Eclesiastés: Vivir sabiamente en este mundo de frustración

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En algún momento de nuestras vidas, todos nos hacemos preguntas como: ¿Para qué existo? ¿Vale la pena esta vida? ¿Por qué, a pesar de tener tanto, sigo sintiéndome vacío? A lo largo de la historia, las personas han buscado sin descanso un sentido en medio de la frustración, el sufrimiento y la aparente falta de propósito. El libro de Eclesiastés, escrito por el rey Salomón, ofrece una respuesta honesta, directa y profundamente sabia a esta búsqueda universal. Aunque a veces se lo malinterpreta como un texto pesimista o fatalista, en realidad Eclesiastés nos guía con lucidez. Salomón, quien experimentó todo lo que el mundo puede ofrecer —placer, poder, riqueza, conocimiento—, llegó a la conclusión de que nada de eso tiene valor real si se vive apartado de Dios. Su mensaje es claro: vivir sabiamente en un mundo frustrante significa temer a Dios, obedecer sus mandamientos y disfrutar con gratitud de los dones simples que Él da.
Eclesiastés comienza con una afirmación fuerte: “Vanidad de vanidades, todo es vanidad” (1:2). La palabra hebrea hebel se refiere a algo pasajero, algo efímero, como vapor que se desvanece en el aire. Salomón utiliza esta imagen para mostrar que todo esfuerzo humano —ya sea el trabajo, la búsqueda de conocimiento, el placer o la acumulación de riquezas— es fútil (inútil) cuando se vive sin tener a Dios en el centro, sin considerarlo, es decir, “debajo del sol”. Esta perspectiva muestra la fragilidad y brevedad de la vida. Eclesiastés 1:3 nos dice: “¿Qué provecho tiene el hombre de todo su trabajo con que se afana debajo del sol?”
El primer paso hacia la sabiduría, según Salomón, es reconocer nuestra condición, vernos en un espejo de realidad: somos seres limitados, finitos, mortales e incapaces de entender completamente los caminos de Dios. Eclesiastés resalta que la vida, tal y como la conocemos, está llena de injusticias y contradicciones. Hay momentos en que los justos sufren y los malvados prosperan. La muerte, además, alcanza por igual a sabios y necios, ricos y pobres. Este panorama, aunque parezca pesimista y fatalista, no busca desanimar, sino tocar la fibra principal de la autosuficiencia humana y llevarnos a una dependencia completa de Dios.
Sin embargo, Eclesiastés no se limita solo a señalar el problema; también ofrece una salida. Salomón nos invita a vivir con los pies en la tierra y los ojos en Dios. La sabiduría verdadera consiste en tres pilares: aceptar la realidad de la muerte, disfrutar la vida como un regalo, y vivir con temor de Dios. La certeza de la muerte funciona como un recordatorio constante de que no tenemos el control, y que ninguna ambición terrenal puede salvarnos. Por eso, vivir con conciencia de nuestro fin es fuente de sensatez: “Mejor es ir a la casa del luto que a la casa del banquete… y el que vive lo pondrá en su corazón” (Eclesiastés 7:2).
La segunda enseñanza es el llamado a disfrutar de la vida. Comer, beber, trabajar y amar no son actividades sin sentido, sino expresiones de la bondad de Dios. “No hay cosa mejor para el hombre que comer y beber, y que su alma se alegre en su trabajo. También he visto que esto es de la mano de Dios” (2:24). Esta invitación no es a una vida descontrolada o despreocupada, sino que es una exhortación a vivir con gratitud: reconocer que lo que tenemos proviene de Dios y debemos disfrutarlo con humildad.
En lugar de obsesionarse con el éxito o el futuro, el sabio aprende a vivir el presente. Salomón no niega que haya dolor y frustración, pero enseña que una vida simple, con contentamiento y temor de Dios, tiene más valor que una llena de logros sin propósito eterno.
Finalmente, el libro de Eclesiastés finaliza con una exhortación clara: “El fin de todo el discurso oído es este: Teme a Dios, y guarda sus mandamientos; porque esto es el todo del hombre” (12:13). Esta es la conclusión sobre el sentido de la vida. Temer a Dios no es vivir con miedo, sino con reverencia y dependencia. Es reconocer que nuestra vida está en sus manos, y que un día daremos cuenta de todo ante Él. Esto le da sentido, peso y dirección a cada día vivido.
En resumen, Eclesiastés enseña que la vida no se trata de tener todas las respuestas, ni de eliminar la frustración, sino de vivir en obediencia y gratitud. Dios nos da una vida con propósito que comienza en la eternidad; esta vida es como un vapor que desaparece en el viento.
“Todo lo hizo hermoso en su tiempo; y ha puesto eternidad en el corazón de ellos, sin que alcance el hombre a entender la obra que ha hecho Dios desde el principio hasta el fin.” (Eclesiastés 3:11)
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