Lucas 5:33-39 - El Esposo Ha Llegado: Del Ayuno al Banquete
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Antes de comenzar, quiero tomar un momento especial para saludar con mucho cariño a todas las madres en este día tan especial. Damos gracias al Señor por sus vidas, por su amor sacrificial, por su paciencia y entrega que reflejan el cuidado amoroso de nuestro Dios. Que el Señor las siga fortaleciendo en esta preciosa labor que tienen al formar y nutrir a la siguiente generación en la fe. ¡Feliz día, queridas mamás!
Precisamente al pensar en nuestras madres, no podemos evitar recordar momentos llenos de alegría. ¡Qué fácilmente vienen a la mente recuerdos de nuestra infancia! Momentos en los que todo parecía más sencillo, cuando sentíamos la protección cercana de mamá, cuando la vida era más tranquila y sencilla. Pero aunque los recuerdos son hermosos, ¿qué sucede cuando la nostalgia nos impide vivir con gozo el presente?
Tal vez conoces a alguien así, atrapado en la nostalgia de los “tiempos mejores”.
Mis hermanos amados, hoy la Palabra de Dios nos quiere liberar de esa prisión espiritual. En el pasaje que estudiaremos hoy, Jesús confronta precisamente esta forma de pensar: hombres atrapados en prácticas religiosas del pasado, incapaces de ver la nueva realidad del Reino presente delante de ellos.
Porque Jesús, el Esposo prometido, ya ha llegado. ¡El banquete ha comenzado! Sin embargo, algunos siguen viviendo como si estuvieran en ayuno.
Amada iglesia, Dios quiere que hoy rompamos con esa nostalgia que limita nuestro gozo. Jesús está aquí, presente con nosotros por medio de su Espíritu Santo. El banquete del Reino es ahora, no en un pasado idealizado ni en un futuro incierto. ¡El Reino es ahora, y Cristo es nuestro gozo!
En el texto que hoy veremos, Lucas nos presenta claramente tres verdades gloriosas que nos liberan del pasado y nos permiten vivir con plenitud y gozo en Cristo hoy:
Un Tiempo de Plenitud ha llegado (Jesús, el Esposo, está aquí).
Una Nueva Vida debe nacer (para entrar a la plenitud del Reino).
Un Nuevo Gozo debe ser abrazado (porque la obra de Cristo lo ha cambiado todo).
Abramos juntos la Escritura, pidiendo al Señor que derribe cualquier muro espiritual que nos impida sentarnos gozosos hoy mismo a la mesa del Reino, donde Cristo nuestro Esposo, nos recibe con amor y alegría.
I. Un Tiempo de Plenitud Ha Llegado (Lucas 5:33–35)
I. Un Tiempo de Plenitud Ha Llegado (Lucas 5:33–35)
«Entonces ellos le dijeron: “Los discípulos de Juan ayunan con frecuencia y hacen oraciones; asimismo los de los fariseos, pero los tuyos comen y beben”» (Lucas 5:33).
Para entender por qué surge esta inquietud, debemos remontarnos al propósito original del ayuno en Israel. La
Ley de Dios había prescrito un solo ayuno obligatorio al año, el día de la Expiación (Levítico 16:29–31), como una oportunidad solemne para expresar arrepentimiento y dependencia absoluta de la misericordia divina.
Como suele ocurrir con el corazón humano caído, lo que fue instituido por Dios para el bien espiritual del pueblo, pronto se distorsionó. El ayuno pasó de ser una expresión auténtica de humildad a convertirse en una práctica rutinaria y superficial, orientada más hacia la exhibición que hacia la devoción.
Los fariseos ayunaban dos veces por semana, cada lunes y jueves (Lucas 18:12), y según Jesús mismo denunció, lo hacían para ser vistos por los hombres (Mateo 6:16). Para ellos, el ayuno no era un clamor sincero hacia Dios, sino una declaración pública de superioridad espiritual.
Pero también estaban los discípulos de Juan el Bautista, cuyo ayuno tenía otro matiz. Ellos ayunaban con una profunda tristeza debido al encarcelamiento y posterior muerte de su maestro Juan (Lucas 7:33; Mateo 14:12). Era un ayuno cargado de duelo, dolor y expectativa por la manifestación definitiva del Mesías.
Pero fíjense bien, queridos hermanos, en la ironía trágica: ambos grupos ayunaban por motivos distintos, pero ambos ignoraban algo crucial: ¡el tiempo del ayuno había pasado! ¡El Esposo prometido estaba entre ellos!
Y si somos sinceros, esta situación no nos es ajena hoy. Muchos todavía ayunan y practican disciplinas religiosas por las razones incorrectas:
En la tradición católica romana, el ayuno sigue siendo visto como un acto penitencial, una especie de compensación espiritual para ganar méritos delante de Dios.
Entre muchos evangélicos actuales, especialmente en ciertos círculos carismáticos, el ayuno se usa como un medio de manipulación divina para alcanzar bendiciones materiales o milagros.
Pero, hermanos míos, el ayuno bíblico jamás ha sido una moneda de cambio ni un mecanismo para torcerle el brazo a Dios. El verdadero ayuno es la expresión de dependencia, humildad y entrega absoluta a Dios.
Jesús responde magistralmente a la pregunta que le hicieron con una comparación tomada de las bodas judías:
«Jesús les dijo: ¿Acaso podéis hacer que los acompañantes del novio ayunen mientras el novio está con ellos?» (Lucas 5:34).
Aquí Jesús utiliza una figura profundamente arraigada en la revelación del Antiguo Testamento: la imagen de Dios mismo como el Esposo de Israel (Isaías 54:5; Jeremías 31:32; Oseas 2:19–20). Al llamarse a sí mismo el Novio, Jesús está declarando claramente su identidad divina.
Él es Dios mismo que ha descendido a rescatar, restaurar y renovar a su pueblo. Él es la promesa cumplida, la esperanza realizada.
Es por eso que los discípulos de Jesús no podían ayunar. Ellos no estaban de duelo, porque la presencia del Esposo es motivo de gozo y celebración. Ellos están disfrutando un banquete de Bodas.
La imagen del banquete de bodas es una metáfora escatológica, profundamente arraigada en la Escritura:
Isaías 25:6 anticipa un banquete final: «Jehová de los ejércitos hará a todos los pueblos banquete de manjares suculentos».
Apocalipsis 19:7–9 describe las bodas del Cordero, la culminación futura de la salvación cuando Cristo y la iglesia serán unidos en gloria eterna.
Jesús está diciendo: «¡Ese banquete escatológico ha comenzado!». El Mesías prometido, el Esposo celestial, está presente. Este tiempo de plenitud exige celebración y gozo, no tristeza ni lamento.
Los discípulos no ayunan, porque Jesús mismo es la encarnación del gozo que Dios prometió desde los profetas (Isaías 9:2–3; 61:10). Así lo reconoció también Juan el Bautista cuando dijo:
«El que tiene la novia es el novio; pero el amigo del novio… se regocija en gran manera por la voz del novio. Así que este gozo mío se ha completado» (Juan 3:29).
Juan se consideraba un amigo del Novio y Jesús llama a sus discípulos «amigos del novio» (en griego, literalmente: οἱ υἱοὶ τοῦ νυμφῶνος, “los hijos de la cámara nupcial”).
En la tradición judía, estos amigos tenían una tarea crucial: preparar y hermosear todos los detalles de la boda para que fuera un exito.
Esta figura nos ayuda a entender mejor el papel de los profetas y los apóstoles en la historia de la redención. Ellos, como amigos del Esposo, fueron llamados para anunciar la llegada del Reino, proclamar la Buena Nueva y preparar espiritualmente a la iglesia, la novia de Cristo. Pablo mismo expresa esto claramente:
«Porque os celo con celo de Dios; pues os he desposado con un solo esposo, para presentaros como una virgen pura a Cristo» (2 Corintios 11:2).
En este sentido, la iglesia descansa sobre un fundamento sólido y apostólico, sobre la tradición verdadera que recibimos directamente de los apóstoles por inspiración divina (Efesios 2:20; 3:5).
Nuestra tarea hoy sigue siendo prepararnos y hermosearnos mediante la Palabra, para el día en que nos unamos plenamente con nuestro amado Salvador (Efesios 5:25–27).
Pero Jesús añade una nota solemne
«Vendrán días cuando el novio les será quitado; entonces ayunarán en aquellos días» (Lucas 5:35).
Noten que el novio será quitado a los amigos, no a la novia y esto es solo cuestión de días. Aquí Cristo anuncia claramente su muerte violenta en la cruz, evocando la profecía de:
Por opresión y juicio fue quitado; Y en cuanto a Su generación, ¿quién tuvo en cuenta Que Él fuera cortado de la tierra de los vivientes Por la transgresión de mi pueblo, a quien correspondía la herida?
Esta fue una separación temporal que trajo para los amigos del novio un duelo pasajero:
»Un poco más, y ya no me verán; y de nuevo un poco, y me verán».
»En verdad les digo, que llorarán y se lamentarán, pero el mundo se alegrará; ustedes estarán tristes, pero su tristeza se convertirá en alegría. »Cuando la mujer está para dar a luz, tiene aflicción, porque ha llegado su hora; pero cuando da a luz al niño, ya no se acuerda de la angustia, por la alegría de que un niño haya nacido en el mundo. »Por tanto, ahora ustedes tienen también aflicción; pero Yo los veré otra vez, y su corazón se alegrará, y nadie les quitará su gozo.
Luego del duelo vino el gozo indestructible de la resurrección y de Pentecostés. Ahora, la iglesia vive en la tensión escatológica de un Reino ya inaugurado y un Reino aún no plenamente consumado.
Amados hermanos, este tiempo de plenitud inaugurado por Cristo debe transformar profundamente nuestra manera de vivir. No estamos llamados a vivir en una perpetua nostalgia espiritual, ni en una austeridad religiosa vacía, porque el Esposo está ahora mismo presente entre nosotros por medio del Espíritu Santo
»No los dejaré huérfanos; vendré a ustedes.
enseñándoles a guardar todo lo que les he mandado; y ¡recuerden! Yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo».
Querida iglesia, ¿cómo respondemos hoy?
Ya no vivimos bajo la tristeza perpetua del ayuno ritualista. Ni bajo los sacrificios continuos del templo que le anticipaban a El. No tenemos que someternos a penitencias religiosas que tratan de ganar el favor de Dios.
Cristo ha cumplido plenamente con todo lo que exigía la ley (Hebreos 10:12–14). Por lo tanto, la actitud fundamental del creyente en Cristo no debe ser el ayuno de tristeza por lo que falta, sino el gozo agradecido por lo que ya hemos recibido en Él.
Dios nos conceda corazones abiertos para ver y celebrar la plenitud que tenemos hoy en Cristo. ¡El Esposo está con nosotros, hermanos! Es tiempo de celebrar con gozo, porque un tiempo de plenitud ha llegado.
Pero ahora veamos como nuestro Señor profundiza aún más con dos ilustraciones, enseñándonos que esta plenitud del Reino requiere una transformación radical y profunda en nuestras vidas para poder disfrutarlo:
II. Una Nueva Vida Debe Nacer: No Remiendos, Sino Renovación
II. Una Nueva Vida Debe Nacer: No Remiendos, Sino Renovación
«Les dijo también una parábola: Nadie corta un pedazo de un vestido nuevo y lo pone en un vestido viejo; de lo contrario, romperá el nuevo, y el remiendo del nuevo no armonizará con el viejo. Y nadie echa vino nuevo en odres viejos; de lo contrario, el vino nuevo romperá los odres y se derramará, y los odres se perderán. Más bien, el vino nuevo debe echarse en odres nuevos.» (Lucas 5:36–38 NBLA)
En estas palabras, nuestro Señor revela claramente el tipo de cambio que su presencia trae al mundo y, particularmente, a nuestras vidas. Veamos cuidadosamente qué significa cada ilustración en su contexto original y cómo estas verdades transforman radicalmente nuestra vida hoy.
“Les dijo también una parábola: Nadie corta un pedazo de un vestido nuevo y lo pone en un vestido viejo; de lo contrario, romperá el nuevo, y el remiendo del nuevo no armonizará con el viejo” (Lucas 5:36, NBLA).
Jesús utiliza la imagen del vestido nuevo y viejo para revelar la incompatibilidad radical entre lo viejo y lo nuevo. Pero, ¿a qué se refiere exactamente?
En el contexto del primer siglo, las prendas eran valiosas y no se desperdiciaban.
Nadie en su sano juicio tomaría una tela nueva, costosa y sin encoger, y la recortaría para remendar una prenda vieja y desgastada. Eso no solo arruinaría la prenda nueva, sino que el remiendo nuevo, al encogerse con los lavados, terminaría desgarrando aún más la prenda vieja.
¿Qué nos está enseñando Jesús aquí?
El Error de los Fariseos: Un Judaísmo Parchado
En tiempos de Jesús, los fariseos y escribas intentaban remendar la estructura del judaísmo mosaico con tradiciones humanas. Habían convertido el ayuno en una práctica rígida, legalista y exhibicionista (Mateo 6:16). De un único ayuno anual prescrito en el Día de la Expiación (Levítico 16:29–31), llegaron a imponer ayunos dos veces por semana (Lucas 18:12).
Estos ayunos se habían convertido en un símbolo de espiritualidad externa, mientras los corazones permanecían inalterados, endurecidos y vacíos. Los líderes religiosos pensaban que, al añadir más prácticas externas, mejorarían su relación con Dios. Pero Jesús declara que esto es un remiendo inútil.
La Lección de la Parábola: No Se Puede Remendar lo Viejo con lo Nuevo
La llegada del Reino de Dios no es un ajuste cosmético, es una transformación radical.
Jesús no vino a mejorar el judaísmo farisaico; vino a traer una nueva creación (2 Corintios 5:17).
No vino a parchar corazones endurecidos; vino a dar corazones nuevos, sensibles y receptivos al Espíritu (Ezequiel 36:26–27).
Jesús está diciendo:
No puedes tomar el mensaje del Reino y colocarlo como un simple remiendo sobre tu vieja vida religiosa.
No puedes mezclar la gracia del Evangelio con el legalismo farisaico y esperar que funcione.
No puedes intentar vivir el cristianismo como un complemento a tu antigua manera de vivir. Debes nacer de nuevo.
Esto es lo que Jesús le dijo a Nicodemo en Juan 3:3–5:
“De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios.”
En otras palabras, no necesitas un parche. Necesitas un nuevo vestido —la justicia perfecta de Cristo:
En gran manera me gozaré en el Señor, Mi alma se regocijará en mi Dios. Porque Él me ha vestido de ropas de salvación, Me ha envuelto en manto de justicia Como el novio se engalana con una corona, Como la novia se adorna con sus joyas
Jesús añade una segunda ilustración que complementa magistralmente la anterior:
“Y nadie echa vino nuevo en odres viejos; de lo contrario, el vino nuevo romperá los odres y se derramará, y los odres se perderán. Más bien, el vino nuevo debe echarse en odres nuevos” (Lucas 5:37–38).
Para comprender esta imagen debemos recordar que, en la época de Jesús, los odres eran recipientes hechos generalmente de pieles de animales, como cabras u ovejas. Cuando estas pieles eran nuevas, tenían suficiente elasticidad para adaptarse a la expansión producida por la fermentación natural del vino nuevo. Pero una vez que el odre envejecía, perdía su flexibilidad, se endurecía, y se volvía quebradizo.
Por lo tanto, si se colocaba vino nuevo en odres viejos, estos inevitablemente se rompían.
Hermanos, esta parábola expresa claramente una verdad espiritual crucial:
Jesús está diciendo que el Reino de Dios es como ese vino nuevo, lleno de vida, de gozo, de plenitud espiritual. Pero este vino nuevo no puede ser contenido en odres viejos, es decir, en corazones endurecidos por el legalismo, el orgullo espiritual o la religiosidad vacía.
Los fariseos eran odres viejos. Se aferraban a sus tradiciones humanas, a sus prácticas ritualistas y a su autojustificación.
Los discípulos de Juan ayunaban por el duelo de un profeta encarcelado, pero no podían ver que el Esposo estaba presente, invitándolos a una nueva realidad.
Para recibir el vino nuevo del Reino, necesitamos ser odres nuevos. Esto implica un nuevo nacimiento, un corazón regenerado por el Espíritu (Juan 3:5).
Jeremías 31:31–33: Un nuevo pacto en el que Dios escribe su ley en nuestros corazones.
Ezequiel 36:26–27: Un corazón de carne, sensible a la voz de Dios.
2 Corintios 5:17: Una nueva creación en Cristo.
Esta es la obra del Reino:
No un parche sobre lo viejo, sino un odre nuevo para el vino nuevo.
No un ciclo estéril de ritos vacíos, sino un banquete eterno de gozo, justicia y paz en el Espíritu Santo (Romanos 14:17).
Esto nos lleva a la advertencia pastoral que Jesús está emitiendo aquí:
Si tratamos de colocar el vino nuevo del Evangelio en odres viejos de legalismo o religiosidad, el resultado será un desastre.
Si intentamos vivir el cristianismo sin un corazón regenerado, la presión del Evangelio nos quebrará. No podemos mezclar la gracia con el legalismo, la nueva vida en Cristo con las viejas prácticas muertas.
Amados, esto nos habla directamente hoy. Porque vivimos en un tiempo en el que Muchos intentan vivir el cristianismo simplemente como un «remiendo» que se pone sobre una vida no regenerada.
Añaden un poco de religión, algunos rituales, ciertos actos espirituales, pero nunca experimentan la transformación radical del Espíritu de Dios. Intentan guardar tradiciones, asistir a la iglesia, cumplir deberes religiosos, pero sus corazones siguen siendo viejos y duros, sin vida espiritual.
Otros tratan de mezclar las prácticas religiosas externas con el mensaje puro y transformador del Evangelio, volviendo así al sacerdotalismo del Antiguo Testamento, con rituales ceremoniales y sacramentos que pretenden complementar o añadir mérito a la obra completa y perfecta de Cristo.
Pero hermanos, esta mezcla es imposible, es incompatible con la suficiencia absoluta de Cristo, quien se ofreció a sí mismo «una sola vez para siempre» por nosotros (Hebreos 10:12–14).
La plenitud del Reino de Dios no acepta simples remiendos religiosos o soluciones superficiales. El Reino exige una vida radicalmente nueva, transformada, nacida del Espíritu Santo.
Queridos hermanos, ¿han experimentado realmente este nuevo nacimiento en Cristo? ¿O siguen intentando colocar parches de religiosidad sobre una vida vieja?
Si aún no han experimentado esta vida nueva, hoy es el día para venir a Cristo en arrepentimiento y fe. Él promete darte un corazón nuevo, flexible y receptivo a Su Espíritu.
Si ya has recibido esta nueva vida, recuerda que Cristo te llama a vivir plenamente en esa nueva identidad, en gozo y santidad, no regresando a la rigidez y dureza de una religión sin vida.
Que esta sea hoy tu oración sincera:
«Señor, no quiero parches; quiero una vida nueva en Cristo. Dame un corazón nuevo que pueda recibir plenamente el vino nuevo del Reino de Dios.»
Ahora que hemos visto como la llegada del Reino trae consigo un tiempo de plenitud que no puede ser vivido en la tristeza del ayuno ritualista (v. 33–35) y cómo ese nuevo tiempo demanda una transformación radical (v. 36–38). Veamos ahora como la enseñanza de nuestro Señor Jesús nos conduce a la cúspide de su mensaje:
III. Un Nuevo Gozo Debe Ser Abrazado: Del Ayuno al Banquete del Reino (Lucas 5:39)
III. Un Nuevo Gozo Debe Ser Abrazado: Del Ayuno al Banquete del Reino (Lucas 5:39)
En este cierre, Jesús nos deja una imagen poderosa:
“Y nadie, después de beber el vino añejo, quiere el nuevo, porque dice: ‘El añejo es mejor’” (Lucas 5:39).
Aquí, Jesús no está diciendo que el vino viejo sea objetivamente mejor.
Lo que expone es la resistencia del corazón humano a lo nuevo, incluso cuando lo nuevo es infinitamente mejor.
El vino viejo representaba un sistema religioso que alguna vez fue bueno y necesario, pero que ahora ha sido cumplido y superado por el vino nuevo del Reino.
A. El Vino Viejo: De Delicioso a Rancio
A. El Vino Viejo: De Delicioso a Rancio
En su momento, el vino viejo fue delicioso.
La Ley reveló la santidad de Dios y la pecaminosidad del hombre.
Los sacrificios señalaron la necesidad de expiación.
El ayuno expresaba hambre por la venida del Mesías.
Pero ahora, el Esposo ha llegado.
El sistema viejo ha cumplido su propósito, pero se ha quedado estancado.
Lo que debía preparar el corazón para el Reino se convirtió en un teatro vacío, un sistema estéril, un vino que perdió su frescura.
Los fariseos bebieron del vino viejo y se aferraron a él, incapaces de ver la frescura del vino nuevo del Reino .
Pero el problema no es el vino, sino el corazón que naturalmente se resiste a soltar lo viejo.
Como un odre endurecido, no puede contener lo nuevo sin romperse.
Cristo no ha venido a mejorar el vino viejo, sino a ofrecer un vino nuevo, un Reino nuevo, una vida nueva.
Este vino es el gozo del Espíritu Santo, la certeza del perdón, la reconciliación con Dios, la paz que que sobre pasa todo entendimeinto.
Amados hermanos
El vino nuevo está fluyendo, pero el corazón natural lo resiste.
Porque el vino nuevo es incontrolable, impredecible, transformador.
Y el corazón humano, endurecido y aferrado a lo conocido, prefiere lo viejo aunque esté seco, aunque esté rancio.
C. El Ayuno Hoy: Del Lamento a la Anticipación
C. El Ayuno Hoy: Del Lamento a la Anticipación
Ahora bien, ¿qué lugar tiene el ayuno en la era del Reino?
Antes, el ayuno expresaba duelo, anhelo por la venida del Mesías.
Pero ahora, el Mesías ha llegado. El Esposo está presente por el Espíritu Santo.
Entonces, ¿por qué seguimos ayunando?
No ayunamos por un Esposo ausente.
Ayunamos porque, aunque el Reino ha comenzado, aún no ha sido consumado en su plenitud.
Ryken lo describe como un ayuno escatológico, un acto de fe que dice:
“Señor, ya hemos probado del vino nuevo, pero queremos más. Ya hemos visto tu gloria, pero anhelamos verla cara a cara.”
En Hechos 13:2-3, la iglesia ayuna no en luto, sino en preparación para la misión del Espíritu.
No es un ayuno de ausencia, sino un ayuno de hambre espiritual por más del Reino, por más del Espíritu, por más de Cristo.
Conclusión: Del Ayuno al Gozo del Reino
Conclusión: Del Ayuno al Gozo del Reino
Hoy, hemos escuchado el llamado del Esposo. Él ha venido a inaugurar un banquete de gracia, un gozo que no puede ser contenido en odres viejos de religiosidad vacía. Pero muchos siguen ayunando, buscando satisfacción en formas sin vida. Hoy, Cristo nos invita a soltar lo rancio y a beber del vino nuevo del Reino. ¿Cómo?
Para los creyentes estancados en prácticas vacías:
Examina tu devoción. ¿Ayunas por costumbre o por comunión con Cristo? Hoy, decide cambiar tu ayuno de lamento por un ayuno de anhelo, un clamor por más del Espíritu Santo. Ora: “Señor, llena mi copa hasta rebosar.”
Para los que buscan paz en lo que nunca sacia:
Has probado de todo: religión, logros, placeres. Pero tu copa sigue vacía. Hoy, Cristo te dice: ‘Ven a mí. Deja lo viejo y recibe el vino nuevo del perdón y la reconciliación.’
Para los que se esconden en rituales sin vida:
Deja de actuar. Deja de aparentar espiritualidad mientras tu corazón sigue seco. Pide al Espíritu que rompa el odre viejo y te haga nuevo, capaz de contener el gozo del Reino.
Hoy, el Esposo está aquí. El banquete está servido. El vino nuevo está fluyendo. ¿Qué vas a hacer? Amén.
