Tú eres Pedro, León
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Cuarto Domingo de Pascua
Leccionario de la Misa Cuarto domingo de Pascua, Ciclo C
Lectura 1
Así como Jesús hace su entrada a Jerusalén humildemente, Robert Prevost misionaba en tierras americanas y ahora como León XIV (se dice catorce, no decimocuarto) pasa los límites de la Ciudad del Vaticano a la Jerusalén del mundo a misionar a mínimo, mil cuatrocientos millones de católicos.
En su primera misa como León XIV dijo: «Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios vivo, es decir, el único Salvador y el que nos revela el rostro del Padre». Toda una toma de intenciones para los más avispados y un llamado de atención para los «sordos», aunque sea un Papa anterior. Fuera de la Iglesia no hay Salvación dice el Catecismo vigente y como Magisterio hay que leerlo completo, por eso leamos los numerales 846, 847 y 848; para que no se escandalicen tanto, digo.
Hoy sábado Juan Manuel de Prada escribe en un artículo en el diario español ABC: Al Papa no lo elige el Espíritu Santo sino hombres que pueden estar atentos a la inspiración divina o bien desoírla, Benedicto XVI decía claramente: «hay muchos Papas que el Espíritu Santo no habría elegido».
Y citaba al padre Leonardo Castellani: «Existen entre nosotros fulanos que piensan es devoción al Sumo Pontificado decir que el Papa 'gloriosamente reinante' en cualquier tiempo 'es un santo y un sabio', aunque no sepan un comino de su persona. Eso es fetichismo africano, es mentir sencillamente a veces, es ridículo; y nos vuelve la irrisión de los infieles. Lo que cumple es obedecer lo que manda el Papa y respetarlo en cualquier caso, como Pontífice; y amarlo como persona, cuando merece ser amado».
Nuestro Papa merece ser amado sin ambages; por sus obras lo iremos conociendo a partir de ahora. No eres Jesucristo, no eres Benedicto, ni Francisco. Eres León.
En el Evangelio de hoy, dice Jesús:
Mis ovejas escuchan mi voz;
yo las conozco y ellas me siguen.
Yo les doy vida eterna
y no perecerán jamás,
y nadie las arrebatará de mi mano.
El Padre, que me las ha dado, es más grande que todos,
y nadie puede arrebatar nada de la mano del Padre.
Yo y el Padre somos uno.
Así sea.
