Mensajera del Señor
Elena de White • Sermon • Submitted • Presented
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Un profeta verdadero
Un profeta verdadero
1. Armonía con la revelación previa
1. Armonía con la revelación previa
Isaías 8:20 “¡A la ley y al testimonio! Si no hablan conforme a esta palabra, es porque no hay para ellos amanecer.”
2. Coherencia de vida con las Escrituras
2. Coherencia de vida con las Escrituras
Mateo 7:16 “Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos o higos de los abrojos?”
3. Veracidad del mensaje
3. Veracidad del mensaje
Jeremías 28:9 “Si un profeta profetiza paz, cuando la palabra del profeta se cumpla, entonces ese profeta será conocido como el que el Señor en verdad ha enviado.”
Deuteronomio 18:22 “Cuando un profeta hable en el nombre del Señor, si la cosa no acontece ni se cumple, esa es la palabra que el Señor no ha hablado; con presunción la ha hablado el profeta; no tendrás temor de él.”
4. Reconocimiento de Jesucristo
4. Reconocimiento de Jesucristo
1 Juan 4:1–3 “Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus para ver si son de Dios, porque muchos falsos profetas han salido al mundo. En esto conocéis el Espíritu de Dios: todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne, es de Dios; y todo espíritu que no confiesa a Jesús, no es de Dios; y este es el espíritu del anticristo, del cual habéis oído que viene, y que ahora ya está en el mundo.”
5. No se dejen engañar
5. No se dejen engañar
Éxodo 7:8–11 “Y habló el Señor a Moisés y a Aarón, diciendo: Cuando os hable Faraón, y diga: «Haced un milagro», entonces dirás a Aarón: «Toma tu vara y échala delante de Faraón para que se convierta en serpiente». Vinieron, pues, Moisés y Aarón a Faraón e hicieron tal como el Señor les había mandado; y Aarón echó su vara delante de Faraón y de sus siervos, y esta se convirtió en serpiente. Entonces Faraón llamó también a los sabios y a los hechiceros, y también ellos, los magos de Egipto, hicieron lo mismo con sus encantamientos;”
Mateo 24:24 “Porque se levantarán falsos Cristos y falsos profetas, y mostrarán grandes señales y prodigios, para así engañar, de ser posible, aun a los escogidos.”
Un llamado celestial
Un llamado celestial
La primera visión
La primera visión
Acerca de su primera visión, Elena de White recuerda:
Mientras estaba orando ante el altar de la familia, el Espíritu Santo descendió sobre mí, y me pareció que me elevaba más y más, muy por encima del tenebroso mundo. Miré hacia la tierra para buscar al pueblo adventista, pero no lo hallé en parte alguna, y entonces una voz me dijo: “Vuelve a mirar un poco más arriba”.
Alcé los ojos y vi un sendero recto y angosto trazado muy por encima del mundo. El pueblo adventista andaba por ese sendero, en dirección a la ciudad que se veía en su último extremo. En el comienzo del sendero, detrás de los que ya andaban, había una brillante luz, que, según me dijo un ángel, era el “clamor de medianoche”. Esta luz brillaba a todo lo largo del sendero, y alumbraba los pies de los caminantes para que no tropezaran. Delante de ellos iba Jesús guiándolos hacia la ciudad, y si no apartaban los ojos de él, iban seguros.
Pero no tardaron algunos en cansarse, diciendo que la ciudad estaba todavía muy lejos, y que contaban con haber llegado más pronto a ella. Entonces Jesús los alentaba levantando su glorioso brazo derecho, del cual dimanaba una luz que ondeaba sobre la hueste adventista, y exclamaban: “¡Aleluya!”.
Otros negaron temerariamente la luz que brillaba tras ellos, diciendo que no era Dios quien los había guiado hasta allí. Pero entonces se extinguió para ellos la luz que estaba detrás y dejó sus pies en tinieblas, de modo que tropezaron y, perdiendo de vista el blanco y a Jesús, cayeron fuera del sendero abajo, en el mundo sombrío y perverso. Pronto oímos la voz de Dios, semejante al ruido de muchas aguas, que nos anunció el día y la hora de la venida de Jesús. Los 144.000 santos vivientes reconocieron y entendieron la voz; pero los malvados se figuraron que era fragor de truenos y de terremoto. Cuando Dios señaló el tiempo, derramó sobre nosotros el Espíritu Santo, y nuestros semblantes se iluminaron refulgentemente con la gloria de Dios, como le sucedió a Moisés al bajar del Sinaí.
Los 144.000 estaban todos sellados y perfectamente unidos. En su frente llevaban escritas estas palabras: “Dios, Nueva Jerusalén”, y además una brillante estrella con el nuevo nombre de Jesús.
Los impíos se enfurecieron al vemos en aquel santo y feliz estado, y querían apoderarse de nosotros para encarcelamos, cuando extendíamos la mano en el nombre del Señor y caían rendidos en el suelo. Entonces conoció la sinagoga de Satanás que Dios nos había amado, a nosotros que podíamos lavamos los pies unos a otros y saludamos fraternalmente con ósculo santo, y ellos adoraron a nuestras plantas.
Pronto se volvieron nuestros ojos hacia el oriente, donde había aparecido una nubecilla negra del tamaño de la mitad de la mano de un hombre, que era, según todos comprendían, la señal del Hijo del hombre. En solemne silencio, contemplábamos cómo iba acercándose la nubecilla, volviéndose cada vez más esplendorosa hasta que se convirtió en una gran nube blanca cuya parte inferior parecía fúego. Sobre la nube lucía el arco iris y en tomo de ella aleteaban diez mil ángeles cantando un hermosísimo himno. En la nube estaba sentado el Hijo del hombre. Sus cabellos, blancos y rizados, le caían sobre los hombros; y llevaba muchas coronas en la cabeza. Sus pies parecían de fuego; en la mano derecha tenía una hoz aguda y en la izquierda llevaba una trompeta de plata. Sus ojos eran como llama de fuego, y escudriñaban a sus hijos hasta lo íntimo del ser.
Palidecieron entonces todos los semblantes y se tomaron negros los de aquellos a quienes Dios había rechazado. Todos nosotros exclamamos: “¿Quién podrá permanecer? ¿Está mi vestidura sin manchas?” Después cesaron de cantar los ángeles, y por un rato quedó todo en pavoroso silencio cuando Jesús dijo: “Quienes tengan las manos limpias y puro el corazón podrán subsistir. Bástaos mi gracia”. Al escuchor estas palabras, se iluminaron nuestros rostros y el gozó llenó todos los corazones. Los ángeles pulsaron una nota más alta y volvieron a cantar, mientras la nube se acercaba a la tierra.
Luego resonó la argentina trompeta de Jesús, a medida que él iba descendiendo en la nube, rodeado de llamas de fuego. Miró las tumbas de sus santos dormidos. Después alzó los ojos y las manos hacia el cielo, y exclamó: “¡Despertad! !Despertad! ¡Despertad los que dormís en el polvo, y levantaos!” Hubo entonces un formidable terremoto. Se abrieron los sepulcros y resucitaron los muertos revestidos de inmortalidad. Los 144.000 exclamaron: “¡Aleluya!” al reconocer a los amigos que la muerte había arrebatado de su lado, y en el mismo instante nosotros fuimos transformados y nos reunimos con ellos para encontrar al Señor en el aire.
Juntos entramos en la nube y durante siete días fuimos ascendiendo al mar de vidrio (Primeros Escritos, pp. 14-16).
Llamado a ser mensajera
Llamado a ser mensajera
Alrededor de una semana más tarde Elena recibió una segunda visión. La visión la perturbó mucho porque en ella se le ordenaba que fuese donde estaba la gente y presentase las verdades que Dios le había revelado. Su salud era pobre; sufría de constantes dolores en su cuerpo; la tuberculosis hacía estragos en sus pulmones; y en toda forma parecía que estaba “marcada para la tumba”. Su familia no tenía dinero; era a mediados de invierno en Maine; ella era tímida, y alber-gaba serias dudas en cuanto a viajar y presentarse ante la gente con la afirmación de que había tenido visiones.
Durante varios días y hasta bien entrada la noche Elena oraba para que Dios le quitara la carga y la colocase sobre alguien más capaz de llevarla. Pero constantemente resonaban en sus oídos las palabras del ángel: “Comunica a los demás lo que te he revelado”
Una razón por la cual Elena rehuía la penosa prueba era porque recordaba la experiencia de algunos que se habían enorgullecido después que Dios les había confiado grandes responsabilidades. Estando en visión ella discutió esto con el ángel. “Si debo ir y relatar lo que tú me has mostrado —suplicó—, presérvame de caer en una exaltación indebida”. El ángel replicó:
“Tus oraciones han sido oídas y tendrán respuesta. Si te amenaza el mal que temes, extenderá Dios su mano para salvarte. Por medio de la aflicción, te atraerá a sí y conservará tu humildad.
“Comunica fielmente el mensaje. Persevera hasta el fin y comerás del fruto del árbol de vida y beberás del agua de vida” (Id. , p. 79).
Con esta seguridad, Elena se encomendó al Señor, lista para cumplir sus órdenes, cualesquiera fuesen éstas o cualquiera pudiera ser el costo.
Pruebas ante la duda
Pruebas ante la duda
Herida de mudez (Elena de White)
Herida de mudez (Elena de White)
Debido a las muchas críticas y comentarios negativos que recibía, Elena llegó a dudar de su propio llamado y a cuestionar su propia experiencia. Ella escribió lo siguiente:
“Todas estas cosas abrumaban mi ánimo, y en la confusión me veía a veces tentada a dudar de mi propia experiencia. Mientras orábamos en la familia una mañana, el poder de Dios comenzó a descansar sobre mí, y cruzó por mi mente el pensamiento de que era mesmerismo, y lo resistí. inmediatamente fui herida de mudez, y por algunos momentos perdí el sentido de cuanto me rodeaba. Vi entonces mi pecado al dudar del poder de Dios y que por ello me había quedado muda, pero antes de 24 horas se desataría mi lengua” (Primeros Escritos, pp. 22-23).
Una bola de fuego (John Pearson)
Una bola de fuego (John Pearson)
Al comienzo de su ministerio Elena mantuvo muchas dudas de su llamado y de cómo podría realizar su labor, considerando su deplorable condición de salud. Durante un tiempo dejó de sentir paz e incluso se negaba a asistir a las reuniones que se realizaban en su propia casa. Pero una noche decidió asistir. En esa reunión John Pearson la animó a rendir su voluntad a la voluntad de Dios.
Mientras estaban en un momento de oración, Elena describe que en un momento sintió cómo el Señor la fortaleció y le dio valentía para difundir el mensaje. En ese momento la oscuridad que la había rodeado se disipó y una luz repentina la iluminó. Una especie de bola de fuego golpeó su corazón y calló desfallecida al sueño. En ese momento sintió hallarse en presencia de los ángeles, uno de los cuales repetía: “Comunica a los demás lo que te he revelado”.
Sorprendentemente, las demás personas que estaban en la reunión, incluyendo al Pr. Pearson, presenciaron lo ocurrido. Luego de eso el Pr. Pearson declaró: “He visto algo como jamás esperaba ver. Una bola de fuego descendió del cielo e hirió a la Hna. Elena Harmon en medio del corazón. ¡Lo he visto! ¡Lo he visto! Nunca podré olvidarlo. Esto ha transformado todo mi ser. Hna. Elena, tenga ánimo en el Señor. Desde esta noche yo no volveré a dudar”.
Visiones de parte del enemigo (Otis Nichols)
Visiones de parte del enemigo (Otis Nichols)
Sargent y Roberts, dirigentes de un grupo fanático de adventistas, denunciaban que las visiones de Elena de White venían de parte del Diablo. Cierta ocasión aceptaron la invitación de Otis Nichols de oír el testimonio de Elena en una reunión que tendrían con un grupo, pero antes de llegar el día acordado decidieron cambiar el lugar sin avisarle a Elena. Sin embargo, Elena llegó al lugar exacto donde se estaban reuniendo. Sargent y Roberts se quejaron de eso pero no tuvieron más remedio que recibirla.
Alrededor de la 1:00 p.m. inciaron la reunión con cantos y oraciones. Elena también oró y en un momento fue arrebatada en visión con una voz penetrante, que todos podían entender claramente, y así estuvo hasta la puesta del sol. Ante esto, Sargent y Roberts comenzaron a decir que esta visión procedía del Diablo y comenzaron a cantar y a leer la Biblia para evitar que la voz de Elena de oyera, pero luego de un rato sin tener éxito sus fuerzas cedieron.
Por sugerencia del dueño de la casa acercaron una Biblia a Elena porque creían que una Biblia abierta el poder satánico sería frenado. No obstante, Elena tomó la Biblia, se colocó en el centro del cuarto y levantó la Biblia con su mano y clavó su mirada hacia el cielo. Mientras estaba en esa posición comenzó a ubicar ciertos pasajes de la Biblia (sin desviar su mirada del techo) y recitó cada uno de esos textos sin equivocación. Y así continuó el resto de la tarde hasta que la visión concluyó cerca de la puesta del sol.
Un paseo por el cielo (José Bates)
Un paseo por el cielo (José Bates)
José Bates, obrero ferviente del despertar adventista entre 1880-1884, era capitán de un barco que se conviritó en ministro. Durante un tiempo rehusó creer en el don profético de Elena de White y atribuía sus visiones a su prolongado estado de debilidad (básicamente, delirios) pero en una reunión que tuvo lugar en noviembre de 1846 vivió una experiencia que lo llevó a creer de todo corazón.
Durante esa reunión Elena tuvo una visión y comenzó a hablar sobre las estrellas, dando una radiante descripción animada de bandas de color rosado que veía a través de la superficie de un planeta, y agregó: “veo cuatro lunas”. En ese momento Bates se dio cuenta de que Elena se estaba refiriendo a Júpiter.
Mientras continuaba en visión Elena siguió describiendo bandas y anillos que rodeaban un planeta con siete lunas, y Bates supo que estaba hablando de Saturno. En seguida Elena describió a Urano y sus seis lunas ante lo cual Bates terminó diciendo cuánto deseaba que Lord John Rose, un gran astrónomo inglés estuviese allí esa noche.
Al final de la visión Bates le preguntó a Elena si ella había investigado alguna vez sobre astronomía y Elena respondió diciendo que no, a lo que Bates exclamó: “Esto es del Señor”.
