diaconado
Doctrina y vida del diácono
El segundo requisito es tributario en parte del primero, que no padezca ambivalencias, que no haya contradicción entre las doctrinas que sostiene y su conciencia cristiana, “el misterio de la fe … limpia conciencia”. Cuando en otros lugares se lee sobre el concepto de Pablo sobre un buen ministro de Jesucristo, la buena conciencia es algo importantísimo (véase 1:19, 20), una gran ayuda para encontrar el procedimiento correcto en muchas situaciones, la voz de Dios en el interior que va detrás de la Escritura. El diácono debe ser un hombre con una conciencia limpia, sensible, que lo mantenga enternecido para toda buena obra.
Un hombre puede tener éxito en preservar su reputación porque esconde lo malo que hace, pero no la limpieza de su conciencia.
Si un hermano, sea quien sea, anda en malos manejos, inclinado a los tragos y buscando dinero de modo sucio, con pesas falsas, con fraudes, juegos; no se le debe seleccionar para que obre en un ministerio que expresa cabalmente el amor al hombre.
Hay quienes, mirados por los labios, expresan un credo limpio e irreprochable, no hay objeción alguna para el sistema doctrinal que profesan. Asienten con ambas manos y rodillas a todo el consejo de Dios, reciben como verdad central del cristianismo “el misterio de la piedad, que Dios fue manifestado en carne, justificado en el Espíritu, predicado a los gentiles, creído en el mundo, recibido arriba en gloria” (3:16); son trinitarios.
En cuando a la práctica de designar un hermano, colocarlo por un tiempo en el trabajo de diácono, para luego ordenarlo si es “irreprensible” es una costumbre muy extendida, pero errónea. Lo que el apóstol dice es que “previamente” a la ordenación al diaconado se examine la vida de quien se piensa que puede ayudar a los pobres
La iglesia, a veces mejor que los obispos, conoce a sus miembros, y no necesita mucho tiempo para saber si un hermano es servicial o por el contrario lo que le gusta es que lo obedezcan y lo sirvan como un señor. No hay que esperar tanto para ordenar un diácono.
En caso de que un diácono no funcione bien después de la imposición de manos, pues se puede relevar sin más contemplación, ¿quién ha dicho que la ceremonia de ordenación es para toda su vida, pase lo que pase? No, es un acto solemne de consagración a Dios, que indica que el presbiterio y el resto de sus hermanos lo dedican plenamente al ejercicio de ese ministerio; pero si fallara en sus deberes, ¿por qué respetar lo que él tomó tan ligero y como nada? El mismo con su actitud puede darle “carta de divorcio” a su ministerio y habiendo sido heraldo para otros venga a ser desechado.
Para evitar fricciones y mal ambiente en tal caso, harían falta al menos dos cosas. Primero, una clara conciencia que el ministerio diaconal como cualquier otro cargo en la iglesia debe anualmente ser revisado, es un gran ministerio pero siempre en dependencia de una renovación personal o eclesiástica. Puede quedarse en el cargo casi indefinidamente si se mantiene sirviendo. Si los diáconos se eligen haciéndoles creer que son superiores a sus otros hermanos, que es un cargo más importante que el que tienen las señoras, los caballeros o el director de la escuela dominical, con más autoridad, entonces será difícil sin molestar, bajar a alguien con tantos humos en la cabeza
