EL RICO Y LAZARO

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EL RICO Y LÁZARO
Lucas 16:19-31
1 Timoteo 2:3-4 dice: “Dios nuestro Salvador quiere que todos sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad”. Tristemente no todos quieren conocer la verdad y ser salvos. El regalo que Dios le dio al ser humano de tomar decisiones conlleva el riesgo de tomar una elección equivocada y pagar por ello durante toda la eternidad. 
EL RICO Y LÁZARO
19 Había un hombre rico, que se vestía de púrpura y de lino fino, y hacía cada día banquete con esplendidez. 20 Había también un mendigo llamado Lázaro, que estaba echado a la puerta de aquél, lleno de llagas, 21 y ansiaba saciarse de las migajas que caían de la mesa del rico; y aun los perros venían y le lamían las llagas.22 Aconteció que murió el mendigo, y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham; y murió también el rico, y fue sepultado. Lucas 16:19-22
Esta historia nos  enseña algo muy importante: La autenticidad del creyente verdadero se manifiesta en su compasión por los demás y el aprecio por la Palabra de Dios. Al principio de la historia vemos el mal uso que el rico da a los recursos de Dios, y al final vemos su desprecio por las escrituras.  El hombre rico habría aparecido en la portada de la revista People. Pero, ¿Lázaro? Nadie hubiera sabido siquiera su nombre. Sin embargo, en la eternidad, es Lázaro a quien conocemos y el hombre rico no tiene nombre. Era muy rico y vestía habitualmente la ropa de un rey.  De hecho, se vistió con un esplendor radiante, con el tipo de túnica que vestía Herodes Antipas, ya que ese tipo de telas eran muy costosas y las usaban únicamente gobernadores, y gente de la realeza. Era el tipo de persona que debido a su riqueza pudo haber estado “en alta  estima” con los hombres, pero debido a su egoísmo era “repugnante ante los ojos de Dios” (16:15). Es muy posible que haya sido de la elite de los fariseos. No hay nada malo en tener riquezas, es el amor a las riquezas lo que trae serias consecuencias. Abraham fue muy rico, y también lo fue José de Arimatea y muchos otros personajes bíblicos. Pero la descripción que le da la Biblia al rico de esta historia es que se trataba de un arrogante muy vanidoso. El hecho de vivir día tras día en brillante esplendor lo señala como un ostentoso, un “pavo real” que le gustaba presumir. “Hacía cada día banquete con esplendidez”. Quería que todos supieran que era rico. Estaba enamorado de sí mismo. La palabra que mejor describiría su forma de vida sería “extravagante”. Estaba definitivamente entre los ricos y famosos, y otros lo admiraban y lo envidiaban. Luego tenemos a un mendigo que, aunque piadoso, se hallaba en el extremo de la aflicción y adversidad. Este hombre se hallaba reducido a la mayor miseria que puede suponerse en este mundo. Su cuerpo estaba “lleno de llagas”. Ser un mendigo ya es aflicción, estar además enfermo, es mayor aflicción; pero estar lleno de llagas es máxima aflicción, tanto por el dolor que causan al paciente, como por el asco que provocan en quienes le rodean. En estas míseras condiciones se veía obligado a mendigar echado. Literalmente “había sido arrojado” en la banqueta. Algún pariente o amigo fue lo suficientemente compasivo para dejarlo tirado a la puerta del rico, quizá con la esperanza de que éste se viese movido a compasión y le prestase algún socorro. Las esperanzas de alivio material se frustraron. No suspiraba por ocupar un puesto en la mesa del rico (aun cuando bien podían haberle sacado un plato de comida), sino que se contentaba, y estaría sumamente agradecido, con las migajas que caían de la mesa. La mención de “perros” es probablemente una referencia a las mascotas del hombre rico. En lugar de venir un sirviente con las sobras caídas, los perros después de haber consumido las sobras, venían a lamer las heridas de Lázaro.  Sea como fuere, la imagen es la de un hombre completamente pobre, desamparado y que recibe más compasión de los perros que de la casa del rico. El hombre rico sabía quién era el mendigo porque más tarde lo reconocería después de la muerte de ambos.  Mientras tanto, día a día, cuando el hombre pasaba por su puerta vestido con su túnica púrpura, su aroma perfumado chocaba con el hedor del mendigo.  De vez en cuando sus ojos se encontraban, pero sin reconocimiento ni sentimiento por parte del hombre rico.  El mendigo era simplemente parte del paisaje, una visión desagradable que tenía que soportar.  Pronto el mendigo ya no estaría más a su puerta. Ambos murieron: “murió el mendigo y murió también el rico”. La muerte no respeta a ricos ni pobres, ya sean piadosos o malvados. Los creyentes mueren para poner término a sus miserias y recibir entrada al cielo. Los malvados también mueren, pero para despedirse de sus comodidades y entrar en el eterno tormento. Así que ricos y pobres deben prepararse para la muerte, porque la muerte les está esperando a todos. Aunque las personas creen erróneamente que, en el mejor de los casos, cuando mueran dejarán de existir, el hecho es que no solo continuarán existiendo, sino que también podrán recordar las cosas buenas que recibieron en la tierra, las bendiciones que Dios derramó sobre ellos, la paciencia que Dios les mostró, las múltiples oportunidades que les dio para volverse a Él. 
Aconteció que murió el mendigo, y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham; y murió también el rico, y fue sepultado. Y en el Hades alzó sus ojos, estando en tormentos, y vio de lejos a Abraham, y a Lázaro en su seno. Entonces él, dando voces, dijo: Padre Abraham, ten misericordia de mí, y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en agua, y refresque mi lengua; porque estoy atormentado en esta llama. Pero Abraham le dijo: Hijo, acuérdate que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro también males; pero ahora éste es consolado aquí, y tú atormentado. Además de todo esto, una gran sima está puesta entre nosotros y vosotros, de manera que los que quisieren pasar de aquí a vosotros, no pueden, ni de allá pasar acá.   Lucas 16:22-26
Lázaro murió y fue llevado al seno de Abraham. ¡Qué diferencia! Tal vez el cadáver del mendigo ni siquiera tuvo un entierro decente, aun cuando los judíos por lo general eran compasivos en esos casos. Ignorado por los seres humanos, los seres celestiales lo acompañaron al salir de este mundo. Los ángeles ministran a los creyentes en esta vida, y no parece haber razón alguna para dudar que lo hagan en el momento de la muerte. En buena compañía fue llevado al seno de Abraham, un lugar de honor en una fiesta celestial, donde se reclinó a la derecha de Abraham mientras disfrutaban de una conversación íntima. El que había anhelado recibir las migajas y sobras ahora está reclinado a la mesa celestial, donde se celebra un banquete especial. Lázaro estaba en el seno (en compañía) de Abraham no porque fuera pobre, sino porque creyó en la Palabra de Dios y confió en Él. Murió también el rico y fue sepultado. Con toda seguridad tuvo un funeral impresionante, sus amigos estaban debidamente vestidos de luto. Qué bonito se veía su cuerpo adornado de púrpura y lino; aquel cuerpo que tanto había mimado y por el que tanto había gastado fue colocado en una hermosa tumba sobre el suelo. Pero esto no era todo. Su alma, su yo consciente fue al Hades. La palabra “Hades” se refiere al lugar temporal de los muertos mientras esperan el juicio. El lugar permanente de castigo para los perdidos es el infierno, el lago de fuego. La muerte tiene lugar cuando el espíritu sale del cuerpo (Santiago 2:26). Pero la muerte no es el fin; es el principio de una existencia completamente nueva en otro mundo. Para el creyente la muerte quiere decir estar presente con el Señor (2 Corintios 5:1–8; Filipenses 1:21). Para el incrédulo la muerte significa estar lejos de la presencia de Dios, y en gran tormento. Así se encontraba el ex-rico. Lo que el tipo no sabía era que Lázaro era muy conocido en el cielo y disfrutaba de grandes privilegios; pudo distinguirlo muy bien de lejos. Totalmente consciente de su tormento comenzó a pedir ayuda, los papeles se invirtieron, ahora era él el necesitado y desesperado. El hombre estaba más atormentado que el pobre Lázaro mientras los perros le lamían las llagas y el rico lo ignoraba. Angustiado, pidió ayuda a Abraham. Se dirigió a él como padre, indicando que se consideraba de la simiente de Abraham y, por lo tanto, merecía la ayuda de Abraham y del Dios de Abraham. Lloró pidiendo misericordia, incluso cuando la misericordia significaba que el pobre, inmundo y sucio Lázaro acudiera a su rescate, aunque nunca había ayudado a Lázaro. Un dedo de agua fría significaría mucho en el horrible tormento llameante que sufría: “estoy atormentado en esta llama.” El ex- rico, un tipo tan insensible en esta vida, pudo haber pensado que estaba en buena posición con el padre Abraham y, por lo tanto, asumió que tenía derecho a decir lo que debía suceder. Este fue el final de su presunción y el comienzo de su pago; un castigo eterno. Qué contraste respecto a las extravagantes fiestas en las que los esclavos corrían a complacer sus caprichos. 
Notemos que Lázaro no dice ninguna palabra en toda la parábola. En la tierra no se quejó ni culpó a Dios, y en el cielo no se regocija ni se burla del rico. Hay un silencio noble y piadoso, lo cual hace honor a su nombre “Lázaro” que significa: “Dios ha ayudado”. 
Clamar por ayuda a Abraham era como elevar una oración. El rico nunca había tenido necesidad de orar. Había sido rico y la gente rica puede comprar las cosas que quiere. Pero ahora creía en la oración,  ahora él era el mendigo. Es interesante que mucha gente le ora a los “santos”, pero en su lista no aparece el “santo Abraham”, y aquí podrían tomar un ejemplo bíblico, sin embargo, orar a uno de los santos es inútil, incluso si es uno de los más conocidos como Abraham. Pero, incluso uno tan grande como Abraham fue impotente para responder al grito desesperado del hombre atormentado. Al único a quien debemos orar es a nuestro Padre celestial y solamente a través de Jesús, y, mientras estamos en esta vida aquí en la tierra.
Pero Abraham le dijo: Hijo, acuérdate que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro también males; pero ahora éste es consolado aquí, y tú atormentado. Además de todo esto, una gran sima (abismo) está puesta entre nosotros y vosotros, de manera que los que quisieren pasar de aquí a vosotros, no pueden, ni de allá pasar acá. Entonces le dijo: Te ruego, pues, padre, que le envíes a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que les testifique, a fin de que no vengan ellos también a este lugar de tormento.
Lucas 16:25-28
En cuanto a la oración del rico, la solicitud le fue negada. Primero, Abraham le recordó que estaba cosechando lo que había sembrado. Así como el hijo pródigo en sus días de arrogancia lo había gastado todo. Le hace recordar cuál había sido su condición en este mundo en comparación con la de Lázaro. “Hijo, acuérdate”. Estas palabras habrían de penetrarle hasta lo más profundo del alma. Todos los años desperdiciados de su vida surgieron ante él. Se veía a sí mismo como un niño, como un adolescente, como un hombre joven, y finalmente como un viejo endurecido. Cuán terrible será el momento para cada pecador en el Gran Trono Blanco cuando Dios despierte su memoria. Recordará sus pecados, orgullo, maldad, amargura contra Dios y oportunidades que tuvo para ser salvo. En la otra vida, el recuerdo añade remordimiento, pero ya no puede llevar al arrepentimiento. 
Abraham no le recuerda lo que pecó sino lo que recibió; como diciéndole: “Recuerda qué gran benefactor fue Dios para ti; por eso, no puedes decir que te debe nada, ni siquiera una gota de agua. Lo que Él te dio, tú lo recibiste, y no hay más; ya tienes toda tu recompensa. Fuiste como un sepulcro donde los favores divinos quedaron enterrados. Las cosas que recibiste eran buenas para ti, pero las usaste mal y no te preocupaste por el reino de Dios y su justicia”.  También le recuerda que Lázaro, del mismo modo (es decir, en contraste similar), ha recibido males, no de parte de Dios, sino de parte de la perversa condición de los hombres. Asimismo le hace notar que ahora los papeles se han cambiado: “Pero ahora éste es consolado aquí y tú atormentado”. 
El Cielo es un lugar de consuelo mientras que el Infierno es un lugar de tormento; en el Cielo hay gozo y felicidad, en el Infierno, lamentación y sufrimiento perpetuo. Abraham le dice al hombre condenado, que hay un inmenso abismo que separa a los perdidos de los redimidos. Cruzar de un lado a otro es absoluta y eternamente imposible. 
Esta es una representación simbólica muy gráfica e inolvidable de lo irreversible que es para una persona después de su muerte querer cambiar su destino. El abismo tenía el propósito de hacer imposible el paso de un lado al otro. Ni siquiera hay comunicación. En este caso si la hubo porque Jesús creó este drama para hacer vivida la realidad de la conciencia en la eternidad. El Hades (infierno) y el seno de Abraham (el cielo, en compañía de los creyentes), están sumamente distantes uno del otro. 
Notemos que el carácter del rico no ha cambiado en lo más mínimo. Él todavía considera a Lázaro como su sirviente, y no tiene vergüenza de pedir un favor de la persona misma que nunca recibió un favor de su parte. Además, espera que Abraham envíe a Lázaro, aun cuando él, el ostentoso rico, nunca trató durante su vida en la tierra de imitar la fe de Abraham. El hombre rico continúa con una actitud de superioridad hacia Lázaro, incluso mientras padece en el infierno, ya que rogó con reiteración a Abraham que enviara a Lázaro como si fuera un sirviente. Las llamas del infierno no hacen expiación por el pecado ni limpian de su depravación a los pecadores endurecidos (Apocalipsis 22:11). El rico pide que Lázaro resucite y vuelva a este mundo: “Te ruego, pues, padre (dice a Abraham), que le envíes a la casa de mi padre..” “Sí el abismo impide que Lázaro venga aquí donde estoy, al menos envíalo a mis cinco hermanos, atrapados en la vida de comodidad y lujos como yo estaba. Explíquenles la verdad. Haría cualquier cosa para salvar a mi familia de este horrible lugar de tormento; que Lázaro vuelva de entre los muertos y les advierta”. 
Está tratando de decir: “Si yo mismo hubiera recibido una advertencia, no estaría aquí hoy día”, y no quiere que sus hermanos le reprochen y  lo culpen por el mal ejemplo que les dio. Esto no significa que los familiares se unen en el infierno ya que la soledad es otro elemento que hace terrible la condenación. Es interesante que aun ahora no está pidiendo algo en favor por su comunidad o por la gente en general, sino solamente por sus cinco hermanos. No se hace completa su (ahora) visión por las misiones evangelísticas. Ahora se da cuenta de la importancia de la oración y la predicación, pero ya es demasiado tarde. Toda su vida despreció dichas cosas y eso fue lo que enseñó a su familia.  
 Pero Abraham le dijo: Hijo, acuérdate que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro también males; pero ahora éste es consolado aquí, y tú atormentado. Además de todo esto, una gran sima (abismo) está puesta entre nosotros y vosotros, de manera que los que quisieren pasar de aquí a vosotros, no pueden, ni de allá pasar acá. Entonces le dijo: Te ruego, pues, padre, que le envíes a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que les testifique, a fin de que no vengan ellos también a este lugar de tormento.
Lucas 16:25-28
En cuanto a la oración del rico, la solicitud le fue negada. Primero, Abraham le recordó que estaba cosechando lo que había sembrado. Así como el hijo pródigo en sus días de arrogancia lo había gastado todo. Le hace recordar cuál había sido su condición en este mundo en comparación con la de Lázaro. “Hijo, acuérdate”. Estas palabras habrían de penetrarle hasta lo más profundo del alma. Todos los años desperdiciados de su vida surgieron ante él. Se veía a sí mismo como un niño, como un adolescente, como un hombre joven, y finalmente como un viejo endurecido. Cuán terrible será el momento para cada pecador en el Gran Trono Blanco cuando Dios despierte su memoria. Recordará sus pecados, orgullo, maldad, amargura contra Dios y oportunidades que tuvo para ser salvo. En la otra vida, el recuerdo añade remordimiento, pero ya no puede llevar al arrepentimiento. 
Abraham no le recuerda lo que pecó sino lo que recibió; como diciéndole: “Recuerda qué gran benefactor fue Dios para ti; por eso, no puedes decir que te debe nada, ni siquiera una gota de agua. Lo que Él te dio, tú lo recibiste, y no hay más; ya tienes toda tu recompensa. Fuiste como un sepulcro donde los favores divinos quedaron enterrados. Las cosas que recibiste eran buenas para ti, pero las usaste mal y no te preocupaste por el reino de Dios y su justicia”.  También le recuerda que Lázaro, del mismo modo (es decir, en contraste similar), ha recibido males, no de parte de Dios, sino de parte de la perversa condición de los hombres. Asimismo le hace notar que ahora los papeles se han cambiado: “Pero ahora éste es consolado aquí y tú atormentado”. El Cielo es un lugar de consuelo mientras que el Infierno es un lugar de tormento; en el Cielo hay gozo y felicidad, en el Infierno, lamentación y sufrimiento perpetuo. Abraham le dice al hombre condenado, que hay un inmenso abismo que separa a los perdidos de los redimidos. Cruzar de un lado a otro es absoluta y eternamente imposible. Esta es una representación simbólica muy gráfica e inolvidable de lo irreversible que es para una persona después de su muerte querer cambiar su destino. El abismo tenía el propósito de hacer imposible el paso de un lado al otro. Ni siquiera hay comunicación. En este caso si la hubo porque Jesús creó este drama para hacer vivida la realidad de la conciencia en la eternidad. El Hades (infierno) y el seno de Abraham (el cielo, en compañía de los creyentes), están sumamente distantes uno del otro. 
Notemos que el carácter del rico no ha cambiado en lo más mínimo. Él todavía considera a Lázaro como su sirviente, y no tiene vergüenza de pedir un favor de la persona misma que nunca recibió un favor de su parte. Además, espera que Abraham envíe a Lázaro, aun cuando él, el ostentoso rico, nunca trató durante su vida en la tierra de imitar la fe de Abraham. El hombre rico continúa con una actitud de superioridad hacia Lázaro, incluso mientras padece en el infierno, ya que rogó con reiteración a Abraham que enviara a Lázaro como si fuera un sirviente. Las llamas del infierno no hacen expiación por el pecado ni limpian de su depravación a los pecadores endurecidos (Apocalipsis 22:11). El rico pide que Lázaro resucite y vuelva a este mundo: “Te ruego, pues, padre (dice a Abraham), que le envíes a la casa de mi padre..” “Sí el abismo impide que Lázaro venga aquí donde estoy, al menos envíalo a mis cinco hermanos, atrapados en la vida de comodidad y lujos como yo estaba. Explíquenles la verdad. Haría cualquier cosa para salvar a mi familia de este horrible lugar de tormento; que Lázaro vuelva de entre los muertos y les advierta”. 
Está tratando de decir: “Si yo mismo hubiera recibido una advertencia, no estaría aquí hoy día”, y no quiere que sus hermanos le reprochen y  lo culpen por el mal ejemplo que les dio. Esto no significa que los familiares se unen en el infierno ya que la soledad es otro elemento que hace terrible la condenación. Es interesante que aun ahora no está pidiendo algo en favor por su comunidad o por la gente en general, sino solamente por sus cinco hermanos. No se hace completa su (ahora) visión por las misiones evangelísticas. Ahora se da cuenta de la importancia de la oración y la predicación, pero ya es demasiado tarde. Toda su vida despreció dichas cosas y eso fue lo que enseñó a su familia.  
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