borar

El Nuevo Éxodo   •  Sermon  •  Submitted   •  Presented
0 ratings
· 21 views

En Cristo se cumple el verdadero reposo, la esperanza del nuevo éxodo. Jesús no vino a remendar la religión vieja, ni a darnos reglas más estrictas, sino a abrir la puerta al descanso completo del Reino, a sacarnos del desierto del legalismo para guiarnos a la tierra de la libertad y la plenitud en Dios.

Notes
Transcript

Introducción:

El desierto, el descanso y el clamor por un reposo mayor
Hermanos, si somos sinceros, a veces la vida cristiana se parece más a una larga caminata por el desierto que a una celebración de bodas. Aunque sabemos que Dios nos ha rescatado y nos ha dado promesas preciosas, seguimos sintiendo en el corazón ese cansancio de peregrino: el desgaste de luchar con nuestras propias expectativas, la presión de responder a los estándares de otros, el agobio de la comparación y, sobre todo, el peso del legalismo que —sin darnos cuenta— se cuela hasta lo más profundo de nuestro ser.
¿No es cierto que muchas veces el Evangelio se nos convierte en un nuevo conjunto de exámenes? ¿Has sentido alguna vez que la fe pesa más de lo que descansa, que las bendiciones se vuelven tareas y los mandamientos barreras para tu alegría?
Quizás te comparas con otros en la manera de criar a tus hijos, en las decisiones sobre educación, en el trabajo, el dinero o el matrimonio. O simplemente llevas años pensando que no estás “a la altura” de lo que Dios o la iglesia esperan de ti.
No eres el único. En los tiempos de Jesús, el sábado —el día que debía ser la señal semanal del amor de Dios y del descanso del pacto— se había convertido en un día de vigilancia, escrutinio y ansiedad religiosa. Lo que Dios dio para que su pueblo celebrara la libertad y la comunión con Él terminó siendo otra carga más en la mochila, otra piedra en el desierto, otro recordatorio de lo lejos que estaba la promesa del reposo definitivo.
Y es justamente en este contexto que Lucas, el médico y teólogo del Nuevo Testamento, quiere mostrarle a Teófilo y a nosotros que en Cristo se cumple el verdadero reposo, la esperanza del nuevo éxodo. Jesús no vino a remendar la religión vieja, ni a darnos reglas más estrictas, sino a abrir la puerta al descanso completo del Reino, a sacarnos del desierto del legalismo para guiarnos a la tierra de la libertad y la plenitud en Dios.
Hoy veremos en el texto tres señales del Señorío de Cristo que nos llaman a confiar en Él como nuestro verdadero descanso:
Su autoridad sobre la Ley (1–5)
Su misericordia sobre el legalismo (6–9)
Su poder para restaurar (10–11)
Transición:
Abramos la Escritura y leamos juntos Lucas 6:1–11, esperando que el Señor mismo nos muestre, a través de su Palabra, cómo descansar verdaderamente en Él.

1. Su autoridad sobre la Ley (Lucas 6:1–5)

Primera señal del Señorío de Cristo que nos llama a descansar en Él como nuestro verdadero reposo

A. El contexto bíblico y el significado escatológico del sábado

Hermanos, el sábado no es solo “un mandamiento más” dentro de la Ley. Para comprender la controversia entre Jesús y los fariseos, necesitamos entender qué representaba el día de reposo en el plan redentor de Dios.
Desde la creación, el séptimo día se distingue de los demás porque no tiene tarde y mañana (Génesis 2:2–3). Dios reposa no porque estuviera cansado, sino porque terminó su obra y “se sentó” como Rey, invitando a la humanidad —y a Adán en particular— a participar de ese descanso real y comunión gloriosa. El reposo del séptimo día apuntaba a la meta escatológica de la creación: la plena comunión y gozo en la presencia de Dios.
Después de la caída, la puerta al reposo quedó cerrada (Génesis 3:24), pero Dios mantuvo su promesa: el sábado se convirtió en una señal del pacto (Éxodo 31:13–17), recordando tanto la creación como la redención. Israel guardaba el sábado para testificar que dependía de la gracia de Dios y que su destino final no era Egipto, ni el desierto, sino la herencia y el reposo del Señor.
Por eso, cada sábado, Israel no solo descansaba de sus labores, sino que proclamaba la esperanza de un reposo futuro. El sábado era un anticipo, una “señal escatológica” que miraba hacia adelante: al reposo que solo Dios puede dar, y que ni Josué ni David lograron conquistar plenamente (Hebreos 4:8–10). El verdadero cumplimiento de este reposo vendría por medio de Aquel que sería el Hijo del Hombre, el Mesías prometido.

A. La escena: El sábado, la Pascua y el nuevo pueblo peregrino Ahora bien, cuando Lucas narra la escena:

“Aconteció en un día de reposo, que iba Jesús por los sembrados; y sus discípulos arrancaban espigas y comían, restregándolas con las manos.” (Lucas 6:1)
el texto es mucho más que un simple relato de hambre y comida. En el texto original, algunos manuscritos antiguos sugieren que este sábado era especial, probablemente el primero después de la Pascua (Levítico 23:15–16).
¿Por qué es relevante? Porque después de la Pascua, Israel contaba siete sábados hasta Pentecostés, recordando el inicio del éxodo y la provisión del maná.
Así, Lucas nos presenta a Jesús como el líder del nuevo éxodo. Después de la Pascua, sus discípulos —el nuevo Israel— atraviesan campos de trigo en sábado, hambrientos, y reciben el pan como el pueblo en el desierto.
Pero observemos la reacción:
“Y algunos de los fariseos les dijeron: ¿Por qué hacéis lo que no es lícito hacer en los días de reposo?” (v. 2)
La Ley de Dios permitía a los pobres arrancar espigas para comer (Deuteronomio 23:25). El problema no era el robo, sino la interpretación legalista del sábado. En tiempos de Jesús, la tradición rabínica había rodeado el sábado con 39 categorías de “trabajo” prohibido (Mishná Shabbat 7.2). Arrancar espigas era “segar”, restregarlas era “trillar” y comerlas era “preparar comida”. Lo que debía ser una señal de la libertad y la provisión de Dios se había transformado en una carga insoportable, en una oportunidad para la vigilancia y la comparación religiosa.
El legalismo —hermanos— siempre toma los dones de Dios y los transforma en exámenes, compara, divide y produce ansiedad, nunca descanso.
El sábado, que debía anticipar el gozo y la comunión con Dios, se volvió en una piedra de tropiezo, un sistema donde unos se sentían más justos que otros, y los necesitados terminaban más hambrientos y marginados.
Aplicación pastoral:
¿No nos sucede lo mismo hoy? Cuando la vida cristiana se reduce a cumplir expectativas humanas, tradiciones familiares, estándares sociales o incluso reglas que hemos añadido a la Palabra, perdemos el sentido del descanso y del Evangelio. El legalismo siempre termina vigilando al prójimo más que celebrando la gracia de Dios.

C. La respuesta de Jesús: El verdadero David, la interpretación redentiva

Jesús responde con autoridad, llevando a sus críticos de regreso a la Escritura:
“¿Ni aun esto habéis leído, lo que hizo David cuando tuvo hambre, él y los que con él estaban; cómo entró en la casa de Dios, y tomó los panes de la proposición, que solo a los sacerdotes les era lícito comer, y comió, y dio también a los que estaban con él?” (v. 3–4)
Jesús cita 1 Samuel 21, un episodio en que David —el ungido de Dios, perseguido y rechazado— tuvo hambre y recibió pan santo, destinado sólo a los sacerdotes.
La enseñanza es profunda: la Ley nunca fue dada para oprimir la vida, sino para sostenerla y anunciar la gracia y la comunión divina. En el momento de necesidad, la compasión y el propósito de Dios prevalecen sobre las regulaciones externas.
Pero Jesús va más allá. Al identificarse con David, está proclamando que Él es el Hijo de David, el Rey legítimo, el Mesías aún no entronizado, el líder del nuevo éxodo. Donde David y sus hombres fueron sustentados en el exilio, Jesús —el verdadero David— sostiene a sus discípulos con el verdadero pan, en el camino hacia el reposo final. Aquí Lucas conecta la historia: el exilio de David prefiguraba el exilio de Israel, y ambos encuentran su plenitud en Cristo, quien trae el pan del cielo en el éxodo final (cf. Juan 6:35).

D. Jesús, Señor del sábado: el cumplimiento escatológico

Finalmente, Jesús declara:
“El Hijo del Hombre es Señor aun del día de reposo.” (v. 5)
Esta es una afirmación asombrosa, es una referencia directa de:
Daniel 7:13–14: “Vi en las visiones de la noche, y he aquí con las nubes del cielo venía uno como un hijo de hombre… le fue dado dominio, gloria y reino, para que todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieran; su dominio es dominio eterno… su reino, uno que no será destruido.”
Jesús se identifica con esta figura: el Hijo del Hombre que recibe todo poder y autoridad, incluso sobre el sábado, el tiempo, el templo, y la historia.
En Daniel, el pueblo de Dios está en exilio, esperando restauración. La visión del Hijo del Hombre es la promesa de que vendrá uno que será exaltado, restaurará el reino, traerá el juicio justo y conducirá a los santos al “reino eterno”. El reposo del sábado era solo una sombra de esa restauración final, ese dominio glorioso.
En Lucas, el Hijo del Hombre es el que tiene autoridad para perdonar pecados (Lucas 5:24), para juzgar, para ser entregado y resucitar (Lucas 9:22, 44; 18:31).
Jesús como Hijo del Hombre no solo cumple las profecías mesiánicas, sino que asume la misión del siervo sufriente y el rey glorioso.
Cuando Jesús dice que es Señor del sábado, está diciendo: el tiempo, la ley, el reposo, el acceso a Dios, todo lo que significa la historia de Israel y la promesa del reino, se cumplen en mí. Nadie antes de él habló así.
Jesús está diciendo: “El sábado mira hacia mí. Yo soy el Señor de la historia, del pacto, del tiempo y del destino del pueblo de Dios”.
Él no vino a remendar el sistema religioso ni a mejorar la tradición. Vino a cumplir el fin escatológico del sábado: traer el reposo definitivo que Adán perdió y que la Ley sólo podía anticipar. El reposo prometido, la herencia, la comunión, la libertad y la plenitud que el sábado anunciaba, se cumple únicamente en Cristo.
Por eso Hebreos 4 proclama: “Todavía queda un reposo para el pueblo de Dios”. Ese reposo no es volver al Edén, ni simplemente descansar un día, sino entrar por fe en la obra consumada del Mesías. La historia no se repite, avanza: Cristo ha abierto el camino al reposo consumado, el nuevo cielo y nueva tierra.
Hermanos, este es el corazón del Evangelio:
El sábado nunca fue solo un mandato ritual ni una carga legalista. Era una señal del destino glorioso que Dios propuso para la humanidad. Cuando Dios creó a Adán, lo puso en el Edén y le dio la tarea de trabajar, guardar el huerto y obedecer el pacto. El reposo del séptimo día no era simplemente un descanso de la semana laboral; era una meta escatológica: Adán debía obedecer y, por medio de su obediencia, conducir a la humanidad a entrar al reposo eterno, la comunión perfecta con Dios, sin fin.
Pero Adán falló. Por su desobediencia, el acceso al reposo quedó bloqueado (Génesis 3:24). Desde entonces, todo trabajo humano por alcanzar la paz, la comunión y la plenitud se volvió insuficiente. El sábado semanal fue dado a Israel como un recordatorio de la promesa, pero también del fracaso: no podía haber reposo sin obediencia perfecta.
Aquí es donde el Evangelio brilla:
Cristo, el segundo Adán, vino al mundo, vivió bajo la Ley, obedeció perfectamente donde Adán y todos nosotros fallamos. En su vida, muerte y resurrección, Él cumplió todas las demandas del pacto, y abrió el acceso al reposo prometido.
Ahora, por la fe, no trabajamos para alcanzar el favor de Dios. Descansamos en la obra terminada de Cristo, quien ha inaugurado el verdadero sábado —el reposo de la nueva creación— justificándonos y vistiéndonos de su justicia perfecta.
Por eso, cada domingo, el primer día de la semana, la iglesia se reúne no para esforzarse por lograr la salvación, sino para celebrar el hecho glorioso de que “ya ha sido conseguido para nosotros” (Hebreos 4:9-10).
El domingo es el día del Señor resucitado, el día en que recordamos y proclamamos que el muro ha sido derribado, que el acceso está abierto, y que nuestro descanso ya no depende de nuestra obediencia, sino de la obediencia y victoria de Cristo a nuestro favor.
No te quedes fuera del reposo, no te dejes atrapar por la comparación, la autojusticia o la ansiedad de “no ser suficiente”. Descansa en Cristo. Él te invita a dejar el desierto de tus esfuerzos y a entrar en el gozo de su reposo.
Venid a mí —dice el Señor— todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar (Mateo 11:28).
Padres, enseñen esto a sus hijos: el domingo es el día en que celebramos juntos que Cristo lo ha hecho todo, que somos aceptos en el Amado, y que cada semana es una señal de la herencia eterna que nos espera.
Pero la lucha no ha terminado. El corazón humano, aún bajo la gracia, puede resistirse al descanso ofrecido en Cristo y volver a las cadenas del legalismo. Lucas nos lleva, entonces, al corazón de la religión: la sinagoga, el lugar de la Palabra y la tradición.
Allí veremos cómo el legalismo se enfrenta con la compasión del Salvador, y cómo el verdadero descanso no sólo libera de las cargas, sino que restaura lo que la ley y el esfuerzo humano nunca pueden sanar.
Veamos ahora cómo la misericordia de Cristo desenmascara el legalismo y nos invita a experimentar el verdadero reposo.

2. Su misericordia sobre el legalismo (Lucas 6:6–9)

Segunda señal del Señorío de Cristo: el verdadero descanso se manifiesta donde la misericordia triunfa sobre la tradición, y el amor redentor sobre el juicio humano.

A. La escena: Un sábado en la sinagoga, una vida A. La escena: El corazón de la religión y la necesidad humana

Leamos el texto:
“Aconteció también en otro día de reposo, que él entró en la sinagoga y enseñaba; y estaba allí un hombre que tenía seca la mano derecha. Y los escribas y fariseos le acechaban para ver si en el día de reposo lo sanaría, a fin de hallar de qué acusarle.” (Lucas 6:6–7)
Observa la escena:
Jesús está en la sinagoga, el centro de la vida religiosa, en el día que debía ser un anticipo de la comunión y el gozo con Dios. Pero para algunos, ese día se había convertido en un campo de vigilancia, de sospecha y de juicio. Allí está un hombre con la mano seca —marginado, incapaz de trabajar plenamente, un símbolo viviente de la impotencia humana y la necesidad de restauración.
Pero también están los fariseos y escribas, vigilando y esperando una “falla” de Jesús para poder acusarlo. El sábado, en lugar de ser un espacio de misericordia y comunión, se transforma en una plataforma para el legalismo y la condena.
Pregunta pastoral:
¿No sucede esto a menudo en la vida de la iglesia? Lugares, personas y momentos que Dios ha destinado para la gracia y el descanso, se convierten en escenas de comparación, crítica y autojustificación. ¿No te has sentido alguna vez observado, examinado, más que acogido y restaurado?

B. La mirada de Jesús y la exposición del corazón legalista

El texto sigue así:
“Mas él conocía los pensamientos de ellos, y dijo al hombre que tenía la mano seca: Levántate y ponte en medio. Y él, levantándose, se puso en pie.” (Lucas 6:8)
Aquí vemos el contraste entre la religión de las apariencias y el Evangelio de la compasión.
Jesús no evade el conflicto. Sabe lo que hay en el corazón de los fariseos, y aún así trae al hombre al centro, donde todos puedan verlo. El Evangelio no esconde la necesidad ni la debilidad; la expone para ser redimida.
El hombre, acostumbrado quizá a vivir al margen, es llamado al centro. Jesús lo hace visible, dignifica su necesidad y lo coloca ante la comunidad.
El legalismo prefiere que las debilidades se oculten; el Evangelio las saca a la luz para restaurarlas.

C. La pregunta decisiva: El verdadero propósito de la Ley

Ahora Jesús confronta a todos con la verdad:
“Entonces Jesús les dijo: Os preguntaré una cosa: ¿Es lícito en día de reposo hacer bien, o hacer mal? ¿Salvar la vida, o quitarla?” (Lucas 6:9)
Con una sola pregunta, Jesús desenmascara el verdadero problema:
La Ley nunca tuvo como propósito sofocar la vida ni sacrificar la misericordia en el altar de la tradición. El sábado era un día de bien, de bendición, de restauración. Si la tradición prohíbe la compasión, esa tradición está en rebelión contra el Dios que dio el sábado para la vida.
La Ley y los profetas siempre enseñaron que la misericordia es más grande que el sacrificio (Oseas 6:6; Miqueas 6:6–8). El mismo Dios que instituyó el sábado es el Dios que, en su Hijo, se detiene a restaurar al débil y a sanar en el día santo.

Aplicación pastoral y examen del corazón

Hermanos, aquí debemos examinarnos:
¿De qué lado estamos nosotros? ¿Del lado de la misericordia, que restaura y acoge, o del lado de la tradición, que vigila, sospecha y condena?
¿Cuántas veces nuestras prácticas religiosas pueden volverse más importantes que la compasión hacia el prójimo, el perdón, la restauración del caído o la dignidad del marginado?
Cristo no vino a fundar una comunidad de “perfectos”, sino una familia de redimidos, un pueblo donde los débiles pueden salir a la luz y ser restaurados por la gracia.

B. La mirada de Jesús y la exposición del corazón legalista

El texto sigue así:
“Mas él conocía los pensamientos de ellos, y dijo al hombre que tenía la mano seca: Levántate y ponte en medio. Y él, levantándose, se puso en pie.” (Lucas 6:8)
Aquí vemos el contraste entre la religión de las apariencias y el Evangelio de la compasión.
Jesús no evade el conflicto. Sabe lo que hay en el corazón de los fariseos, y aún así trae al hombre al centro, donde todos puedan verlo. El Evangelio no esconde la necesidad ni la debilidad; la expone para ser redimida.
El hombre, acostumbrado quizá a vivir al margen, es llamado al centro. Jesús lo hace visible, dignifica su necesidad y lo coloca ante la comunidad.
El legalismo prefiere que las debilidades se oculten; el Evangelio las saca a la luz para restaurarlas.

C. La pregunta decisiva: El verdadero propósito de la Ley

Ahora Jesús confronta a todos con la verdad:
“Entonces Jesús les dijo: Os preguntaré una cosa: ¿Es lícito en día de reposo hacer bien, o hacer mal? ¿Salvar la vida, o quitarla?” (Lucas 6:9)
Con una sola pregunta, Jesús desenmascara el verdadero problema:
La Ley nunca tuvo como propósito sofocar la vida ni sacrificar la misericordia en el altar de la tradición. El sábado era un día de bien, de bendición, de restauración. Si la tradición prohíbe la compasión, esa tradición está en rebelión contra el Dios que dio el sábado para la vida.
La Ley y los profetas siempre enseñaron que la misericordia es más grande que el sacrificio (Oseas 6:6; Miqueas 6:6–8). El mismo Dios que instituyó el sábado es el Dios que, en su Hijo, se detiene a restaurar al débil y a sanar en el día santo.

B. La mirada de Jesús y el corazón expuesto

El texto continúa:
“Mas él conocía los pensamientos de ellos, y dijo al hombre que tenía la mano seca: Levántate y ponte en medio. Y él, levantándose, se puso en pie.” (Lucas 6:8)
Jesús no se deja atrapar en la trampa del legalismo. Él conoce los pensamientos, discierne el corazón, y decide traer al centro aquello que los demás preferirían dejar en la sombra. El hombre marginado, acostumbrado quizá a esconder su debilidad, es llamado a estar de pie, en medio de todos. Cristo hace visible lo que el sistema prefiere ignorar.
La religión de reglas tiende a ocultar la miseria humana; el Evangelio la trae a la luz para redimirla.
Pero ahora Jesús pone el dedo en la llaga. No solo se enfrenta al dolor humano, sino a la dureza del corazón religioso.
“Entonces Jesús les dijo: Os preguntaré una cosa: ¿Es lícito en día de reposo hacer bien, o hacer mal? ¿Salvar la vida, o quitarla?” (v. 9)
El Señor, con una sola pregunta, revela el verdadero sentido de la Ley y el absurdo del legalismo: el sábado fue dado para bien, para la vida, para mostrar el carácter misericordioso de Dios. Si en el día consagrado a la comunión con el Señor, la compasión y la misericordia quedan prohibidas, ese sábado ha perdido todo contacto con la Palabra y el corazón de Dios.
Jesús pone a sus adversarios en la encrucijada de la verdad:
¿De qué lado están? ¿Del lado de la vida y el bien, o del lado de la muerte y el ritualismo vacío? El legalismo religioso, bajo la apariencia de santidad, termina defendiendo la inhumanidad, justificando el desprecio, e incluso, como veremos, maquinando el mal.
Aplicación y examen pastoral:
Hermanos, no basta con tener razón en un debate, ni con mantener las tradiciones. El fruto de la verdadera piedad es siempre la misericordia, la compasión, el amor que busca salvar y restaurar.
¿No es cierto que a veces nuestras prácticas pueden volverse tan rígidas, que perdemos de vista al prójimo herido? ¿No sucede a veces en la iglesia, en la familia, en el trabajo, que lo “correcto” se vuelve más importante que lo compasivo?
Cristo no lo permite. Él nos llama a poner al necesitado en el centro y a exponer nuestro corazón delante de su Palabra.

C. La obra de Jesús: Restauración en el día de reposo

Leamos cómo actúa el Señor:
“Y mirándolos a todos alrededor, dijo al hombre: Extiende tu mano. Y él lo hizo así, y su mano fue restaurada.” (Lucas 6:10)
Jesús mira a todos. No es una mirada superficial; es una mirada que examina, que escudriña el corazón de cada uno. Delante de todos, en el día más sagrado, en el momento más tenso, el Señor pronuncia una simple orden: “Extiende tu mano”.
Es un llamado a la fe, a exponerse tal cual es, a confiar en el poder y la compasión de Cristo por encima de las miradas humanas y las tradiciones vacías.
Y ocurre el milagro. El hombre, obedeciendo la palabra de Jesús, experimenta lo que ningún sábado anterior pudo darle: restauración, vida nueva, reintegración al pueblo de Dios. El Señor del sábado, en el día de reposo, manifiesta lo que Dios siempre quiso que ese día significara: compasión, gracia, renovación.
Esto es el Evangelio:
El verdadero descanso no es solo la ausencia de trabajo o de reglas humanas, sino la presencia restauradora de Cristo, que sana nuestras debilidades, que nos reintegra a la comunidad, que transforma nuestra vergüenza en testimonio y nuestra carencia en alabanza.
Aplicación directa:
Iglesia, ¿ves el corazón de tu Salvador? Él no te pide que te escondas, ni que tapes tu necesidad. Te llama a ponerte en pie, a extender tu mano seca, tu área muerta, tu historia marginada. Donde el legalismo solo puede señalar y excluir, Cristo restaura, dignifica y llena de vida.
¿Estás dispuesto hoy a salir al centro y confiar en su palabra, aun si otros no entienden, aun si la tradición te acusa?

D. La reacción del corazón legalista

“Y ellos se llenaron de furor, y hablaban entre sí qué podrían hacer contra Jesús.” (Lucas 6:11)
El contraste es total. Donde Cristo trae vida, el legalismo genera ira. Donde Jesús restaura, la religión sin gracia maquina el rechazo y la muerte.
Los líderes religiosos, en vez de alegrarse por la sanidad de un hermano, se indignan. La misericordia de Dios se vuelve para ellos una amenaza, porque revela la esterilidad de su sistema y desnuda su falta de amor.
Aquí Lucas nos da un espejo:
El legalismo, en última instancia, no solo endurece el corazón, sino que nos lleva a resistir la obra de Dios y a rechazar al mismo Salvador. No hay punto medio. El Evangelio de la gracia desenmascara la hipocresía y exige una decisión: ¿Abrazaremos el descanso y la misericordia de Cristo, o nos aferramos a la autosuficiencia y la comparación?

Conclusión pastoral del punto 2

Hermanos, el segundo signo del Señorío de Cristo no es sólo su autoridad sobre la Ley, sino su misericordia sobre el legalismo.
El verdadero reposo se muestra cuando la compasión triunfa sobre la costumbre, cuando el amor restaura lo que la religión fría deja marginado, cuando la gracia vence donde la letra mata.
Cristo no sólo nos invita a descansar de nuestras obras, sino también de nuestro juicio, de nuestra comparación, de la carga de tener que ser siempre los “correctos” ante los hombres.
Él llama a la iglesia a ser un refugio de misericordia, una comunidad donde los quebrantados encuentran restauración, y no vigilancia ni sospecha.
¿Qué tipo de comunidad queremos ser?
¿Una que repite las fórmulas del pasado, o una que camina con el Señor del sábado, llevando a otros a la vida y al gozo que sólo Él puede dar?

3. Su poder para restaurar (Lucas 6:10–11)

Tercera señal del Señorío de Cristo que nos llama a buscar en Él la restauración y plenitud verdadera

A. El milagro que revela el corazón de Dios

Volvamos al texto central:
“Y mirándolos a todos alrededor, dijo al hombre: Extiende tu mano. Y él lo hizo así, y su mano fue restaurada.” (v. 10)
Este sencillo acto —extender una mano— es, a la vez, un acto de fe y una confesión pública. No había medicina humana posible para esta enfermedad; la restauración solo podía venir del Dios vivo.
Jesús, en el día de reposo, hace lo que nadie más puede hacer: no solo interpreta la Ley, sino que cumple el propósito de Dios desde el Edén, devolviendo al hombre la dignidad, la utilidad, la vida en comunidad y la posibilidad de adorar con libertad.
En la restauración de esta mano, Lucas nos recuerda la promesa del sábado desde la creación: no solo descanso físico, sino vida abundante, plenitud, la superación de la vergüenza, la entrada en el gozo y la comunión perdida por el pecado.
El milagro no es solo para el hombre sanado: es una señal para todos nosotros de lo que Cristo vino a traer al mundo caído. Donde la ley y el esfuerzo humano fracasan, Cristo actúa con poder, gracia y compasión.

B. El contraste final: restauración o endurecimiento

El texto termina así:
“Y ellos se llenaron de furor, y hablaban entre sí qué podrían hacer contra Jesús.” (v. 11)
Aquí se revela el verdadero drama espiritual: ante el poder restaurador de Cristo, los corazones endurecidos solo pueden responder con enojo y complot. El legalismo, cuando es desenmascarado, no se rinde fácilmente: pelea por sobrevivir, aunque tenga que oponerse a la misericordia y a la vida.
Pero el Evangelio triunfa:
El hombre marginado es restaurado. El pueblo ve el poder de Dios en acción. El verdadero reposo, el sábado cumplido en Cristo, se manifiesta no en un sistema, sino en la persona del Señor Jesús que sana, restaura y da vida.

Aplicación pastoral y conclusión del sermón

Hermanos, la pregunta que resuena al final del pasaje no es simplemente si “guardamos bien el sábado”, sino:
¿Estamos permitiendo que Cristo, el Señor del reposo, restaure lo que está seco, avergonzado, o marginado en nuestra vida y comunidad?
¿Nos resistimos a su obra por miedo, comparación, tradición… o salimos al centro, extendemos lo que está muerto, y confiamos en que solo Él puede dar vida?
Este es el nuevo éxodo, la nueva creación, el verdadero descanso:
No sólo abstenerse de trabajar, sino experimentar la restauración profunda que sólo el Señor puede traer.
No solo cumplir reglas, sino caminar con Cristo, recibir su gracia y ser parte de una comunidad donde la misericordia y la vida triunfan sobre la ley seca y el corazón endurecido.
Llamado pastoral final:
Hoy, Jesús sigue pasando por nuestros campos, nuestras sinagogas, nuestros lugares de lucha y de vergüenza. Él te llama a salir, a extender tu mano seca, a confiar en su palabra, y a experimentar el reposo que sólo el Señor del sábado puede dar.
No te escondas, no te conformes con la religión de reglas o de expectativas humanas. Ven, descansa, y sé restaurado por el que tiene todo poder y toda misericordia.
Que como iglesia, podamos ser un pueblo donde cada sábado —y cada día— sea una señal viva de la gracia de Cristo: el Señor del reposo, nuestro verdadero descanso.

🎯 Conclusión pastoral: El Señor del reposo y la libertad de conciencia

Amados hermanos, cuando Jesús dice que Él es Señor del día de reposo, no solo está reclamando su autoridad sobre la Ley. Está revelando el corazón del evangelio: la verdadera obediencia fluye de una conciencia libre, guiada por la Palabra y movida por el amor.
Pero esto trae una advertencia seria para nosotros hoy:
No debemos imponer sobre los hermanos cargas que el Señor no ha impuesto.
En nuestras iglesias reformadas, donde amamos la fidelidad bíblica, existe el peligro real de confundir convicciones personales con mandatos divinos.
Y cuando lo hacemos, sin darnos cuenta nos parecemos más a los fariseos del sábado que al Cristo del evangelio.
Por ejemplo:
Algunos promueven la educación en casa (homeschool) como si fuera el único modelo fiel y piadoso de crianza. Pero la Escritura no exige un método, sino un corazón que instruya en la Palabra. Padres que escolarizan a sus hijos no son menos fieles si lo hacen con oración y discernimiento.
Algunos afirman que las mujeres no deben trabajar fuera del hogar en ninguna circunstancia, como si el modelo bíblico fuera rígido y sin matices. Pero la mujer virtuosa de Proverbios 31 comerciaba, compraba campo y ayudaba a sostener su casa. La Escritura honra la vocación femenina, pero no la reduce a un molde único.
Otros insinúan que usar cierta ropa, leer ciertos autores o celebrar ciertos días marca la diferencia entre los verdaderamente consagrados y los “cristianos mundanos”. Pero esto no es celo bíblico; es legalismo moderno disfrazado de reforma.
Hermanos, esto riñe frontalmente con la ortodoxia reformada. La Confesión de Fe de Westminster enseña que:
“Dios solo es Señor de la conciencia, y la ha dejado libre de las doctrinas y mandamientos de hombres, que de algún modo estén en oposición a su Palabra, o que no estén contenidos en ella. Así que creer tales doctrinas, u obedecer tales mandamientos por causa de la conciencia, es traicionar la verdadera libertad de conciencia; y requerir una fe implícita, y una obediencia ciega e indiscriminada, es destruir la libertad de conciencia y también la razón.”
(CFW 20.2)
El día del Señor nos recuerda cada semana que nuestra identidad no se basa en nuestro rendimiento, ni en nuestras reglas, sino en el reposo que Cristo ya logró por nosotros.
Cuando convertimos nuestras prácticas personales en estándares absolutos para otros, negamos la misma libertad que Cristo nos dio en su cruz.

✦ ¿Entonces qué significa guardar fielmente el día del Señor?

Significa confiar en que Cristo nos guía con su Palabra, no con normas humanas.
Significa formar convicciones bíblicas con humildad, y a la vez dar libertad al Espíritu en los demás.
Significa reconocer que la santidad no se mide por el método educativo, ni por el tipo de hogar, sino por una fe activa en amor, por una comunión sincera con el Señor y su iglesia.

🔚 Concluyamos así:

Jesús no nos salvó para vivir atados al legalismo de otros.
Él nos llama a un descanso mayor: el gozo de ser guiados por su Espíritu, conforme a su Palabra, y no conforme a las tradiciones de hombres.
Que cada domingo, al descansar en Cristo, al adorarle juntos, al deleitarnos en su misericordia, proclamemos con nuestra vida:
“¡Jesús es el Señor del reposo, y nosotros somos su pueblo libre, redimido, guiado por gracia y no por presión humana!”
¿Quieres que preparemos también una versión para usar como llamado a la Cena del Señor, o para cerrar con una oración pastoral?
Con mucho gusto, Andrés. Aquí tienes una versión del llamado a la Cena del Señor que fluye naturalmente desde el sermón de Lucas 6:1–11, conservando el énfasis en Cristo como Señor del reposo, la libertad de conciencia, y nuestro descanso verdadero. Está redactado en un tono pastoral, reverente y reformado, para ser leído justo antes de repartir los elementos:

📖 Llamado a la Cena del Señor

Desde el descanso prometido, hacia el banquete eterno
Amados hermanos,
hoy hemos contemplado en la Palabra cómo Jesús, el Hijo del Hombre, es el Señor del día de reposo. Él no solo nos libra del legalismo y de las cargas impuestas por los hombres,
sino que Él mismo se ha convertido en nuestro descanso,
nuestro reposo eterno,
nuestra Pascua verdadera.
La Cena del Señor que estamos por celebrar es un anticipo sabático del banquete final, una señal visible de que nuestro descanso ya ha comenzado en Cristo.
Aquí no venimos por méritos propios, ni por cumplir reglas externas,
ni porque tengamos todas nuestras convicciones en orden perfecto.
Venimos porque Él nos invita.
Venimos porque Él nos ha dado descanso en su cruz,
porque su cuerpo fue molido por nuestras cargas,
y su sangre fue derramada para sellar el pacto de gracia.
Como dice la Escritura:
“Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mateo 11:28).
Aquí está la mesa del descanso.
Aquí Cristo te dice:
“Ya no tienes que demostrar tu justicia. Yo soy tu justicia.”
“Ya no tienes que ganar tu entrada. Yo soy tu puerta.”
“Ya no tienes que temer el juicio. Yo fui juzgado en tu lugar.”
Por eso, si has sido unido a Cristo por la fe,
si has sido bautizado en su nombre,
y si estás en comunión con su iglesia local,
ven y come.
No traigas tus obras.
No traigas tus credenciales.
Solo trae hambre de gracia y sed de comunión.
Pero si aún no has creído en Él, o si persistes en un pecado no confesado y sin arrepentimiento,
te pedimos que no participes hoy,
no porque esta mesa sea para “los perfectos”, sino porque es para los que han sido reconciliados con Dios en Cristo.

🕊 Que esta Cena sea para nosotros reposo y renovación.

Mientras comemos del pan y bebemos de la copa, recordemos:
El Señor del Reposo nos alimenta con su propia vida,
para que vivamos libres, confiados y agradecidos.
Ven, pueblo del Pacto,
y descansa en tu Redentor.
¿Te gustaría que ahora redacte la oración de acción de gracias y consagración de los elementos siguiendo este tono y línea teológica?
Related Media
See more
Related Sermons
See more
Earn an accredited degree from Redemption Seminary with Logos.