El rostro del Reino
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También le llevaban niños pequeños a Jesús para que los tocara. Al ver esto, los discípulos reprendían a quienes los llevaban. Pero Jesús llamó a los niños y dijo: «Dejen que los niños vengan a mí; no se lo impidan, porque el reino de Dios es de quienes son como ellos. Les aseguro que el que no reciba el reino de Dios como un niño, de ninguna manera entrará en él».
Introducción
Introducción
«El espíritu infantil no es un vaso que tengamos que llenar, sino un hogar que debemos calentar» (Frase atribuida a Plutarco), con esta frase podríamos iniciar la reflexión acerca de quiénes son los niños para nosotros. Sin duda, un niño es un modelo de ternura y alegría. Cuando nos enteramos de la espera de un bebé o de su nacimiento nos llenamos de alegría. Al comenzar a ver sus logros también nos brindan alegría, sin embargo, cuando sentimos el peso de la responsabilidad que tenemos de formar a nuestros niños y niñas, es posible que sintamos temor.
Esto sucede porque la crianza está supeditada al contexto social y la cultura, muchas veces vemos a los niños y niñas como vasos que debemos llenar. Los llenamos de conocimiento, buenas costumbres y educación, habilidades para la vida y, por supuesto, de amor. Sin embargo, nuestra naturaleza humana es tendiente al juicio acerca de como otros crían a sus hijos. Este problema se incrementa en la reunión de diversas generaciones como sucede en la iglesia.
Notemos que en la escuela los niños están siendo acompañados por sus profesores, pero están aprendiendo a vivir en comunidad con pares, cuando llegan a casa reconocen el modelo de autoridad mediante sus padres y familiares adultos, pero cuando vienen a la iglesia están aprendiendo una forma mixta de convivencia. En la iglesia se encuentran con personas diversas en todo el sentido de la Palabra y ello también dejará una impronta en la mente y el corazón de ellos.
En ese sentido como comunidad tenemos dos problemas para resolver: El primero tiene que ver con nuestra realidad; debemos reconocer que no tenemos el mismo número de niños y niñas que teníamos en otrora, sin embargo, tenemos presencia de infantes en nuestra comunidad y debemos trabajar con ellos y para ellos. El segundo problema está relacionado con el primero; debemos revisar el trato que le estamos dando a los niños, niñas y adolescentes en nuestra comunidad. Hablar de trato refiere a la manera como trabajamos con ellos, como le enseñamos la Palabra y como los incluimos en la vida de nuestra comunidad.
La iglesia es una familia de fe que está compuesta por familias. La perícopa que hoy leímos está en medio de dos historias que tienen que ver con personajes familiares. Le antecede la parábola de una viuda que busca justicia, que seguramente tenía necesidades junto con sus hijos y le precede la historia de un joven que busca el camino a la vida eterna. Entre la viuda y el joven están los niños que son llevados a Jesús, esta narración nos permitirá encontrar donde está el rostro del Reino de Dios.
1. El lugar más seguro para los niños, niñas y adolescentes está en el toque de Jesús
1. El lugar más seguro para los niños, niñas y adolescentes está en el toque de Jesús
Mientras Jesús enseñaba, le llevaban niños pequeños para que los tocara. Podían ser niños enfermos, huérfanos o simplemente niños. Quienes los llevaban tenían una cosa clara, en Jesús estos niños y niñas podían encontrar el toque más amoroso y puro.
Cuando nosotros tenemos hijos queremos lo mejor para ellos, sin embargo, en muchas ocasiones pensamos que lo mejor tiene que ver con el dinero y la estabilidad olvidando que lo mejor que podemos brindar a nuestros niños y niñas son las enseñanzas y valores del Reino.
Esos valores no se aprenden teóricamente, se enseñan mediante el ejemplo. Si nosotros queremos tener nuevas generaciones que amen a Dios, debemos ayudarles a hacer de la comunidad de fe un lugar seguro para que sean tocados por Dios. Presentar a los niños a Jesús es símbolo de confianza en la comunidad de fe. Nuestros niños deben estar con nosotros en la adoración y aprender el toque tierno y amoroso de Dios.
Cada uno de nosotros debe velar por el crecimiento espiritual de las nuevas generaciones. Si los niños son hogares que necesitan calor, como expresó Plutarco, nosotros debemos comprender que el fuego del Espíritu Santo está aquí en la comunidad.
El lugar en el que nosotros adoramos es el mejor lugar para que ellos estén con nosotros. La Biblia nos presenta un grupo de adultos conscientes de la necesidad de Dios y de que sus hijos conozcan a Dios.
2. Se necesita una iglesia anfitriona para los niños, niñas y adolescentes
2. Se necesita una iglesia anfitriona para los niños, niñas y adolescentes
Para ser una iglesia anfitriona para niños, niñas y adolescentes necesitamos saber cuál es el papel que juegan ellos en nuestra sociedad. El evangelio nos dice que los discípulos de Jesús, las personas que estaban cerca a Él se incomodaron y reprendían a los padres o personas que llevaban a los niños. Al respecto, es importante recordar que para la sociedad judeoromana los niños no representaban algo importante, más bien eran un estorbo en tanto no comenzaban su edad productiva.
La sociedad ha construido ciertas incoherencias, por ejemplo, Ser padre constituía la plenitud de un varón, ya que de esa manera se alcanzaba la posición de paterfamilias, un hombre que, en todo el sentido de la palabra, debía responder por su familia. De otro lado, para la mujer, tener hijos constituía el pleno desarrollo de su proyecto de vida; una mujer que no tuviera hijos no era bien vista en la sociedad. Sin embargo, los niños, al igual que las mujeres, no eran considerados parte esencial del cuadro social.
Es importante imaginar el contexto y compararlo con el nuestro; Jesús está enseñando en aldeas y pueblos, y allí hay niños, niñas y adolescentes corriendo, jugando, gritando, haciendo travesuras; en algunos momentos aprendían en la sinagoga, en otros corrían por las plazas y, en muchos casos, se perdían de sus padres, como relata el evangelio que sucedió con Jesús.
Ahora imaginemos nuestro contexto, los niños están en nuestro culto, en las visitas familiares, en las casas, en las escuelas, también ellos están observando lo que nosotros hacemos, la manera como juzgamos y el amor que brindamos. Podemos ahora imaginar específicamente a los niños y niñas en nuestro culto; algunos llamaran a sus padres para pedirle algo de comer porque no hay mejor momento para que a un niño le de hambre que durante el servicio, al bebé de brazos se le mojó el pañal o le están saliendo los dientes y el dolor le hace llorar levantando nuestra congregación a gritos, uno más grandecito intenta predicar mientras el pastor lo está haciendo, el que comienza a caminar se toma el santuario como pista corriendo por los pasillos, para rematar los más grandes, los adolescentes, a veces llegan con su carota y no tienen la mejor actitud en el culto.
Quizás con estos ejemplos podamos comprender lo que le pasaba a los discípulos e incluso identificarnos con ellos. ¿Nos molesta que pase todo esto en la iglesia? si es así, no estamos siendo los mejores anfitriones para los niños, niñas y adolescentes. Cuando tenemos que entregarle un celular a los niños para que «no molesten» o «no se aburran» en el templo, en una visita, en una cita medica o cualquier otro lugar, no somos buenos anfitriones. Ser buenos anfitriones implica ver en los niños, niñas y adolescentes la vida entera, cantar con ellos a su ritmo, entender sus necesidades y saber que si no están aquí, nuestra iglesia va a desaparecer y ellos se van a perder en un mundo sin Dios. Esa es la razón por la que Jesús llamó a los niños y reprendió a los adultos.
3. Jesús nos enseña que el rostro del Reino está en los niños
3. Jesús nos enseña que el rostro del Reino está en los niños
Finalmente, Jesús sale en defensa de los niños, niñas y adolescentes. Déjenlos venir porque el reino de Dios es de quienes son como ellos. ¿Cómo son los niños? Esa es la razón por la que se necesita ser buenos anfitriones para comprender sus realidades.
Los niños son pura sinceridad, espontaneidad y mentalidad abierta, tienen la capacidad de desbordarse en amor, aun cuando nosotros no seamos buenos anfitriones para ellos, ellos nos aman y nos ven como referentes de vida; ellos ven el rostro de Dios en nosotros. Tienen, además, la capacidad de reconciliarse después de un conflicto, y encuentran soluciones prontas para cualquier situación. Los niños no tienen límites, ellos ven el universo infinito y cuando están en apuros simplemente confían en que nosotros llegaremos para salvarlos.
Jesús dijo que el Reino de Dios se debe recibir como un niño. Desde luego, no se trata de no madurar; ninguno de nosotros se vería bien haciendo una pataleta o comiendo en el culto. Los hermanos y hermanas de la comunidad no tienen la culpa de sus crisis emocionales, y usted está aquí para alimentarse espiritualmente y alimentar a otros mediante el amor. Entonces como cristianos debemos madurar y crecer, Walt Disney dijo que envejecer es inevitable, pero crecer es opcional; los cristianos estamos llamados al crecimiento.
Sin embargo, debemos recibir a los niños, niñas y adolescentes con amor haciéndolos parte de nuestra comunidad, siendo buenos anfitriones, entendiendo sus necesidades. La escuela dominical no es un entretenimiento para los niños para que los padres puedan escuchar la Palabra; por eso, los niños pueden y deben estar en la comunidad con nosotros, ya que ellos nos están enseñando a ser pacientes y tolerantes.
Cuando maduramos, nos damos cuenta de que las actitudes de los niños construyen el Reino de Dios, y que el rostro del Reino está reflejado en el rostro de los niños y niñas de la comunidad. Entonces comprendemos la importancia de ser puramente sinceros, espontáneos, con mentalidad abierta, desbordados en amor y con capacidad de perdonar y reconciliar. Nuestra comunidad debe ser una comunidad que aprende la fe, que no le pone limites ni a los niños ni a Dios sino que puede ver el mundo infinito y las promesas de Dios que se cumplirán en nosotros.
Conclusión
Conclusión
El rostro del Reino es el rostro de los niños, con ellos aprendemos el ideal de la comunidad, no importa si hay uno, dos, tres o muchos; cada uno de ellos debe ser importante y valorado en nuestra iglesia. Dios los ha puesto para recordarnos como debe ser nuestro comportamiento cuando construimos la comunidad.
