Una conversación diferente
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Es posible que hayas tenido uno de esos días.
Estás allí, haciendo lo que tienes que hacer. No has tenido una buena semana. ¿Qué? ¿Dije una semana? ¡No has tenido un buen año! Y no te lo puedes sacar de la cabeza. Le das vuelta a las ideas una y otra vez tratando de encontrarle sentido a la situación y más que nada procurando encontrar una salida, aunque ya has pensado en eso algo así como un millón de veces.
Entonces se aparece “alguien” (ya sabes, a veces no te da el ánimo siquiera para levantar la vista para ver quién es) que te saluda alegremente o hasta procura bromear contigo. Pero tú no estás para bromas.
¿Te ha pasado algo así? ¿Has tenido uno de esos días?
¿Cómo le respondes a esa persona? Algunos procurarían conservar la calma y los buenos modales, siendo amables, aunque no les resulte fácil acompañar su sentido del humor. Tal vez él o ella esté teniendo una buena mañana, pero ese no es tu caso.
¿Y si en esa conversación hubiera algo más que comunicación casual?
Seguramente ya has tenido algunas de esas charlas que dejan un rastro permanente en ti. La mayoría de nosotros nos comunicamos con varias decenas de personas por día. ¿Recuerdas todo lo que les dijiste y todo lo que te dijeron? No, claro, porque lo cierto es que no todas las conversaciones tienen la misma relevancia. Si vas a una cita con el médico querrás retener lo que te dice lo más detalladamente que te sea posible, pero hay otras conversaciones a las que no les prestas la misma atención. ¿La cajera del supermercado te hizo un comentario acerca del clima? Bueno, ese no es el tipo de cosas que se fijan en la memoria.
Pero hay conversaciones diferentes. En realidad, por lo general no es algo que uno planifique. Es algo que se produce, que se da. Pero cuando sucede, el resultado de ese encuentro, esas palabras compartidas, esas emociones expresadas permanecen en el corazón y pueden convertirse en la semilla de futuras decisiones, incluyendo las más importantes.
Hay personas que recuerdan haber tenido conversaciones así con sus padres, sus hermanos, sus mejores amigos, pero ¿con un desconocido?
¿Te sucedió alguna vez? ¿Has tenido alguna vez una conversación profunda y relevante con un desconocido del que no volviste a saber? Eso sí ya es menos frecuente, ¿verdad?
Considero que, al menos al principio, eso fue lo que consideró Gedeón que le estaba aconteciendo en aquella ocasión:
Y vino el ángel de Jehová, y se sentó debajo de la encina que está en Ofra, la cual era de Joás abiezerita; y su hijo Gedeón estaba sacudiendo el trigo en el lagar, para esconderlo de los madianitas. Y el ángel de Jehová se le apareció, y le dijo: Jehová está contigo, varón esforzado y valiente. Y Gedeón le respondió: Ah, señor mío, si Jehová está con nosotros, ¿por qué nos ha sobrevenido todo esto? ¿Y dónde están todas sus maravillas, que nuestros padres nos han contado, diciendo: ¿No nos sacó Jehová de Egipto? Y ahora Jehová nos ha desamparado, y nos ha entregado en mano de los madianitas. Y mirándole Jehová, le dijo: Ve con esta tu fuerza, y salvarás a Israel de la mano de los madianitas. ¿No te envío yo? Entonces le respondió: Ah, señor mío, ¿con qué salvaré yo a Israel? He aquí que mi familia es pobre en Manasés, y yo el menor en la casa de mi padre. Jehová le dijo: Ciertamente yo estaré contigo, y derrotarás a los madianitas como a un solo hombre.
La ocasión era la del pueblo de Israel cuando estaban en un momento de mucha dificultad. Estaban pobres, preocupados, atemorizados, sin verle una salida a su situación.
El pasaje menciona que en aquel momento se presentó el ángel de Jehová.
Tengo que hacer una pausa aquí para considerar esto contigo. A lo largo de la Biblia se mencionan los ángeles en diferentes ocasiones. Hay incluso una definición que dice: “¿No son todos espíritus ministradores, enviados para servicio a favor de los que serán herederos de la salvación?” (Hebreos 1:14). La mayoría de las referencias bíblicas a los ángeles hablan de unos “ángeles”, “un ángel” de Dios, “ángeles del Señor”. Pero es diferente cuando se menciona el ángel de Jehová.
No se trata de “uno más”. Es el ángel.
Además, es interesante notar que se lo menciona solamente en el Antiguo Testamento, no en el Nuevo. ¿Por qué será?
Cuando uno continúa profundizando en este relato, queda claro que Gedeón no conversa con un enviado de Dios, sino con Dios mismo, y que él mismo termina temiendo por su propia vida, por haber tenido una charla con el propio Dios en persona.
Es así como muchos interpretamos que las referencias al ángel de Jehová en el Antiguo Testamento no son nada menos que menciones de la manifestación del propio Dios. Y ¿cómo explicamos la ausencia a tales referencias en el Nuevo Testamento? Considero que la respuesta a esta pregunta es bastante sencilla: porque en el Nuevo Testamento se presenta Jesús como la encarnación de Dios, como la presencia del propio Dios, de manera que ya no necesita presentarse como el ángel.
El pueblo de Israel se había sentido agobiado por su situación de dificultad y derrota, y en su desesperación, en su angustia, habían clamado a Dios pidiéndole que los ayudara. Al principio, como respuesta, Dios les había enviado un profeta, un mensajero que los hiciera reflexionar en su condición espiritual. El propósito era que los hijos de Dios no salieran de su situación sin reconocer su realidad espiritual y lo que los había conducido a aquel tiempo de tribulación.
Ahora, también en respuesta a su clamor, Dios les había enviado su ángel.
Quiero que prestes mucha atención a esta conversación, porque considero que puede hacernos reflexionar en cuanto a la manera en que Dios se nos presenta a nosotros, hasta el día de hoy.
Considerémoslo desde el punto de vista de Gedeón, el hijo de Joás.
En el relato se nos provee una referencia geográfica. Tanto el autor como los primeros lectores y oyentes de este relato podían conocer el lugar específico donde esto había ocurrido. Se menciona un lugar (Ofra) y un punto de referencia (una encina, un árbol) en ese lugar. ¿Qué había allí? Un lagar.
Los lagares eran los galpones donde habitualmente se pisaba la uva para la producción de vino. No era el espacio regular para utilizar como depósito para la cosecha del trigo. Pero en aquellos momentos de dificultad cualquier lugar sería bueno, si servía para esconder el grano de los ojos de los enemigos. Aquellas personas trabajaban arduamente para sembrar la tierra, para cosecharla, y luego podían perder todo el fruto de ese esfuerzo si los enemigos los descubrían. Así que además del esfuerzo tenían que vivir con el temor de que les fuera arrebatada la ganancia resultante de sus esfuerzos.
En eso estaba Gedeón cuando se presentó el ángel de Jehová. Estaba trillando el trigo, separando los granos de trigo de las ramas, y almacenando en aquel escondite. Era trabajo duro, y dadas las circunstancias tenía que hacerlo mirando de vez en cuando alrededor para ver si no llegaba algún enemigo que pudiera arrebatarles sus bienes.
No sabemos en qué estaba pensando Gedeón cuando comenzó aquella conversación, pero sus respuestas nos dan la idea de que no estaba contento. Aquella situación lo tenía mal, incómodo, desanimado, quebrantado.
Su estado de ánimo no era el mejor, y se le presenta este desconocido (al principio Gedeón no sabía que estaba charlando con Dios) y le ofrece este saludo tan inusual – y fuera de lugar, dadas las circunstancias:
Jehová está contigo, varón esforzado y valiente.
Ponte por un momento en su situación. Estás concentrado trabajando, y al mismo tiempo estás preocupado y tu cabeza no para de dar vueltas, pesando la situación en la que te encuentras. Entonces se te presenta alguien y te saluda en alta voz con un “¡Qué bueno verte, capitán!”. ¿Cómo te sentirías interiormente al recibir el saludo?
Para empezar, tal vez, ya te sientas lo suficientemente incómodo con lo inesperado e inoportuno del saludo. Estás temiendo la llegada de algún enemigo y ¡se te presenta este sujeto, como si viniera de la nada! Menudo susto podría darte.
El pasaje no nos da a conocer los pensamientos íntimos de Gedeón, pero si nos revela su respuesta. Gedeón no solamente había considerado lo inesperado del saludo, sino que también había percibido lo inusual de su contenido. El visitante había dicho algo con lo que justamente él había estado luchando en sus pensamientos.
Jehová está contigo…
Aquello podría haber sido considerado nada más que un saludo casual. Hasta el día de hoy utilizamos frases positivas al momento de encontrarnos. Nos damos los “Buenos días” y decimos “Me da gusto verte”. La cultura hebrea no era diferente en este sentido. Sabemos, por ejemplo, que siempre utilizaron el término “Shalom” como un saludo, y su significado es un deseo de paz y prosperidad.
Pero Gedeón no lo tomó como algo casual.
Cuando lees el principio de este diálogo, ¿cómo te parece que es el ánimo de Gedeón? Vamos, tenemos que reconocerlo: Gedeón ni siquiera se esforzó por ser amable con el desconocido.
Y Gedeón le respondió:
Ah, señor mío, si Jehová está con nosotros, ¿por qué nos ha sobrevenido todo esto? ¿Y dónde están todas sus maravillas, que nuestros padres nos han contado, diciendo: ¿No nos sacó Jehová de Egipto? Y ahora Jehová nos ha desamparado, y nos ha entregado en mano de los madianitas.
Como decíamos, tal vez ni siquiera haya levantado la vista de lo que estaba haciendo, y simplemente expresó lo que ya estaba llenando su mente. El saludo del visitante había tocado, justamente, un punto delicado.
A Gedeón le habían hablado de Dios. Había escuchado de sus promesas y del pacto que había hecho con sus antepasados. Tal vez hasta los hubiera escuchado hablar ese mismo día, o en días anteriores, mencionando la fidelidad de Dios y la grandeza de las victorias con las que los había llevado hasta donde ahora vivían.
Pero aquellas historias no encajaban con la realidad que él y su familia enfrentaban en aquel momento. Está claro que eso era lo que había estado carcomiendo su interior, y en este momento tiene una valiosa oportunidad para expresarlo. El saludo del desconocido había sido suficiente para que lo soltara.
Es como si uno de “esos días” nosotros respondiéramos al clásico saludo matutino diciendo: “¿Buenos días? ¿A usted le parece que estos son ‘buenos días’? No tienen nada de bueno para mí”.
Ahora, espera, antes de que nos pongamos a reprender a Gedeón por su mala actitud o su falta de fe, ¿qué te parece si nos dedicamos por un momento a identificarnos a nosotros mismos dentro de esta historia?
¿Te ha sucedido alguna vez algo como lo que le ocurrió a Gedeón?
No me refiero al hecho de que un inmenso ejército ponga en peligro tu vida y la de tus seres queridos, o que afecte la economía y la estabilidad social, sujetándolos a todos en temor. Lo que tal vez ya te haya sucedido es que luego de haber escuchado hablar de Dios, su poder, su gracia, sus milagros, su misericordia, hayas comparado todo eso con tu propia situación, con lo difícil de tus circunstancias, solamente para concluir que no ves al Dios todopoderoso y misericordioso en lo que estás viviendo.
¿Entiendes a lo que me refiero?
Cuando la vida nos golpea, existen ocasiones en las que cualquiera de nosotros, aun conociendo la Palabra de Dios, aun habiendo escuchado de los milagros y el amor de Dios, puede no encontrarle sentido a lo que ocurre.
La mayoría de los que creemos en Jesús procuramos alejar de nosotros esos pensamientos, o por lo menos no los damos a conocer a los demás. ¿Qué pensarían de nosotros si supieran que albergamos ideas tan “faltas de fe” como esas?
Porque, ponte a pensar, si lo consideramos a Gedeón como si fuera uno de los cristianos que se congregan en una de nuestras iglesias de hoy en día, ya nos alistaríamos para reprenderlo. ¿Cómo se le ocurre cuestionar la presencia de Dios o poner en duda sus poderosos milagros?
Porque fue justamente eso lo que hizo:
…si Jehová está con nosotros, ¿por qué nos ha sobrevenido todo esto?
¿Lo ves? Este héroe del Antiguo Testamento está poniendo en duda la presencia de Dios con su pueblo. Así como lo ve Gedeón, el desastre y la desolación resultantes de aquella situación no se correspondían con un pueblo en cuyo medio está Dios, el poderoso, el Creador, el hacedor de milagros.
Esta manera de razonar no es solamente suya.
He escuchado esta queja en la boca de unas cuántas personas, en especial aquellos que no frecuentan una iglesia. Cuando ocurre algo malo, sabiendo que los cristianos predicamos un Dios de amor, lleno de poder, nos echan a la cara comentarios tales como: “Si existiera un Dios amoroso, estas cosas no sucederían”. Tales comentarios, lejos de ser un ataque a la iglesia o a Dios, son ni más ni menos que la expresión del dolor que llena el corazón de esas personas. Sí, son una expresión de desconocimiento del Dios verdadero, y también una manera de comunicar su incapacidad de comprender lo que sucede. Así fue también en el caso de Gedeón, que le daba expresión a su quebrantamiento por la realidad que le tocaba vivir.
Los cristianos, por lo general, somos más cuidadosos en cuanto a lo que decimos. Evitamos exteriorizar nuestra confusión, y procuramos confesar más bien lo que hemos aprendido, aunque no siempre lo sintamos. SABEMOS que a los que aman a Dios todas las cosas los ayudan para bien, aunque a veces no entendamos por qué tenemos que enfrentar los problemas que se nos presentan.
En realidad, había una respuesta para la queja de Gedeón. Dios podía haberle hablado directamente para enseñarle que Él sí estaba con ellos (¿no estaba Él justamente allí, hablándole cara a cara?), y que aun para aquellos momentos de lucha y desánimo existía un propósito. Pero prefirió un lenguaje mucho más elocuente que el de las palabras, el de la experiencia, para que su hijo aprendiera ese principio.
Examina tu corazón por un momento. ¿Hay una queja en tu interior? No te avergüences. De todas maneras, Dios conoce hasta lo más profundo de tus pensamientos. ¿Hay algún área de tu vida en la que no comprendas los propósitos de Dios para lo que estás viviendo?
¿Y dónde están todas sus maravillas, que nuestros padres nos han contado, diciendo: ¿No nos sacó Jehová de Egipto? Y ahora Jehová nos ha desamparado, y nos ha entregado en mano de los madianitas.
Este es un punto con el que yo me siento muy identificado. Al principio de mi vida cristiana me enfrenté con estos pensamientos, y te aseguro que fueron algo muy claro y especial para mí. Había comenzado a leer la Biblia, en especial el Nuevo Testamento, y allí por primera vez leía de los maravillosos milagros que Jesús había hecho. Aquellas historias me cautivaban, y tocaban profundamente mi corazón revelándome que Jesús era mucho más que un simple hombre, mucho más que cualquier héroe que haya registrado nuestra historia. Aquellos maravillosos milagros demostraban que Jesús era el Hijo de Dios, el único capaz de ocupar nuestro lugar y otorgarnos el beneficio de la salvación.
Entonces comencé a leer el libro de Hechos. ¡Estaba tan entusiasmado! Allí casi podía ver en acción a aquellos héroes de la fe, los apóstoles y los hermanos y hermanas que formaron parte de la iglesia primitiva, experimentando el cumplimiento de las promesas de Jesús, su presencia y su obra a cada paso que daban. ¡Y ellos también experimentaron milagros maravillosos! El paralítico de Jerusalén había sido sanado, la poseída de Filipos había sido liberada, ¡y hasta la sombra de Pedro había sanado a algunos!
Fue entonces cuando me asaltaron aquellos pensamientos. Justo coincidieron con momentos en los que había estado en contacto con algunos cristianos que hablaban mucho de los milagros y cuando pasaba por circunstancias difíciles. Te imaginas qué pensamientos me asaltaron, ¿verdad?
Sí, fue cuando empecé a preguntarme por qué Dios no hacía aquellos milagros en mi propia vida, o por qué no los veía en mi congregación, siendo que atravesábamos momentos de dificultad en los que bien nos hubiera venido la intervención milagrosa de Dios. En varias ocasiones me pregunté por qué a aquellos cristianos tan carentes de muchas de las comodidades de las que nosotros disfrutamos hoy en día sí tenían la oportunidad de experimentar a Dios de una manera tan poderosa y contundente, siendo que no parecía ocurrir lo mismo en mi vida. ¿Estaba conmigo el mismo Dios que estuvo con ellos? ¿Obraba en mi vida el mismo Espíritu Santo que los había llenado a ellos?
Le doy gracias a Dios, que no me dejó en aquella ignorancia. Dios, en su inmensa gracia y fidelidad, empezó a mostrarme su presencia, su gracia y también sus milagros. Así como lo hizo con Gedeón.
Así como lo va a hacer contigo si le dedicas tu confianza.
Gedeón había llegado a la conclusión de que Dios no estaba, que los había abandonado. Tal vez hubiera intervenido antes, en algún momento remoto de la historia, pero en aquel momento él no veía evidencia de la presencia y el poder de Dios en la situación que estaban viviendo.
Aquella era una conclusión equivocada. Pero Dios no lo corrigió de inmediato. En vez de eso le propuso ser parte de la solución, le encomendó una misión.
Y mirándole Jehová, le dijo:
Ve con esta tu fuerza, y salvarás a Israel de la mano de los madianitas. ¿No te envío yo?
¿Estaba viendo Dios la misma persona que Gedeón había visto esa mañana en el espejo al levantarse?
Eso es lo que yo me pregunto a veces cuando leo y recibo los comentarios de Dios acerca de mi persona.
¿Cómo te sientes tú cuando lees pasajes como este?
Porque a mis ojos fuiste de gran estima, fuiste honorable, y yo te amé; daré, pues, hombres por ti, y naciones por tu vida. No temas, porque yo estoy contigo; del oriente traeré tu generación, y del occidente te recogeré.
Mi primera reacción es como si mirara alrededor preguntándome: “¿Me está hablando a mí?”. ¿Precioso y digno de honra? ¿Digno de ser tenido en cuenta en los pensamientos del Creador del universo?
El asunto es que en muchas ocasiones nosotros no vemos lo que Dios está viendo cuando nos mira. Nosotros vemos nuestros fracasos, nuestra debilidad, nuestros temores, nuestras culpas, nuestra indignidad. Dios ve la persona que Él creó, con todo el potencial para vivir a su nivel y enfrentar cualquier circunstancia con su presencia y su poder.
Dios le reveló a Gedeón que ya tenía lo que hacía falta para romper con el ciclo de derrota en el que él y su pueblo estaban sumidos.
Es interesante notar que Dios no le dice que le va a multiplicar la fuerza. ¿Te das cuenta de que los seres humanos hemos fantaseado por años con superhéroes? Así es. Hemos considerado que para superar los problemas hacen falta superpoderes.
Sin embargo, Dios envía a Gedeón a librar a Israel de la opresión…
…con esta tu fuerza…
Aquel hombre sabía que su fuerza tenía sus limitaciones. Hasta ese momento, su fuerza lo tenía trillando trigo a escondidas y lleno de temor de que los enemigos lo descubrieran.
Pero Dios veía otra cosa.
¿Podría ser que Dios vea otra cosa en ti también?
Considéralo seriamente. Es posible que hasta ahora hayas tenido una perspectiva limitada y disminuida de ti mismo, y que necesites una dosis de lo que Dios ve cuando te mira.
Como Gedeón.
Pero él no estaba listo para apropiarse tan rápidamente de la perspectiva de Dios, y por eso respondió:
Ah, señor mío, ¿con qué salvaré yo a Israel? He aquí que mi familia es pobre en Manasés, y yo el menor en la casa de mi padre.
Observa esto: a pesar de las poderosas palabras y la tremenda misión que Dios le estaba encomendando, Gedeón todavía se sentía inseguro. Parece como si se hubiera olvidado de que Dios lo estaba respaldando con su autoridad (“¿No te envío yo?”). Bueno, podemos concederle que en ese momento todavía no estaba seguro de estar hablando con Dios.
Sus palabras suenan como si dijera: “¿Quién? ¿Yo? ¿Te olvidas con quién estás hablando? ¡No soy nadie!”. Así se sentía Gedeón.
Y es posible que así te sientas también tú a veces.
Son muchas las ocasiones en las que la vida nos presenta desafíos. Estos pueden aparecer en la forma de problemas u oportunidades. Puede suceder que te enfrentes con un problema difícil de resolver, como cuando vas al médico y este tiene para decirte justamente lo que no quieres escuchar. Entonces se te presenta el cuestionamiento de si podrás enfrentar la enfermedad y seguir adelante a pesar de un diagnóstico negativo. O puede ser que te surja la oportunidad de estudiar una carrera universitaria, y que en algún momento te preguntes si podrás terminarla, por ser tantas las exigencias.
Es así que existen muchos momentos en los que nos sentimos pequeños, nos parece que no estamos a la altura, consideramos que no somos capaces de lograrlo.
…yo soy el más insignificante.
Eso dijo Gedeón.
¿Lo era?
¿Sabes? Eso puede depender del punto de vista.
Para un niño pequeño al que le muestras por primera vez la figura de un avión atravesando el cielo, ¿cómo es de grande ese avión? Pues, “así” de pequeño. Su tamaño puede ser representado por la distancia entre dos dedos de una sola mano. Pero si llevas al pequeño al aeropuerto, allí le podrás mostrar el verdadero tamaño de la aeronave. Al tenerlo cerca, sus ojos se abrirán bien grandes, como expresión de su asombro. ¿En qué consistía la diferencia? En una cuestión de puntos de vista. Visto desde una gran distancia, el avión se ve pequeño, pero cuando te acercas, se verá bien grande.
La misma diferencia de puntos de vista puede producirse en cuanto a cómo nos vemos a nosotros mismos y cómo nos ve Dios.
Dios veía un poderoso guerrero donde Gedeón veía un ratón asustado. El tiempo y la experiencia demostraron que Dios estaba en lo cierto.
Dios tenía una respuesta para el insignificante:
Jehová le dijo:
Ciertamente yo estaré contigo, y derrotarás a los madianitas como a un solo hombre.
Lo que Gedeón estaba a punto de aprender es lo que tú y yo también necesitamos aprender y experimentar. Se puede formular así:
NO ES LO MISMO ENFRENTAR LAS CIRCUNTANCIAS CON DIOS DE NUESTRA PARTE QUE SIN ÉL.
Cuando Dios se dirige a Gedeón no está haciendo una sugerencia ni hablando de una posibilidad. Si lo hubiera estado haciendo, hubiera dicho: “Podrías derrotar a los madianitas”, o “Te sugiero que enfrentes a los madianitas”. Pero Dios no hace eso. Habla con autoridad. Afirma, sin lugar a duda, lo que va a suceder. Así de firme es la Palabra de Dios.
En realidad, aunque dice “…derrotarás…”, Dios está afirmando lo que Él va a hacer.
Esas son las cosas maravillosas que Dios hace al tratar con nosotros los insignificantes: comparte su victoria. Dios estaba a punto de derrotar a sus enemigos, pero le anuncia a Gedeón que él va a derrotarlos.
Dios también quiere compartir su victoria contigo. Estoy seguro de que existen áreas de tu vida en las que Dios quiere manifestar su presencia y su poder, y quiere compartir contigo esa victoria.
Y, ¿sabes por qué vas a poder celebrar esa victoria? Por lo que él le dijo a Gedeón:
Ciertamente yo estaré contigo…
Dios no quiere limitarse a ser “simplemente Dios”, desconectado de tu vida, alejado de tus intereses y las situaciones que enfrentas. Cuando Jesús nació se anunció que Él era el cumplimiento de la profecía que había anticipado que aquel niño sería llamado “Emanuel” (Isaías 7:14; Mateo 1:23). Cuando Mateo escribió esa parte del relato se tomó el trabajo de anotar cuál era el significado de ese nombre: quiere decir “Dios con nosotros”.
Para los que creemos en Jesús, Dios ya no es “simplemente Dios”, desconectado y ausente, sino que es Dios con nosotros, activo protagonista de todo lo que experimentamos, compañero permanente y amigo fiel en todas las circunstancias. La Palabra nos deja en claro que Dios está de nuestro lado (Romanos 8:31) cuando le entregamos a Jesús nuestra confianza como nuestro Señor y Salvador.
Por eso sé que, si tú recibiste a Jesús como Salvador y Señor, Él está contigo, tal y como estuvo con Gedeón.
Y Dios no ha cambiado. Tiene el mismo poder, la misma autoridad y la misma sabiduría que empleó para darle la victoria a este hombre de la antigüedad.
Así que, piénsalo bien. Dios quiere tratar personalmente contigo. Cuando quiso tratar con Gedeón vino a sentarse debajo del mismo árbol que le daba sombra a él. Dios se va a presentar allí donde tú estás, en tu ciudad, entre tu gente, y te va a llamar la atención justamente donde estás. Piénsalo bien, porque no querrás pasar junto a Dios y no dedicarle tu atención. Ya te expresó su amor al mostrarte cómo entrego a su Hijo para que fuera sacrificado para que tú tengas vida eterna y te reconcilies con Él.
Aunque te parezca raro, hasta una conversación con un extraño – o las palabras escritas por un perfecto extraño, como lo que estás leyendo en este momento – pueden ser utilizadas por Dios para transmitirte su presencia y sus planes. Dios quiere tener contigo una de esas conversaciones que dejan rastros permanentes, y quiere llevarte a través de las dificultades que se te presenten en victoria.
Al mismo tiempo, Dios quiere que le abras tu corazón y que le expreses con toda honestidad lo que sientes. Dios llevó a su pueblo a la victoria utilizando a un hombre que tuvo el atrevimiento de decirle que consideraba que no había cumplido su promesa de estar con ellos, que los había abandonado. Si no lo sientes, díselo. Si no lo ves, no te lo guardes, exprésalo en su presencia. Él prefiere un corazón sincero que dice lo que verdaderamente siente que los labios mentirosos que dicen las palabras correctas sin sentirlas.
Y escucha. Dios tiene algo que decirte. Quiere que sepas cómo Él te ve, y créeme, te ve diferente de como tú mismo te ves. Deja que Él sea tu espejo, que Él te describa cómo eres. Él sabe más de ti que tú mismo, y sabe lo que va a suceder de aquí en adelante. Así que escúchalo.
Dios sigue teniendo un plan, y tu participación en él es tremendamente importante. Los que creemos en Jesús somos rescatistas: sacamos vidas de entre los escombros, mostramos el camino de la luz a los que han perdido totalmente la noción y el sentido. Dios quiere usarte. Sí, a ti. Gedeón, tú y yo somos de los insignificantes a los que Dios puede utilizar para hacer cosas más grandes que nuestra imaginación.
Así que prepárate. Déjate sorprender por el poderoso Dueño de todo lo que existe, porque viene a impulsarte con las alas de su amor.
