El evangelio en misión

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Cuando Cristo reina en tu corazón, su señorío se nota en lo cotidiano: en cómo amas, cómo obedeces, cómo corriges y cómo trabajas. La misión no es una actividad adicional para los cristianos... es la forma en que vivimos cada relación, cada día, para la gloria del Señor.

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INTRO:
No sé si les ha pasado, pero a veces uno escucha la palabra “misión” y lo primero que le viene a la mente es alguien cruzando el Amazonas en lancha, traduciendo la Biblia a dialectos  y sobreviviendo a base de frijoles y fe.
Y claro, eso es parte de la misión.
Pero para muchos cristianos, “la misión” se siente como algo que pasa allá lejos… con otros… que están mejor preparados… y que tienen más tiempo.
Mientras tanto, tú estás aquí:
lavando trastes,
lidiando con tus hijos que no te obedecen ni cuando los sobornas,
y aguantando a un jefe que te pide cosas que ni siquiera él es capaz de hacer.
Y honestamente, si te preguntan:
—“¿Estás viviendo en misión?”
Tú contestas:
—“Hermano… apenas estoy sobreviviendo.”
Pero aquí está lo irónico: la misión no empieza cuando sales… empieza cuando llegas a tu casa.
Sí, ahí… en tu cocina, en tu sala, en la recámara donde a veces hay más silencios que palabras.
Ahí empieza.
Y continúa en el tráfico de las 7:30 a.m., cuando vas rumbo al trabajo a encontrarte con esos compañeros que son más difíciles de amar que los fariseos del Nuevo Testamento.
¿Y sabes qué es lo más confrontante?
Que muchos cristianos son “muy espirituales” en la iglesia, pero no se parecen a Cristo ni en su casa ni en su chamba.
Le dicen “Amén” al pastor, pero le gritan a su esposa.
Le sirven al Señor el domingo, pero tratan con impaciencia a sus hijos el lunes.
Ponen versículos en sus redes, pero en el trabajo son impuntuales, flojos o chismosos.
Y Pablo, con toda la gracia y autoridad que da el evangelio, nos dice en Colosenses 3:
“Si Cristo es tu vida… eso se tiene que notar en tu casa y en tu trabajo.”
¿Refleja tu vida diaria—en casa y en el trabajo—que Cristo es verdaderamente tu Señor?
¿O te pareces más a Cristo en la iglesia que en la sala de tu casa o frente a tu computadora?

IDEA CENTRAL

Cuando Cristo reina en tu corazón, su señorío se nota en lo cotidiano: en cómo amas, cómo obedeces, cómo corriges y cómo trabajas. La misión no es una actividad adicional para los cristianos... es la forma en que vivimos cada relación, cada día, para la gloria del Señor.

Pero si hoy es el caso en el que eres consciente de qué el que gobierna tu vida eres tú y ya estás fastidiado del descontrol que se tiene de la falta de dominio propio que puede tener hoy. Es una buena oportunidad para ese señor, de verdad transfórmame a tu lado, y si ya Cristo es tu señor, pero no sientes que estás en el fruto de eso y es un buen día. Para recordarte él está haciendo su obra aún en esos momentos que parece que no es así.
Lo que tú debes entender hoy es que si el señor gobierna tu corazón, transforma todas las áreas de tu vida y te capacita para vivir en base a lo que ahora eres para que otros te vean y diga: ÉL CAMINA CON CRISTO. YO QUIERO CAMINAR TAMBIÉN
Colosenses 3:18–25 NTV
18 Esposas, sujétese cada una a su esposo como corresponde a quienes pertenecen al Señor. 19 Maridos, ame cada uno a su esposa y nunca la trate con aspereza. 20 Hijos, obedezcan siempre a sus padres, porque eso agrada al Señor. 21 Padres, no exasperen a sus hijos, para que no se desanimen. 22 Esclavos, obedezcan en todo a sus amos terrenales. Traten de agradarlos todo el tiempo, no sólo cuando ellos los observan. Sírvanlos con sinceridad debido al temor reverente que ustedes tienen al Señor. 23 Trabajen de buena gana en todo lo que hagan, como si fuera para el Señor y no para la gente. 24 Recuerden que el Señor los recompensará con una herencia y que el Amo a quien sirven es Cristo; 25 pero si hacen lo que está mal, recibirán el pago por el mal que hayan hecho, porque Dios no tiene favoritos.

I. La misión empieza en el hogar (vv. 18–21)

Cuando Pablo dice en Colosenses 3:17 que todo lo hagamos en el nombre del Señor Jesús, no está lanzando una frase bonita para postear en Instagram. Está diciéndote:
“Si Cristo vive en ti… eso se va a notar primero en tu casa.”
Y eso es fuerte. Porque en casa no podemos actuar, no podemos disfrazar, no podemos huir. Allí se ve de qué está hecho nuestro carácter.
 Allí se ven los frutos del evangelio… o la ausencia de ellos.
¿Quieres saber si estás creciendo espiritualmente?
Pregúntale a los que viven contigo. No a los que te ven el domingo, sino a los que te ven en pants, despeinado, frustrado, sin filtro.
Condición caída: Cuando el hogar se volvió campo de batalla
Desde el Edén, el pecado le dio la vuelta al diseño de Dios para la familia.
La mujer empezó a resistir el liderazgo del hombre.
El hombre empezó a dominar en lugar de servir.
Los hijos se rebelaron.
Los padres abusaron o se ausentaron.
Desde entonces, el hogar dejó de ser un refugio y se convirtió en un campo de batalla.
—“Mi esposa no me respeta.” —“Mi esposo no me escucha.” —“Mi papá solo grita.” —“Mi hijo no obedece ni cuando le grito.” —“Mi mamá me ignora.”
Pablo lo sabe. Por eso nos lleva de vuelta al diseño original… pero ahora con la gracia de Cristo como motor.Porque tú no puedes arreglar tu hogar solo con voluntad… necesitas un Salvador.
1. Esposas: Una sumisión que redime el desorden (v. 18)
“Esposas, estén sujetas a sus esposos, como conviene en el Señor.” (Col. 3:18)
Desde Génesis 3, el pecado distorsionó el diseño hermoso de la mujer. Dios dijo:
“Tu deseo será para tu esposo, y él te dominará.” (Gén. 3:16)
Es decir, la mujer buscaría controlar, y el hombre respondería dominando. ¡Qué desastre! Y lo hemos visto hasta hoy:
Maridos pasivos.
Esposas resentidas.
Matrimonios quebrados.
Pero Pablo está diciendo: en Cristo hay una nueva forma de vivir. Una esposa cristiana no se somete por miedo ni por presión, sino por adoración. 
Porque Cristo ya venció su inseguridad. Porque ya no necesita dominar para sentirse segura.
Ejemplo chusco: Una vez una hermana me dijo: —“Pastor, yo me someto... pero solo cuando él hace las cosas como yo quiero.” Le dije: “Eso no es sumisión. 
Eso es manipulación con moño cristiano.”
La sujeción bíblica es un acto de fe. No porque tu esposo siempre acierta, sino porque Cristo siempre reina.
2. Esposos: Un amor que muere a sí mismo (v. 19)
“Esposos, amen a sus esposas y no sean ásperos con ellas.” (Col. 3:19)
En la caída, el hombre dejó de amar como Cristo y comenzó a vivir para sí. En lugar de proteger, domina.
En lugar de dar la vida, se encierra en su mundo, su trabajo, su celular. Y cuando las cosas no salen como quiere, se amarga.
Pero en Cristo, el amor del esposo se vuelve redentor. El texto no dice: “Esposos, tomen autoridad.” 
Dice: “Amen como Cristo. Sin rudeza. Sin sarcasmo. Sin indiferencia.”
Ejemplo chusco: Hay esposos que tratan a su perro mejor que a su esposa. —“Firulais, ven, ¿ya comiste?” 
Y con su esposa: “¿Otra vez eso hiciste mal?” ¡Algo está muy mal!
Hombre, el evangelio te llama a amar con dulzura, con entrega, con paciencia. No a gritarle como si fuera parte de tu equipo de fútbol que va perdiendo porque en el hogar redimido, el esposo renuncia a su ego para reflejar a Cristo.
3. Hijos: Una obediencia que lucha contra el orgullo (v. 20)
“Hijos, obedeced a vuestros padres en todo, porque esto agrada al Señor.” (Col. 3:20)
La caída se ve clarito en los niños. No hace falta enseñarles a decir: —“¡No!” —“¡Yo solo!” —“¡Tú no mandas!” El orgullo está sembrado desde la cuna.
Pero Pablo dice: en Cristo, los hijos pueden obedecer como una forma de fe. Obedecer no es rebajarse, es creer que Dios usa a tus padres para formarte. Y cuando obedeces, estás diciendo: “Dios manda más que mi ego.”
Ejemplo chusco: Un adolescente me dijo: “Pastor, obedezco… pero con dolor en el alma.” Y le respondí: “Pues mientras sea en el Señor, ese dolor es parte del proceso de madurarObedecer “en todo” significa que no lo haces solo cuando estás de humor, sino porque ya entendiste que agradas a Dios cuando sigues Su diseño.
4. Padres: No destruyas con tus palabras lo que oras por construir (v. 21)
“Padres, no exasperen a sus hijos, para que no se desalienten.” (Col. 3:21)
El pecado volvió a los padres severos o ausentes.
Algunos educan con gritos y burlas.
Otros ni están. Algunos corrigen sin amor.
Otros miman sin dirección.
Pero el hogar redimido no se construye con autoridad tóxica, sino con ternura firme. Los padres no deben crear una atmósfera donde los hijos sientan que nunca serán suficientes.
Ejemplo chusco: Papá, si tu frase favorita es “¡Ya te dije!” y tu hijo te responde con cara de “ya ni me importa”… entonces ya lo estás exasperando.
Los hijos no necesitan un sargento. Necesitan un padre como el del hijo pródigo: firme, pero lleno de gracia. Dios no te gritó para salvarte. Te atrajo con lazos de amor.
Conclusión: El hogar no es perfecto… pero puede ser redimido Todos venimos de casas rotas por el pecado.
Algunos vieron violencia.
Otros indiferencia.
Otros gritos, o frialdad, o abandono.
Pero en Cristo, el hogar puede redimirse. El evangelio no solo reconcilia al hombre con Dios… también reconcilia esposos, hijos, padres.
¿Quieres vivir para Cristo?
Empieza en casa.
Lava los platos por amor a Cristo. 
Escucha a tu esposa como Cristo te escucha.
 Obedece a tus padres como Jesús obedeció hasta la cruz. 
Corrige con gracia como el Padre celestial corrige a sus hijos.
Porque la misión de Dios siempre empieza en el hogar.
II. La misión se vive en el trabajo (vv. 22–25)
El evangelio cambia por qué y para quién trabajamos.=
Pablo ya nos confrontó en la casa. Ahora, nos lleva a otro lugar donde el evangelio tiene que ser visible: el trabajo. Ese espacio donde pasamos mínimo ocho horas al día, donde hay jefes, empleados, reuniones, presión, deadlines, y sí… personas que no siempre reflejan a Cristo.
Y Pablo le habla directamente al grupo más explotado del siglo I: los esclavos. Y desde ahí nos muestra una verdad atemporal: Tu trabajo no es solo laboral… es espiritual. Tu oficina, tu taller, tu cocina, tu cubículo… son también altar de adoración.
Condición caída: El trabajo después del Edén
En Génesis 2, el trabajo era algo bueno, una misión gloriosa. Pero en Génesis 3, el pecado hizo del trabajo una carga, una esclavitud, una frustración.
Hoy lo seguimos viviendo:
Gente que odia su trabajo.
Jefes que maltratan.
Empleados que fingen.
Colaboradores que solo trabajan si el jefe está viendo.
Y otros que viven solo para el sueldo, sin sentido, sin propósito.
El trabajo se volvió un castigo. 
Una rutina. Un martirio.
Y Pablo está diciendo: eso no tiene por qué seguir así. En Cristo, el trabajo puede redimirse.
1. El evangelio transforma cómo trabajamos (v. 22)
“Esclavos, obedeced en todo a los que son vuestros amos según la carne; no sirviendo al ojo, como los que quieren agradar a los hombres, sino con corazón sincero, temiendo al Señor.” (Col. 3:22)
Pablo está escribiendo a personas que no tienen vacaciones, prestaciones, ni sindicato. ¡Esclavos! Algunos eran tratados como muebles. Y aun así les dice: “Obedezcan con integridad… como si le trabajaran a Cristo.”
¿Qué está haciendo Pablo? No está validando la esclavitud. ¡Está redimiendo el momento! Está diciendo:
“No puedes cambiar tu jefe… pero sí puedes cambiar para quién trabajas.”
Ejemplo chusco: Imagínate un esclavo en Colosas barriendo el piso con alegría y alguien le dice: 
—“¿Por qué tan feliz si sigues siendo esclavo?” Y él responde: —“Porque mi verdadero Jefe me está viendo desde el cielo.”
¡Eso es el evangelio! Cambia el “tengo que” por el “quiero porque Él es digno”.
Y esto aplica para nosotros hoy. —¿Eres empleada doméstica? —¿Mesero? —¿Godínez de Excel y reuniones infinitas? —¿Haces Uber o vendes en línea?
Tu trabajo también es altar si lo haces “como para el Señor” (v. 23).
2. Trabajamos para el cielo, no para el cheque (vv. 23–24)
“Todo lo que hagan, háganlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres; sabiendo que del Señor recibirán la recompensa de la herencia.” (Col. 3:23–24)
Aquí Pablo suelta dinamita santa:
El trabajo no se hace por el aplauso del jefe.
No por el bono.
No por el ascenso. 
¡Se hace para Cristo!
¿Y qué promete Dios? 
Una herencia. Una recompensa eterna. Porque, dice el texto:
“Ustedes sirven al Señor Cristo.”
Ejemplo chusco: 
Imagina que trabajas  en una cafetería, y tu jefe es un tipo insoportable. Pero cuando sirves el café con buena actitud, Dios dice desde el cielo: —“¡Esa es mi hija! ¡Esa es mi sierva fiel!” Y tú estás diciendo: —“Este café no lo sirvo solo por el sueldo… lo sirvo porque Cristo es mi Señor.”
Eso transforma todo. 
Aun el trabajo más invisible se vuelve eterno si lo haces con fe. 
Los esclavos no tenían herencia… pero en Cristo se volvieron herederos del Rey.
3. Dios ve todo… y no se hace de la vista gorda (v. 25)
“Porque el que hace mal, recibirá el pago del mal que haya hecho, y no hay acepción de personas.” (Colosenses 3:25 “25 pero si hacen lo que está mal, recibirán el pago por el mal que hayan hecho, porque Dios no tiene favoritos.” )
Pablo no deja espacio para la injusticia. Él dice: Dios va a juzgar a todos por igual.
Si tú eres empleado flojo, deshonesto, que roba tiempo o recursos… Dios lo ve.
Si tú eres jefe abusivo, que explota o humilla… Dios lo ve.
Ejemplo chusco pero serio: 
Dios no es como Recursos Humanos que solo revisa lo externo. Él revisa la intención del corazón, la actitud, el “por qué” detrás del “qué”. Y dice: “Yo pago justo. No me impresionan los títulos. No tengo favoritos.”
Esto es consuelo para el oprimido, y advertencia para el orgulloso.
Si nadie más ve… Cristo sí ve. Si nadie te paga justo… Cristo sí lo hará. Si nadie te honra… Cristo sí te recompensa.
Conclusión
Tu casa y tu trabajo son parte de la gran misión
Pablo no escribe Colosenses desde un retiro espiritual. 
Lo escribe desde una prisión. Y aun así, inspirado por el Espíritu Santo, nos dice:
“¿Quieres vivir para Cristo? No esperes a estar en la cima del ministerio... empieza en lo más cotidiano: tu casa y tu trabajo.”
Porque si el evangelio no transforma cómo amas a tu esposo, cómo obedeces a tus papás, cómo corriges a tus hijos, cómo trabajas bajo presión o cómo tratas a quienes están bajo tu liderazgo, entonces todavía no has entendido lo que Cristo hizo por ti.
Este pasaje es como un espejo que nos confronta:
Hay esposas controladoras, esposos duros, hijos rebeldes y padres exasperantes.
Hay empleados flojos y jefes abusivos.
Hay corazones que aún viven para sí… aunque digan que viven para Cristo.
Pero también es un mapa de esperanza:
Esposas, pueden reflejar la belleza del evangelio con su respeto lleno de fe.
Esposos, pueden mostrar cómo ama Cristo cuando aman sin rudeza.
Hijos, pueden testificar del evangelio con su obediencia sincera.
Padres, pueden ser una imagen del Padre celestial cuando crían con ternura.
Empleados, pueden honrar a Cristo con su excelencia, incluso sin aplausos.
Jefes, pueden ser agentes de justicia cuando lideran con temor de Dios.
Todo cambia cuando Cristo es el Señor de tu casa… y de tu jornada laboral.
Así que deja de separar lo "espiritual" de lo "cotidiano". Tu hogar y tu trabajo son el escenario donde Dios quiere mostrar al mundo que Jesús vive y reina en ti.
La misión empieza en el hogar. La misión se vive en el trabajo. Y todo es para la gloria del Señor Cristo, a quien servimos.
¿Quieres saber si Cristo reina en tu vida? Mira cómo amas en casa y cómo sirves en el trabajo. Ahí comienza la verdadera adoración. Ahí comienza la verdadera misión.
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