El poder de la oración eficaz - Santiago 5:13-18

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Santiago 5:13–1813 ¿Está alguno entre vosotros afligido? Haga oración. ¿Está alguno alegre? Cante alabanzas. 14 ¿Está alguno enfermo entre vosotros? Llame a los ancianos de la iglesia, y oren por él, ungiéndole con aceite en el nombre del Señor. 15 Y la oración de fe salvará al enfermo, y el Señor lo levantará; y si hubiere cometido pecados, le serán perdonados. 16 Confesaos vuestras ofensas unos a otros, y orad unos por otros, para que seáis sanados. La oración eficaz del justo puede mucho. 17 Elías era hombre sujeto a pasiones semejantes a las nuestras, y oró fervientemente para que no lloviese, y no llovió sobre la tierra por tres años y seis meses. 18 Y otra vez oró, y el cielo dio lluvia, y la tierra produjo su fruto.
Este pasaje ha sido un campo de batalla para los intérpretes a través de los siglos, ya que varios grupos lo han usado como texto que prueba sus propias creencias.
Los católicos romanos encuentran en él apoyo bíblico para el sacramento de la extremaunción.
Los sanadores de fe de toda índole lo han usado para enseñar que a todos los cristianos enfermos se les garantiza la sanidad mediante la oración. Incluso otros ven en él un precedente para la unción con aceite de los enfermos.
El pasaje da lugar a varias preguntas de difícil interpretación.
¿Qué clase de sufrimiento tiene Santiago en mente en el versículo 13?
¿Qué tipo de enfermedad se presenta en el versículo 14?
¿Por qué son las oraciones de los ancianos diferentes de la de los demás creyentes (vv. 14-15)?
¿Qué es la unción con aceite descrita en el versículo 14?
¿Siempre sana al enfermo la oración de fe (v. 15)?
¿Cómo se relaciona la enfermedad con el pecado (v. 15)?
¿Qué tipo de sanidad se presenta en el versículo 16?
¿Por qué inserta Santiago una ilustración acerca de la lluvia (vv. 17-18) en medio de un análisis de la sanidad?
La clave para responder estas preguntas e interpretar correctamente el pasaje radica en comprenderlo en su contexto. La Biblia NO es una colección fortuita de versículos que puedan interpretarse aisladamente. A fin de entender debidamente cualquier pasaje, se debe interpretar a la luz de los párrafos que lo anteceden y lo siguen, el capítulo o la sección en el que se encuentra y el libro que lo contiene.
El contexto proporciona la línea de pensamiento en la que cada pasaje dado de la Biblia existe. Pasar por alto el contexto es sacrificar una adecuada interpretación; se ha dicho muy bien que un texto sin contexto es un pretexto.
Por lo tanto, antes de tratar de interpretar este desafiante pasaje, es esencial y útil un repaso del contexto en el que se escribió.
Santiago escribió su epístola a los judíos creyentes que se habían visto obligados a huir de Palestina por la persecución mencionada en Hechos 8:1-4. En 1:1 se refirió a ellos como “las doce tribus que están en la dispersión”.
Siendo tanto judíos como cristianos, ellos enfrentaron la hostilidad de la cultura pagana en la que vivían.
Sabiendo eso, Santiago comenzó su epístola con una exhortación a soportar con paciencia las pruebas (1:2ss). En el capítulo 5 volvió a ese tema.
Los primeros seis versículos describieron la persecución que sus lectores pobres estaban sufriendo a manos de los ricos opresores, incluso hasta el punto de la muerte (v. 6).
Los versículos 7-11 piden soportar con paciencia las pruebas y las persecuciones (cp. el cap. 19 de este libro).
Santiago exhortó a los que estaban a punto de derrumbarse por el peso de su aflicción, que apuntalaran su corazón y perseveraran resueltamente y con determinación.
En vista del contexto total de la epístola, en particular el capítulo 5, no es sorprendente que Santiago mencione el sufrimiento en 5:13. El llama a todos los que están sufriendo la persecución analizada en 5:1-11 que oren, ya que la oración llega hasta la fuente de la paciencia espiritual.
Habría sido sorprendente si, en una carta a los cristianos perseguidos que sufrían, Santiago no hubiera mencionado la oración.
Un fuerte compromiso con la oración es un requisito previo para soportar con paciencia el sufrimiento y la aflicción.
De modo que el tema de los versículos 13-18 es la oración, que se menciona en cada uno de esos versículos. La exhortación de Santiago a la oración abarca la vida de oración de toda la iglesia.
A los creyentes se les llama a orar en el versículo 13,
a los ancianos en los versículos 14-15,
y a la congregación en el versículo 16.
Esta sección también refleja el cuidado pastoral compasivo de Jacobo por sus ovejas que sufren; su centro de atención está en las víctimas de la batalla espiritual, los perseguidos, débiles y derrotados creyentes.
Como ponen en claro el contexto y el contenido de esta sección, el tema NO es la enfermedad o la sanidad física. Más bien, su preocupación es con la sanidad de la debilidad espiritual, la fatiga espiritual, el agotamiento espiritual y la depresión espiritual, mediante la oración, así como tratar con el sufrimiento y el pecado que lo acompaña.
Sería incoherente insertar aquí un análisis acerca de la sanidad física. Nada en el contexto precedente y siguiente está preparando a los lectores de Santiago para eso.
Pero una sección acerca de cómo ayudar a las víctimas de la persecución mediante la oración encaja perfectamente en la línea de pensamiento de Santiago.
Santiago analiza específicamente la relación que tiene la oración con el consuelo, restauración, compañerismo y poder.
ORACIÓN Y CONSUELO
¿Está alguno entre vosotros afligido? Haga oración. ¿Está alguno alegre? Cante alabanzas. (5:13)
Los objetos del cuidado pastoral de Jacobo se identifican primero como los desanimados y afligidos creyentes. afligido viene de kakopatheō, la forma verbal del sustantivo traducido “aflicción”en el versículo 10.
Como se observa en el análisis de ese versículo en el capítulo 19 de este libro, la palabra se refiere a soportar maltratos de las personas, no enfermedades físicas (cp. sus otros únicos usos en el Nuevo Testamento en 2 Timoteo 2:9; 4:5).
Santiago NO se dirige a los que sufren de enfermedades físicas, sino a los que están siendo perseguidos, encarcelados y tratados inicuamente.
Como antídoto a su sufrimiento, Santiago los exhorta a que oren. Como se observó antes, la oración es indispensable para soportar la aflicción. Dios es la suprema fuente de consuelo, llevando al apóstol Pablo a describirlo como el “Padre de misericordias y Dios de toda consolación, el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones” (2 Co. 1:3-4).
De igual manera, Pedro escribió: “echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros” (1 P. 5:7).
Desde el estómago de un gran pez, Jonás, el profeta desobediente, oró: “Cuando mi alma desfallecía en mí, me acordé de Jehová, y mi oración llegó hasta ti en tu santo templo” (Jon. 2:7).
El tiempo presente del verbo traducido haga oración sugiere una súplica continua a Dios en oración; pudiera traducirse “que permanezcan en oración”.
Cuando la vida es difícil, cuando los creyentes estamos débiles en la fe, abrumados por la persecución y aplastados por la aflicción, debemos rogar continuamente a Dios para que nos consuele. Esa es una verdad espiritual fundamental, pero a veces olvidada.
Como dice el conocido himno “Oh, qué amigo nos es Cristo”: ¡Oh, qué amigo nos es Cristo! Él llevó nuestro dolor, y nos manda que llevemos todo a Dios en oración. ¿Vive el hombre desprovisto de paz, gozo y santo amor? Esto es porque no llevamos, todo a Dios en oración. ¿Vives débil y cargado de cuidados y temor? A Jesús, refugio eterno, dile todo en oración.
Los que logran mantener una actitud alegre en su sufrimiento, deben cantar alabanzas.
Alegre viene de euthumeō y describe a los que están bien en espíritu, o que tienen una actitud alegre; no los que están físicamente bien.
El que sufre y el que está contento, el de espíritu herido y quebrantado y el de espíritu pleno y gozoso, ambos deben orar.
Uno para rogar a Dios por consuelo, el otro para cantar alabanzas a Dios por el consuelo que han recibido.
Psallō (cante alabanzas) es la forma verbal del cual se deriva el sustantivo traducido “salmo” (cp. Hch. 13:33; 1 Co. 14:26; Ef. 5:19).
La Alabanza y oración están estrechamente relacionadas; la alabanza es, de hecho, una forma de orar (Fil. 4:6; Col. 4:2). Ambas son esenciales para la fortaleza espiritual de los que padecen persecución.
ORACIÓN Y RESTAURACIÓN
¿Está alguno enfermo entre vosotros? Llame a los ancianos de la iglesia, y oren por él, ungiéndole con aceite en el nombre del Señor. Y la oración de fe salvará al enfermo, y el Señor lo levantará; y si hubiere cometido pecados, le serán perdonados. (5:14-15)
He aquí la parte peor interpretada y más debatida de este pasaje.
A primera vista parece estar enseñando que los creyentes enfermos pueden esperar la sanidad física mediante las oraciones de los ancianos.
Pero tal interpretación NO tiene armonía con el contexto.
Y como se observó en el punto anterior, el sufrimiento que Santiago tiene en mente es el maltrato, no la enfermedad física.
Es cierto que, además de aparecer en este versículo, astheneō se traduce enfermo unas dieciocho veces en el Nuevo Testamento (p. ej. Mt. 10:8; 25:36, 39; Mr. 6:56; Lc. 4:40; Jn. 4:46; Hch. 9:37).
Pero también se emplea unas catorce veces para referirse a debilidad emocional o espiritual (Hch. 20:35; Ro. 4:19; 8:3; 14:1-2; 1 Co. 8:11-12; 2 Co. 11:21, 29; 12:10; 13:3-4, 9).
De manera significativa en todas menos en tres (Fil. 2:26-27; 2 Ti. 4:20) de las ocurrencias de astheneō en las epístolas no se refiere a enfermedad física.
El empleo de Pablo de astheneō en 2 Corintios 12:10 es digno de notar, ya que allí describe debilidad producida por los sufrimientos de la vida, en un contexto similar al de su uso en el versículo que estamos analizando.
El traducir aquí astheneō “enfermo”, en armonía con su uso predominante en las epístolas, nos permite considerar este versículo desde otro punto de vista. Santiago va más allá del sufrimiento de los creyentes del punto anterior, a referirse específicamente a aquellos que se han debilitado por tal sufrimiento. Los débiles son los que han sufrido derrota en la batalla espiritual, los que han perdido la capacidad de soportar su sufrimiento.
Son los guerreros espirituales caídos, los cristianos exhaustos, agotados, deprimidos y derrotados. Han tratado de recurrir al poder de Dios mediante la oración, pero han perdido la motivación, cayendo incluso en actitudes pecaminosas.
Estando en tan lamentable condición, no pueden orar eficazmente por sí mismos. En tal condición, el débil espiritualmente necesita la ayuda de los espiritualmente más fuertes (cp. 1 Ts. 5:14). Dice Santiago que esa ayuda debe hallarse en los ancianos de la iglesia. Ellos son los espiritualmente fuertes, los espiritualmente maduros, los espiritualmente victoriosos. Los creyentes débiles y derrotados deben ir a ellos y servirse de su poder.
Deben llamar (de proskaleō, “llamar al lado de”) a los ancianos para que vayan y los levanten. Es el mismo pensamiento que el apóstol Pablo expresó en Gálatas 6:1: “Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre”.
Las ovejas cansadas, lastimadas y quebrantadas, deben ir a los pastores, quienes intercederán por ellas y pedirán a Dios nuevas fuerzas espirituales para ellas.
Este es un importante y muy descuidado ministerio de los pastores y los ancianos de la iglesia.
Los apóstoles reconocieron su prioridad cuando dijeron: “Nosotros persistiremos en la oración y en el ministerio de la palabra” (Hch. 6:4).
Pero en la iglesia actual, se entrega a los creyentes débiles y en luchas a los así llamados expertos consejeros profesionales, los que muchas veces tienen poco poder en la oración.
Los que han sufrido derrotas espirituales, no necesitan escuchar palabras de sabiduría humana; necesitan ser fortalecidos por el poder de Dios mediante las oraciones de sus líderes.
El [ungir] con aceite en el nombre del Señor, hecho por los ancianos, no es una alusión a alguna ceremonia pública. Aleiphō (la raíz del verbo traducido ungir) no se emplea en el Nuevo Testamento para referirse a una unción ceremonial.
El erudito griego A. T. Robertson comenta: “No es en modo alguno cierto que aquí aleiphō signifique ‘ungir’ de un modo ceremonial en vez de ‘frotar’ como por lo general se hace en tratamientos médicos” (Word Pictures in the New Testament [Las ilustraciones verbales en el Nuevo Testamento] [reimpreso, 1933; Grand Rapids: Baker, s.f.], 6:65). Richard C. Trench asiente: “[aleiphō] es la palabra mundana y profana, [chriō] la sagrada y religiosa” (Sinónimos del Nuevo Testamento [Grand Rapids: Eerdmans, 1983], 136-37).
Aleiphō en el Nuevo Testamento describe la unción de la cabeza con aceite (Mt. 6:17; cp. Lc. 7:46), la unción por las mujeres del cuerpo de Jesús (Mr. 16:1), la unción por parte de María de los pies del Señor (Jn. 11:2; 12:3), y la unción de los enfermos con aceite (Mr. 6:13).
Tal vez la mejor manera de traducir la frase sería “frotándole con aceite en el nombre del Señor”; literalmente dice “después de haberle ungido con aceite”. Bien pudiera haber sido que los ancianos literalmente frotaban aceite en los creyentes que habían sufrido lesiones físicas, producto de la persecución (cp. Lc. 10:34).
La ciencia médica estaba con certeza en un estado primitivo y había pocos médicos confiables. Habría sido un acto amable y bondadoso, de parte de los ancianos, frotar aceite en las heridas de los que habían sido golpeados o en los adoloridos músculos de los que tenían que trabajar muchas horas bajo un rudo trato.
Metafóricamente, el ungir con aceite por parte de los ancianos a los creyentes débiles y abatidos, expresa la responsabilidad que tienen los ancianos de estimular, animar, fortalecer y renovar (cp. Lc. 7:46) a estas personas.
Hablando de Israel, escribió Isaías: “Desde la planta del pie hasta la cabeza no hay en él cosa sana, sino herida, hinchazón y podrida llaga; no están curadas, ni vendadas, ni suavizadas con aceite” (Is. 1:6).
Al carecer de guías espirituales, a las personas de la nación no se les habían tratado las heridas espirituales.
David expresó la restauración espiritual compasiva de parte de Dios con estas conocidas palabras: “Unges mi cabeza con aceite” (Sal. 23:5).
El ministerio de intercesión y restauración de los ancianos debe hacerse en el nombre del Señor. Cualquier consuelo verdaderamente bíblico tiene que ser compatible con quién es Dios (que es lo que su nombre representa).
Hacer algo en el nombre de Cristo es hacer lo que Él habría hecho en esa situación. Orar en el nombre de Cristo es pedir lo que Él desearía. Ministrar en el nombre de Cristo es servir a otros en nombre de Él (cp. Jn. 14:13-14).
El bendito resultado del consuelo y del ministerio de intercesión de los ancianos es que su oración de fe salvará al enfermo.
Este es otro caso en que enfermo pudiera confundir, y no es la mejor traducción de kamnō, que en su único otro empleo en el Nuevo Testamento (He. 12:3) es evidente que NO se refiere a una enfermedad física.
Como se ha observado, aquí Santiago se refiere a una restauración espiritual de los creyentes débiles y abatidos.
Ni tampoco sōzō (salvará) necesariamente se refiere a la sanidad física; por lo general se traduce “salvar”en el Nuevo Testamento.
Aquí la idea es que las oraciones de los ancianos librarán a estos creyentes de su debilidad espiritual y los restaurará a una plenitud espiritual.
Estas oraciones, por supuesto, no son sino un canal para el poder de Dios; es el Señor quien levanta al débil.
Egeirō (levantará) puede significar también “despertar”. Mediante la oración eficaz de los hombres santos, Dios restaurará su maltratado entusiasmo.
La observación de Santiago, de que si uno de los creyentes espiritualmente débiles ha cometido pecados, le serán perdonados, proporciona evidencia adicional de que este pasaje no se refiere a la sanidad física.
En ninguna parte la Biblia enseña que todas las enfermedades sean resultado directo de los pecados de la persona. Sin embargo, la derrota espiritual es a menudo la causa y el resultado del pecado.
Cuando esa es la cuestión, el antídoto es confesar esos pecados a Dios y obtener su perdón. “Mi pecado te declaré”, escribió David, “y no encubrí mi iniquidad. Dije: Confesaré mis transgresiones a Jehová; y tú perdonaste la maldad de mi pecado” (Sal. 32:5).
Salomón, hijo de David, se hizo eco de esta alentadora verdad: “El que encubre sus pecados no prosperará; mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia” (Pr. 28:13).
En las conocidas palabras de 1 Juan 1:9: “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad”.
Si el pecado ha contribuido a la debilidad espiritual de ese creyente, o es el resultado de ella, ese pecado le será perdonado cuando él clame a Dios en busca de perdón. Los ancianos pueden animarlo a confesar, ayudarlo a distinguir sus pecados y unir sus oraciones por el perdón de los mismos. Ese es un elemento esencial de su ministerio de restauración.
ORACIÓN Y COMPAÑERISMO
Confesaos vuestras ofensas unos a otros, y orad unos por otros, para que seáis sanados. (5:16a)
Cambiando su atención de los pecados de esos creyentes derrotados en batallas espirituales, Santiago se dirige a la congregación en su totalidad, exhortando a los creyentes a que confiesen sus ofensas unos a otros y a que no esperen hasta que esos pecados los arrastren a las profundidades de una derrota espiritual completa.
El escritor inspirado estaba muy consciente de que el pecado es más peligroso para un cristiano aislado.
El pecado busca permanecer en secreto, pero Dios quiere que sea descubierto y que se trate con él en el amoroso compañerismo de otros creyentes. Por lo tanto, Santiago pide sinceridad recíproca y confesión recíproca al orar los creyentes unos por otros.
Mantener relaciones abiertas, de confianza y de oración con otros cristianos, librará a los creyentes de descender en su vida espiritual.
Tal relación ayuda a dar la fortaleza espiritual que proporciona victoria sobre el pecado. Y también proporciona una presión santa para confesar y abandonar pecados, antes de que estos aplasten hasta el punto de una derrota espiritual total.
El propósito de la oración recíproca que Santiago pide, es que los creyentes sean sanados. Iaomai (sanados) no se refiere necesariamente a la sanidad física.
En Mateo 13:15 simbolizaba la negativa de Dios a perdonar los pecados de Israel (cp. Jn. 12:40; Hch. 28:27).
El escritor de Hebreos también la empleó en forma metafórica para referirse a la restauración espiritual (He. 12:12-13),
mientras que Pedro la empleó para describir la sanidad del pecado que Cristo compró para los creyentes en la cruz (1 P. 2:24).
Santiago la emplea para referirse al perdón de Dios, que restaura espiritualmente al creyente que se arrepiente.
ORACIÓN Y PODER
La oración eficaz del justo puede mucho. Elías era hombre sujeto a pasiones semejantes a las nuestras, y oró fervientemente para que no lloviese, y no llovió sobre la tierra por tres años y seis meses. Y otra vez oró, y el cielo dio lluvia, y la tierra produjo su fruto. (5:16b-18)
Como para alentar, tanto a los ancianos como a los cristianos, a esa clase de intercesión por los débiles espirituales, Santiago les recuerda que tal oración es eficaz.
Eficaz traduce energeō, del que se deriva nuestra palabra castellana “energía”. La oración del justo (cp. 4:3; Sal. 66:18; Pr. 15:8; 28:9), subraya Santiago, puede mucho (literalmente “es muy poderosa”).
Las oraciones débiles provienen de personas débiles; las oraciones poderosas, de personas poderosas. Las oraciones “con energía”de un hombre justo, son una poderosa fuerza para invocar el poder de Dios para restaurar al creyente débil a una saludable vida espiritual.
A fin de mostrar el poder de la oración eficaz y presentar una ilustración que capte la esencia de su análisis, Santiago se refiere a una de las figuras más populares del Antiguo Testamento. Les recuerda a sus lectores que Elías, aunque profeta y hombre de Dios, era un hombre sujeto a pasiones semejantes a las nuestras.
La Biblia menciona que tuvo hambre (1 R. 17:11), sintió miedo (1 R. 19:3) y que se deprimió (1 R. 19:3, 9-14). Pero cuando oró fervientemente (lit. “oró con oración”), sucedieron cosas increíbles: No llovió sobre la tierra por tres años y seis meses. Y otra vez oró, y el cielo dio lluvia, y la tierra produjo su fruto.
Las oraciones de Elías crearon y terminaron una devastadora sequía de tres años y medio (cp. Lc. 4:25). Aunque 1 Reyes 17 menciona la sequía, solo Santiago ofrece su duración y la vincula a las oraciones de Elías.
La historia de Elías y la sequía, sería sin duda una ilustración extraña, si Santiago hubiera presentado la enfermedad y la sanidad física en todo este pasaje. Sin duda hay muchísimos ejemplos bíblicos de sanidad que pudo haber empleado.
Pero la figura de la lluvia cayendo torrencialmente sobre el sediento suelo, ilustra perfectamente el derramamiento de las bendiciones espirituales de Dios sobre las almas sedientas y secas de los debilitados creyentes.
Y Él hace ambas cosas en respuesta a la oración eficaz de los creyentes. El significado y aplicación de este urgente llamado a la oración intercesora de parte de los ancianos a favor de los creyentes débiles, se ha puesto de manifiesto repetidamente en mi ministerio a través de los años, con grandes bendiciones.
Los ancianos de nuestra iglesia están disponibles para la congregación cada domingo, en la mañana y en la tarde, antes y después de los cultos, así como en cualquier momento en el que sean necesarios, para reunirse con los débiles y lastimados y orar por fortaleza para ellos.
Una de las experiencias más memorables de este ministerio ocurrió cuando un estudiante fue a verme. Había estado estudiando para el ministerio, venía de una buena familia cristiana, era un buen estudiante y tenía todas las características para el liderazgo y el servicio eficaz al Señor. Pero había perdido muchas veces la batalla con repetidas tentaciones y había sufrido algún rechazo y críticas injustas. Se sentía vencido.
Me confesó que había pedido el deseo de leer las Escrituras y que no se sentía motivado a orar.
Por último, me buscó para que orara con y por él, para que a través de mis oraciones Dios pudiera concederle el poder y la victoria que anhelaba, pero que no tenía fuerzas para buscar.
Le pedí que se arrodillara junto a mí, usando dos sillas. Jamás olvidaré lo que hizo. Mientras me arrodillaba, con mis manos y cabeza hacia abajo en la silla, él se colocó, no en su silla, sino sobre mi espalda, colocando todo su peso sobre mí. Este era un gesto de humildad, mostrando la dependencia que estaba poniendo en mí para que fuera su fortaleza.
A la oración llorosa y a la confesión siguió un gran gozo, cuando el Señor escuchó mi oración y en los días posteriores él dio testimonio de la gracia que lo fortaleció. Terminó su curso noblemente y siguió sirviendo al Señor.
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