Con mucha o con poca fe
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¿Eres una persona de fe?
¡Vaya pregunta! ¿No te parece? Este podría ser uno de esos asuntos en cuanto a los que uno primero evalúa quién está haciendo la pregunta antes de responder. O si no, dado que la respuesta no surge fácilmente, preguntaríamos a su vez: “¿A qué te refieres con eso?”.
En este caso me refiero justamente a eso: ¿Te consideras una persona de fe?
En un sentido, uno podría interpretar que se nos está preguntando si vamos a una iglesia. Y si asistes más o menos regularmente a tu iglesia local responderías que sí, que eres una persona de fe, que tienes tus convicciones más o menos claras y que las profesas tal como has aprendido a hacerlo.
Pero esta misma pregunta podría tener otra profundidad. Me pongo en tu lugar y trato de responder, y casi automáticamente me respondo a mí mismo: “¡Ya quisiera ser una persona de fe!”.
¿Entiendes por qué?
Algunos de nosotros lo pensamos profundamente antes de definirnos como personas de fe. Eso tiene que ver con el respeto que le tenemos a este tema, y porque nos hemos habituado a considerar los testimonios de las vidas de quienes pusieron de manifiesto una fe ejemplar.
¿Has leído las historias de la Biblia en las que se relatan las proezas y victorias experimentadas por aquellos a los que consideramos “héroes de la fe”? ¿Qué sientes al meditar en el relato de momentos históricos como aquel en el que Moisés levanta su vara y el Mar Rojo se divide, abriendo así un camino para que pase el pueblo de Dios? No sé qué sientes tú, pero yo me quedo maravillado al considerar esos relatos, y me conmueve la expresión de la fe de aquellos hombres y mujeres que vieron materializarse lo imposible, por la intervención de Dios.
Y quiero tener una vida así.
Y quiero tener esa fe.
Pero entonces vuelvo a considerar mi realidad y la fe que alberga mi corazón y ¡me siento tan pequeño! Ni por asomo se me ocurre compararme con Moisés, con David, con Pedro, con Pablo. A ellos por lo general los consideramos gigantes, personas que alcanzaron un nivel de consagración, comprensión y trato con Dios muy especiales, lo que les permitió vivir ese tipo de experiencias.
La Biblia, de alguna manera, nos quiere ofrecer algún tipo de consuelo en cuanto a esto. Es por eso que dice:
Elías era hombre sujeto a pasiones semejantes a las nuestras, y oró fervientemente para que no lloviese, y no llovió sobre la tierra por tres años y seis meses. Y otra vez oró, y el cielo dio lluvia, y la tierra produjo su fruto.
Mi primera reacción ante estas palabras podría ser: “¿Estás bromeando? ¿Justamente a Elías lo pones como ejemplo? ¿Has leído los relatos referentes a la vida de Elías desde 1 Reyes 17? Por sus oraciones dejó de llover, y por sus oraciones volvió a llover, es cierto. Pero no fue lo único que ocurrió. Fue alimentado milagrosamente, multiplicó alimentos, resucitó al hijo de una viuda, ¡hizo descender fuego del cielo, demostrando así quién era el Dios verdadero! ¿Y me vas a decir que ‘era hombre sujeto a pasiones semejantes a las nuestras’? ¿No te das cuenta lo lejos que está mi fe de la que tenía Elías?”
¿Entiendes mi conflicto al considerar las vidas de estos héroes de la fe y compararlas con la mía? ¿Soy una persona de fe? Bueno, supongo que se puede decir que sí lo soy. Me congrego en una iglesia, leo la Biblia, oro, creo en Dios y le alabo. Pero hombres de fe eran “aquellos”…
¿Será cierto eso?
Nuestra meditación en lo referente a este asunto se vuelve todavía más delicada cuando consideramos estas palabras que encontramos en la carta a los Hebreos:
Pero sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan.
Presta atención a esta enseñanza: si no somos personas de fe no podemos agradar a Dios.
La utilización del término “imposible” no es muy común en la Biblia, y se utiliza casi siempre para mostrar el contraste entre lo que los hombres pueden (o no pueden) hacer y lo que Dios puede. Su utilización en este versículo hace que esta declaración sea muy fuerte. Si no tienes fe, no puedes agradar a Dios. Y si no agradas a Dios, estás perdido.
Si piensas como yo, seguramente quieres agradar a Dios. Eso quiere decir que vas a querer ser una persona de fe.
Es interesante la manera en que este versículo expresa las razones para que sea importante tener fe:
Tienes que creer que él existe. Eso requiere fe, porque Dios es invisible.
Tienes que creer que Dios recompensa a quienes lo buscan (que es galardonador de los que le buscan). Necesitas creer que Dios cumple sus promesas.
Esas dos son verdades bíblicas muy claras. Dios existe y recompensa a quienes le buscan. Entonces, ¿eres una persona de fe?
En lo personal me identifico con la actitud de Gedeón cuando Dios se le presentó y le dijo que lo estaba enviando a libertar a su pueblo de la opresión de sus enemigos. Aquel hombre ofreció sus excusas, sus razones por las que no consideraba que aquello fuera posible. Y entonces pasó esto:
Y él respondió: Yo te ruego que si he hallado gracia delante de ti, me des señal de que tú has hablado conmigo. Te ruego que no te vayas de aquí hasta que vuelva a ti, y saque mi ofrenda y la ponga delante de ti. Y él respondió: Yo esperaré hasta que vuelvas.
Y entrando Gedeón, preparó un cabrito, y panes sin levadura de un efa de harina; y puso la carne en un canastillo, y el caldo en una olla, y sacándolo se lo presentó debajo de aquella encina. Entonces el ángel de Dios le dijo: Toma la carne y los panes sin levadura, y ponlos sobre esta peña, y vierte el caldo. Y él lo hizo así. Y extendiendo el ángel de Jehová el báculo que tenía en su mano, tocó con la punta la carne y los panes sin levadura; y subió fuego de la peña, el cual consumió la carne y los panes sin levadura. Y el ángel de Jehová desapareció de su vista. Viendo entonces Gedeón que era el ángel de Jehová, dijo: Ah, Señor Jehová, que he visto al ángel de Jehová cara a cara. Pero Jehová le dijo: Paz a ti; no tengas temor, no morirás. Y edificó allí Gedeón altar a Jehová, y lo llamó Jehová-salom; el cual permanece hasta hoy en Ofra de los abiezeritas.
Aquella había sido una situación bastante inusual y hasta incómoda. No solamente Gedeón y su familia, sino todo Israel estaba en problemas muy severos. Los enemigos los oprimían, pisoteaban sus tierras, consumían sus recursos, y estaban haciendo muy difícil que ellos pudieran sobrevivir. El pueblo había clamado a Dios en busca de ayuda y él les había enviado un profeta para ayudarles a reconocer que ellos habían procedido mal, ofendiendo al Señor. Luego, el ángel de Jehová había venido a sentarse bajo una encina, justamente donde Gedeón estaba trabajando, tratando de ocultar de sus enemigos el poco grano cosechado. Al comienzo Gedeón no sabía que era Dios quien le hablaba, y había expresado sus dudas y hasta su frustración, porque consideraba que Dios los había abandonado, entregándolos en manos de sus enemigos. Pero la respuesta que le dio el ángel fue que él mismo enfrentaría al ejército enemigo y liberaría a Israel de la opresión. “¿Quién? ¿Yo?”, respondió Gedeón, aunque con otras palabras, “¡si yo no soy nadie!”.
Aquel hombre había tenido el atrevimiento de cuestionar la realidad de la presencia de Dios con su pueblo. Sentía y creía que Dios los había abandonado. Así se veía, para él, aquella situación en la que estaban. Además, ¿que él libraría a su pueblo de la opresión? Aquello le sonaba ridículo, fuera de lugar, imposible.
El ángel de Dios había dejado caer un par de frases que dejaban entrever su verdadera identidad.
¿No te envío yo?
Jehová le dijo: Ciertamente yo estaré contigo, y derrotarás a los madianitas como a un solo hombre.
Es posible que fueran estas palabras las que despertaran en el corazón de Gedeón la duda en cuanto a la identidad de su interlocutor. ¿Quién más que Dios podía tener la autoridad para decir semejante cosa?
Una pequeña sombra de duda, un pequeño pensamiento en el que consideraba que tal vez era Dios quien le estaba hablando, una pequeña ilusión de que pudiera ser cierto que él podría ir a enfrentarse a los enemigos y derrotarlos empezó a tocar el corazón de Gedeón.
Hasta ese momento, ¿considerarías a Gedeón como un hombre de fe?
Cuando uno medita en su actitud y sus respuestas, lo que parece destacarse es el hecho de que lo único que había hecho era dudar, cuestionar, confesar su derrota.
Pero lo que quisiera que notaras en esta historia es la manera en que Dios mismo se encarga de despertar y alimentar la fe en el corazón de aquel hombre. Quiero que lo notes, porque es así como Dios obra en tu vida también.
Dios quiere que tu corazón se llene de fe.
Dios quiere hacer su obra – poderosa, maravillosa, divina – a través de ti, así como lo hizo a través de Gedeón.
Entonces, la otra pregunta que surge aquí es: ¿cuánta fe hace falta para participar en los milagros que Dios hace? ¿Cuánta fe se necesita para ser una de esas personas que experimentan a Dios haciendo lo imposible?
Muchos de nosotros tenemos en concepto de que los hombres y mujeres de Dios que experimentaron grandes milagros en sus vidas por la intervención de Dios eran personas muy seguras de sí mismas, equilibradas, que nunca pasaban por un momento de duda. Pero considera a Gedeón. Él también está en la galería de los héroes de la fe en Hebreos 11:
¿Y qué más digo? Porque el tiempo me faltaría contando de Gedeón, de Barac, de Sansón, de Jefté, de David, así como de Samuel y de los profetas; que por fe conquistaron reinos, hicieron justicia, alcanzaron promesas, taparon bocas de leones, apagaron fuegos impetuosos, evitaron filo de espada, sacaron fuerzas de debilidad, se hicieron fuertes en batallas, pusieron en fuga ejércitos extranjeros.
Ahí lo tienes, entre los grandes, mencionado antes que David, Samuel y los profetas. Entre los que alcanzaron promesas.
¿Sabes? Tu nombre tendría que aparecer allí también, porque quieres agradar a Dios, y por tanto eres una persona de fe. Sí, tu nombre.
Entonces, ¿cuánta fe hace falta para agradar a Dios?
Viene a mi memoria aquella historia del hombre cuyo hijo estaba poseído por un mal espíritu. Lo había traído a Jesús, pero él justamente estaba en el monte donde Pedro, Jacobo y Juan vieron el resplandor de su gloria. Así que los discípulos que estaban allí habían procurado sanar al niño, sin éxito. Cuando llegó el Maestro le presentaron el caso, y Él lamentó la poca fe de ellos.
Como notarás, este asunto de “la fe suficiente” es algo que ha inquietado a las personas por mucho tiempo.
Esto fue lo que sucedió entonces:
Jesús preguntó al padre: ¿Cuánto tiempo hace que le sucede esto? Y él dijo: Desde niño. Y muchas veces le echa en el fuego y en el agua, para matarle; pero si puedes hacer algo, ten misericordia de nosotros, y ayúdanos. Jesús le dijo: Si puedes creer, al que cree todo le es posible. E inmediatamente el padre del muchacho clamó y dijo: Creo; ayuda mi incredulidad.
Aquel padre quería lo mejor para su hijo, quería que fuera libre y sano. Es como quien llega a la sala del médico trayendo a su ser querido enfermo. Tú también le dirías al médico algo así como: “Doctor, si puede hacer algo para que se mejore, por favor, ¡hágalo!”
Jesús no dejó pasar la duda que el hombre había expresado. Utilizó la misma frase que él (“si puedes”) para declarar la importancia de la fe:
Si puedes creer, al que cree, todo le es posible.
Esta es una afirmación impactante. ¿Te das cuenta de lo que implica? Esta es una de esas palabras que se aplican a todos los que cumplan con las condiciones. En este caso, la condición es creer. Y, ¿qué le pasa al que cree? Para esa persona todo es posible.
Es allí donde tú y yo tropezamos muchas veces. No nos consideramos dignos de la definición, nos parece que nunca llegaremos a cumplir con el requisito, con la condición de creer. Se nos ocurre que “esas personas” para las que “todo es posible” no somos nosotros. Son “esos” héroes de la fe que pueblan las páginas de la Biblia y que salpican la historia, siendo solo unos pocos y apareciendo de vez en cuando.
Pero si eso fuera así, tú y yo no podríamos agradar a Dios, porque es imposible hacerlo sin fe. Creo que el padre de aquel muchacho nos dejó una lección bien grande, digna de ser considerada con seriedad e imitada.
E inmediatamente el padre del muchacho clamó y dijo:
Creo; ayuda mi incredulidad.
Aquel hombre rebosaba de amor por su hijo. Verdaderamente quería verlo libre, desarrollándose sanamente. Quería verlo jugar alegre con los demás niños, sin las limitaciones que hasta aquel día lo habían tenido sujeto.
¿La fe era una condición para que su hijo fuera sano? ¿Creer que Jesús podía hacerlo era el requisito para que se produjera el milagro? Entonces “Sí”, fue su respuesta, “creo”. Tal vez internamente supiera que lo que en realidad estaba expresando es “¡Quiero creer!”. Por eso añadió su desesperado pedido de ayuda: “ayuda mi incredulidad”.
Si en lugar de tener a Jesús materialmente frente a él este hombre hubiera estado orando, ¿considerarías que esta fue lo que a veces llamamos “una oración poderosa”? No parece, ¿verdad?
Pero creo que esta última frase tendría que ser nuestra oración. Porque, ¿sabes qué? ¡Esa fue la oración que Jesús respondió con la sanidad y liberación del hijo de aquel hombre! ¡Aquella oración sí fue poderosa, en el sentido que generó el milagro de sanidad sobre la vida del muchacho!
¿Tenía aquel hombre eso a lo que nosotros llamamos “mucha fe”? De acuerdo con nuestra definición al parecer no la tenía. Sin embargo, su petición fue escuchada, su clamor fue respondido y el milagro se produjo.
No nos olvidemos de los discípulos. Ellos habían intentado hacerlo antes, y no habían podido. Ahora habían visto como Jesús había tomado autoridad sobre la situación y había liberado al muchacho. Mateo nos cuenta que más tarde, cuando estuvieron a solas con el Maestro, se produjo este diálogo:
Viniendo entonces los discípulos a Jesús, aparte, dijeron: ¿Por qué nosotros no pudimos echarlo fuera? Jesús les dijo: Por vuestra poca fe; porque de cierto os digo, que si tuviereis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: Pásate de aquí allá, y se pasará; y nada os será imposible.
Así que ellos no habían podido producir el milagro porque habían tenido poca fe. Eso concordaría con nuestro concepto al respecto. Ellos no eran como Moisés, como Elías… Pero Jesús agregó aquello del tamaño de la fe.
La fe que mueve la mano de Dios, la fe que produce los poderosos milagros, tiene el tamaño de un grano de mostaza. Los discípulos sabían de lo que hablaba el Maestro. La semilla de mostaza tiene entre uno y dos milímetros de diámetro. Caben por lo menos entre veinte y veinticinco semillas de mostaza apoyadas sobre la uña de tu dedo pulgar. Así de grande es la fe necesaria, ya no para liberar a un muchacho poseído, sino para trasladar de lugar una montaña.
¿De qué hablaba Jesús? De que no es cuestión de la mucha fe, sino de la fe. No se trata de que uno viva a un nivel superior al del resto de los mortales. Eso es lo que a veces pensamos de las personas de fe. No es así. De verdad Elías era un hombre común y corriente, con dudas y debilidades también, y hasta llegó a deprimirse. Lo mismo el resto. Lo mismo aquel padre que clamó por su hijo, pidiendo ayuda para su corazón incrédulo.
Lo mismo que Gedeón.
Gedeón dudaba de estar hablando con Dios. Dudaba que fuera Dios quien le estuviera dando la tarea – la inmensa tarea – de liberar a su pueblo de la opresión. Gedeón también pidió ayuda para superar la incredulidad de su corazón.
Y él respondió:
Yo te ruego que si he hallado gracia delante de ti, me des señal de que tú has hablado conmigo. Te ruego que no te vayas de aquí hasta que vuelva a ti, y saque mi ofrenda y la ponga delante de ti.
Gedeón era también un hombre de poca fe. ¿Te das cuenta de lo que le pide a Dios?
… me des señal de que tú has hablado conmigo.
¡Cómo me identifico con estas palabras! Sí, yo también muchas veces he necesitado – y muchas veces necesito – que Dios me confirme que es Él quien me habla.
¿Y tú? ¿También necesitas que Dios te confirme su Palabra, que Dios fortalezca tu fe?
Así de frágiles somos. Las personas de fe no son superhéroes que se mantienen firmes y constantes sea cual sea la situación que se les presenta. Son seres humanos que a veces se quiebran, que dudan, para quienes el miedo y la confusión no son algo extraño.
Gedeón también fue así. Y, ¿cuál fue la actitud de Dios ante su duda? Aquel hombre le estaba diciendo a Dios: “No estoy seguro de que seas tú quien me está hablando; confírmamelo, por favor”. ¿Qué hizo Dios? ¿Lo reprendió por su falta de fe? ¿Se fue a buscar a otro que tuviera más fe?
No. Dios se dispuso a confirmarle su presencia, su poder y su interés personal en intervenir en aquella situación difícil que enfrentaban.
Dios alimentó la fe de Gedeón.
También quiere alimentar la tuya.
Gedeón fue, preparó una comida dedicada a su visitante, produjo lo mejor que tenía. Observa que cuando quiso una confirmación de la presencia de Dios junto a él, lo que hizo fue presentar una ofrenda.
Su actitud no fue la misma que tuvieron otros que dudaron de que Dios estuviera presente y obrando.
Le dijeron entonces: ¿Qué señal, pues, haces tú, para que veamos, y te creamos? ¿Qué obra haces?
¿Sabes quiénes fueron estos, los que formularon estas preguntas? Fueron los mismos que acababan de ser alimentados con los cinco panes y dos peces que Jesús multiplicó. Habían escuchado al Hijo de Dios, habían visto el milagro y se habían beneficiado de él, y todavía pedían “una señal” por la que Jesús les demostrara quién era.
Aquello no era fe. Era abuso. Aquellas personas no veían que Jesús era el Hijo de Dios. Solo querían ser testigos de la espectacularidad de otro milagro. El Maestro no les respondió como esperaban y terminaron apartándose de Él.
Así que hay diferentes maneras de expresar la necesidad de creer. Uno puede hacerlo por ambición personal o porque verdaderamente está buscando relacionarse con Dios y vivir en su voluntad.
La historia de Gedeón es la de una persona cuya fe crece, alimentada por su relación con Dios.
Así tiene que ser también tu historia.
Es posible que tú también le entregues ofrendas a Dios, como lo hizo Gedeón. A ti también, Dios te puede confirmar que recibe y aprecia tu ofrenda.
Viendo entonces Gedeón que era el ángel de Jehová, dijo:
Ah, Señor Jehová, que he visto al ángel de Jehová cara a cara.
Pero Jehová le dijo:
Paz a ti; no tengas temor, no morirás.
Gedeón no saldría de su asombro. Sí había ido a preparar la ofrenda y la había traído, sí había hecho lo que el ángel le había dicho y había puesto su ofrenda donde Él se lo había indicado. Pero entonces había visto como aquella ofrenda había sido consumida por el fuego, y aquello era algo que no había esperado.
¿Notaste cuál fue su primera reacción cuando sucedió aquello? ¡Se asustó! Experimentó lo grande que es hablar con Dios cara a cara, tratar con su Creador, con el que hizo las promesas y las cumple. Dios sabía que pensó que moriría por haber tratado directamente con Dios, y por eso lo consoló afirmándole que no moriría.
Los discípulos de Jesús de hoy en día nos relacionamos con el mismo Dios con el que se relacionó Gedeón. Sigue siendo tremendo, pero a veces, habituados a hacerlo, no valoramos la importancia de esos momentos poderosos y sublimes en los que tratamos con nuestro poderoso Salvador.
Cuando tú oras en el nombre de Jesús, estás hablando con el que todo lo puede, te estás dirigiendo al que tiene toda la autoridad y todo el dominio. Y lo mejor es que Él te escucha, y te responde.
Algunos de nosotros podríamos haber considerado a Gedeón como un caso perdido en lo que a la fe se refiere. Este hombre expresó dudas muy importantes, nacidas de su análisis de las circunstancias que estaban enfrentando él y su pueblo. ¿Puede alguien tan incrédulo recibir algo de Dios? La historia de Gedeón nos muestra la manera en que Dios obró en su vida, desarrollando su fe cuando parecía que lo único que tenía eran dudas e incredulidad.
¿Cómo lo hizo? ¿Cómo hizo Dios para despertar y desarrollar la fe en el corazón de este hombre golpeado por la vida y las dificultades? ¡El Gedeón que vemos al final de la historia — yendo a una batalla humanamente imposible y regresando con una impactante victoria — parece “otra persona”, comparando con su actitud inicial!
Dios lo visitó y le confirmó su presencia.
Dios no lo reprendió cuando dudó, sino que le ofreció confirmaciones.
Dios le habló claramente, deteniéndose para confirmarle y aclararle cada paso que tenía que dar.
Es lo que Dios también quiere hacer en tu vida. ¿Crees que Dios no conoce el contenido de tu corazón? ¡Claro que lo conoce! Sabe cuando dudas y sabe cuando crees.
Puede ser que Dios esté hablando a tu corazón ahora mismo. Haces bien si le preguntas: “¿Eres tú, Señor?”. Gedeón lo hizo, y Dios le confirmó su presencia.
A ti también te puede ocurrir que lo que Dios te propone, la misión a la que te quiere llevar, te parezca imposible. Eso fue lo que pensó Gedeón también, y Dios lo fue acompañando por el proceso de entender y confiar, hasta que estuvo dispuesto a todo para vivir en la voluntad de Dios. ¿Te cuesta creer que Dios hará lo que sientes que te está diciendo? Se lo puedes decir.
Dios quiere alimentar tu fe.
Dios quiere usarte.
Dios quiere responder tus preguntas.
Dios quiere llevarte a vivir lo que te parece imposible.
Dios está obrando en tu vida.
Relaciónate con Él y confía.
