¿QUIÉN SOY YO PARA ESTORBAR A DIOS? HECHOS 11:1-18

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INTRODUCCIÓN

El libro de los Hechos no solo narra la expansión geográfica del Evangelio, sino también la transformación interna de los corazones que lo llevan y lo reciben.
Es un libro de movimiento, pero también de resistencia. Cada avance del Evangelio es precedido por una barrera que debe ser derribada, ya sea una cárcel literal o un prejuicio espiritual.
En Hechos 10, Dios hizo algo que cambió radicalmente la historia de la Iglesia: salvó a un gentil.
No solo lo tocó, lo salvó, lo llenó del Espíritu Santo, y confirmó su inclusión en el cuerpo de Cristo sin pasar por el judaísmo.
Lo hizo a través de Pedro, un apóstol que hasta hacía poco no habría entrado jamás en casa de un extranjero.
Pero Dios cambió su mente, quebró su orgullo, y usó su obediencia para abrir una nueva etapa: el Evangelio ya no era solo para los judíos. Era para todos.

TEXTO BASE

Hechos de los Apóstoles 11:1–18 RVR60
1 Oyeron los apóstoles y los hermanos que estaban en Judea, que también los gentiles habían recibido la palabra de Dios. 2 Y cuando Pedro subió a Jerusalén, disputaban con él los que eran de la circuncisión, 3 diciendo: ¿Por qué has entrado en casa de hombres incircuncisos, y has comido con ellos? 4 Entonces comenzó Pedro a contarles por orden lo sucedido, diciendo: 5 Estaba yo en la ciudad de Jope orando, y vi en éxtasis una visión; algo semejante a un gran lienzo que descendía, que por las cuatro puntas era bajado del cielo y venía hasta mí. 6 Cuando fijé en él los ojos, consideré y vi cuadrúpedos terrestres, y fieras, y reptiles, y aves del cielo. 7 Y oí una voz que me decía: Levántate, Pedro, mata y come. 8 Y dije: Señor, no; porque ninguna cosa común o inmunda entró jamás en mi boca. 9 Entonces la voz me respondió del cielo por segunda vez: Lo que Dios limpió, no lo llames tú común. 10 Y esto se hizo tres veces, y volvió todo a ser llevado arriba al cielo. 11 Y he aquí, luego llegaron tres hombres a la casa donde yo estaba, enviados a mí desde Cesarea. 12 Y el Espíritu me dijo que fuese con ellos sin dudar. Fueron también conmigo estos seis hermanos, y entramos en casa de un varón, 13 quien nos contó cómo había visto en su casa un ángel, que se puso en pie y le dijo: Envía hombres a Jope, y haz venir a Simón, el que tiene por sobrenombre Pedro; 14 él te hablará palabras por las cuales serás salvo tú, y toda tu casa. 15 Y cuando comencé a hablar, cayó el Espíritu Santo sobre ellos también, como sobre nosotros al principio. 16 Entonces me acordé de lo dicho por el Señor, cuando dijo: Juan ciertamente bautizó en agua, mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo. 17 Si Dios, pues, les concedió también el mismo don que a nosotros que hemos creído en el Señor Jesucristo, ¿quién era yo que pudiese estorbar a Dios? 18 Entonces, oídas estas cosas, callaron, y glorificaron a Dios, diciendo: ¡De manera que también a los gentiles ha dado Dios arrepentimiento para vida!

IDEA CENTRAL

Cuando Dios decide obrar, la humildad es la única respuesta correcta.
El que sirve se quita del medio.
La iglesia se calla para glorificar.
Y el Evangelio sigue su curso, con nosotros o a pesar de nosotros.

CONTEXTUALIZACIÓN

Ahora, en Hechos 11, Pedro regresa a Jerusalén. No lo espera una celebración, sino una confrontación.
Los creyentes judíos lo cuestionan, dudan de su proceder, y temen que la pureza del Evangelio esté en peligro. ¿
Qué hará Pedro? ¿Se defenderá con orgullo? ¿Se exaltará por haber sido usado por Dios?
No. Pedro se humilla, rinde cuentas, y pone en evidencia que no fue su plan, sino la voluntad clara del Espíritu.
Este pasaje nos enseña que la mayor señal de madurez espiritual no es cuánto poder tienes, sino cuánta humildad practicas.
Que Dios no usa a los perfectos, sino a los obedientes. Y que cuando el orgullo humano se hace a un lado, Dios hace lo imposible.
Por eso, hoy nos haremos la misma pregunta que Pedro pronunció con temor y temblor, después de ver cómo Dios salva a quien quiere, como quiere, y cuando quiere:
¿Quién soy yo para estorbar a Dios?

DESARROLLO

I. LA INCREPANCIA RELIGIOSA

La iglesia confronta — cuidando, pero también temiendo

Hechos de los Apóstoles 11:1–3 RVR60
1 Oyeron los apóstoles y los hermanos que estaban en Judea, que también los gentiles habían recibido la palabra de Dios. 2 Y cuando Pedro subió a Jerusalén, disputaban con él los que eran de la circuncisión, 3 diciendo: ¿Por qué has entrado en casa de hombres incircuncisos, y has comido con ellos?
Los creyentes judíos escuchan que Pedro ha entrado a casa de gentiles. ¿Su reacción? Crítica. Desconfianza. Legalismo. Querían proteger la fe, pero también estaban frenando la obra. ¿Por qué? Porque aún estaban atrapados en una religiosidad sin humildad.
Pedro, que antes pensaba igual, ahora es un hombre quebrantado por Dios. Él ya no pelea con espada ni discute con Jesús. Ahora escucha, tolera y responde con verdad y templanza.

Aplicación:

¿Estoy siendo un muro para el Evangelio en mi casa, en mi iglesia, en mi mente?
Si lo que me sostiene es mi tradición, mi prejuicio o mi orgullo, entonces yo soy el estorbo.

II. EL RELATO ORDENADO

El obrero responde — con humildad, testigos y obediencia

Hechos de los Apóstoles 11:4–15 RVR60
4 Entonces comenzó Pedro a contarles por orden lo sucedido, diciendo: 5 Estaba yo en la ciudad de Jope orando, y vi en éxtasis una visión; algo semejante a un gran lienzo que descendía, que por las cuatro puntas era bajado del cielo y venía hasta mí. 6 Cuando fijé en él los ojos, consideré y vi cuadrúpedos terrestres, y fieras, y reptiles, y aves del cielo. 7 Y oí una voz que me decía: Levántate, Pedro, mata y come. 8 Y dije: Señor, no; porque ninguna cosa común o inmunda entró jamás en mi boca. 9 Entonces la voz me respondió del cielo por segunda vez: Lo que Dios limpió, no lo llames tú común. 10 Y esto se hizo tres veces, y volvió todo a ser llevado arriba al cielo. 11 Y he aquí, luego llegaron tres hombres a la casa donde yo estaba, enviados a mí desde Cesarea. 12 Y el Espíritu me dijo que fuese con ellos sin dudar. Fueron también conmigo estos seis hermanos, y entramos en casa de un varón, 13 quien nos contó cómo había visto en su casa un ángel, que se puso en pie y le dijo: Envía hombres a Jope, y haz venir a Simón, el que tiene por sobrenombre Pedro; 14 él te hablará palabras por las cuales serás salvo tú, y toda tu casa. 15 Y cuando comencé a hablar, cayó el Espíritu Santo sobre ellos también, como sobre nosotros al principio.
Pedro no evade, no se defiende con gritos, ni se hace la víctima. Responde. Y responde muy bien. ¿Cómo? Dice el versículo 4:
“Entonces comenzó Pedro a contarles por orden lo sucedido…”
Pedro no les suelta un sermón, les relata los hechos tal como sucedieron, con detalle, con orden, con testigos. Porque no tiene nada que esconder. Porque cuando uno ha sido guiado por el Espíritu Santo, no necesita justificar nada con orgullo ni manipulación. Solo necesita decir la verdad con humildad.
Y así lo hace:
En Jope estaba orando (v.5).
Vio una visión clara, tres veces repetida (v.5–10).
Oyó una voz del cielo que le dijo: “Lo que Dios limpió, no lo llames tú común” (v.9).
Mientras aún procesaba eso, tres hombres enviados desde Cesarea lo buscan (v.11).
Y dice Pedro: “El Espíritu me dijo que fuese con ellos sin dudar” (v.12).
Todo estaba orquestado desde arriba. No fue un plan misionero de Pedro. Fue un plan celestial.
Y para que nadie diga que fue una emoción personal, llevó consigo a seis testigos (v.12), que escucharon todo, vieron todo, y ahora lo confirman todo.
Cuando llega a la casa del gentil, escucha que un ángel ya le había dicho a Cornelio exactamente a quién debía llamar (v.13), y que Pedro tenía que ser el que le hablara palabras para salvación (v.14). Y Pedro obedece. Nada más.
Y aquí viene lo tremendo, lo glorioso, lo que hace estallar toda muralla religiosa:
“Y cuando comencé a hablar, cayó el Espíritu Santo sobre ellos también, como sobre nosotros al principio” (v.15)
¡Ni siquiera terminó de predicar! ¡No hubo llamado al altar! ¡No hubo música de fondo!
Solo comenzó a hablar… y el Espíritu descendió. Así como lo hizo en Hechos 2 en Pentecostés. Así, igualito. ¡Sin distinción!
¿Cuál es la única conclusión posible ante eso?
Que Dios no necesita nuestra estructura ni aprobación. Si Él decide salvar, Él salva. Si Él decide llenar, Él llena.
Y si el obrero está en su voluntad, lo único que tiene que hacer es obedecer y callar cuando Dios hable más fuerte.
Pedro entendió que él solo era un instrumento.
El verdadero protagonista fue, es y siempre será el Espíritu Santo.Pedro no se exalta ni dice: “Yo sé lo que hago”. No dice: “¡Soy el apóstol!”. Dice: “Esto fue lo que pasó…”. Y paso a paso muestra que el Espíritu Santo orquestó todo. Él solo obedeció.
“El Espíritu me dijo que fuese con ellos sin dudar…” (v.12)
“Y cuando comencé a hablar, cayó el Espíritu Santo sobre ellos también…” (v.15)
Pedro se quita del centro y pone a Dios en el trono.
No toma crédito. No busca aplausos. Solo rinde cuentas con temor y reverencia.

Aplicación:

¿Estoy sirviendo para que me vean a mí o para que vean a Cristo?
La humildad en el siervo no es opcional, es el camino para que Dios sea glorificado.

III. LA CONCLUSIÓN ESPIRITUAL

El obrero disierne — y se hace a un lado con humildad

Hechos de los Apóstoles 11:16–17 RVR60
16 Entonces me acordé de lo dicho por el Señor, cuando dijo: Juan ciertamente bautizó en agua, mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo. 17 Si Dios, pues, les concedió también el mismo don que a nosotros que hemos creído en el Señor Jesucristo, ¿quién era yo que pudiese estorbar a Dios?
Después de contar cada detalle, Pedro no concluye con una opinión ni con una emoción.
No dice: “Yo creo que esto fue de Dios” ni “yo sentí paz en mi corazón”.
Pedro discierne a la luz de la Palabra, y eso es lo que valida toda experiencia espiritual verdadera.
Y dice:
“Entonces me acordé de lo dicho por el Señor, cuando dijo: Juan ciertamente bautizó en agua, mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo.” (v.16)
Pedro está citando lo que Jesús dijo en Hechos 1:5, justo antes de ascender:
“Porque Juan ciertamente bautizó con agua, mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días.”
Esa promesa se cumplió en Pentecostés (Hechos 2), cuando el Espíritu Santo descendió sobre los discípulos judíos.
Y ahora, en casa de Cornelio, Pedro ve el mismo evento, el mismo cumplimiento, pero para los gentiles.
Y con una señal visible:
“Porque los oían que hablaban en lenguas, y que magnificaban a Dios” (Hechos 10:46)
Sí, hablaron en lenguas, y sí, fue una señal visible. Pero no fue el punto central, fue la evidencia externa de una realidad interna:
Dios los había salvado.

Aclaración teológica:

Pedro no está hablando de un segundo bautismo, ni de una “llenura de poder”, ni de una experiencia emocional.
Lo que Pedro ve —y tú debes enseñar— es que los gentiles están siendo incorporados al cuerpo de Cristo por el mismo Espíritu, tal como enseña 1 Corintios 12:13:
“Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo…”
Este bautismo no es algo que se busca después de ser salvo, es la obra inmediata del Espíritu al momento de la conversión, cuando Dios:
Regenera al creyente,
Lo sella,
Lo une a su Iglesia,
Y lo llena con Su presencia.
Pedro no fue el que salvó. Pedro solo fue testigo de cómo Dios hizo todo.
Y por eso, con temor reverente, dice en el verso 17:
“Si Dios, pues, les concedió también el mismo don que a nosotros que hemos creído en el Señor Jesucristo… ¿quién era yo que pudiese estorbar a Dios?”

Aquí Pedro no solo hace una declaración teológica…

Hace una confesión de humildad.
“¿Quién soy yo?”
El Pedro que antes discutía con Jesús.
El Pedro que antes usaba la espada.
El Pedro que decía: “aunque todos te nieguen, yo no…”
Ahora se ve pequeño ante la gloria del Espíritu.
Ya no piensa como judío.
Ya no actúa como líder autoritario.
Piensa como siervo.
Y se quebranta en humildad, reconociendo que no es dueño de la obra.

Aplicaciones:

¿Sigues esperando una experiencia para creer que eres salvo, cuando Dios ya te dio el mayor regalo: su Espíritu?
La humildad recibe con fe lo que Dios da por gracia.
¿Crees que Dios solo puede obrar como lo hizo contigo, en tu estilo, en tu historia?
La humildad reconoce que Dios no se somete a tu experiencia. Tú te sometes a su soberanía.
¿Y si Dios quiere salvar a alguien que tú no toleras, estás dispuesto a abrirle la puerta?
La humildad no interroga la gracia. La celebra.
Pedro escucha al Espíritu, recuerda las palabras de Jesús, y se quiebra por dentro.
“¿Quién era yo para estorbar a Dios?”
Esa no es una frase retórica.
Es la declaración de alguien que ya no se cree protagonista.
Pedro entendió que Dios no necesita nuestro permiso para salvar,
pero nos llama a no ser estorbo, sino puente.

Aquí está la verdad más fuerte del pasaje:

La humildad es la puerta por la cual el obrero pasa primero. Él la abre. Y toda la iglesia debe pasar a través de ella.
Si el pastor no se humilla, la iglesia se tranca.
Pero si el pastor se quebranta, la iglesia tiene el camino abierto para entrar en la obra de Dios.

Aplicación final:

¿Quién eres tú para frenar lo que Dios quiere hacer en tu casa, en tu iglesia, en tus hijos?
La humildad no frena el Evangelio. La humildad lo suelta, lo apoya, y se quita del medio.

IV. LA RESPUESTA DE LA IGLESIA

La iglesia calla — y glorifica

Hechos de los Apóstoles 11:1–18 RVR60
18 Entonces, oídas estas cosas, callaron, y glorificaron a Dios, diciendo: ¡De manera que también a los gentiles ha dado Dios arrepentimiento para vida!
“Entonces, oídas estas cosas, callaron… y glorificaron a Dios…”
¡Eso es humildad comunitaria!
La iglesia no dijo: “Pero no estamos seguros…”, “No es nuestro estilo…”, “Nunca lo hicimos así…”
Callaron. Escucharon. Entendieron. Se sometieron a la verdad. Y alabaron a Dios.

Aplicación:

¿Está tu iglesia dispuesta a callar sus opiniones para oír la voz de Dios?
La verdadera madurez espiritual se mide no por cuánto hablamos, sino por cuánto nos humillamos ante la voluntad de Dios.

CONCLUSIÓN GENERAL

“¿Quién soy yo para estorbar a Dios?”
Esta no es solo la conclusión de Pedro. Es la confesión de todo corazón humilde.
No soy yo. Es Él.
No es mi plan. Es su obra.
No es mi iglesia. Es su Evangelio.
Y si Dios quiere salvar a los gentiles, no seré yo el estorbo.
Y si Dios quiere llegar a mi familia, no seré yo el impedimento.
Y si quiere transformar a mis hijos, no me opondré.
Y si quiere tocar mi corazón hoy, no me esconderé en mis excusas.
La humildad es la única respuesta correcta cuando Dios actúa.
El que se enaltece estorba. El que se humilla abre el camino.

APLICACIÓN PERSONAL

Para el creyente:

¿Estás defendiendo tus tradiciones más que el Evangelio?
Entonces necesitas humillarte, porque estás estorbando a Dios.
¿Te cuesta reconocer cuando Dios obra fuera de tu control?
El orgullo busca explicaciones. La humildad se postra y dice: “Amén, Señor.”
Has criticado lo que no entiendes, en lugar de preguntarle a Dios si Él está detrás?
El murmullo religioso ahoga el mover del Espíritu. La humildad lo deja fluir.
¿Estás apoyando a tu pastor, o esperas que lo haga todo perfecto antes de confiar?
La iglesia madura no exige perfección, exige obediencia al Espíritu. Y eso comienza con humildad.

Para el no creyente:

¿Estás esperando a “mejorar” para acercarte a Dios?
Eso es orgullo. El humilde reconoce que nunca va a poder solo.
¿Sigues huyendo del Evangelio porque no encaja en tu forma de vivir?
La salvación no se adapta a ti. Tú debes humillarte para recibirla.
Estás siendo tú mismo el estorbo para que Dios obre en tu vida?
Hoy puedes quitarte del camino. Entrégate. Ríndete. Cree.

FRASE FINAL PARA CERRAR

Cuando el obrero se humilla, la iglesia entra por esa puerta.
Cuando la iglesia se humilla, Dios se glorifica.
Y cuando todos se quitan del medio, el Evangelio avanza.
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