Sermón sin título (29)
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Handout
La semana pasada reflexionamos sobre el encuentro transformador entre Jesús y la mujer samaritana. En ese diálogo, dos frases marcaron su alma para siempre:
“Yo te daré agua viva” (Juan 4:10)
“Los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad” (Juan 4:23)
Estas no fueron palabras vacías. Fueron verdades vivas que cambiaron la forma en que esta mujer veía su vida, su necesidad y su propósito. Y hay un detalle en el relato que lo dice todo:
“Entonces la mujer dejó su cántaro…” (Juan 4:28)
Ese gesto no fue trivial. En la cultura del primer siglo, un cántaro era un instrumento esencial para la subsistencia diaria. Estaba hecho de barro cocido y podía contener entre 15 y 18 litros de agua, lo que equivale a 15–18 kilos de peso, más el peso del barro mismo, llegando fácilmente a los 22 o 23 kg.
Es decir, el cántaro era comparable al peso de un bidón moderno de 20 litros. No era fácil de cargar, y menos bajo el calor del mediodía. Es aqui cuando ocupa singular importancia lo que aprendíamos que Sicar estaba a un kilometro aproximadamente de donde se encintraban el pozo.
Si tuviera que cargar un botellon de agua por un kilometro, ¿como lo verias?
Pero más allá del esfuerzo físico, ese cántaro era también un símbolo de su vida cotidiana: significaba también una carga constante con la que debía convivir cada día. Cada vez que lo veía, cada vez que lo cargaba, recordaba su necesidad no resuelta.
Y sin embargo, cuando Cristo le ofreció agua viva —vida eterna, perdón, restauración—, ella lo dejó. Abandonó lo que le era útil y valioso, porque había encontrado algo infinitamente mejor.
Hoy continuamos la historia, pero desde otra perspectiva. Ya no desde la mujer, sino desde los discípulos, quienes no habían entendido aún la magnitud de lo que estaba ocurriendo.
Ellos pensaban en comida, en descanso, en lo cotidiano. Pero Jesús los sacude con una verdad sorprendente:
“Alzad vuestros ojos y mirad los campos, porque ya están blancos para la siega.” (Juan 4:35)
En otras palabras: ustedes ven cántaros, yo veo cosechas. Ustedes ven rutina, yo veo redención. Ustedes ven tierra seca, yo veo fruto eterno.
Así como la mujer dejó su cántaro, hoy también somos llamados a dejar lo que nos ata a una visión terrenal y levantar nuestros ojos para ver lo que Dios ya está haciendo.
Punto 1: Los pensamientos de Dios trascienden nuestra visión limitada
Punto 1: Los pensamientos de Dios trascienden nuestra visión limitada
Los pensamientos de Dios trascienden nuestra visión limitada
“Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra… ¿No decís vosotros: Aún faltan cuatro meses para que llegue la siega? He aquí os digo: Alzad vuestros ojos y mirad los campos, porque ya están blancos para la siega.” (Juan 4:34–35)
Los discípulos estaban preocupados por lo visible e inmediato: la comida. Jesús, en cambio, está concentrado en cumplir la obra espiritual del Padre: salvar a los escogidos Juan 6:39
Cuando les dice: “Alzad vuestros ojos…”, no solo está señalando a los samaritanos que se acercaban, sino enseñando una corrección radical a su manera de ver la realidad: ellos creían que los samaritanos no eran dignos, ni listos, ni parte del pueblo redimido.
Aquí es donde Isaías 55:8–9 puede ser interpretado correctamente:
Leamos Isaias 55;8-9
Muchos citan este texto como una defensa de la “misteriosa voluntad de Dios”, pero su verdadero contexto (Isaías 55:6–7) trata del modo sorprendente y misericordioso en que Dios llama a los impíos a sí mismo:
Leamos Isaias 55 6-9
“Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase a Jehová, el cual tendrá de él misericordia…”
Isaías no está hablando de lo inescrutable de la lógica divina en abstracto, sino del escándalo del amor redentor de Dios hacia los que menos lo merecen.
Lo nota?, donde muchos usas como excusa cuando algo no se entiende lo que realmente esta hablando es de la salvacion, de la predestinación, de aquella gracia a la cual es imposible resistirse.
Esto se cumple literalmente en la historia de la samaritana.
Desde una visión humana, ella no era "campo blanco para la siega": recuerda que era mujer, samaritana, inmoral, excluida.
Pero desde la perspectiva divina, ella fue elegida incondicionalmente desde antes de la fundación del mundo (Efesios 1:4), y ahora el Hijo ha venido a buscarla (Juan 4:4, “le era necesario pasar por Samaria”).
La conversación muestra que la gracia es irresistible: aunque comienza escéptica, la verdad de Cristo penetra su alma, y ella no puede sino responder, testificar, y dejar su cántaro atrás (Juan 4:28–29).
Jesús ve lo que sus discípulos no pueden ver, porque Él conoce a los suyos (Juan 10:14), y donde ellos ven terreno seco, Él ve una cosecha lista, preparada por la mano soberana del Padre (Juan 6:37).
Aplicación reformada:
La elección incondicional de Dios nos libera del orgullo y del prejuicio. No somos salvos porque lo merecíamos, ni los demás están perdidos porque “no sirven”, sino que todo depende de la misericordia soberana del Padre (Romanos 9:15–16).
La gracia irresistible nos consuela: si Dios quiere salvar a alguien, nadie puede frustrar Su llamado. Ni barreras culturales, ni pasados vergonzosos, ni corazones endurecidos impedirán que su Palabra cumpla su propósito (Isaías 55:10–11).
Pregunta para discusión:
¿A quién has considerado “fuera del alcance de Dios”?
¿Estás dispuesto a ver a las personas como Cristo las ve: campos blancos para la siega?
Cierre del punto:
Cuando Jesús dijo “mirad los campos”, estaba desafiando no solo la mirada física, sino la mirada espiritual limitada por el prejuicio y la incredulidad. En cambio, Él nos invita a confiar en que los pensamientos de Dios son más altos, y su plan de redención avanza con poder, incluso en los lugares y personas menos esperados.
Punto 2: El gozo del sembrador y el segador: una obra compartida en la soberanía de Dios
Punto 2: El gozo del sembrador y el segador: una obra compartida en la soberanía de Dios
“Y el que siega recibe salario, y recoge fruto para vida eterna; para que el que siembra goce juntamente con el que siega.” (Juan 4:36)
En esta afirmación, Jesús revela una dimensión gloriosa del plan redentor:
La historia de la salvación avanza mediante el trabajo coordinado de muchos obreros, aunque cada uno cumple una parte distinta en el proceso. Uno siembra, otro cosecha. Pero ambos son parte de una misma obra, planificada desde la eternidad
Esta es una visión profundamente cristocéntrica y trinitaria de la misión. Cristo está ejecutando la voluntad del Padre (Juan 4:34), una voluntad que incluye llamar, salvar y recoger el fruto que Él mismo preparó (Efesios 1:11; Juan 6:39).
En este contexto, la siembra ya había ocurrido:
Por los profetas del Antiguo Testamento (Oseas 2:23 – “sembraré para mí en la tierra”)
Por Juan el Bautista, que preparó el camino
Incluso por la revelación escrita y la conciencia dada al pueblo samaritano
Ahora, los discípulos cosecharían lo que otros sembraron, no por mérito propio, sino por la gracia de Dios que orquesta todas las etapas de la redención.
Aquí resuena con fuerza lo que Pablo enseña en 1 Corintios 3:6–8:
La frase de Jesús en Juan 4:36 muestra que el gozo del obrero no está en el reconocimiento, sino en el fruto eterno, el cual Dios ha predestinado y preparado de antemano
Leamos Juan 15:16; Efesios 2:10
Conexión con la doctrina reformada:
Este punto resalta la doctrina de la providencia de Dios: todo ocurre según su sabio gobierno, incluyendo la obra misionera (Confesión Bautista de Fe de 1689, cap. 5).
También ilustra el misterio de la predestinación aplicada en el tiempo: aunque el plan fue decretado desde la eternidad, se ejecuta en la historia mediante instrumentos humanos.
Los obreros cambian, pero el fruto es de Dios.
El gozo es compartido, pero la gloria es solo del Señor (Isaías 42:8).
Esto guarda perfecta armonía con Juan 6:37:
Es decir, Cristo recogerá a todos los que el Padre le dio, y usará medios diversos: un sembrador fiel, un testigo improvisado (como la samaritana), un predicador, un discípulo obediente. Todos forman parte del proceso, pero el éxito está garantizado por la soberanía del Redentor.
Aplicación pastoral:
Este principio rompe todo orgullo ministerial. Nadie gana almas “por su fidelidad”, “por su carisma” o “por su esfuerzo”. Todo fruto es del Espíritu (Gálatas 5:22–23).
También es un consuelo para quienes han sembrado con lágrimas —padres, pastores, evangelistas, discípulos— y aún no han visto frutos: otro puede cosechar en su lugar, pero el gozo será compartido.
Dios honra la fidelidad, no los resultados inmediatos. Como en la agricultura, hay una cosecha, pero también un tiempo de espera.
Pregunta para discusión:
¿Estás dispuesto a sembrar con fidelidad aunque no veas resultados inmediatos, confiando en que Dios usará tu labor en Su tiempo y a Su manera?
Frase de cierre del punto:
“En la economía de Dios, sembradores y segadores no compiten ni se comparan, se gozan juntos, porque el fruto es del Señor y para Su gloria eterna.”
