1 Pedro 1:13-21 - Vivir en santidad en un mundo contaminado
Vivir en santidad en un mundo contaminado
Introducción:
Recuerdo que un día hablaba con un inconverso y me dijo: "¡Cuánta hipocresía hay en la iglesia!, lo cual me molesto un poco y le pregunté ¿por qué dices eso? Y me respondió: “Los cristianos hablan de santidad los domingos, pero el resto de la semana viven de la misma manera y haciendo las mismas cosas que hacen los que no son cristianos”. Esta crítica es más común de lo que pensamos, y lo peor de todo, y es lamentable decirlo, pero en muchas ocasiones tienen la razón.
Vivimos en un mundo donde el individualismo está a la orden del día. Las personas corren apresuradamente para conquistar sus metas, cumplir sus anhelos y darles rienda suelta a sus deseos, sin importar la forma en la que ello pueda afectar a otros. Y como creyentes nos encontramos ante una disyuntiva: nos mimetizamos con el mundo y actuamos como ellos lo hacen, o nos mantenemos en los estándares morales de integridad y santidad que Dios ordena en su palabra, aunque seamos etiquetados como intolerantes o anticuados.
¿Cómo podemos vivir en santidad en este mundo contaminado que promueve valores opuestos a los de Dios?
Espero que hoy encontremos alguna respuesta a esta pregunta.
Continuando con nuestra serie “Esperanza en el sufrimiento” Hoy estudiaremos 1 Pedro 1:13-21, y para desarrollar el sermón, responderemos tres preguntas:
Desarrollo:
1. ¿Qué es la santidad? (v. 13-16)
13 por tanto, ceñid vuestro entendimiento para la acción; sed sobrios en espíritu, poned vuestra esperanza completamente en la gracia que se os traerá en la revelación de Jesucristo. 14 como hijos obedientes, no os conforméis a los deseos que antes teníais en vuestra ignorancia, 15 sino que, así como aquel que os llamó es santo, así también sed vosotros santos en toda vuestra manera de vivir; 16 porque escrito está: Sed santos, porque Yo soy santo.
Cuando escuchamos la palabra "santidad", pueden venir varias imágenes a nuestra mente: Quizás una lista de prohibiciones, tal vez imaginamos a alguien aislado del mundo con una aureola sobre la cabeza. Pero la santidad bíblica es mucho más profunda y hermosa que todo eso.
La palabra hebrea para "santo" (qadosh) significa "apartado", "diferente", "único". Cuando aplicamos esto a Dios, significa que Él es completamente diferente a nosotros, perfecto en todos sus atributos. Y cuando Dios nos llama a ser santos, no nos está pidiendo simplemente que sigamos reglas o que nos apartemos físicamente del mundo. Nos está invitando a la integridad, a ser restaurados a la imagen para la cual fuimos creados.
Pensemos en un rompecabezas. Cuando las piezas están dispersas, está "fragmentado". Pero cuando todas las piezas están correctamente colocadas, el rompecabezas está completo, está íntegro. Podríamos decir entonces, que la santidad es permitir que Dios tome las piezas fragmentadas de nuestra vida y la restaure a su diseño original.
El llamado a la santidad en el versículo 15 es precisamente eso: "sed santos en toda vuestra manera de vivir". No se trata solo de comportamientos externos, sino de una transformación integral que afecta cada aspecto de nuestra vida.
Hay dos formas equivocadas de entender la santidad que son extremas:
La falsa santidad religiosa: se enfoca en reglas externas, comparaciones con otros, y apariencias. Produce rigidez y orgullo, pero no transforma el corazón.
El libertinaje: Conformarse a los deseos de nuestra carne. El problema es que vivir según nuestros impulsos sin considerar el diseño de Dios, nos llevará a una vida fragmentada, desconectada y carente de propósito verdadero.
La verdadera santidad no es ni legalismo rígido ni libertinaje sin restricciones. Es volvernos completos, íntegros, como Dios nos diseñó. Es permitir que cada pieza de nuestra vida encaje en su lugar correcto bajo la dirección de Dios. El Espíritu Santo lleva a los creyentes a vivir en el temor a Dios, no una actitud que produce miedo, sino una reverencia que evidencia respeto por Dios y que causa un gran dolor en nuestros corazones cuando le fallamos.
La santidad involucra una separación, no podemos seguir a Cristo y a la vez hacer las cosas del mundo. No se trata de realizar algunas prácticas religiosas, sino de una vivencia diaria, la santidad debe ser la distinción de nuestro estilo de vida, donde somos llamados a comportarnos de maneras distintas en cada faceta de nuestras vidas, aun en medio de una sociedad que le ha dado la espalda a Dios.
2. ¿Por qué debemos buscar la santidad? (v. 17-21)
17 y si invocáis como Padre a aquel que imparcialmente juzga según la obra de cada uno, conducíos en temor durante el tiempo de vuestra peregrinación; 18 sabiendo que no fuisteis redimidos de vuestra vana manera de vivir heredada de vuestros padres con cosas perecederas como oro o plata, 19 sino con sangre preciosa, como de un cordero sin tacha y sin mancha, la sangre de Cristo. 20 porque Él estaba preparado desde antes de la fundación del mundo, pero se ha manifestado en estos últimos tiempos por amor a vosotros 21 que por medio de Él sois creyentes en Dios, que le resucitó de entre los muertos y le dio gloria, de manera que vuestra fe y esperanza sean en Dios.
En estos versículos, Pedro nos ofrece dos poderosas motivaciones para buscar la santidad: quién es Dios para nosotros y lo que ha hecho por nosotros.
a) Dios es nuestro Padre y nuestro Juez (v. 17)
En estos versículos, Pedro nos recuerda que Dios es al mismo tiempo nuestro Padre y nuestro Juez. Esta aparente tensión es fundamental para entender nuestra relación con Él:
Como Padre, Dios nos ha adoptado en su familia. Nos ha dado una nueva identidad y un nuevo nombre. Nos ama incondicionalmente y nos cuida perfectamente. No somos huérfanos espirituales; somos hijos amados. Nuestro nuevo nacimiento nos concede el enorme privilegio de pertenecer a su familia. Sin embargo, ese privilegio también incluye responsabilidades.
Como Juez, Dios es imparcial y justo. Evalúa nuestras vidas con perfecta rectitud. No hay favoritismo ni injusticia en Él. Y aunque como creyentes no enfrentamos condenación, nuestras obras serán evaluadas. Esta realidad debe resaltar en nosotros el deber de ser santos como Dios es santo.
b) Fuimos redimidos a un alto precio (v. 18-19)
Para la segunda motivación, Pedro establece un contraste en nuestra redención, entre lo valioso y lo no valioso. Él dice que fuimos rescatados, no con cosas corruptibles, como el oro o la plata, aunque son altamente codiciados por el hombre, sino que nuestro rescate fue pagado con algo de mucho más valor: “la preciosa sangre de Jesucristo”. La redención fue muy costosa, se logró por el sacrificio de Cristo, el cordero de Dios, sin pecado y sin mancha que se entregó por amor de nosotros.
Esto tiene que dar una nueva perspectiva a nuestra vida. ¿cuánto valemos para Dios? Nada menos que la vida de su propio Hijo. Somos más importantes para Dios que el resto de la creación. Jesús mismo dijo que nosotros valemos más que las aves del cielo y los lirios del campo.
No fuimos rescatados para volver a los mismos patrones de vida que nos tenían cautivos. Porque ¿qué sentido tendría volver a esa vida que teníamos antes de nuestra conversión, si hemos sido salvados de ella? No tiene ningún sentido regresar a la esclavitud. Fuimos rescatados para vivir en santidad. Volver a los "deseos de nuestra antigua ignorancia" sería como un esclavo liberado que voluntariamente regresa a sus cadenas.
El alto precio pagado por nuestra redención nos motiva a vivir de manera coherente con esta nueva libertad, valorando lo que a Dios pagó por ella. Cuando Pedro dice que fuimos redimidos y rescatados por Cristo, está diciendo que nuestro comportamiento debe estar de acuerdo con los requerimientos de aquel que pagó por nuestra libertad y le honramos viviendo conforme a los estándares de su santidad y no de los estándares que el mundo nos quiere marcar.
3. ¿Cómo crecemos en santidad? (v. 13, 17, 20 y 21)
Pedro no solo nos llama a la santidad y nos da motivaciones; también nos muestra cómo podemos vivirla prácticamente.
a) Preparando nuestra mente (v. 13a)
"Por tanto, ceñid los lomos de vuestro entendimiento, sed sobrios..."
La metáfora que Pedro usa es la de un cinturón. En su tiempo, los hombres usaban túnicas largas que debían "ceñir" (recoger o asegurar) para trabajar o luchar eficazmente. Pedro aplica esta imagen a nuestra mente y nos dice que como creyentes tenemos la necesidad de “apretarnos el cinturón para que nos despertemos mentalmente”. Porque la santidad comienza en nuestra forma de pensar.
Aristóteles dijo: “El pensamiento condiciona la acción, la acción determina el comportamiento y el comportamiento repetido crea hábitos”.
Necesitamos disciplina mental, enfoque y claridad. Necesitamos llenar nuestra mente de Dios, de las cosas que edifican nuestra vida. No podemos dejar que el mundo nos condicione con su forma de pensar. Como nuevas criaturas en Cristo, debemos ser transformados por la renovación de nuestra mente (Romanos 12:2). No podemos vivir en santidad con mentes dispersas, distraídas o llenas de pensamientos impuros.
Cuando Pedro nos exhorta a "Ser sobrios" significa que debemos estar mentalmente alerta, no intoxicados por las ideologías del mundo. Implica discernimiento y autocontrol en nuestro pensamiento. Prácticamente, significa que debemos (1) Alimentar nuestra mente con la Palabra de Dios, (2) Evaluar críticamente los mensajes culturales, (3) Rechazar patrones de pensamiento destructivos y (4) Cultivar pensamientos que honren a Dios. (Filipenses 4:8)
b) Poniendo nuestra esperanza en la gracia (v. 13b)
"...y esperad por completo en la gracia que se os traerá cuando Jesucristo sea manifestado."
La santidad se nutre de la esperanza. No una esperanza vaga, sino una esperanza específica en la gracia futura que recibiremos cuando Cristo regrese. Esta orientación hacia el futuro transforma nuestro presente. Cuando vivimos con la eternidad en mente, las prioridades cambian. Los sacrificios temporales por la santidad parecen pequeños comparados con la gloria venidera.
Pedro reconoce que somos "peregrinos" (v. 17) - extranjeros y exiliados en este mundo. Nuestra ciudadanía principal está en el cielo. Esta perspectiva nos libera de la presión de conformarnos a este mundo; y nos da la fuerza y el valor para vivir diferente.
c) Conduciendo nuestra vida en temor reverente (v. 17-21)
"Conducíos en temor durante el tiempo de vuestra peregrinación..."
El temor de Dios es esencial para la santidad. Este temor no es terror, sino una combinación de asombro, respeto y reverencia ante quien es Dios y lo que ha hecho. El temor a Dios es crucial para crecer en santidad porque el mundo siempre nos va a decir que honrar a Dios nos va a ser infelices. Y el temor a Dios, nos lleva a estar tan impresionados con la belleza y la gloria de Dios, que vivir para Dios es escoger lo mejor. Es disfrutar del plato principal y no vivir de las migajas.
El temor del Señor nos proporciona:
• Sabiduría para tomar decisiones (Proverbios 9:10)
• Motivación para evitar el pecado (Proverbios 16:6)
• Confianza en los planes de Dios (versículos 20-21)
Este temor reverente se profundiza cuando contemplamos el plan eterno de Dios: Cristo fue "destinado desde antes de la fundación del mundo" (v. 20). Nuestra redención no fue una ocurrencia tardía, sino parte del plan eterno de Dios. Y ahora, por medio de Cristo, "nuestra fe y esperanza están en Dios" (v. 21). El mismo Dios que resucitó a Jesús y le dio gloria, está obrando en nosotros para transformarnos cada día a la imagen de su Hijo.
Conclusión:
La santidad no es un llamado a la perfección inmediata, sino una invitación a un proceso de transformación integral. Es permitir que Dios restaure en nosotros la imagen que el pecado ha distorsionado. La santidad no nos aísla del mundo; nos equipa para brillar como luces en medio de él. No nos hace menos humanos; nos restaura a lo que fuimos diseñados para ser íntegros, completos, santos como nuestro Padre celestial es santo.
Que nuestra vida de santidad sea un testimonio vivo del poder transformador de Dios en un mundo contaminado que desesperadamente necesita ver su imagen restaurada.
