Viviendo en la Resurrección: Haciendo Morir el Pecado
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· 43 viewsSi han muerto con Cristo, entonces no pueden seguir haciendo pactos con lo que lo llevó a la cruz. Deben tratar con seriedad el pecado: no acariciarlo, sino matarlo. No negociarlo, sino clavarle una lanza al corazón. Porque lo que murió con Cristo no debe seguir viviendo en ustedes.
Notes
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Introducción
Introducción
Uno de los grandes peligros en la vida cristiana no es tanto el pecado escandaloso, sino el olvido silencioso. Olvidamos quiénes somos… y olvidamos a quién pertenecemos. Es por eso que el apóstol Pablo, escribiendo a los creyentes en Colosas —personas comunes, como tú y como yo—, no se conforma con consejos. No ofrece sugerencias espirituales. Da mandamientos. Firmes. Claros. Penetrantes.
Y lo hace con una lógica profundamente cristiana: “Han muerto con Cristo. Han resucitado con Él. Entonces, vivan como quienes están vivos para Dios… y muertos al pecado.”
Pasaje
Pasaje
5Por tanto, consideren los miembros de su cuerpo terrenal como muertos a la fornicación, la impureza, las pasiones, los malos deseos y la avaricia, que es idolatría.
6 Pues la ira de Dios vendrá sobre los hijos de desobediencia por causa de estas cosas,
7en las cuales ustedes también anduvieron en otro tiempo cuando vivían en ellas.
8Pero ahora desechen también todo esto: ira, enojo, malicia, insultos, lenguaje ofensivo de su boca.
9Dejen de mentirse los unos a los otros, puesto que han desechado al viejo hombre con sus malos hábitos,
10y se han vestido del nuevo hombre, el cual se va renovando hacia un verdadero conocimiento, conforme a la imagen de Aquel que lo creó.
Contexto de Colosenses 3:5
Ok, antes de entrar de lleno a lo que Pablo dice en Colosenses 3:5, necesitamos entender un poco qué está pasando en esta carta, porque eso nos va a ayudar a ver por qué lo que él escribe es tan relevante para ti y para mí hoy.
Primero, ¿a quién le está escribiendo Pablo?
Le está escribiendo a un grupo de creyentes en una ciudad llamada Colosas, una comunidad chiquita en lo que hoy es Turquía. No era una ciudad famosa, ni poderosa… pero había una iglesia real ahí, con personas reales luchando con cosas reales.
Y lo interesante es que Pablo nunca estuvo en Colosas. Fue su compa Epafras el que les predicó el evangelio y plantó la iglesia ahí. Pero ahora Epafras fue a visitarlo a la cárcel —porque sí, Pablo estaba preso en Roma cuando escribió esta carta— y le contó que en la iglesia había algunas ideas raras corriendo. Cosas como:
“Jesús no es suficiente.”
“Necesitas cumplir ciertas reglas para estar más cerca de Dios.”
“Adora ángeles para que te ayuden a llegar a Él.”
Entonces Pablo agarra la pluma —bueno, le dicta a su escriba— y dice:
“No, no, no. Jesús no es una parte del mensaje. JESÚS ES EL MENSAJE.”
Y desde el capítulo 1 empieza a recordarles quién es Cristo. Y lo hace con frases brutales, como:
“Él es la imagen del Dios invisible… en Él habita toda la plenitud de Dios… Él es suficiente.”
Ahora… eso nos lleva al capítulo 3.
¿Qué está pasando literariamente aquí?
En Colosenses 3:1–17 Pablo cambia el tono.
Después de recordarte por dos capítulos lo que Dios ya hizo en Cristo, ahora dice:
“Bueno, si entonces han resucitado con Cristo… vivan como gente resucitada.”
Así que lo que viene no son reglas para ganarte el favor de Dios, sino respuestas de alguien que ya fue amado, rescatado y transformado por Dios.
Y en el versículo 5 es donde la cosa se pone intensa:
“Por tanto, hagan morir lo terrenal en ustedes…”
¿Y qué significa eso? Bueno, Pablo hace una lista de pecados que los creyentes necesitan matar, no tolerar. Cosas como la inmoralidad sexual, la codicia, los deseos desordenados…
Pero aquí viene algo que no podemos perder de vista:
Pablo no está hablándole a gente pagana en la calle.
Está hablándole a cristianos.
A gente como tú y como yo. A personas que sí han creído en Cristo, pero que siguen viviendo en una cultura súper sexualizada, materialista y llena de confusión espiritual.
Suena familiar, ¿no?
¿Y qué onda con la cultura?
Sí, Colosas era una ciudad pequeña, pero no vivía en burbuja.
Estaba en el Imperio Romano. Y eso significaba que las ideas del momento eran más o menos así:
Cree en lo que quieras, mientras no molestes a nadie.
Combina un poco de filosofía griega, algo de religión judía, y échale unas prácticas místicas para que se vea más espiritual.
Y claro, el cuerpo no importa mucho… lo importante es que tu alma esté “conectada”.
Entonces Pablo dice:
“No se dejen engañar. Si están en Cristo, eso cambia todo. Ya no vivan como si siguieran en lo de antes.”
Entonces, ¿por qué Colosenses 3:5 importa hoy?
Porque tú y yo vivimos en una cultura donde las mismas mentiras siguen vivas.
“Tu identidad está en tus deseos.”
“Haz lo que sientas. Nadie tiene derecho a decirte que está mal.”
“Lo material es lo que vale. Entre más tengas, más feliz vas a ser.”
Y Pablo, como un buen pastor, nos está diciendo:
“Ey… si estás en Cristo, ya no tienes por qué seguir arrastrando esa vieja manera de vivir. Mátala. Apaga esa mentira. Ya no te queda esa ropa vieja. Póntela nueva. Recuérdate quién eres.”
I. Reconoce y rechaza lo terrenal (vv. 5–7)
I. Reconoce y rechaza lo terrenal (vv. 5–7)
Pablo no anda con rodeos. En el verso 5 dice:
“Pongan a muerte, pues, lo terrenal en ustedes…”
Y no lo dice en tono suave, tipo: “Oye, trata de evitar esas cosas, a ver si puedes.” No. Pablo usa una palabra muy fuerte en el original: “nekróō”, que significa literalmente “hacer morir”, “desactivar”, “dejar sin vida”.
No es simbólico. No es emocional. Es claro. Es urgente. Es como si Pablo estuviera diciéndonos:
“Desconecta eso ya. Apágalo. Mátalo. No lo dejes funcionando.”
Como cuando apagas el gas porque si no lo haces… explota.
Como cuando encuentras una víbora en la sala de tu casa… y no te sientas a negociar con ella. La matas. Rápido. Sin pensarlo dos veces. Y lo más interesante es el tipo de verbo que usa. En griego es un aoristo imperativo.
¿Qué significa eso?
Que no es una sugerencia. No es algo para “ir trabajando poco a poco”. Es un acto firme, puntual, decidido. Como decir: “Ya. Ahora. Hazlo.”
No dice: “Ignóralo.”
No dice: “Dale menos importancia.”
Dice: “Ponlo a muerte.”
Pero ojo con esto: Pablo no está diciendo que el pecado ya no existe en ti. Está diciendo que no debe seguir teniendo control. Que ya no puede operar como si nada. Y esto tiene todo que ver con lo que acaba de decir en los versículos anteriores.
Tú ya moriste con Cristo.
Tú ya resucitaste con Él.
Tú ya tienes tu vida escondida en Dios.
Entonces… ¡mata lo que queda del viejo tú!
No porque estás tratando de ganarte algo de parte de Dios, sino porque ya tienes una nueva identidad en Cristo.
Ahora, ¿a qué cosas se refiere Pablo cuando dice “lo terrenal”? Él mismo nos lo explica:
“inmoralidad, impureza, pasiones, malos deseos y avaricia —que es idolatría.”
Fíjate que no empieza con lo invisible, sino con lo visible: la inmoralidad sexual. Pero luego va bajando, capa por capa, hasta llegar a lo más profundo: el deseo desordenado.
Y al final de esa lista, mete algo que a muchos ni nos parece tan grave: la avaricia. Pero ¿sabes cómo la llama Pablo? Idolatría.
Eso que tú y yo muchas veces disfrazamos como “ambición”, o “ganas de superarnos” Pablo dice: es idolatría.
¿Por qué?
Porque pone en el centro algo que no es Dios.
Porque me hace vivir como si lo que tengo no es suficiente.
Como si Dios me debiera algo más. Como si mi seguridad dependiera de tener más, lograr más, alcanzar más. Y eso, familia, es peligroso.
Porque no es inocente. No es neutro. Pablo dice: “Por estas cosas viene la ira de Dios.”
Y aquí hay que hacer una pausa. Porque vivimos en una cultura que ama hablar del amor de Dios… pero no quiere escuchar nada de Su justicia.
Queremos un Dios que apapache. Pero no uno que juzgue.
Sin embargo, la ira de Dios no es como la nuestra. No es caprichosa. No es impulsiva. Es la expresión justa y santa de un Dios que no puede ser indiferente al mal.
Y aquí viene la mejor noticia del mundo: Esa ira justa de Dios ya cayó… pero no sobre ti, sino sobre Cristo en la cruz. Él absorbió lo que tú y yo merecíamos. Así que cuando Pablo menciona la ira de Dios aquí, no lo hace para asustarte, lo hace para despertarte.
Para decirte:
“¡Ey! Si ya moriste con Cristo… entonces vívelo.”
¡No sigas caminando como si siguieras muerto!
II. Revela y renuncia al viejo yo (vv. 8–9)
II. Revela y renuncia al viejo yo (vv. 8–9)
Pablo no está escribiendo esto como un maestro de conducta. No está dando una clase de moral cristiana. Él está escribiendo como alguien que te ama. Que te conoce. Y que quiere verte libre.
Es como si te tomara del rostro, te mirara a los ojos y te dijera: “Eso eras tú… pero ya no lo eres. Entonces, ¿por qué sigues viviendo como si nada hubiera cambiado?”
Y entonces suelta una lista muy puntual: Ira. Enojo. Malicia. Insultos. Lenguaje sucio.
No es una lista al azar. Es una progresión. Una escalera descendente.
Todo empieza con algo interno: ira.
Después sube la presión: enojo.
Luego se convierte en un deseo de dañar: malicia.
Y finalmente, explota por la boca: palabras que hieren.
Y lo fuerte es que esto no pasa en el vacío. Pasa en relaciones. Casi siempre… con las personas que más queremos.
Con tu esposa.
Con tus hijos.
Con tus papás.
Con tu comunidad. Con tu iglesia.
Y Pablo no dice: “Trata de manejarlo mejor.” “Cuenta hasta diez.” “Haz respiraciones profundas.”
Pablo dice:
“Quítatelo.”
Así de claro. Así de firme. Como quien llega de trabajar, con la ropa sucia, sudada, apestosa…y lo primero que hace al llegar a casa es quitársela.Porque ya no combina con quién es ahora. Eso está diciendo Pablo:
“Esa ropa del viejo tú… ya no te queda.”
“Esa versión tuya ya murió.”
“No te vistas con lo que Cristo ya te quitó.”
Pero Pablo no se detiene ahí. Después de hablar de reacciones… se mete con las palabras:
“No se mientan los unos a los otros.” Y uno podría decir:
“¿Qué tiene que ver eso aquí?”
Pero tiene todo que ver. Porque lo que decimos… revela lo que creemos. Expone lo que hay dentro. Tus palabras no son un accidente. Son un espejo. Una ventana al alma.
Y ¿sabes qué pasa muchas veces?
Entregamos a Dios nuestras acciones. Entregamos nuestras decisiones. Pero escondemos nuestra lengua.
Como si dijéramos: “Señor, transfórmame… pero mi manera de hablar es parte de mi personalidad.”
Y Dios dice:
“No. Eso también me pertenece.”
Hace poco hablé con un hombre que me dijo:
“Yo nunca le he pegado a nadie… pero mis palabras han golpeado más que mis puños.” Y tenía razón.
Hay frases que dijiste hace cinco años… y todavía duelen. Hay personas a tu alrededor… que sangran por dentro. No por lo que hiciste. Sino por lo que dijiste.
Ese hombre lloraba mientras me decía:
“Yo pensaba que solo era mi forma de hablar… pero ahora veo que es mi corazón el que está roto.” Y sí. Ese es el punto.
No se trata solo de cambiar de vocabulario. No se trata de hablar más bonito. Se trata de rendirle el corazón al único que puede hacerlo nuevo. Pablo lo dice así, en el verso 9:
“Ustedes han desechado al viejo hombre con sus malos hábitos.”
Y en esa frase, hay un cambio de identidad. No solo de conducta. De identidad. Y sí, puede sonar medio filosófico. Pero no lo es.
El teólogo Melick explica que “el viejo hombre” y “el nuevo hombre” no son dos naturalezas peleando dentro de ti, como si fueras mitad bueno y mitad malo. No es el diablito en un hombro y el angelito en el otro.
Pablo está hablando de dos formas de vivir. Dos maneras de ver la vida. Dos sistemas de valores. Dos tipos de carácter.
Antes vivías por tus deseos. Ahora vives para reflejar a Cristo.
Antes valorabas quedar bien, defender tu orgullo, ganar la discusión. Ahora valoras lo que Cristo valora: verdad, gracia, mansedumbre, amor.
Y cuando eso cambia en ti… también cambia cómo hablas.
Hermano, hermana… Dios no te está pidiendo que solo seas más amable. Te está recordando quién eres ahora. Tú ya no eres esclavo del enojo. Ya no eres prisionero de tus palabras. Ya no eres quien eras.
Entonces, mañana cuando te levantes…antes de salir, haz esta oración:
“Señor, no quiero vestirme del viejo yo. Vísteme Tú con lo nuevo. Que hasta mis palabras reflejen que soy Tuyo.” Porque sí… una vida nueva también se nota en cómo hablas.
III. Renueva y refleja a Cristo (vv. 10–11)
III. Renueva y refleja a Cristo (vv. 10–11)
Y eso conecta perfecto con lo que dice el verso 10:
“Y se han vestido del nuevo hombre, el cual se va renovando hacia un verdadero conocimiento, conforme a la imagen de Aquel que lo creó.”\
Aquí entra la voz de otro teólogo, Grant Patzia.
Él dice que Pablo está hablando de algo precioso, pero también difícil:
Ser en la práctica lo que ya somos en Cristo.
¿Te das cuenta?
Esa es la tensión en la que vivimos todos los días.
Ya somos nuevas criaturas… pero todavía estamos aprendiendo a vivir como tales.
Y Patzia va más allá. Él dice: “Este nuevo tú no está siendo renovado a la imagen de lo que eras, sino a la imagen de Aquel que te creó.”
Eso es Génesis 1:27.
Fuimos creados a Su imagen. Esa imagen fue quebrada por el pecado.
Pero ahora, por medio de Cristo (Col. 1:15), Dios la está restaurando en ti.
Aunque Pablo no usa aquí palabras como “segundo Adán”, el concepto está:
Lo que Adán rompió, Cristo lo está renovando.
Y tú… eres parte de ese proceso de renovación.
Mira, esto es liberador.
No estás condenado a repetir patrones viejos.
No tienes que seguir diciendo: “Así soy yo.”
No tienes que cargar con la culpa de lo que fuiste.
En Cristo, tú eres una nueva persona.
Y aunque no lo sientas todos los días, estás en un proceso real de transformación.
Dios te está renovando. Te está dando nuevos pensamientos, nuevos afectos, nuevos reflejos.
Así que, cuando luches con tus viejos hábitos, no te desanimes.
Recuerda: no estás volviendo atrás.
Estás caminando hacia adelante, hacia la imagen de tu Creador.
Conozco a un joven que luchaba con la mentira. Había crecido en un entorno donde mentir era parte de sobrevivir. Un día, después de mentir en algo pequeño, me dijo con los ojos llenos de lágrimas:
“A veces siento que nunca voy a cambiar. Que esto es parte de mí.”
Y lo miré y le dije:
“Esa es la voz del viejo tú. Pero no es la voz del Espíritu. Tú ya no eres ese. Eres una nueva creación. Y aunque aún tropieces, Dios no te está dejando igual. Te está renovando. Día a día.”
Y él solo asintió con la cabeza y dijo:
“Necesito creerlo más seguido.”
¿Y sabes qué? Tú también.
Llamado final
Así que hoy, no solo despojémonos del viejo hombre…
Abracemos la verdad del nuevo.
Uno que está siendo formado, día a día, por las manos del Creador.
Uno que no está solo cambiando su comportamiento…
Está recuperando el reflejo del Dios que lo salvó.
Y sí, va a tomar tiempo.
Pero no estás solo.
Y no estás estancado.
Estás siendo renovado.
Y ahora Pablo nos da las razones, los “porqués”. Primero: ya se han despojado del viejo yo con sus malos hábitos. Esa versión antigua de ti ya fue crucificada. Fue enterrada. Fue borrada. Ya no te define. No eres un pecador reformado. Eres una nueva criatura en Cristo Jesús.
Segundo: te has revestido del nuevo hombre. Te has vestido con Cristo. Has sido recreado a imagen de Aquel que te hizo. Estás siendo renovado —no solo reformado externamente— sino transformado desde lo más profundo del alma.
Y esto, queridos hermanos y hermanas, no es automático. Es diario. Es progresivo. Es la obra del Espíritu Santo renovando tu mente, guiando tus afectos, corrigiendo tus pasos.
Y por si fuera poco, Pablo cierra con una verdad revolucionaria: en esta nueva humanidad que Dios está formando, las barreras caen. No hay griego ni judío. No hay esclavo ni libre. No hay élite ni olvidados. No hay favoritos ni rezagados.
Cristo es todo. Y está en todos los que le pertenecen.
Conclusión
Conclusión
Entonces, ¿qué hacemos con todo esto?
Lo que Pablo dijo a los colosenses, el Espíritu nos lo dice a nosotros hoy:
Considera muerto lo que ya está muerto.
Despójate de lo que ya no eres.
Revístete de Aquel que te ha hecho nuevo.
El evangelio no es una mejora de conducta. Es una resurrección espiritual. No nos llama a ser simplemente personas más decentes, sino personas nuevas. Y la vida nueva no es autoimpuesta… es Cristo en ti, la esperanza de gloria.
Así que no vivas por las cosas de abajo. Mira hacia arriba. Y mientras lo haces… vive como quien ha resucitado con Cristo.
