Un lugar entre los vivos
Tiempo Común 2025 • Sermon • Submitted • Presented
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Navegaron hasta la región de los gerasenos, que está al otro lado del lago, frente a Galilea. Al desembarcar Jesús, un endemoniado que venía del pueblo salió a su encuentro. Hacía mucho tiempo que este hombre no se vestía; tampoco vivía en una casa, sino en los sepulcros. Cuando vio a Jesús, dio un grito y se arrojó a sus pies. Entonces exclamó con fuerza:
—¿Por qué te entrometes, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? ¡Te ruego que no me atormentes!
Es que Jesús había ordenado al espíritu maligno que saliera del hombre. Se había apoderado de él muchas veces y, aunque le sujetaban los pies y las manos con cadenas y lo mantenían bajo custodia, rompía las cadenas y el demonio lo arrastraba a lugares solitarios.
—¿Cómo te llamas? —le preguntó Jesús.
—Legión —respondió, ya que habían entrado en él muchos demonios.
Y estos suplicaban a Jesús que no los mandara al abismo. En una colina estaba alimentándose una manada de muchos cerdos. Entonces los demonios rogaron a Jesús que los dejara entrar en ellos. Así que él les dio permiso. Cuando los demonios salieron del hombre, entraron en los cerdos; entonces la manada se precipitó al lago por el despeñadero y se ahogó.
Al ver lo sucedido, los que cuidaban los cerdos huyeron y avisaron en el pueblo y por los campos, por lo que la gente salió a ver lo que había pasado. Llegaron adonde estaba Jesús y encontraron, sentado a sus pies, al hombre de quien habían salido los demonios. Cuando lo vieron vestido y en su sano juicio, tuvieron miedo. Los que habían presenciado estas cosas contaron a la gente cómo el endemoniado había sido sanado. Entonces toda la gente de la región de los gerasenos pidió a Jesús que se fuera de allí, porque les había entrado mucho miedo. Así que él subió a la barca para irse.
Ahora bien, el hombre de quien habían salido los demonios rogaba que le permitiera acompañarlo, pero Jesús lo despidió y dijo:
—Vuelve a tu casa y cuenta todo lo que Dios ha hecho por ti.
Así que el hombre se fue y proclamó por todo el pueblo lo mucho que Jesús había hecho por él.
Introducción
Introducción
Vivimos en un mundo donde estamos más conectados que nunca, pero paradójicamente muchas personas se sienten solas. La soledad ya no es solo estar físicamente aislado, sino sentirse invisible en medio de la multitud, sin un lugar al que pertenecer ni alguien que realmente nos escuche.
En una época donde las redes sociales muestran vidas perfectas y la información nos rodea, el vacío interior puede volverse más profundo. Muchos cargan con heridas profundas, miedos o dolores que no saben cómo compartir. Es como vivir en una tumba abierta, en un lugar oscuro donde el alma clama en silencio.
La vida sin Cristo, aunque parezca independiente, a menudo nos lleva a ese aislamiento: perdemos el sentido de quiénes somos y de dónde venimos, y nos quedamos sin comunidad, sin esperanza. Pero es en ese lugar oscuro y solitario donde Jesús decide entrar. Él no teme a nuestras tumbas ni a nuestros gritos. Él viene a rescatar, a sanar, a restaurar nuestra dignidad y nuestro lugar en la comunidad.
Hoy veremos cómo el encuentro con Jesús transforma la soledad en comunión, la locura en cordura, y la tumba en mesa compartida.
El relato que Lucas nos presenta se inscribe en una serie de milagros realizados por Jesús. En este contexto, Jesús acaba de calmar una tormenta (Lucas 8:22-25), demostrando su identidad y llamando la atención de los discípulos sobre la fe. Es importante señalar que Jesús no hace una reprensión a los discípulos en este evangelio sino que los interpela sobre su forma de vivir la fe, es una perspectiva diferente a la manera como se presenta en los evangelios de Mateo y Marcos.
Nuestra historia se centra en un hombre enfermo física, emocional y espiritualmente. Al otro lado del lago, después de calmar la tormenta y en un lugar donde Jesús es un forastero, Él demostrará la dimensión y el poder de la fe sanando, liberando y redignificando a este hombre, dándole un verdadero lugar entre los vivos. Aunque hay muchas verdades que podemos extraer de este texto, concentrémonos en tres ideas importantes del concepto de transformación en el encuentro con Jesús:
1. De la soledad a la comunión
1. De la soledad a la comunión
Una de las características de esta persona es que estaba solo, el texto indica que no vivía en casa sino en sepulcros. Esta persona se había desconectado de los suyos, de sus raíces y de su familia. Esta desconexión se puede comprender como un tipo de muerte considerando que el relato vincula inmediatamente su forma de vida con los sepulcros.
Como decíamos en nuestra introducción, estamos en un mundo donde hay mucha conectividad pero en el que abunda la soledad. Las personas se aíslan en sus dispositivos, cada dispositivo se convierte en un mundo individualizado que desconecta a la humanidad de la realidad contextual.
Pero hay otros tipos de aislamiento: la indiferencia, la falta de ternura y compasión, las adicciones, separan a las personas de sus familias y de si mismos. La soledad es una enfermedad que puede matar el alma. Si bien es cierto que necesitamos y tenemos tiempos de soledad que nos ayudan en el desarrollo de nuestra vida, una vida solitaria no es el propósito de Dios para nosotros. Recordemos que Dios es comunidad, nosotros somos hechos a su imagen y semejanza por lo que somos seres comunitarios.
Por otro lado, había un contexto que se acostumbró a ver a este hombre de esa manera y, en consecuencia, lo aislaban. La sociedad sigue siendo excluyente, los ojos de la compasión se han cegado y nos hemos olvidado de la humanidad compartida, sin embargo, Cristo aparece en la vida de este hombre para sanarlo y regresarlo a la comunidad. El encuentro con Jesús es un encuentro transformador.
¿Cómo era nuestra vida antes de conocer a Jesús? ¿Hemos sido transformados por Él? ¿Cómo lo evidenciamos?
El encuentro con Jesús rompe el cristal de nuestra soledad, toma la fragilidad de nuestra vida y nos restaura para que podamos estar en comunión con Dios y con nuestro prójimo. Como afirma la Breve Declaración de Fe de nuestra iglesia: “En vida y en muerte pertenecemos a Dios” (PCUSA, 1983). Esa pertenencia no es teórica, es restauradora: se hace real cuando Jesús nos saca de la tumba de la soledad y nos devuelve a la vida en comunión.
2. De la locura a la cordura
2. De la locura a la cordura
Imaginemos una persona que está desnuda y que vive en el cementerio, sin duda, es una persona que ha perdido el juicio. Esta es la otra faceta del ser solitario, pierde el juicio y la razón, no le importa cómo luce, dónde duerme o qué come. Es el resultado del aislamiento, él vivía solo, con sus demonios, pero solo.
La imagen de la locura en esta persona nos puede hacer entender por qué Lucas deja vacíos en la lectura: habla de un demonio en algunos momentos pero en otros de muchos espíritus. La locura está representada en esa legión, una comunidad de demonios que vivían con él y le dominaban siempre hacia lugares solitarios, la pérdida de la razón y del juicio lo hacían esclavo.
Durante este año, el evangelio de Lucas nos ha dejado ver que Jesús ha venido para sanar y liberar, y es justamente lo que hace con esta persona: la sana y la libera. Los demonios, sus enfermedades, tienen que salir. Los discípulos se habían preguntado ¿Quién es este hombre que aún los vientos y el mar le obedecen? (Lucas 8:25) y ahora comprenderán que no solo el viento y el mar le obedecen sino que incluso las fuerzas del mal le reconocen y se sujetan a él.
Jesús al sanar a esta persona le devuelve el juicio y lo hace su discípulo, aquel que se sienta a sus pies (Lucas 8:35). De la misma forma, Dios quiere sanar nuestra locura, la insistencia de querer estar solos, aislados y por fuera de la familia, de la comunidad. incluso del tejido social y político que nos sostiene. Venimos a este templo para adorar y parte de la adoración es reconocer a Cristo, aprender de su Palabra y caminar conforme a ella.
Dios quiere devolvernos la cordura, una cordura que se fundamenta en el plan original de Dios, basada en el amor, la compasión y la comunión. Es una cordura en la que reconocemos a Dios como fuente principal de todas las cosas. Una cordura que Pablo comprende como locura para aquellos que no conocen a Cristo y que se refleja en este texto. La gente pidió a Jesús que se fuera porque no podían comprender que un hombre enfermo y sin juicio ahora estuviera regenerado y en sus cabales.
Es importante reconocer el poder transformador de Dios en nosotros y en los otros, Dios está actuando para que cada uno de nosotros se parezca más a Cristo y, en consecuencia, debemos admitir que Dios está actuando en nuestra comunidad.
3. De la tumba a la mesa compartida
3. De la tumba a la mesa compartida
Finalmente, la experiencia del encuentro con Jesús comisiona a esta persona para llevar el mensaje de aquel que lo ha sacado del sepulcro y le ha dado el regalo de una nueva vida. Las personas incrédulas llenas de temor ahora serían el foco de atención de esta persona regenerada quien con su testimonio llevaría el mensaje de Jesús a la humanidad.
«Vuelve a casa y cuenta lo que Dios ha hecho por ti» es lo que le dice Jesús cuando el hombre le rogaba que le permitiera acompañarlo. Con la instrucción de volver a casa Jesús está abriendo un espacio para la reconciliación, siempre hay oportunidad de reconciliación con los nuestros, de volver a mirar a los ojos a nuestros familiares y abrazarlos, perdonar y pedir perdón.
Este hombre volverá a su casa a compartir la mesa y el techo brindando alegría a su familia, pero en el camino se fue proclamando lo que Dios había hecho. Este hombre ahora comprendía su realidad y había aprendido a tener amor propio y autocompasión.
¿Cómo compartimos nuestra fe con otras personas? Afuera de nuestro templo hay un pueblo incrédulo y lleno de miedo, un pueblo que no quiere escuchar la voz de Dios pero que tiene hambre y sed de justicia y que necesita escuchar al Señor y su mensaje de esperanza.
Somos nosotros, personas transformadas y convencidas del poder de Dios quienes podemos contar lo que Dios está haciendo.
Conclusión
Conclusión
Dios está transformando vidas. Cuando nos encontramos con Cristo podemos comprender la dimensión de su poder, Él está transformando nuestra vida y seguirá haciéndolo porque Su amor sigue reconciliando a las personas con Él y con la comunidad.
Dios nos saca de nuestros propios sepulcros para vivir en el amor, la esperanza y la bondad porque donde el mundo ve ruinas, Jesús ve posibilidad de mesa; donde hay tumbas, Él prepara comunión. Y cuando regreses hoy a casa, y te sientes a la mesa, recuerda: ese lugar entre los vivos es un regalo de Cristo… y también una misión.
