No los dejaré huérfanos
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Introducción
Introducción
Hoy la Iglesia celebra Pentecostés, una fecha que nos recuerda la realidad del Espíritu Santo en la comunidad de fe. Lucas, en el libro de Hechos, narra la manera como Pentecostés llegó a los seguidores de Jesús. Es importante recordar que, para los judíos, Pentecostés es la fiesta en la que se conmemora la entrega de las tablas de la ley.
La comprensión de la razón de ser de la celebración judía es el punto de partida para entender lo que sucedió en el aposento alto. Mientras el Antiguo Testamento relata la entrega de la Torá (las tablas de la ley), el Nuevo Testamento narra la llegada del Espíritu Santo.
La experiencia del Pentecostés que se celebró en el aposento alto da un giro importante a la historia de la fe cristiana, pues representa el cumplimiento de la promesa de Jesús: la venida de un Consolador que enseñaría a la Iglesia. Esta promesa ya había sido anunciada en el Antiguo Testamento (Joel 2:28-32), refiriéndose al Espíritu de Dios derramado sobre todo ser humano.
En este sentido, el Espíritu Santo es una promesa de Dios para su pueblo. El pasaje que hoy leímos comienza y termina con el Espíritu Santo, presentado como Consolador. Este pasaje se enmarca en el discurso de despedida de Jesús, quien, tras lavar los pies de sus discípulos, les llamó a comprender el amor como la identidad de la comunidad de fe. La comunidad se enfrentaría pronto a la muerte de Jesús, luego a su resurrección y, finalmente, a la realidad de iniciar la misión cristiana sin su presencia física. Sin embargo, serían guiados por el Espíritu que Él había prometido, por lo cual la Iglesia no debía sentirse huérfana.
A continuación, revisemos tres ideas importantes que conectan el amor de Jesús como mandamiento con la presencia del Espíritu Santo en la comunidad.
1. El amor es la identidad de la comunidad y el campo de acción del Espíritu Santo
1. El amor es la identidad de la comunidad y el campo de acción del Espíritu Santo
»Si ustedes me aman, obedecerán mis mandamientos.
¿Quién es el que me ama? El que hace suyos mis mandamientos y los obedece. Y al que me ama, mi Padre lo amará; y yo también lo amaré y me manifestaré a él.
Le contestó Jesús: —El que me ama obedecerá mi palabra y mi Padre lo amará; vendremos a él y haremos nuestra morada en él.
Jesús establece el amor como el terreno en el que el Espíritu Santo se manifestará en la realidad de los discípulos. La relación del ser humano con Dios es una relación de amor, un amor que echa fuera todo temor. El capítulo 14 del evangelio de Juan comienza animando a los discípulos: «no se angustien, confíen en Dios y confíen en mí». La confianza es un determinante del amor, una entrega absoluta que nos permite superar el temor.
En ese sentido, la relación de amor con Dios está vinculada a la obediencia a la Palabra. El pueblo de Dios debe conocer Su palabra y cumplirla. Esa palabra está fundamentada en el amor: un amor que crea, un amor que perdona y restaura, y un amor que infunde esperanza en un futuro mejor. La Palabra de Dios es la Palabra del amor, porque Dios es amor.
Jesús deja claro que quien le ama es quien obedece Su Palabra. Es preciso aclarar que obedecer la Palabra de Dios tiene implicaciones, porque Jesús nos invita a salir de la zona de confort de la religiosidad y a dar sentido a la vida a través de la fe y la espiritualidad. La fe de Jesús es una fe de ojos abiertos, de servicio y compasión, de dignificación del ser humano y de profunda comunión.
El amor es la evidencia de la humanidad compartida. Compartimos un Dios, una misma Palabra de amor, un mismo espacio y grandes ideas que nos ayudan a llevar el proyecto salvífico de Dios a la humanidad que aún no le conoce.
Es en el amor que nos hacemos comunidad, aprendemos a obedecer la Palabra y construimos una nueva sociedad.
2. El espíritu Santo está para consolar y enseñar
2. El espíritu Santo está para consolar y enseñar
Y yo pediré al Padre y él les dará otro Consolador para que los acompañe siempre: el Espíritu de verdad, a quien el mundo no puede aceptar porque no lo ve ni lo conoce. Pero ustedes sí lo conocen, porque vive con ustedes y estará en ustedes. No los voy a dejar huérfanos; volveré a ustedes.
»Todo esto lo digo ahora que estoy con ustedes. Pero el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, les enseñará todas las cosas y les hará recordar todo lo que he dicho.
Entendiendo que el amor es la identidad de la comunidad y el campo de acción del Espíritu Santo, podemos comprender cómo actúa en ella. Es importante enfatizar que Jesús se está despidiendo de sus discípulos, preparándolos para lo que podría ser el momento más difícil para la comunidad. El arresto y la condena de Jesús se acercaban, y Él ya había advertido en varias ocasiones a sus discípulos que sería maltratado por manos de hombres pecadores. A Jesús le interesaban las personas de su comunidad y sabía que lo que venía no era fácil, por esa razón promete no dejarlos huérfanos y enviar un Consolador.
Para comprender la necesidad de un Consolador en la comunidad de Jesús, es preciso volver a mirar sus palabras en el primer versículo de Juan 14: «No se angustien. Confíen en Dios y confíen también en mí». Esto, en conjunto con el nuevo mandamiento: «Este mandamiento nuevo les doy: que se amen los unos a los otros. Así como yo los he amado, también ustedes deben amarse los unos a los otros. De este modo todos sabrán que son mis discípulos, si se aman los unos a los otros» (Jn 13:34–35), y con la experiencia de la crucifixión, cobra aún más fuerza. Las palabras de Jesús tomarán más fuerza cuando se aparece a los discípulos y sopla sobre ellos el Espíritu Santo (Jn 20:22).
En esa escena, los discípulos se habían encerrado por miedo a los judíos, sumergidos en una profunda tristeza e incertidumbre, sin saber qué camino seguir. Cuando Jesús entra, los saluda con paz y trae al Espíritu. Es el mismo Espíritu que se movía sobre la superficie de las aguas en la creación, cuando todo estaba desordenado y vacío (Génesis 1:2). La consolación es el inicio de una nueva creación: la creación de la comunidad que recibirá y llevará la paz mediante la predicación de la buena noticia, el Evangelio de Jesucristo.
En la lectura que hoy hemos hecho, Jesús promete a sus discípulos pedir al Padre un Consolador, denominado también como el Espíritu de verdad, que solamente puede ser conocido por quien vive la experiencia de la fe. Esa es la razón por la que solo lo podemos reconocer quienes vivimos la fe, porque el Espíritu nos recuerda las palabras de Jesús y nos enseña la verdad que, como ya hemos dicho, está basada en el amor. Una comunidad que vive en el Espíritu es aquella que aprende las enseñanzas de Jesús no como mera teoría, sino en una práctica de vida que se fundamenta en el amor, la solidaridad y la bondad, haciendo del mensaje de Jesús algo trascendente y esperanzador.
3. El Espíritu Santo viene a la comunidad para liberarnos del temor
3. El Espíritu Santo viene a la comunidad para liberarnos del temor
No los voy a dejar huérfanos; volveré a ustedes. Dentro de poco el mundo ya no me verá más, pero ustedes sí me verán. Y porque yo vivo, también ustedes vivirán. En aquel día ustedes se darán cuenta de que yo estoy en mi Padre, ustedes en mí y yo en ustedes.
La paz les dejo; mi paz les doy. Yo no se la doy a ustedes como la da el mundo. No se angustien ni se acobarden.
Con la promesa del Espíritu Santo, Jesús nos devuelve la confianza. «No los voy a dejar huérfanos; volveré a ustedes» son las palabras de esperanza que Jesús tiene para nosotros. Esperamos la segunda venida de Jesús; sin embargo, Jesús se refiere a otras palabras a las que le podemos dar otro sentido: «Dentro de poco el mundo ya no me verá más, pero ustedes sí me verán. Y porque yo vivo, ustedes vivirán». Un primer sentido de estas palabras tiene que ver con la realidad de la resurrección: en poco tiempo, el mundo no vería a Jesús, pero sus discípulos sí. Los evangelios refieren encuentros maravillosos de Jesús, todos con sus discípulos.
Sin embargo, una mirada al texto desde nuestro contexto nos debe hacer comprender que estas palabras, puestas inmediatamente después de la promesa del Consolador, nos sitúan en la realidad de la presencia real y espiritual de Cristo en medio de nosotros. Cristo está aquí, en medio nuestro, por su Espíritu Santo que ha soplado sobre nosotros y nos ha transformado desde el amor. El mundo no puede ver ni comprender el inmenso amor de Dios, ni a Cristo obrando en la tierra, pero nosotros sí podemos hacerlo.
Las palabras de consuelo nos llegan desde la visión de la vida: en tanto que Cristo vive, nosotros también vivimos con Él. Esta visión de vida debe hacer de nosotros un pueblo que predica la vida. Y en la vida hay esperanza, camino por andar, ganas de luchar, salud física, emocional y espiritual y, una profunda paz que el Señor nos ha regalado.
Jesús concluye diciendo: «La paz les dejo, mi paz les doy». Una paz que proviene del Espíritu Santo, una paz que invita a no angustiarnos ni acobardarnos. Esto no significa que no tengamos problemas, luchas, dificultades o que la enfermedad y el peligro de muerte no estén a nuestro alrededor. Esto significa que en Cristo Jesús tenemos esperanza porque el amor de Dios es suficiente y nosotros dependemos de Su soberanía; nos ponemos en Sus manos y nos dejamos guiar por el Espíritu de Dios.
El Espíritu que enseña nos libera de nuestros temores. Todo es posible en las manos de Dios: nuestro desarrollo personal y familiar, el desarrollo de nuestra Iglesia, nuestro crecimiento. El Señor ha enviado a su Espíritu para que demos pasos seguros en Su amor.
Conclusión
Conclusión
Dios está en medio de nosotros por Su Espíritu Santo, quien es nuestro maestro y consolador. En el amor podemos reconocer al Espíritu de Dios, quien nos libera y nos enseña a vivir en comunidad, haciendo vivas las palabras de Cristo en nosotros. El Espíritu Santo es la presencia de Cristo en medio nuestro.
Ahora bien, ¿cómo podemos, como comunidad, reflejar más plenamente este amor que nos ha sido dado por el Espíritu Santo?
