De la red al cayado
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Introducción
Introducción
La historia de la resurrección va mucho más allá de la resurrección misma, el evangelio presenta relatos que nos dejan saber acerca del duelo que vivían los discípulos de Jesús.
El evangelio de Juan narra la historia de la resurrección mediante tres acontecimientos: el hallazgo del sepulcro vacío, la aparición de Jesús a María Magdalena y luego a sus discípulos. En la aparición a los discípulos se encuentra la experiencia de Tomas y el regalo del Espíritu Santo (Juan 20). Ahora Juan relata un nuevo encuentro, esta vez es en lago de Galilea cuando Pedro y otros discípulos decidieron salir a pescar.
Los tres encuentros tienen algo en común además del momento del duelo, la incertidumbre, María Magdalena, los discípulos y Tomas, así como Pedro y los discípulos van a encontrar a Jesús en medio de su propia incertidumbre. Esos relatos son un cuadro que simboliza la manera como el ser humano vive la noticia del amor de Dios en medio de la incertidumbre de la vida y logra comprender el mensaje de la vida sobre la muerte.
Jesús, el resucitado, se presenta para dar sentido a la vida del ser humano. Para comprender está afirmación es preciso quitar el foco de atención en el milagro y ponerlo en la acción de Jesús quien quien sintetiza su acción ministerial cuidando a aquellos discípulos que habían perdido el sentido de la vida, poniendo como centro una mesa, símbolo de fraternidad y comunión.
Adicionalmente, el texto que hoy leemos comienza y termina con Pedro, destacando la mesa como punto central para la transformación. En otras palabras, hay un antes y un después de la mesa de Cristo en la vida del ser humano. Veamos como se da la transición en los discípulos que van a pasar de la red al cayado.
Primer momento, una vida de incertidumbre (Juan 21:1-8)
Primer momento, una vida de incertidumbre (Juan 21:1-8)
Después de esto Jesús se apareció de nuevo a sus discípulos, junto al lago de Tiberíades. Sucedió de esta manera: Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, al que apodaban el Gemelo, Natanael, el de Caná de Galilea, los hijos de Zebedeo y otros dos discípulos. —Me voy a pescar —dijo Simón Pedro. —Nos vamos contigo —contestaron ellos. Salieron, pues, de allí y se embarcaron, pero esa noche no pescaron nada. Al despuntar el alba, Jesús se hizo presente en la orilla, pero los discípulos no se dieron cuenta de que era él. —Muchachos, ¿tienen algo de comer? —preguntó Jesús. —No —respondieron ellos. Entonces Jesús dijo: —Tiren la red a la derecha de la barca y pescarán algo. Así lo hicieron y era tal la cantidad de pescados que ya no podían sacar la red. —¡Es el Señor! —dijo a Pedro el discípulo a quien Jesús amaba. Tan pronto como Simón Pedro le oyó decir: «Es el Señor», se puso la ropa, pues estaba semidesnudo, y se tiró al agua. Los otros discípulos lo siguieron en la barca, arrastrando la red llena de pescados, pues estaban a escasos cien metros de la playa.
El relato nos hable de personas que ya se habían encontrado con Cristo resucitado, sin embargo, aún no comprendían la magnitud del regalo que les había dejado: el Espíritu Santo. Cuando llegamos a los pies del Señor no podemos visualizar lo que Él hará con nosotros, algo pasa en nuestras vidas pero no logramos imaginarnos el cambio que Dios hará. Cuando somos llamados al ministerio sucede algo similar, no podemos imaginar como Dios abrirá las puertas para que le sirvamos ni la manera como Él nos va a usar. Podemos imaginar la incertidumbre que tenían los discípulos, Jesús había soplado sobre ellos entregándoles el Espíritu Santo, pero ¿Y ahora que pasaría?
En esos ires y venires Pedro toma una decisión, si bien es cierto se habían encontrado con el resucitado había otra realidad, ellos necesitaban comer y sostenerse, es posible que esta haya sido la razón por la que hubiera decidido salir a pescar. La decisión en sí misma no tenía una mala intención porque si la comunidad debía continuar se necesitaría recursos y alimentos.
El problema radicó en la falta de propósito claro, «Me voy a pescar» se convierte en una forma de escapar de la realidad, un salto al vacío en la búsqueda de respuestas. Sin embargo, esta no fue una decisión acertada, el evangelio dice que trabajaron toda la noche y no lograron hacer nada. Esto se asemeja a muchos de nosotros, que quizás dedicamos tiempo y esfuerzo a proyectos sin ver resultados satisfactorios.
Otro aspecto importante es que cuando Jesús aparece no es reconocido. Él aparece desde el lado de la resurrección y la vida, ellos estaban al otro lado cegados por su realidad; el cansancio, desespero y sentimiento de fracaso y culpa les impedía reconocer a Jesús.
Muchas veces decidimos tomar la red sin consultar a Dios cual es su voluntad, procuramos hacer lo mejor pero nos cargamos y cansamos, podemos esconder nuestra preocupación y nuestros afanes pero, en la mente y corazón estamos reclamando y reclamándonos por no lograr los resultados deseados.
Seguramente, tendremos que mirar al interior de nuestra mente, a la profundidad del mar de nuestro ser y preguntarnos si el trabajo que tenemos es el que Dios quiere que tengamos, si el ministerio que desarrollamos es el que Dios nos ha dado, si el lugar en donde aportamos como voluntarios es justamente donde Dios nos puso y si estamos ocupando la posición en la que Dios quiere que nos encontremos.
Muchas veces hacemos cosas buenas pero alejados de la esperanza y experiencia de Dios, tomamos nuestras fuerzas olvidando que nuestro poder viene de Dios y no de las fuerzas humanas y que nuestro Dios es capaz de hacer lo imposible.
Segundo momento, Cristo aparece en la crisis (Juan 21:4-14)
Segundo momento, Cristo aparece en la crisis (Juan 21:4-14)
Al despuntar el alba, Jesús se hizo presente en la orilla, pero los discípulos no se dieron cuenta de que era él. —Muchachos, ¿tienen algo de comer? —preguntó Jesús. —No —respondieron ellos. Entonces Jesús dijo: —Tiren la red a la derecha de la barca y pescarán algo. Así lo hicieron y era tal la cantidad de pescados que ya no podían sacar la red. —¡Es el Señor! —dijo a Pedro el discípulo a quien Jesús amaba. Tan pronto como Simón Pedro le oyó decir: «Es el Señor», se puso la ropa, pues estaba semidesnudo, y se tiró al agua. Los otros discípulos lo siguieron en la barca, arrastrando la red llena de pescados, pues estaban a escasos cien metros de la playa. Al desembarcar, vieron unas brasas con un pescado encima y un pan. —Traigan algunos de los pescados que acaban de sacar —dijo Jesús. Simón Pedro subió a bordo y arrastró hasta la playa la red, la cual estaba llena de pescados de buen tamaño. Eran ciento cincuenta y tres, pero a pesar de ser tantos la red no se rompió. —Vengan a desayunar —dijo Jesús. Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: «¿Quién eres tú?», porque sabían que era el Señor. Jesús se acercó, tomó el pan y se lo dio a ellos e hizo lo mismo con el pescado. Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a sus discípulos después de haber resucitado.
Podemos imaginar la crisis por la que Pedro y sus amigos estaban pasando. Una mirada a Lucas 5 nos ayuda a comprender la relación entre el llamado a la misión y el encuentro con Cristo. Pedro fue llamado en medio de una crisis existencial tras no haber pescado nada en la noche; Jesús apareció para mostrarle cómo pescar y luego darle un nuevo propósito como «pescador de hombres». Juan presenta unas circunstancias similares, Pedro había perdido el sentido de su vida y la esencia de su llamado, no logró la pesca que deseaba y allí vuelve nuevamente Jesús.
La figura de Jesús vuelve a ser profundamente humana. «Muchachos» es la palabra con la que Jesús se acerca a ellos, una muestra del amor de Dios que se acerca al ser humano. Además, Jesús desea compartir la mesa: «¿Tienen algo de comer?».
¿Qué tenemos para dar? Cuando las circunstancias son difíciles la mente nos juega de mala manera, No, es la respuesta de los discípulos, pero en Cristo Jesús siempre hay provisión, su Palabra es suficiente para poder ser saciados de todo lo que necesitamos. ¿No es algo maravilloso? En medio de la crisis, la angustia y la desesperanza que produce la incertidumbre, Cristo aparece para proveer lo que necesitaban: materialmente, comida; y espiritualmente, paz, seguridad y esperanza.
La siguiente escena muestra a Jesús con la mesa preparada con las brasas del Espíritu, del amor y de la provisión, Jesús estaba listo para el encuentro en la mesa con sus discípulos. Es importante recordar la importancia y el sentido de la mesa en la comunidad, es en la mesa en donde ellos tuvieron la certeza de que estaban frente al Resucitado, es en la mesa que se va a generar un profundo e importante dialogo, sin embargo, esa mesa no la hizo ninguno de los discípulos. La mesa de Cristo la ha propuesto Dios mismo, la mesa de la Cena del Señor se revive ahora en el partimiento del pan y del pescado, brindando esperanza a la humanidad.
Cuando venimos a la mesa del Señor, venimos con nuestras crisis, pero también con los dones que Él nos ha dado; esa mesa era una mesa preparada para la reconciliación, y recordemos que el encuentro con el Señor se da desde el amor. Nuestra mesa debe reflejar el sabor de Dios en amor, esperanza y vida. Cada vez que participamos de la mesa del Señor debemos recordar que somos comunidad y que nos amamos en comunidad. La mesa cambia la desesperanza en esperanza, la tristeza en amor y el error en verdad. La mesa es un milagro de vida.
3. Tercer momento, el sentido de la vida (Juan 21:15-19)
3. Tercer momento, el sentido de la vida (Juan 21:15-19)
Cuando terminaron de desayunar, Jesús preguntó a Simón Pedro: —Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos? —Sí, Señor, tú sabes que te quiero —contestó Pedro. —Apacienta mis corderos —dijo Jesús. Y volvió a preguntarle: —Simón, hijo de Juan, ¿me amas? Pedro respondió: —Sí, Señor, tú sabes que te quiero. Y Jesús le dijo: —Cuida de mis ovejas. Por tercera vez Jesús preguntó: —Simón, hijo de Juan, ¿me quieres? A Pedro le dolió que por tercera vez Jesús le hubiera preguntado: «¿Me quieres?». Así que dijo: —Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero. —Apacienta mis ovejas —dijo Jesús—. Cuando eras más joven te vestías tú mismo e ibas adonde querías. Pero te aseguro que cuando seas viejo, extenderás las manos y otro te vestirá y te llevará adonde no quieras ir. Esto dijo Jesús para dar a entender la clase de muerte con que Pedro glorificaría a Dios. Después de eso, añadió: —¡Sígueme!
En la mesa, con la esperanza de tener provisión y estando de frente a la vida del Resucitado, se da el dialogo de Jesús con Pedro. La mirada amorosa de Jesús no da lugar al reclamo; Él no reprocha a Pedro, sino que lo mira con amor, le da de comer, valida su liderazgo y lo restaura.
La pregunta «¿Me amas?» no es un reclamo, es la oportunidad que Dios le da al ser humano para mirar hacia lo más profundo de su ser. Ahora es Jesús quien va a hacer una pesca en las profundidades del mar de la mente de Pedro para descubrir lo que hay en su corazón. Este es un dialogo terapéutico y sanador, la pregunta está sanando el corazón de Pedro mientras el se encentra, ahora, consigo mismo.
El amor vuelve a jugar un papel importante en el texto. El anzuelo en la pesca de Jesús es el amor. Dios nos pregunta a nosotros ¿Me amas? y nosotros podemos decir con todas las fuerzas de nuestro ser que si lo hacemos, no obstante, la manera de amar a Dios se refleja en la acción de la relación con los demás y de la misión que tenemos como hijos de Dios.
Amar a Dios requiere apacentar y cuidar, esa es la razón por la que Jesús llama a Pedro de una pesca sin sentido a un pastoreo con propósito. ¿Nos estamos alimentando y cuidando mutuamente?
Jesús nos llama a seguir sus pisadas, las pisadas del Maestro son pisadas empáticas y simpáticas con las necesidades de las personas. Jesús alimentó y cuidó a muchas personas. Las pisadas del Maestro son pisadas de amor, en cada paso de Jesús había cuidado y alimentación.
La mesa ha producido un cambio profundo en la vida de Pedro y los demás discípulos en el llamado del amor.
Conclusión
Conclusión
La lectura del evangelio de Juan nos presenta una experiencia que va de lo comunitario a lo individual. La decisión de ir a pescar fue una decisión colectiva sin propósito; sin embargo, Jesús la transformó para dar sentido a la vida de cada discípulo, tomando como referencia su diálogo con Pedro.
Nuestra vida, ya sea en comunidad o de manera individual, puede carecer de sentido y llevarnos a tomar decisiones poco o nada acertadas. La cotidianidad puede conducirnos al ritualismo, la rutina o la pérdida de interés. En ocasiones, la idea de la muerte ronda nuestros pensamientos e impide que veamos con claridad el propósito de Dios para nuestra vida. Es posible que, al igual que aquellos discípulos, hayamos salido en busca de sustento sin un propósito claro.
Desde esa perspectiva, el encuentro con Jesús Resucitado nos brinda claridad desde el amor. En el amor, reconocemos a Dios en la comunidad y a la comunidad como un don divino para la humanidad. En el amor podemos reconocernos como discípulas y discípulos de Jesús y a Jesús como maestro y guía que transforma nuestra vida cotidiana. La resurrección es una transformación que emerge desde Cristo para cada persona.
Jesús nos invita a sentarnos en su mesa, a llevar aquello mismo con lo que Él nos ha provisto, a compartir la alegría de la vida y a valorar la mesa de la comunión, representada en la vida comunitaria. El Señor nos llama a mirar en lo profundo de nuestro corazón para responder a la pregunta: «¿Me amas?» con claridad, sinceridad y transparencia, permitiéndonos responder afirmativamente a su llamado a seguirlo.
