien que no pertenecía al pueblo de Israel.
Un oficial romano, que además le pide que sane a uno de sus sirvientes, a alguien que en la escala social de su tiempo estaba por debajo de los demás.
Después de la sanidad del leproso, el evangelista ubica en segundo milagro, ahora para un gentil.
Y nuevamente, ante la petición del centurión, Jesús no titubea un instante ante el pedido del romano.
“Iré a sanarlo” respondió Jesús.
El Maestro es enfático, indicando que tenía la intención de ir personalmente.
Sin embargo, el centurión manifiesta una gran humildad, sobre todo tomando en cuenta su posición y autoridad.
Cuando dice no merezco (NVI), no soy digno – RV60- (v. 8); quizá tenía en mente la prohibición levítica que no permitía a un judío entrar en la casa de un gentil; pero es más probable es que estaba manifestando una sincera humildad ante Jesús (Luc. 7:7).
El leproso confiaba en el poder de Jesús, pero no estaba seguro de su disposición de sanarle.
El centurión, en cambio, confiaba en el poder de Jesús y no cuestionó su disposición. Manifestó una fe extraordinaria al decir: Solamente di la palabra, y mi criado será sanado (v. 8b).
Aquí aprendemos dos lecciones más en relación con los milagros de Jesús: (1) Podía sanar de lejos, es decir, no estando presente en persona; y (2) el milagro no dependía de la fe del criado, sino de la autoridad de Jesús y de la fe del centurión.
El centurión explicó la base de su confianza en Jesús. Siendo un oficial bajo una autoridad superior y a la vez estando él mismo sobre cien soldados, sabía dar y recibir órdenes. Sabía que Jesús tenía la autoridad sobre la enfermedad de modo que podría mandarla como si fuese una persona, y obedecería.
Lo maravilloso es que nuestro Salvador se muestra maravillado ante una fe tan grande como la del centurión, sobre todo siendo éste un gentil (v. 10).
Lo interesante es que este grado de fe, es que Jesús no lo había visto entre el pueblo judío.
vv. 11 y 12:
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Matthew 8:11–12 NVI
Les digo que muchos vendrán del oriente y del occidente, y participarán en el banquete con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los cielos. Pero a los súbditos del reino se les echará afuera, a la oscuridad, donde habrá llanto y rechinar de dientes.
A continuación, Jesús emplea un concepto común entre los judíos de que en el más allá habrá un gran banquete con Abraham y todos sus descendientes rodeándole (ver 22:1–14; 26:29; Apoc. 19:9).
Los judíos pensaban que ese destino estaba asegurado a todo judío, por ser descendiente de Abraham.
Jesús da una declaración fuerte y difícil para el orgullo racial y nacional de los judíos.
El menciona que su reino que abarca gente de todo el mundo, de todas las naciones y de todas las razas.
E inclusive advierte, que los descendientes carnales de Abraham, los súbditos del reino (v. 12), serán excluidos.
Que triste porque los judíos tenían el parentesco y privilegios, pero no tenían una fe genuina.
Por otra parte, el centurión que no tenía ni el parentesco ni los privilegios, pero tenía una fe sorprendente y fue incluido.
Y Mateo registra las palabras de Jesús, y el resultado de las mismas:
—¡Ve! Todo se hará tal como creíste.
Y en esa misma hora aquel siervo quedó sanó.
Esta historia desafía nuestras percepciones y prejuicios, y nos muestra que la fe genuina no tiene barreras culturales ni sociales.
Es por eso que yo te invito en esta noche a reconocer la importancia de creer en el poder transformador de Jesús, y cómo Él responde a una fe sincera.
Podemos ver que esta inclusión de Jesús, da una esperanza universal que nos alienta a alcanzar a otros con amor y aceptación, reflejando la misión de Cristo en el mundo.
Podemos aprender a ver más allá de las etiquetas y reconocer el valor intrínseco de cada persona ante Dios.
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Vamos nuevamente a nuestras Biblias, para leer los versículos 14 al 17.
Matthew 8:14–17 NVI
Cuando Jesús entró en casa de Pedro, vio a la suegra de éste en cama, con fiebre. Le tocó la mano y la fiebre se le quitó; luego ella se levantó y comenzó a servirle. Al atardecer, le llevaron muchos endemoniados, y con una sola palabra expulsó a los espíritus, y sanó a todos los enfermos. Esto sucedió para que se cumpliera lo dicho por el profeta Isaías: «Él cargó con nuestras enfermedades y soportó nuestros dolores.»
Y eso me lleva al último punto que es:
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4.Sanidad Integral con un Propósito

Mateo indica que fue Jesús quien vio a la suegra con fiebre.
Jesús tocó a la enferma, en un gesto de compasión y animándola a confiar en él.
Quiero que vean los verbos en vv. 14 y 15: Jesús la vio, la tocó, la fiebre se le quitó, ella se levantó, y comenzó a servirle. En forma muy rápida, escueta y dramática, Mateo relata el evento.
Hay cuatro verbos del tiempo pretérito indefinido (aoristo en griego) que presentan una acción puntual cumplida en el pasado.
El quinto verbo (comenzó a servirle), en cambio, es un pretérito imperfecto que presenta una acción que se extiende en forma continuada y repetida. Una traducción literal sería: y le servía (como dice la RV60).
Jesús realizó un acto puntual, pero la suegra de Pedro continuó sirviéndole mientras tenía la oportunidad. Esto es que fue “sanada para servir”, sanada con un propósito.
Lo que ella hizo después de ser sanada, fue algo natural, espontáneo, práctico y necesario para Jesús y su grupo.
El ministerio de Jesús era muy intenso. Mateo nos describe que aún de noche seguía atendiendo a la gente. El v. 16 describe gran número de personas que venían en busca de socorro. No se menciona un solo caso de enfermedad que no haya podido, o que no haya querido, sanar.
Y Mateo, que ya dijimos, escribió para los judíos, no pierde la oportunidad para recordar a sus lectores que lo que Jesús hacía era en cumplimiento de las profecías mesiánicas.
El ministerio de sanidad y liberación era evidencia de que Jesús estaba cumpliendo el papel del “Siervo Sufriente”.
Es la sexta vez que repite en el evangelio la frase: de modo que se cumpliese lo dicho por medio del profeta Isaías (v. 17). Mateo traduce la cita del texto hebreo (Isa. 53:4).
Mateo hace una clara relación entre las sanidades físicas que Jesús había realizado y la profecía de la cruz.
La pregunta surge: ¿me garantiza esto que seré sano? Me encantaría decirte que si.
Es un hecho que Jesús tiene autoridad sobre los poderes satánicos y las enfermedades terrenales.
Y Jesús también tiene poder y autoridad para dominar el pecado.
Las enfermedades y la maldad son consecuencias de vivir en un mundo caído. Pero en el futuro, cuando Dios limpie la tierra del pecado, no habrá más enfermedad ni muerte. Los milagros de sanidad de Jesús fueron una demostración de lo que el mundo experimentará en el Reino de Dios.
Creo que Jesús está más interesado en nuestra salvación, en sanarnos del pecado y de sus consecuencias que en sanarnos físicamente.
No digo que no quiera o que no pueda hacerlo. Pero es posible que para algunos la completa sanidad se vea hasta llegar a Su presencia.
Entonces, no quiero desanimar a los enfermos que están viendo este Tiempo con Dios, pero es posible que Dios no sane las dolencias físicas de todos los creyentes, aun de todos los que tienen una fe madura, porque para Dios es más importante el perdón de pecados y salvación espiritual; aunque insisto, Dios tiene poder para sanarnos hoy.
Y miren, yo estoy convencido de que Dios en ocasiones, permite algunas enfermedades para nuestro crecimiento espiritual (comp. 2 Cor. 12:8).
Al enfrentar nuestras propias dolencias, físicas o espirituales, podemos recordar que Jesús está dispuesto a intervenir con compasión, restaurando nuestra relación con Dios y renovándonos completamente.
Y para ello quiero llegar a la:
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Conclusión

Cuando me dijeron que tenía un tumor, mi primer petición fue: que sea benigno.Sin embargo, no fue así.
Yo creo totalmente que Dios puede sanar hoy, como sanó al leproso, al siervo del centurión, o a la suegra de Pedro, porque Jesucristo es el mismo ayer, hoy y por los siglos.
Y les confieso que si me dio tristeza y temor el saber que si tenía cáncer. Sinceramente, me hubiese encantado escuchar: usted no tiene nada, váyase a su casa.
Hay veces que Dios te sana en un instante, pero creo que la mayoría de las veces Dios permite que pases por un proceso. Porque Él tiene un propósito con esto.
Yo te invito a que veas a Dios en el proceso. Por cuestiones de tiempo no les voy a dar muchos detalles pero solamente les voy a decir que yo he visto la mano de Dios en todo este proceso.
Comenzando porque fue un milagro el que me hayan llevado de emergencia al hospital de algo que no tiene absolutamente nada que ver con el tumor, y que eso sirvió para detectarlo.
El hecho de que Dios ha puesto personas, doctores, en este proceso que han sido de bendición.
Además de contar con personas que me acompañan en oración, es una bendición de Dios.
Insisto, no quiero extenderme, pero si quiero decirles que a pesar de la enfermedad Dios ha estado presente en este proceso que estoy viviendo. Y y o te invito a que veas a Dios en medio del proceso que estás viviendo.
Y por eso quiero cerrar con cuatro enseñanzas:
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a) Reconoce que, en medio de sus luchas y debilidades, Jesús está presente y tiene el poder para sanar y transformar tus circunstancias.
Al igual que el leproso y el centurión, podemos acercarnos a Él con fe y humildad, buscando su intervención en nuestras vidas, y encontraremos a Jesús lleno de gracia, misericordia y compasión.
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b) No importa tu situación, Jesús invita a todos a acercarse a Él para recibir sanidad y perdón.
Jesús no discrimina a nadie.
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c) Así como lo hizo el centurión, lleva en oración a otros a los pies de Jesús.
Así como el centurión le pidió a Jesús que sanara a su siervo, asi puedes tu interceder por otros llevándolos en oración.
Yo le doy muchas gracias a Dios por todos los que me han estado llevando en oración en estos meses.
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d) Jesús no solo es el Médico Divino, sino que también es el Salvador que trae restauración.
La gran idea de este pasaje es que la fe en Jesús no solo nos trae sanidad física y emocional, sino que transforma nuestras vidas al darnos una nueva identidad y esperanza en Su poder.
Yo quisiera terminar orando por los enfermos.
Si tu estás enfermo, o una persona cercana a ti está enferma, yo te pido por favor que me escribas su nombre o tu nombre para que pueda cerrar este Tiempo con Dios con una oración.
ORACIÓN
Me llevo el listado. Estaré orando por ti. Y si puedes te pido por favor que también me lleves en oración.
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