Sermón sin título (24)
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Padres y hermanos en Cristo,
Reciban un fraternal saludo en el glorioso nombre de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.
Mi nombre es Andrés Espinoza. Sirvo como pastor en la ciudad de Bogotá, Colombia, y tengo el privilegio de representar a la Iglesia Presbiteriana de la Reforma en Colombia como delegado fraterno ante esta honorable Asamblea General.
Es un gran honor en medio de ustedes esta mañana. Es es mi primera vez en los Estados Unidos, y desde el primer momento, tanto mi esposa Carolina como nuestra hija Elizabeth y yo, hemos experimentado la gracia del Señor a través de vuestra hospitalidad, amor fraternal y el orden piadoso con que llevan adelante esta Asamblea.
Ustedes han sido para nosotros un testimonio elocuente de que, aun en medio de diferencias culturales y geográficas, compartimos una misma fe, un mismo Señor y una misma esperanza gloriosa.
He venido, no solo como observador, sino como un hermano: con oídos atentos, un corazón dispuesto a aprender y una profunda gratitud por el testimonio fiel que ustedes han mantenido durante décadas, en doctrina y en práctica, en verdad y en amor por Dios y su pueblo.
Permítanme compartir brevemente cómo el Señor me alcanzó con su gracia.
Fui alcanzado por la gracia del Señor a los 25 años, en medio de una vida marcada por la autosuficiencia y el pecado. No buscaba a Dios, pero Él me buscó a mí, quebrantando mi orgullo mediante una crisis familiar y conduciéndome a la cruz, donde conocí a Cristo como mi Salvador y Pastor todo suficiente. Desde entonces, su gracia me ha sostenido y su Palabra ha encendido en mí un llamado claro al ministerio.
Siete años después, ya casado con mi esposa Carolina, ese llamado se transformó en una pasión misionera que nos llevó, como Abraham, a salir por fe y comenzar una plantación de iglesia en el norte de Bogotá con apenas trece personas hambrientas de la verdad de Dios. Fue un comienzo humilde, pero lleno de la presencia del Señor.
Hoy, para alabanza de Cristo, esa pequeña semilla se ha convertido en una iglesia viva, con más de 160 miembros, dos pastores, un anciano y cuatro diáconos. Somos una comunidad comprometida con la predicación fiel, el amor fraternal, la santidad de vida y el servicio al prójimo. Todo lo que somos es por la gracia de Aquel que edifica su iglesia y no permitirá que las puertas del Hades prevalezcan contra ella.
En el año 2014, nuestra congregación fue recibida formalmente en el Presbiterio de la Reforma en Colombia, y tuve el privilegio de ser ordenado al santo ministerio. El Señor me concedió, además, la alegría de contar ese día con la presencia y amistad del reverendo Douglas Clawson, cuyo consejo pastoral ha sido de mucha bendición para nosotros. Su acompañamiento ha sido un reflejo del amor de Cristo: lleno de sabiduría, afecto fraternal y fidelidad al evangelio.
Desde entonces, el Señor ha seguido edificando su iglesia en nuestro país. Lo que comenzó como un pequeño grupo se integró a un presbiterio compuesto entonces por tres iglesias fieles, y hoy, por la gracia de Dios, somos cinco iglesias constituidas y tres misiones activas, extendidas por el norte, centro y sur del país, con un total aproximado de 300 miembros comprometidos.
Cada iglesia del presbiterio vive comprometida con la Palabra, la confesión reformada y el cuidado pastoral, aunque en medio de grandes desafíos. Colombia aún sufre las secuelas del conflicto armado, la violencia del narcotráfico, la presión ideológica sobre los jóvenes y una idolatría cultural que sólo el evangelio puede sanar. En este contexto difícil, agradezco a Dios por nuestros pastores: hombres fieles, en su mayoría bi-vocacionales, que trabajan duro para sostener a sus familias y pastorear con integridad y amor. Son verdaderos siervos del Señor, cuyos frutos son visibles ante Dios y su iglesia.
Agradecemos profundamente a la Iglesia Presbiteriana Ortodoxa. Gracias a su generosidad, un pastor de 65 años sigue sirviendo con vigor a tres congregaciones en Nariño. También hemos recibido ofrendas diaconales en momentos de necesidad, y con alegría esperamos el equipo misionero que ministrará a nuestros niños del pacto en Bogotá, así como la visita del Rev. Clawson como observador de nuestro presbiterio. Su oración, apoyo y comunión son un testimonio de que somos un solo cuerpo, sostenido por un solo Espíritu, al servicio de un solo Señor. Su fidelidad nos anima a seguir firmes, con los ojos puestos en Jesús.
Uno de nuestros mayores desafíos hoy es la formación de pastores. La mayoría de los obreros actuales solo cuentan con estudios básicos en teología. Por eso, fundamos el Seminario Presbiteriano Hispano (SPH), con la visión de formar no solo teólogos, sino pastores piadosos, expositores fieles y siervos dedicados a la iglesia.
Gracias al apoyo del comité de misiones de la OPC, hemos recibido clases magistrales de hermanos como el Dr. Chad Van Dixhoorn y el Dr. Lane Tipton, ya traducidas al español y disponibles para nuestros estudiantes. Actualmente, el SPH cuenta con 9 alumnos en licenciatura y 10 en maestría, en alianza con PRTS.
Nuestro deseo es que más pastores y maestros de la OPC caminen con nosotros en este esfuerzo. Colombia es tierra fértil pero herida, con iglesias en crecimiento, pero escasos recursos y muchos desafíos. Como director del seminario, reconozco que cada paso ha sido un ejercicio de fe. Pero el Señor nos ha sostenido y ha abierto puertas, incluso para participar en la red ASPRAL, que busca fortalecer la educación teológica en América Latina con una visión reformada y centrada en Cristo.
Hace poco escuché una frase que resume bien lo que sentimos:
“El Espíritu Santo es el vínculo de amor del Dios trino… y también nuestro vínculo los unos con los otros.”
Esa comunión es real para nosotros. Sus oraciones, enseñanzas y apoyo han sido como agua en tierra seca.
Por eso, amados hermanos de la OPC, les extendemos una invitación fraternal:
caminen con nosotros, apoyen el seminario, animen nuestros esfuerzos en la educación teológica y sostengan con sus oraciones y colaboración el avance de las misiones en Colombia. Nos alegra pensar que, aunque estemos lejos en distancia, el mismo Señor nos ha unido para una causa común: edificar su iglesia y proclamar su gloria entre las naciones.
Gracias por ser parte de esta obra. Nuestra casa es su casa.
