PERO AUNQUE NO LO HAGA.....
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imagina que tienes 15 años:
de pronto pasas de ser alguin libre a ser capturado por un rey
te cambia el nombre. el idioma, la cultura
te llevan como esclavo a otra ciudad
y encima quieren que adores a un dios que no es el tuyo
mientras otros se inclinaban por conveniencia para sobrevivir, ellos se mantenian firmes por conviccion
no sabian si Dios los iba a librar pero su fe no estaba en los resultados sino en Dios
Texto base: Daniel 3:16–18 “16 Sadrac, Mesac y Abed-nego contestaron: —Oh Nabucodonosor, no necesitamos defendernos delante de usted. 17 Si nos arrojan al horno ardiente, el Dios a quien servimos es capaz de salvarnos. Él nos rescatará de su poder, su Majestad; 18 pero aunque no lo hiciera, deseamos dejar en claro ante usted que jamás serviremos a sus dioses ni rendiremos culto a la estatua de oro que usted ha levantado.”
Mateo 7:24–27 “24 »Todo el que escucha mi enseñanza y la sigue es sabio, como la persona que construye su casa sobre una roca sólida. 25 Aunque llueva a cántaros y suban las aguas de la inundación y los vientos golpeen contra esa casa, no se vendrá abajo porque está construida sobre un lecho de roca. 26 Sin embargo, el que oye mi enseñanza y no la obedece es un necio, como la persona que construye su casa sobre la arena. 27 Cuando vengan las lluvias y lleguen las inundaciones y los vientos golpeen contra esa casa, se derrumbará con un gran estruendo».”
Filipenses 1:21 “21 Pues, para mí, vivir significa vivir para Cristo y morir es aún mejor.”
--- Hay momentos en la vida donde pareciera
que Dios está en silencio. Oramos, ayunamos, clamamos, y hay un silencio.
Pedimos sanidad y no llega. Pedimos un milagro y no se manifiesta.
Pedimos dirección y solo recibimos silencio. Y entonces nos asalta la duda: "¿Y si Dios no hace nada?" Pero hay una frase en el libro de Daniel que parte la historia en dos, una declaración de fe que no depende de los resultados, una de esas frases que deberían estar tatuadas en el corazón de cada creyente:
"Nuestro Dios puede librarnos... pero aunque no lo haga, igual no nos inclinaremos" Daniel 3:17–18 “17 Si nos arrojan al horno ardiente, el Dios a quien servimos es capaz de salvarnos. Él nos rescatará de su poder, su Majestad; 18 pero aunque no lo hiciera, deseamos dejar en claro ante usted que jamás serviremos a sus dioses ni rendiremos culto a la estatua de oro que usted ha levantado.”
Esa es fe con los dientes apretados, esa es fe con los puños cerrados, no para pelear contra Dios, sino para aferrarse a Él aunque todo parezca perdido.
Esa es la fe que se planta en el horno ardiente y dice: "No negocio mis convicciones."
Vivimos en una generación de cristianos de cristal. Apenas sienten que algo no les sale como querían y ya están dejando de congregarse, de orar, de servir. Se ofenden porque Dios no les concedió su lista de deseos y se desconectan, se alejan, se enfrían.
Pero los muchachos hebreos —Sadrac, Mesac y Abednego— no eran de esa clase. Ellos habían sido arrancados de su tierra, separados de sus familias, exiliados, renombrados. Todo lo que conocían había sido arrasado. Y aun así... confiaban. No confiaban solo si todo salía bien. No confiaban solo si el horno se apagaba. Confiaban si los salvaba. Y confiaban si no lo hacía.
Hoy muchos quieren vivir una fe de microondas. Piden respuestas instantáneas, milagros a la carta, y si la oración no se contesta en 24 horas, se desilusionan.
¿Sabe por qué? Porque no tienen fundamentos. Jesús habló de construir sobre la roca. Y la roca es Cristo. No son emociones. No es el ambiente del domingo. Son convicciones profundas
. Y esas convicciones no se fabrican cuando el horno ya está encendido. Esas convicciones se cultivan en la paz, para resistir en la guerra. Hay creyentes que parecen edificios levantados en dos semanas. Fachadas bonitas, luces LED, estructura moderna... pero sin cimientos. Viene el temblor y todo se les cae.
En cambio, hay cristianos que no hacen mucho ruido, pero tienen cimientos profundos. Son como el bambú japonés: pasan años sin que crezcan a la vista, pero debajo de la tierra, sus raíces se extienden y se afianzan. ¡Y de eso se trata esta fe! No de lo que se ve, sino de lo que sostiene.
En China hay iglesias que no tienen templos, ni pantallas, ni aire acondicionado. Tienen cuevas. Tienen silencio. Tienen riesgo. Y tienen una fe que no se dobla. Si los atrapan predicando, van presos. Si los encuentran orando, los golpean. Pero siguen. Porque saben que su fe no es negociable.
En México, en lugares como Chiapas u Oaxaca, muchos hermanos nuestros son desterrados por no participar en fiestas idólatras. Pierden sus tierras, sus casas, sus derechos. Pero no pierden su fe. No se inclinan. Y nosotros... ¿nos enojamos con Dios porque no nos dio el empleo que queríamos? ¿Porque no nos sanó en el tiempo que esperábamos? ¿Porque la oración no se cumplió como la pedimos?
Somos cristianos de expectativas. No de fundamentos. Cuando las expectativas no se cumplen, hay tres caminos:
1. Algunos se desalientan y se van: "Dios no hizo nada."
2. Otros se resignan: siguen congregándose pero con el corazón cerrado, fríos, distantes.
3. Y unos pocos... como los tres muchachos, dicen: "Esto no cambia mi relación con Dios." Ellos sabían que su responsabilidad no era salvarse del horno. Su responsabilidad era confiar
. ¿Cómo lo iba a hacer Dios? No lo sabían. Pero sabían que Él podía. Y con eso era suficiente.
Pablo decía: "Para mí, el vivir es Cristo y el morir es ganancia." Esa clase de fe es la que vence al mundo. Esa clase de fe hace temblar a los reyes. Esa clase de fe hace que Dios se levante de su trono.
Y es curioso que, cuando los echaron al horno, el rey Nabucodonosor vio a uno más con ellos. Dijo: "Hay un cuarto hombre... y se parece al Hijo de Dios." ¡Aleluya! Cuando tú te mantienes firme, no estás solo.
Cuando eres fiel en el horno, Jesús mismo entra contigo. No te evita la prueba, pero te acompaña en ella. Y eso lo cambia todo.
Muchos de ustedes han pasado por verdaderos hornos: diagnósticos de cáncer, traiciones, quiebras económicas, duelos, depresiones. Y sin embargo, aquí están. Adorando. Firmes. Ya no se ahogan en un vaso de agua. Porque el horno los refinó, no los destruyó.
Yo he conocido gente que ha atravezado situaciones dificiles. Que vio todo derrumbarse. Y cuando hablas con ellos, notas una paz sobrenatural. Una fe sin condiciones. Una esperanza que no depende de los resultados.
Y es que esa fe no se improvisa. Esa fe se edifica. Con Palabra. Con oración. Con perseverancia. Con comunidad. Con entrega. Con cimientos.
Hay un hombre que entrevista mujeres
Hoy, muchas mujeres piden un hombre que sea alto, guapo, con doctorado, que gane cien mil, que tenga auto, casa, cabello y que no pase de los 30 años. Y cuando les preguntas: "¿Y tú qué ofreces?", hacen cortocircuito. Dicen: "Pues... mi compañía... cariño... eeeh... yo soy linda." ¡Así de absurdo sonamos a veces con Dios! —"Señor, te sirvo si me das esto." —"Te adoro si me respondes." No. Esto no es una transacción. Esto no es una fórmula. Dios no es un genio de la lámpara. Es el Rey del universo. Y nuestra relación con Él no se basa en condiciones. Se basa en convicción.
¡Confía aunque no lo haga! ¡Adora aunque no haya respuesta! ¡Póstrate aunque no haya milagro! Porque el milagro más grande no es que Dios cambie las circunstancias. Es que tú sigas confiando cuando todo parece perdido.
Y ahora sí, terminemos la historia... Cuando los tres jóvenes fueron sacados del horno, ni siquiera olían a humo. El fuego no los tocó. El lazo que los ataba fue lo único que se quemó. ¡Mira qué ironía! Dios no siempre evita el horno, pero usa el fuego para romper cadenas. Y el rey que había amenazado con matar a todo aquel que no se inclinara... terminó alabando al Dios de Israel.
Porque alguien se animó a decir: "Aunque no lo haga, sigo confiando."
🎤 Ejemplo de Policarpo: “Firme hasta el fuego”
Casi 200 años antes de que Constantino legalizara el cristianismo, la fe ya era una sentencia de muerte.
Y uno de los más brillantes ejemplos de fidelidad se llamó Policarpo de Esmirna, discípulo del apóstol Juan.
Tenía 86 años cuando fue arrestado. No por robar. No por matar. Por hacer lo mismo que tú y yo hacemos hoy: confesar a Cristo como Señor.
Los soldados, al ver su edad, le dijeron: —“Solo di: ‘¡César es el Señor!’ y vivirás.” Y él respondió, con voz firme pero con ternura celestial: —“Durante 86 años le he servido, y Él nunca me ha hecho daño. ¿Cómo podría blasfemar contra mi Rey que me salvó?”
Entonces lo llevaron a la hoguera. Y cuando los verdugos se acercaron para clavarle las manos a la madera, él les dijo: —“Déjenme así. El que me da fuerza para soportar el fuego también me dará fuerza para quedarme quieto.”
Y el fuego fue encendido. Y los testigos dicen que no gritó, no renegó, no maldijo. Oraba. Porque su fe no dependía de ser librado del fuego. Su fe estaba en Aquel que ya lo había salvado del infierno eterno.
Como los tres hebreos, Policarpo enfrentó el horno. Y como ellos, prefirió arder antes que inclinarse.
Hoy es tu turno. Hoy Dios te llama a tener esa clase de fe. A construir sobre la roca. A dejar de condicionar tu relación con Él. A decirle: "No entiendo todo, pero confío en Ti. No veo salida, pero sigo creyendo.
Aunque no lo hagas, te sigo adorando." Porque el horno no es el final de la historia. Es el escenario donde Dios se manifiesta con más gloria.
Y como decía el autor de Hebreos: > "Pero nosotros no somos de los que retroceden para perdición, sino de los que tienen fe para preservación del alma." Aunque no lo haga... yo sigo confiando.
