Vístete del evangelio
Completos en él • Sermon • Submitted • Presented
0 ratings
· 63 viewsLa vida cristiana no se trata de esforzarte para pertenecer, sino de recordar que ya perteneces a Cristo… y vivir como alguien vestido, perdonado y guiado por su paz.
Notes
Transcript
Handout
INTRODUCCIÓN
INTRODUCCIÓN
Hermanos,
¿se han dado cuenta de cómo la ropa que usamos dice mucho de nosotros?
Un uniforme médico comunica que alguien está capacitado para cuidar. Un traje puede decir que alguien va a algo formal. Y un pants con gorra puede gritar con toda autoridad: “Hoy no cuenten conmigo, estoy en modo descanso, y si me hablan… los bloqueo mentalmente”.
Ahora, imagina que ves a alguien con uniforme de bombero… casco, botas, todo el flow heroico… y está ahí, sentado viendo Netflix, comiendo papitas, viendo una serie de incendios... pero desde el sillón.
Tú dirías:
—“Oye, bro, ponte a hacer lo que tu ropa dice que eres. No estás vestido para ver llamas en la pantalla, sino para apagarlas en la vida real.”
¿Ves la desconexión?
Está vestido como si perteneciera a una realidad que no está viviendo.
Y lo peor no es eso… lo peor es que se acostumbró. Ya ni se siente raro con ese desajuste. El uniforme se volvió pijama. Y la vocación, decoración.
Y la razón por la que traigo esto es porque eso mismo nos pasa a muchos cristianos.
Nos pusieron la túnica del evangelio, nos vistieron de Cristo… y estamos actuando como si siguiéramos con la ropa vieja, llena de orgullo, de ansiedad, de control, de envidia, de autosuficiencia disfrazada de “yo estoy bien, gracias”.
Cristianos con el nombre, con la Biblia, con la playlist de adoración en Spotify, pero viviendo como si nunca hubieran sido rescatados.
Como si Cristo nos hubiera dado ropa nueva para colgarla en el clóset… no para vivir con ella puesta.
En Colosenses 3, Pablo nos está diciendo:
“Si ya perteneces a Cristo… si ya fuiste amado, escogido, perdonado… entonces vístete como tal. Vive como alguien que ya ha sido cambiado por el evangelio.”
Pero ojo, porque aquí es donde el evangelio rompe nuestros esquemas:
Pablo no empieza con:
—“¡Haz esto! ¡Cambia ya! ¡Componte, cristiano carnal!”
Empieza con:
—“Recuerda quién ya eres.”
Porque la vida cristiana no se trata de esforzarte para pertenecer.
No es un casting para ver si das el ancho espiritual.
Es recordar que ya perteneces a Cristo, no por mérito, sino por gracia.
Y vivir como alguien vestido, perdonado y guiado por su paz.
Pero aquí está el problema: muchos de nosotros seguimos actuando como si estuviéramos en periodo de prueba.
Como si Dios nos hubiera dicho: “Te doy chance, pero no me falles porque te saco del equipo”.
Y entonces respondemos al evangelio como el empleado nuevo que dice:
—“Sí Señor, voy a darlo todo, no te voy a fallar…”
y a la primera caída, pensamos que Dios ya nos quiere despedir.
Pero no, hermanos.
Pablo no te está diciendo: “¡Vístete bien a ver si entras!”
Te está diciendo:
“Ya eres de la familia… vive como alguien que fue adoptado por amor, no por desempeño.”
El problema es que se nos olvida.
Nos vestimos con las emociones, con las heridas, con el ego, con la comparación… y salimos al mundo vestidos de ansiedad con toques de orgullo, y ni cuenta nos damos.
Por eso, hoy el evangelio no viene a darte ropa nueva solamente…
viene a recordarte que ya te la dieron…
y que hay que ponérsela.
Entonces, si ya hemos sido vestidos por Cristo… la pregunta es: ¿cómo se ve una vida que realmente se viste del evangelio?
1. Vistiendonos de Cristo
1. Vistiendonos de Cristo
Mira cómo empieza Pablo en Colosenses 3:12:
12 Entonces, ustedes como escogidos de Dios, santos y amados, revístanse de tierna compasión, bondad, humildad, mansedumbre y paciencia;
Dice ahí:
“Vestíos, pues, como escogidos de Dios…”
Ubícate: ¡vístete de esto!
Y para vestirte, es una invitación.
Vístete. Sumérgete en esto.
Escogido de Dios.
Subraya esa palabra: escogido.
Y anota junto a ella esta palabra: “seleccionado.”
Pero ojo: la palabra "escogido", a diferencia de como tú y yo la entendemos, no es como en la primaria.
No es como en esa onda de la reta, cuando están todos parados en la cancha:
—“A ver, gallo, gallina…” (bueno, ya ni sé qué hacen ahora, pero entiendes la idea).
—“Tú para acá… tú también… y…”
Hasta que queda el último: el gordito chaparrito tronco que nunca en su vida ha pateado una pelota.
Y los demás dicen:
—“¿Quién queda?”
—“Pues… ya nomás queda este…”
—“Bueno… gordo, vente tú para acá. Párate allá en la esquina… donde no estorbes tanto.”
Escúchame:
¡Así no te escogió Dios!
Cuando Pablo dice “escogidos de Dios”, está diciendo esto:
De todas las opciones que tenía delante, Dios dijo: “Yo te quiero a ti.”
Ahora, permíteme explicarte lo absurdo de eso.
Porque tú y yo somos ese gordito en la cancha.
El Capitán —Cristo— está viendo a todos.
Jugadores fuertes, veloces, buenos…
Y de repente te mira a ti y dice:
—“Tú. Yo te quiero a ti.”
Y tú, con toda inseguridad, respondes:
—“No, no, no, no… a mí no. Mira, este juega mejor. Este sí es más cristiano. Este sí te conviene.
La neta… yo no te convengo, Señor.
Te voy a quedar mal.
Te voy a prometer y te voy a fallar.
Voy a decir que ya aprendí la lección y… voy a volver a tropezar.”
Y el Capitán dice:
—“Sí. Lo sé. Y por eso te quiero a ti.”
Y eso, mi rey, te tiene que volar la cabeza.
Porque la diferencia no está en ti…
Está en Él.
En que absurdamente, escandalosamente, elige a los que nadie más escogería.
Y eso —cuando lo crees— cambia la forma en que te vistes cada mañana.
Dejame te doy un ejemplo: El capitán que está escogiendo se llama Leonel Messi.
De modo que Messi te está diciendo:
"Yo te quiero a ti, gordito, tronco, chaparrito, que tienes piernas como las del perrito de los Hush Puppies. Ven, yo te quiero a ti."
Ya lo exageré, ¿verdad? Pero así lo vino este:
"Yo te quiero a ti."
Y tú dices:
—"Pero es que no te convengo…"
Pero el capitán es Messi, hijo.
¡El capitán es Messi!
Por lo tanto, no es muy difícil la ecuación, ¿verdad?
¿Tu chamba cuál es?
Echarle porras a Messi.
Tú… tú… sí, solo hazlo.
Y si por error escuchas esto…
Si por error te llega una pelota a los pies, hijo, la instrucción es sencilla. ¿Cuál es?
¡Échasela!
Es casi decir:
"¿Sabes qué, Señor? Tú dale. Mi vida… solo tú dale."
Y de repente algo me llega a mí.
Alguien me pega.
Alguien me lastima.
Alguien me ofende.
Alguien me defrauda…
Y entonces digo:
"Señor, ten. Tú dale. Tú dale."
Porque lo único que quiero, Señor, es verte jugar.
Eso es lo único que quiero.
Y si me llamaste de la tribuna y me escogiste para estar en tu equipo…
¡Cuán tremendo deleite es verte jugar de cerca a Dios!
Yo solo quiero verte ganar a ti, Señor. Así que… tú dale.
Señor, me he visto como escogido tuyo.
Tú dale. Tú, tú, tú dale, Señor.
He echado mi ansiedad sobre ti, porque tú tienes cuidado de mí.
¿Cuántas veces hemos pecado contra eso?
Viene una ansiedad...
La palabra ansiedad se traduce como distracción.
Y en vez de echarla a Dios… teóricamente la echamos, pero funcionalmente…
¿Qué pasa?
Nos roba el sueño.
Nos produce estrés.
Nos hace responder feo a nuestra familia. ¿Sí o no?
Y estoy hablando de cristianos de años…
Que hasta puedes tener la cancioncita aquí, ¿eh?
Y te la repites:
"Fija tus ojos en Cristo",
le predicas a tu alma:
"Lleno de gracia y amor…"
Y por acá estás diciendo:
—"Pero es que… ¿cómo voy a sacar esto? ¿Cómo? ¿Cómo se atrevió a hacerme eso?"
Vístete como escogido de Dios.
Santo, apartado para Él.
Que mas dice:
Amado.
Dios te ama con entrañable misericordia.
Ver a las personas con la compasión con la que Dios las ve… eso es benignidad.
El término más gráfico para explicarlo es un tumor. Por ejemplo, un tumor benigno es incapaz de hacer daño. Está, convive, pero no destruye.
Un tumor maligno, en cambio, infecta, destruye, mata.
Benignidad es esto: ser incapaz de hacer daño.
De humildad.
De mansedumbre.
La mansedumbre es la capacidad de soportar alegremente. Ojo, ¿eh? Porque todos aquí tenemos que empezar a soportar... pero no todos lo hacemos alegremente.
De paciencia.
Ahora, no sé tú, pero el versículo 12 de Colosenses 3 es… horrible.
Horrible en el sentido de que, si este es el patrón, creo que no soy ni cristiano.
¿No te pasa?
Pero no te encanta que cada uno de esos atributos tiene un nombre… y se llama Jesús.
Sí.
Cacha lo que está diciendo Colosenses 3:12:
"Vístanse…" ¿De quién?
De Jesús.
Vístete de Jesús.
Entonces, lo que sigue en la lista —compasión, bondad, humildad, mansedumbre, paciencia— no es una lista de requisitos para ver si calificas. Es una foto familiar. Es como se ve Dios. Es como es Cristo. Es lo que el Espíritu quiere formar en ti.
Así que cuando Pablo dice: “Revístanse de tierna compasión”, no está hablando de un “ay pobrecito” superficial.
En el griego, esa palabra es literal: compasión que nace desde las entrañas.
Es lo que sientes cuando ves a alguien que amas sufrir y se te revuelve todo por dentro. Es la compasión que Jesús sintió por las multitudes que andaban como ovejas sin pastor (Mateo 9:36).
36Y viendo las multitudes, tuvo compasión de ellas, porque estaban angustiadas y abatidas como ovejas que no tienen pastor.
Es el amor visceral de Dios por su pueblo:
“¿No es Efraín mi hijo amado?... por eso mis entrañas se conmueven por él” (Jeremías 31:20).
Y esa compasión no se queda en sentir, se traduce en actuar. Va de la mano con la bondad.
Porque no basta con tener un buen corazón, si nuestras manos no se mueven para servir. Ser bondadosos es hacer el bien, aunque nadie lo vea, aunque no recibas nada a cambio.
Es ser como el buen samaritano. Es ser como Cristo.
Después viene la humildad. Pero no esa humildad falsa que suena a “yo soy un don nadie” esperando que alguien diga “¡no digas eso, tú eres increíble!”. No.
Pablo habla de una humildad verdadera, que nace cuando entiendes que todo lo que tienes lo recibiste.
Cuando sabes que no eres mejor que nadie porque fuiste salvado por pura gracia. Y eso, créeme, mata cualquier orgullo.
¿De qué te vas a jactar si ni tu fe es tuya?
Y esa humildad se ve en la mansedumbre: esa capacidad de no explotar cuando te provocan, de responder con calma aunque te hayan herido. No es debilidad, es fuerza bajo control.
Es Moisés aguantando a un pueblo difícil.
Es Jesús callando mientras lo escupían.
Es el Espíritu en ti dándote dominio propio cuando todo en ti quiere gritar.
Y todo eso se corona con la paciencia. Y no cualquier paciencia. La palabra que usa Pablo se puede traducir como “longanimidad”, o sea, una capacidad de aguantar largo sin tirar la toalla.
Es amar sin reloj.
Es esperar sin endurecerse.
Es seguir creyendo que Dios todavía no ha terminado con esa persona que te desespera.
¿Te das cuenta?
Pablo no está diciendo: “Pórtate bonito para que Dios te quiera”. Está diciendo: “Vístete como alguien que ya es amado”. Porque estas virtudes no son solo buenas ideas morales… ¡son el carácter de Cristo! Él fue compasivo contigo. Bondadoso contigo. Humilde contigo. Manso contigo. Paciente contigo.
...Así que cuando Pablo dice: “Revístanse”, está diciendo: “Ponte a Cristo”. Ponte a Cristo en tu forma de mirar, de tratar, de perdonar. Que la gente vea tu ropa nueva y diga: “Ese camina con Jesús”.
Pero ojo, porque Pablo no se queda en cómo se ve ese nuevo tú cuando estás solo.
Él no te está vistiendo para que te vayas a vivir en una cabaña lejos del mundo. Dios te ha puesto en Santa María, en ese trabajo, en ese hogar, en esa familia, con esos hijos, con esos compañeros, en esa circunstancia PARA QUE ESTAS SEAN INTRUMENTO DE ÉL.
Te está vistiendo para vivir en comunidad. Para amar a gente real. Para caminar junto a otros pecadores en proceso como tú. Y eso, tarde o temprano, va a doler.
Porque no basta con vestirnos bien delante del espejo. Tenemos que aprender a vestirnos de Cristo cuando alguien nos falla. Y justo ahí es donde entra lo que Pablo dice después...
2. De perdon
2. De perdon
13 soportándose unos a otros y perdonándose unos a otros, si alguien tiene queja contra otro. Como Cristo los perdonó, así también háganlo ustedes. 14 Sobre todas estas cosas, vístanse de amor, que es el vínculo de la unidad.
Y el versículo 13 continúa:
"Soportándose unos a otros y perdonándose unos a otros."
Dos verbos relacionados: soportar y perdonar.
Soporten a los demás.
Perdónense entre ustedes.
Y luego agrega:
"Si alguno tiene queja contra otro…"
¿No te encanta eso?
No dice:
"Perdona si te piden perdón."
No.
Dice:
"Si tienes queja…"
Tú. Tú que tienes algo en contra de otro.
Tú eres el llamado a perdonar.
Pero esque tu no entiendes… mi hermano. Si en Cristo todo ayuda par bien eso quiere decir que Dios permite que pequen contra ti para darte oportunidad de mostrar que has aprendido a andar con Cristo. En este caso: a perdonar.
¿Cómo rayos te vestirías de Cristo si no lo necesitaras? Nuestra tendencia es acomodarnos, vestirnos con lo que nos place en vez de con Cristo.
Es como cuando tu mamá te decía: "Llévate suéter" y tú veías el solazo y decías: "Mi mamá está loca". Pero dos horas después, con frío, entendías.
Lo mismo pasa con las espinilleras: uno las odia hasta que te dan una buena patada. Entonces vas por unas que te cubran todo. ¿Por qué? Porque sabes que te van a dar.
¿Cómo vestirnos de Jesús, si no pasamos por heridas que nos recuerden que lo necesitamos?
Uno de sus atributos más gloriosos es que es un Dios perdonador. Colosenses 3:13 dice que debemos perdonar porque hemos sido perdonados por Dios.
Lucas 7:47 lo dice claro: "Al que poco se le perdona, poco ama". Pero si te han perdonado mucho, amas mucho.
Hace unos dias fui a comer con dos amigos. Todos comimos normal. Pero siempre hay un amigo que, con su "hambre ligerita", se pidió una doble y dos sencillas con papas. Solo para él.
Cuando ya habíamos terminado, él seguía comiendo, y andaba ofreciendo: "Pastor, coma papas. coma papas". Estaba tan lleno que daba con generosidad.
Cuando estás tan lleno del perdón de Dios, puedes dar sin escatimar. Porque, ¡qué diferencia hace si alguien te roba una papa cuando estás saturado de misericordia!
Y si sientes que se te acaba, recuerda esto: el Rey del universo inventó el refil. Cada mañana nuevas son sus misericordias. Se te acaba y vas al día siguiente: "Señor, necesito más..." y él te da.
¿Por qué nos cuesta tanto trabajo extender misericordia si hemos sido llenos de la de Dios?
Porque quitamos a Cristo de la ecuación. Queremos misericordia de Dios para nosotros, pero cuando alguien peca contra nosotros, decimos: "¡Quítate Dios, yo me desquito!"
Pero Jesús, desde la cruz, podría haber dicho: "¡Cómo se atreven a hacerme esto! ¡No saben quién soy! ¡Me las voy a cobrar!". Pero no lo hizo. Dijo: "Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen".
Fue necesario que lo aborrecieran sin causa, para que se cumpliera la Escritura (Juan 15:25).
Es necesario que gente que debería amarte te falle, para que se haga evidente que sigues a Jesús.
No te sorprendas por la prueba. La Biblia dice: "No os sorprendáis del fuego de la prueba como si algo extraño les sucediera".
¿Cómo escapar de la trampa de la amargura?
Mira a Jesús. Salmo 25:15: "
15 De continuo están mis ojos hacia el Señor, Porque Él sacará mis pies de la red.
Jesús no está diciéndote desde la cruz: "¡Cómo me haces esto! ¡Tú que dices que me amas!". No. Él te dice: Mírame.
Y me llevó a esa escena de la mujer sorprendida en adulterio. Merecía morir apedreada. Pero Jesús dijo: "El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra". Todos se fueron. Él le dijo: "Ni yo te condeno. Vete, y no peques más".
Si miras a Jesús, se vuelve imposible pecar con ligereza. Tienes que pasar por encima de la cruz para hacer tu santa (pero no tan santa) voluntad.
Dios no permite pruebas para destruirte. Las permite para invitarte a que lo veas. Puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe.
3. De paz
3. De paz
15 Que la paz de Cristo reine en sus corazones, a la cual en verdad fueron llamados en un solo cuerpo; y sean agradecidos.
Pablo ahora nos lleva directo al corazón de la vida cristiana en comunidad.
Porque ser parte del cuerpo de Cristo no solo significa soportarse, no solo significa perdonarse… también significa dejar que alguien más tome las decisiones internas cuando las emociones se desordenan.
Y ese alguien es la paz de Cristo.
La palabra que usa Pablo aquí —“gobierne”— viene del mundo de los deportes.
Es como si dijera: “Que la paz de Cristo sea el árbitro en tu corazón”.
O sea, cuando tu carne quiere reaccionar, cuando tu orgullo quiere defenderse, cuando la ofensa quiere tomar el control… no dejes que tus impulsos decidan. Deja que el árbitro hable.
Deja que la paz de Cristo levante la tarjeta y diga: “Eso no se juega aquí”.
Y, ojo, no estamos hablando de cualquier paz. No es la paz de “todo está bien” cuando nada está bien.
Es la paz que Jesús dejó con nosotros antes de ir a la cruz.
“La paz les dejo, mi paz les doy… no como el mundo la da” (Juan 14:27).
Es una paz comprada con sangre, confirmada por la resurrección, y sostenida por el Espíritu Santo.
No depende de que las cosas salgan bien. Depende de que Cristo reina.
Y esa paz no solo es vertical —entre tú y Dios—, también es horizontal, entre nosotros como iglesia. Por eso Pablo dice: “para la cual fuisteis llamados en un solo cuerpo”.
Dios no te salvó solo para que tengas paz en tu alma. Te salvó para que esa paz te una con otros que también fueron alcanzados por gracia.
Porque, seamos honestos: cuando hay conflicto en la iglesia, ¿quién toma la última palabra? ¿La persona más ruidosa? ¿El que se enoja más rápido? ¿El que gana la discusión?
Pablo dice: no. Que la paz de Cristo decida entre ustedes. Porque donde esa paz reina, hay unidad. Y donde esa paz se ignora, nace el conflicto.
Y entonces Pablo lanza una frase que parece decorativa, pero que es clave:
“Y sean agradecidos”.
Eso suena simple, pero es profundo. Porque la gratitud es el terreno donde florece la paz.
Un corazón que recuerda cuánta gracia ha recibido, no explota por tonterías. Un creyente que vive diciendo “¡gracias, Señor!” difícilmente va a estar diciendo “¡cómo me falló ese hermano!”.
PORQUE: Un corazón agradecido a Dios será siempre un corazón amable con los hombres.
CONCLUSIÓN.
CONCLUSIÓN.
Así que, iglesia, necesitamos cambiar de árbitro interior.
No puede seguir decidiendo tu enojo, ni tu trauma, ni tu orgullo. Tiene que decidir la cruz. Tiene que hablar la paz de Cristo.
Iglesia, esta semana te vas a vestir… sí o sí.
La pregunta es: ¿con qué?
¿Con el viejo tú que guarda rencor, que responde mal, que se deja llevar por la ansiedad, por la crítica, por el orgullo?
¿O con el nuevo tú que ya ha sido perdonado, amado y vestido por Jesús?
Mañana vas a levantarte, vas a salir a trabajar, vas a manejar con tráfico, vas a encontrarte con personas difíciles. Vas a tener que soportar. Vas a tener que perdonar. Vas a tener que decidir qué voz vas a escuchar cuando tus emociones se desborden.
Y ahí… justo ahí… te vas a acordar de este mensaje.
Y mi oración es que en ese momento digas:
“Señor, hoy quiero vestirme de ti. Hoy no quiero reaccionar como antes. Hoy quiero que mi vida diga que tú eres real”.
Así que, haz esto bien práctico:
¿Tienes que tener una conversación incómoda esta semana? Vístete de humildad.
¿Estás enojado con alguien de tu familia? Vístete de perdón.
¿Estás batallando con estrés o incertidumbre? Vístete de paz.
¿Te sientes tentado a compararte o competir? Vístete de gratitud.
Y si fallas, porque vas a fallar… no corras a esconderte. Corre a Jesús. Él no te regaña… te vuelve a vestir.
Cristo ya ganó tu lugar. Ya te escogió, ya te amó, ya te perdonó.
Así que sal de aquí no a ganarte nada, sino a vivir como alguien que ya lo tiene todo.
Vístete del evangelio… y deja que la gente vea a Cristo caminando en ti.
