Lo imposible como parte de tu vida
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Allí donde estás, no estás solo. No, aparte de quienes puedan estar a tu alrededor materialmente, hay más. Lo sientas o no, existe un mundo espiritual que va más allá de nuestros sentidos pero que es absolutamente real.
Y créeme: no estás solo.
Los que hemos creído en Jesús contamos como seguras sus promesas. Le hemos creído a Dios cuando nos dijo que no nos iba a dejar en ningún momento. Así que si tú también eres uno de los discípulos de Jesús, debes saber que la presencia de Dios está contigo, ahora mismo, donde estás. La mirada de Dios está sobre ti, conociendo cada detalle de tu vida, atenta a tus movimientos, tus sentimientos, tus pensamientos, cada uno de tus pasos.
Y Dios está haciendo algo.
Sí, Dios no está inactivo. El mismo Dios que prometió estar contigo sin dejarte ni desampararte está haciendo algo, algo que afecta tu vida y las vidas de otros a tu alrededor.
Claro que lo que Dios hace es grande, bien grande, conforme a su grandeza. Las obras de Dios no son como los emprendimientos humanos, limitados por nuestros recursos y nuestras capacidades.
Dios está haciendo algo bien grande. Dios está empeñado en salvar a los que están siendo robados, matados y destruidos por el diablo.
El proyecto de Dios es inmenso, poderoso, de gran alcance.
Creo que el hecho de que Dios esté haciendo algo grande y poderoso no es algo que nos sorprenda mucho. Fíjate lo que hizo en seis días cuando creó todo lo que vemos. Así que no es de sorprenderse que Dios esté haciendo algo bien grande.
Lo que sí es sorprendente es que Dios, al hacer esa obra tan grande que está llevando a cabo quiera ponerte a trabajar junto a Él.
A ver, si quieres vuelve a leer lo que acabo de escribir. Porque esto es realmente lo que está ocurriendo. Dios quiere hacerte a ti – sí, a ti – parte de su proyecto, quiere integrarte a su equipo de trabajo, quiere contar contigo para hacer su obra.
Sí, yo pensé lo mismo que tú; tú, yo y muchos otros: “¿Quién? ¿Yo? Es una broma, ¿verdad? ¿Acaso Dios no me conoce? ¿No sabe cómo soy?”.
A veces nos cuesta entender esta realidad. Porque, a decir verdad, ¿se trata de que Dios no pueda hacer su obra sin nosotros?
¿No puede Dios hacer su obra sin mis ofrendas, mi tiempo o mis obras?
¿No puede Dios hacer lo que quiere hacer sin mi participación?
¿No puede Dios llevar a cabo su plan sin contar conmigo?
Creo que conoces muy bien las respuestas a estas preguntas. Dios sí puede hacer su obra sin ti. Pero ha elegido hacerla contigo. Para eso te creó.
Al mismo tiempo, Dios quiere que quede perfectamente claro que la obra que se hará es suya, completamente suya, obra de Dios y no de hombres, y lo hace por nuestro propio bien.
Piensa en eso al considerar esta parte de la historia de Gedeón.
Levantándose, pues, de mañana Jerobaal, el cual es Gedeón, y todo el pueblo que estaba con él, acamparon junto a la fuente de Harod; y tenía el campamento de los madianitas al norte, más allá del collado de More, en el valle.
Y Jehová dijo a Gedeón: El pueblo que está contigo es mucho para que yo entregue a los madianitas en su mano, no sea que se alabe Israel contra mí, diciendo: Mi mano me ha salvado. Ahora, pues, haz pregonar en oídos del pueblo, diciendo: Quien tema y se estremezca, madrugue y devuélvase desde el monte de Galaad. Y se devolvieron de los del pueblo veintidós mil, y quedaron diez mil.
Y Jehová dijo a Gedeón: Aún es mucho el pueblo; llévalos a las aguas, y allí te los probaré; y del que yo te diga: Vaya éste contigo, irá contigo; mas de cualquiera que yo te diga: Este no vaya contigo, el tal no irá. Entonces llevó el pueblo a las aguas; y Jehová dijo a Gedeón: Cualquiera que lamiere las aguas con su lengua como lame el perro, a aquél pondrás aparte; asimismo a cualquiera que se doblare sobre sus rodillas para beber. Y fue el número de los que lamieron llevando el agua con la mano a su boca, trescientos hombres; y todo el resto del pueblo se dobló sobre sus rodillas para beber las aguas. Entonces Jehová dijo a Gedeón: Con estos trescientos hombres que lamieron el agua os salvaré, y entregaré a los madianitas en tus manos; y váyase toda la demás gente cada uno a su lugar. Y habiendo tomado provisiones para el pueblo, y sus trompetas, envió a todos los israelitas cada uno a su tienda, y retuvo a aquellos trescientos hombres; y tenía el campamento de Madián abajo en el valle.
¿Sabes cómo se llama para nosotros el tamaño de las obras que Dios quiere hacer? Se llama imposible. Desde nuestro punto de vista humano y conforme a lo que nosotros somos capaces de hacer, la obra de Dios es imposible. Imposible para nosotros, pero no imposible para Dios.
A eso se estaba enfrentando Gedeón en aquel tiempo. Había tenido un encuentro con Dios, y en ese encuentro Dios le había revelado que estaba por hacer algo que hasta ese momento para Gedeón era radicalmente imposible. Dios había descendido para responder a las oraciones de sus hijos y venía a liberar a su pueblo de la opresión de sus enemigos.
La parte interesante era que quería que Gedeón participara de esa obra. Una vez más, ¿podía hacerlo sin Gedeón? ¡Claro que sí! Pero eligió hacerlo con él, decidió integrarlo a su plantel y darle participación en lo que estaba a punto de hacer.
De la misma manera, Dios quiere trabajar contigo, en ti y a través de ti en este tiempo. Porque también en el día de hoy, así como en el tiempo de Gedeón, Dios está haciendo algo grande, y quiere que tú participes en su obra. Aunque su obra sea imposible para ti.
Dios no solamente puede hacer lo imposible. Elige hacer lo imposible.
¿Para qué? Para que sea absolutamente evidente que fue Él quién lo hizo. Dios no quiere compartir su gloria con nadie, y quiere ser conocido.
Si tuvieras la oportunidad de elegir entre conformarte con los resultados de lo que tú puedes hacer de acuerdo a tus capacidades y recursos personales o experimentar la manifestación y los resultados del poder de Dios en tu vida y tus circunstancias (como sucedió en aquella pesca milagrosa, Lucas 5:1 – 11), ¿qué preferirías?
Analicemos la situación en que se encontraba Gedeón. ¿Qué te impacta de este pasaje? (Te animo a que lo pienses tú mismo antes de que yo te cuente lo que me impacta a mí).
Gedeón había recibido la confirmación de que Dios lo estaba llamando a participar de su obra para la liberación de Israel de la opresión de sus enemigos. Entonces hace una convocatoria a sus vecinos y conciudadanos y empiezan a llegar para participar de la resistencia contra los opresores. Es así que se reúne un ejército de treinta y dos mil soldados.
Nada mal, ¿no te parece? Si yo hubiera sido Gedeón ya estaría considerando que aquella respuesta a la convocatoria ya era la respuesta de Dios. ¡Claro que sí! ¿Quién dijo que no había un ejército? ¿Quién dijo que no había espíritu de lucha en contra de la opresión? Gedeón bien podría haberse sentido gratamente sorprendido por su poder de convocatoria.
Gedeón sí, pero Dios no.
Permíteme compartirte cuáles son las palabras que me impactan de este pasaje:
Y Jehová dijo a Gedeón:
El pueblo que está contigo es mucho para que yo entregue a los madianitas en su mano, no sea que se alabe Israel contra mí, diciendo: Mi mano me ha salvado.
Dios veía lo que estaba pasando, y había considerado la cantidad de gente que se había reunido para la batalla, y tenía una perspectiva diferente a la que podía tener Gedeón, cualquiera de los reunidos o tú y yo.
Porque, ponte a pensar, ¿demasiada gente? El relato anterior deja claro que el ejército de los enemigos era innumerable. ¿No nos dice la lógica que cuántos más haya para enfrentarlos es mejor?
Sí, la lógica, la lógica humana. Pero aquí estamos tratando con Dios.
Dios no estaba dirigiendo a Gedeón en un programa de recuperación de la estimación propia, sugiriéndole frases alentadoras como “Tú puedes”, “Sigue adelante y lo lograrás”. Dios estaba llevando a Gedeón a conocerle. No le estaba informando a Gedeón como era Él (“Mira, Gedeón, tienes que saber que yo soy grande, poderoso, lleno de autoridad, y que tengo dominio sobre todas las cosas”). Dios quería que Gedeón y todos alrededor (y de hecho muchos más, hasta nosotros el día de hoy) le conocieran en persona, por experiencia.
Dios no se esconde. Quiere ser conocido, quiere que tú le conozcas, y por eso te invita a participar de su obra, para que sepas quién es, como es, no solo teóricamente sino en la práctica.
Sea cuál sea la situación que estás enfrentando en este tiempo, tienes que saber esto: si has depositado tu fe en Jesús, te has hecho acreedor a todas las poderosas promesas de Dios, y Él es fiel a sus promesas. Dios quiere que le conozcas y se va a manifestar en medio de las circunstancias que estás enfrentando. Por más difícil que se vea la situación, tienes que saber que Dios quiere obrar más allá de lo imposible, en tu vida y por medio de ti.
Acerca de este Dios, el Dios de Gedeón, el que envió a Jesús a morir en nuestro lugar para salvarnos, le dijo el ángel Gabriel a María:
porque nada hay imposible para Dios.
Dios mismo se presentó ante Jeremías hace muchos años y le dijo:
He aquí que yo soy Jehová, Dios de toda carne; ¿habrá algo que sea difícil para mí?
Necesitas entender esto: Dios se deleita en que le conozcas – en la práctica, por experiencia – como el Todopoderoso, Aquel para quién nada es imposible.
Ahora, ¿te has dado cuenta lo que Dios está enfatizando en su trato con Gedeón al minimizar su ejército?
El pueblo que está contigo es mucho para que yo entregue a los madianitas en su mano…
Con estos trescientos hombres que lamieron el agua os salvaré, y entregaré…
Dios estaba dejando bien claro que la obra que estaban a punto de ver, y en la que iban a participar, era SU obra.
Esto me recuerda las palabras de Salmos 46.
Estad quietos, y conoced que yo soy Dios;
Seré exaltado entre las naciones; enaltecido seré en la tierra.
Dios nos llama a reconocer que Él es Dios, no nosotros. No sabemos, no podemos y no tenemos que procurar ocupar su lugar. Solamente Él es Dios.
Por iniciativa de Dios, el ejército con el que contaba Gedeón pasó de contar con treinta y dos mil soldados a estar compuesto por trescientos audaces.
Suenan en mi mente las palabras de Andrés cuando Jesús estaba a punto de multiplicar los cinco panes y dos peces entre una multitud de miles:
…mas ¿qué es esto para tantos? (Juan 6:9).
Lo mismo pasaba con el esmirriado ejército que quedó a cargo de Gedeón. No era suficiente, hablando en términos humanos, para enfrentar la inmensa multitud que se les oponía y que estaba acampada no muy lejos de allí.
Presta atención a esto, porque Dios obra así también en tu vida.
Dios te está llevando a operar al mínimo de tus recursos para que le conozcas, para que veas la grandeza de su poder y que reconozcas que su obra es solamente suya. Y el hecho de que tú participes en ella es un privilegio que Él te ha concedido.
¿Tú también te has dado cuenta de que aquí no aparece ninguna queja de Gedeón cuando Dios lo dirige a reducir su ejército? Gedeón está en silencio. Se guarda sus palabras y sus opiniones y simplemente obedece. ¿Entendía Gedeón lo que Dios estaba haciendo y por qué lo hacía así? No creo que lo entendiera completamente.
Pero déjame decirte que este Gedeón al que a veces hemos juzgado como incrédulo por pedirle a Dios que le confirmara su voluntad y su respaldo cuenta con todo mi respeto y es un modelo de fe para mí. Espero que lo sea también para ti.
Este es aquel hombre que se escondía de sus enemigos, tratando de rescatar algo para comer. Es el mismo que cuestionó que Dios estuviera con él o con su pueblo, dada la situación en la que se encontraban.
Sin embargo, aquí lo tienes. Cuando Dios le ordenó que enviara veintidós mil de regreso a sus hogares, lo hizo sin chistar. Cuando Dios le propuso que se deshiciera de nueve mil setecientos más, simplemente obedeció. Y se dispuso a enfrentar un ejército muy numeroso con un puñado de hombres.
Espero que ya te vaya quedando claro el mensaje que Dios quiere transmitirte por medio de esta vieja historia. No importa lo poco que tengas. No importa lo que te falte. No importa si lo que tienes es insuficiente como para enfrentar el desafío que tienes por delante. Si Dios está contigo, ninguna de esas “imposibilidades” será una limitación para lo que Dios está haciendo y va a hacer en tu vida.
Considéralo así:
1) ¿Qué es lo que Dios quiere que hagas?
a) Se verá difícil, tal vez MUY difícil. Si quieres usa la palabra: imposible, si no fuera porque Dios lo está haciendo.
b) Tienes el privilegio de que Dios te haya invitado a participar en su obra. Esa obra de Dios puede ser el fortalecimiento de tu matrimonio para que como pareja sean un testimonio para muchos. Puede ser tu fortaleza en medio de la enfermedad. Puede ser un desafío económico cuando no tienes y no se te ocurre de dónde conseguir lo que hace falta. Pero Dios te invitó a participar en su obra. Él es Dios y será quien fortalezca la pareja, quién provea la fortaleza, quién haga los milagros que sean necesarios para que llegado el momento haya para cubrir los gastos. Dios es el que va a traer salvación a otros por medio de ti, aunque te parezca difícil.
c) Tienes el privilegio de confiar en Él y en sus promesas.
2) ¿Qué tienes para lograrlo?
a) Tienes recursos, ideas, tiempo, conceptos, planes.
b) Ahora, olvídate de tus ideas, tus planes. Deja que Dios sea Dios. Entrégale todo lo que tienes y ponte en sus manos. De Dios sí puedes depender.
c) Tu trabajo es creer en Él. Búscalo, con intensidad. Dios te está hablando; escucha su voz. Confía y obedece. Él sabe lo que está haciendo, aunque tú no lo comprendas ahora.
3) ¿A qué te está pidiendo Dios que renuncies (tus recursos, tus fortalezas) para conocer su poder y su gracia?
La respuesta a esa pregunta tiene que ser tuya.
a) Dios quiere hacer algo en tu vida, algo en lo que tendrás que reconocer que solamente Él pudo hacerlo.
b) El conocimiento de Dios es mucho más que una tarea intelectual. Dios quiere que lo conozcas por experiencia.
c) Dios quiere intervenir, participar, mostrarte su presencia, su amor y su poder en las circunstancias que te rodean.
d) Lo que Dios va a hacer va a afectar profundamente no solamente tu vida sino las de muchos más.
No te asustes por lo poco que tienes y el tamaño del desafío. Dios sabe lo que está haciendo.
Confía.
Que la confianza que llenó el corazón de Gedeón llene también el tuyo.
