Una fe que no depende de señales
El evangelio Segun Juan • Sermon • Submitted • Presented
0 ratings
· 33 viewsNotes
Transcript
Handout
Salmo 86:11–13 “11 Enséñame, oh Señor, Tu camino; Andaré en Tu verdad; Unifica mi corazón para que tema Tu nombre. 12 Te daré gracias, Señor mi Dios, con todo mi corazón, Y glorificaré Tu nombre para siempre. 13 Porque grande es Tu misericordia para conmigo, Y has librado mi alma de las profundidades del Seol.”
Señor, nuestro Dios, como dice tu Palabra:
“Enséñanos, oh Jehová, tu camino; y caminaremos en tu verdad.
Has librado nuestras almas del castigo eterno.”
Señor venimos delante de ti con corazones con sed de ti, reconociendo que necesitamos ser enseñados, corregidos y guiados por ti.
Dios clamaos pidiendote que tu verdad sea la luz en nuestro caminar y que tu temor nos preserve de la arrogancia y del error.
Te rogamos por nuestro país, mi Dios.
Señor, bendice a las nuevas autoridades electas, dales sabiduría, justicia y temor de ti.
No permitas que gobiernen según sus propios deseos, sino según principios de verdad, equidad y compasión.
Muéstrales tu gracia y permite que, si tú quieres, lleguen a conocer al único Dios verdadero y a Jesucristo, a quien tú has enviado.
Oramos también por nuestros seres queridos que aún no conocen a Cristo.
Ten misericordia de ellos, toca sus corazones como tocaste el del oficial aquel día en Caná, y llévalos al arrepentimiento y a la vida eterna.
Derriba en todos nosotros toda altivez, toda autosuficiencia, todo orgullo que nos impida aprender, obedecer y amar tu Palabra.
Gracias por tu gran misericordia, que es más grande que la vida misma.
Por eso te alabaremos, te serviremos y nos alegraremos en ti, nuestro Salvador.
En el nombre glorioso de tu Hijo Jesucristo,
Amén.
empecemos leyendo Juan 4:46–54
Introducción
Introducción
El Evangelio de Juan no presenta las señales como fines en sí mismas, sino como medios divinamente ordenados para revelar quién es Jesús y despertar una fe auténtica.
Como hemos mencionado en reuniones anteriores, este evangelio está cuidadosamente estructurado para mostrar una progresión en la revelación de Cristo.
Juan, guiado por el Espíritu Santo, narra los hechos con intención teológica, y en muchos de sus relatos utiliza conjunciones temporales para marcar el desarrollo paulatino de esa revelación.
Así vemos cómo Jesús se da a conocer progresivamente: no todo de una vez, sino paso a paso, conforme los corazones son preparados por la gracia.
¿Cuántas veces, en nuestra vida cristiana, hemos reaccionado movidos más por la emoción que por la fe anclada en la Palabra de Dios? ¿A qué me refiero con esto?
Piense en esas ocasiones en que un hermano en la fe, un familiar o alguien cercano atraviesa una necesidad. Nuestra primera reacción suele ser buscar soluciones materiales —ayuda económica, contactos, gestiones— y eso no está mal.
Pero muchas veces lo más importante queda en segundo plano. Incluso llegamos a decir frases como: “ya solo nos queda orar”, como si la oración y el consuelo espiritual fueran el último recurso.
Sin embargo, la vida del creyente verdaderamente arraigado en la fe sabe que lo primero que debemos ofrecer es lo espiritual: consuelo en la Palabra, intercesión sincera, comunión cristiana.
Sí, lo material es necesario, pero es secundario. Lo primero —lo que sostiene, guía y transforma— es lo eterno: la verdad de Dios, su promesa, su presencia. Y esta prioridad espiritual no es un detalle menor: es un reflejo de cómo está nuestra vida de fe.
Nuestras primeras reacciones revelan en quién o en qué confiamos verdaderamente. ¿Está Cristo primero en nuestro corazón? ¿O lo usamos solo como último recurso cuando todo lo demás ha fallado?
La forma en que respondemos ante la necesidad de otros —con fe o con simple impulso— puede ser un termómetro de nuestra madurez espiritual y de nuestro entendimiento del Evangelio.
En este pasaje al igual que con Nicodemo, y luego con la samaritana nos muestra cómo Cristo responde no a la influencia ni a la desesperación emocional, sino a una fe que descansa en su Palabra. Aquí, un funcionario de alto rango viene a Jesús en busca de ayuda. Lo que ocurre nos enseña sobre la soberanía divina, la centralidad de la Palabra, y el llamado al arrepentimiento y la fe.
I. Contexto histórico, social, geográfico y teológico
I. Contexto histórico, social, geográfico y teológico
Versículos clave: Juan 4:46–47
El hombre que viene a Jesús era un funcionario del rey Herodes Antipas, tetrarca de Galilea y Perea (4 a.C.–39 d.C.). Herodes era hijo de Herodes el Grande. Aunque su título oficial era 'tetrarca', era comúnmente llamado 'rey' debido a su poder. Fue responsable de la muerte de Juan el Bautista (Mateo 14) y se burló de Jesús en su juicio (Lucas 23).
pero comunmente la gente cree que en la Biblia hay un solo Herodes pero no es asi, hay:
· 1. Herodes el Grande – reinó cuando nació Jesús (Mateo 2).
· 2. Herodes Antipas – gobernó en tiempos del ministerio de Jesús. (Juan 4)
· 3. Herodes Agripa I – aparece en Hechos 12.
· 4. Herodes Agripa II – aparece en Hechos 25–26.
Hablemos del funcionario, note que he dicho funcionario y no soldado esto es por que Cuando leemos Juan 4:46 en el original griego, no encontramos una traducción literal como “oficial del rey” en el sentido moderno. El término usado en griego es: βασιλικός (basilikós)
Esta palabra no es un título técnico como “soldado” o “ministro”, sino un adjetivo sustantivado. Proviene de la raíz βασιλεία (basileía), que significa reino, como en: ἡ βασιλεία τῶν οὐρανῶν – el reino de los cielos (cf. Mateo 3:2; 5:3)
Por tanto, basilikós significa literalmente “perteneciente al rey” o “relacionado con el reino”, indicando que era un hombre cercano a la administración real de Herodes Antipas.
Dicho esto debemos de decir que el funcionario, los colaboradores y los soldados romanos eran parte de una clase despreciada por muchos judíos piadosos. estos eran vistos como impuros y opresores.
Que Jesús trate con gracia a este hombre muestra que el Evangelio no mira las estructuras sociales, nos revela el carácter soberano de la gracia divina.
II. Contrastes teológicos: Nicodemo, la samaritana y el oficial
II. Contrastes teológicos: Nicodemo, la samaritana y el oficial
Esto nos lleva a algo muy interesante Juan organiza sus relatos para revelar dimensiones de la fe y la obra de Cristo. Observamos tres encuentros clave: Nicodemo (Juan 3), la mujer samaritana (Juan 4:1–26), y el oficial del rey (Juan 4:46–54).
· • Nicodemo – líder religioso, instruido, influyente.
· • La samaritana – mujer marginada, ignorante, moralmente quebrada.
· • El oficial – funcionario poderoso, extranjero despreciado por los judíos.
Cada uno representa un espectro distinto de la humanidad, y sin embargo, todos necesitan el nuevo nacimiento.
Que nos esta queriendo decir el Espiritu Santo en estos relatos? Pues que La fe no nace del mérito ni del entendimiento humano, sino por la obra soberana del Espíritu Santo (Juan 3:8). Esto habla de la gracia irresistible: Dios alcanza a quienes Él quiere, más allá de su historia o posición.
¿que otras diferencias o similitudes encuentra usted entre Nicodemo, la Samaritana y el oficial romano?
III. Una fe naciente, débil, pero verdadera
III. Una fe naciente, débil, pero verdadera
El oficial ruega a Jesús por la vida de su hijo. Aunque su fe es imperfecta, Jesús no lo rechaza. En vez de seguirlo a Capernaum, Jesús simplemente declara: “Tu hijo vive”. Y el hombre creyó en la palabra de Jesús antes de ver el milagro.
Aquí Juan utiliza el verbo griego ζάω (zaō), que significa “vivir” o “tener vida”. Este no es un verbo cualquiera. Juan pudo haber usado otros términos como βίος (bios), que se refiere a la existencia física, o ψυχή (psychē), que habla de la vida del alma o la persona interior. Sin embargo, eligió deliberadamente ζάω, porque este es el verbo que más emplea a lo largo del evangelio para hablar de la vida eterna y verdadera que solo Cristo puede dar (cf. Juan 5:24; 6:47; 11:25).
Por tanto, la expresión “tu hijo vive” no solo indica que no ha muerto, sino que vive por el poder de Cristo, y sirve como anticipo de esa vida espiritual que Él otorga a quienes creen. Este detalle resalta que la señal no termina en la sanidad física, sino que apunta a una realidad mayor: Cristo no solo restaura cuerpos, Él da vida eterna a través de su Palabra soberana.
Este es un punto esencial: Nos enseña que la fe bíblica se apoya en la Palabra de Dios, no en experiencias o señales visibles. El Espíritu Santo produce en el regenerado una confianza obediente. Esto encarna el principio de 'sola Scriptura' y la centralidad de Cristo como el objeto de nuestra fe.
¿alguna duda hasta alli?
Ahora observemos algo practico que contrasta profundamente con nuestra lógica humana. Hoy en día, muchos pensarían: “¡No dejes ir tan rápido a ese funcionario romano! Es una persona influyente, podría ser útil para el ministerio o abrir puertas para la obra.”
Pero el proceder de Jesús no se guía por intereses humanos, sino por el plan soberano de Dios.
A los samaritanos —pueblo despreciado y marginado— Jesús no solo les habló, se quedó con ellos por varios días (Juan 4:40). Y lo hizo usando como instrumento a una mujer de reputación cuestionable. A Nicodemo —líder religioso— le concedió una conversación extensa, teológicamente profunda.
Pero a este oficial del rey, no le acompaña ni le sigue el juego emocional. Le da una sola palabra: “Ve, tu hijo vive”, y lo despide. Esto nos enseña que la gracia no actúa según méritos ni apariencias. Dios no necesita influencias humanas. Él busca fe obediente, aunque sea débil, y responde con autoridad soberana
¿Qué opina de las personas que creen solo cuando las circunstancias cambian a su favor?
Quienes valoran a las personas por su utilidad ¿Qué revela eso sobre quién ocupa el primer lugar en su corazón?
IV. La señal que revela al Cristo viviente
IV. La señal que revela al Cristo viviente
Juan llama a esta 'la segunda señal', vinculándola teológicamente con la conversión del agua en vino (Juan 2). Ambas señales ocurren en Caná y revelan el poder y la autoridad de Jesús. Mientras la primera mostró su gloria en una celebración, esta muestra su autoridad sobre la vida misma.
El resultado: 'y creyó él con toda su casa'. No fue una fe basada en emociones ni manipulación. Fue la respuesta al poder de Cristo revelado en su Palabra. El Evangelio de Juan está escrito para mostrar que Jesús es el Cristo, y para que creyendo tengamos vida en su nombre (Juan 20:31).
¿Cuál es el mayor milagro que un ser humano puede experimentar?
No es simplemente la sanidad física o una provisión económica, sino algo mucho más glorioso: la salvación, la vida eterna, y el hecho asombroso de que el Espíritu Santo more en nosotros.
¿No es este el mayor de todos los milagros?
¿No es asombroso que hayamos sido escogidos desde antes de la fundación del mundo (Efesios 1:4), que fuimos rescatados cuando estábamos muertos en delitos y pecados, y ahora vivamos para Cristo?
Pero lamentablemente, muchos no lo consideran así.
Nuestros familiares, amigos o conocidos no pueden ver la obra del Evangelio como lo hizo la familia del oficial, que vio con sus propios ojos a un hijo moribundo recuperarse por el poder de una sola palabra de Cristo.
¿Y por qué no lo ven hoy?
Porque muchas veces no les mostramos un muerto resucitado.
El nuevo creyente —que ha sido vivificado por el Espíritu— no sigue viviendo como antes.
Una persona convencida y no convertida vemos que sus palabras, su carácter, su estilo de vida... todo sigue igual. Entonces, ¿cómo podrían los demás creer que ha ocurrido un milagro?
El Evangelio no es simplemente una religión añadida a la rutina:
es vida donde antes hubo muerte, es un corazón nuevo, una mente renovada, una dirección transformada.
Cuando no mostramos esa transformación, damos la impresión de que la fe cristiana es solo una costumbre más, y no la vida de Cristo en nosotros.
Pero cuando vivimos como resucitados, como quienes han recibido vida del cielo, entonces nuestros cercanos —como la casa del oficial— pueden ver el milagro que es creer.
¿Cuáles creen que serian el obstáculo para que quienes no creen puedan hacerlo?
¿Puede un creyente que olvida el milagro de su salvación reflejar con coherencia la fe que profesa?
Conclusión
Conclusión
Nicodemo, la samaritana y este oficial. Tres historias, tres contextos distintos, una misma gracia. Todos necesitaban salvación. Todos fueron llevados a la fe por la obra de Dios. Esta es la unidad del Evangelio: un solo Salvador, una sola fe, un solo Dios que llama soberanamente.
Que esta historia nos recuerde que el poder de Dios no está en nuestras condiciones externas, sino en su Palabra que vivifica. Que podamos reconocer que la verdadera fe no necesita ver, sino que cree, porque conoce la voz del Buen Pastor.
