El servicio a Dios es una decisión diaria
Introducción
Pero cuando Policarpo entró en el estadio le llegó una voz del cielo: «Mantente firme, Policarpo, y sé un hombre». Y nadie vio al que hablaba, pero los que son de los nuestros que estaban presentes oyeron la voz. Y al final, cuando fue traído, hubo un gran tumulto, porque oyeron que habían capturado a Policarpo.
Así pues, cuando lo presentaron delante del procónsul, éste inquirió si él era Policarpo. Y al confesar que lo era, intentó persuadirle a que se retractara, diciendo: “Ten respeto a tu edad”, y otras cosas apropiadas, como acostumbran decir: “Jura por el genio de César; y retráctate y di: Fuera los ateos”.
Entonces Policarpo, con mirada solemne, contempló toda la multitud de paganos impíos que había en el estadio, y les hizo señas con la mano; y gimiendo y mirando al cielo, dijo: “Fuera los ateos”.
Pero cuando el magistrado insistió y le dijo: “Jura, y te soltaré; insulta a Cristo”, Policarpo contestó: “Durante ochenta y seis años he sido su siervo, y no me ha hecho mal alguno. ¿Cómo puedo ahora blasfemar de mi Rey que me ha salvado?”.
