Entre la espada y la pared
Sermon • Submitted • Presented
0 ratings
· 56 viewsNotes
Transcript
Introducción
Introducción
Los israelitas habían vivido esclavizados en Egipto por siglos, pero Dios intervino mediante las diez plagas y finalmente Faraón dejó ir al pueblo (Éxodo 7–12).
Dios mismo guió a Israel al salir de Egipto, pero curiosamente no los condujo por la ruta más directa hacia Canaán. La vía directa pasaba por territorio filisteo, donde seguramente habrían tenido que pelear.
“Jehová iba delante de ellos, de día en una columna de nube… y de noche en una columna de fuego” para guiarlos por el camino.
«Di a los hijos de Israel que den la vuelta y acampen junto al mar, frente a Pi Ajirot, entre Migdol y el mar hacia Baal Sefón.
Humanamente esa ubicación era una trampa: el mar enfrente, desierto y montañas alrededor, y solo una ruta de acceso por donde justo entonces venía el enemigo. ¿Por qué los llevó Dios allí? La inspiración revela que fue por diseño divino. “En su providencia Dios mandó a los hebreos que se detuvieran frente a la montaña junto al mar, a fin de manifestar su poder al liberarlos y humillar el orgullo de sus opresores”
1. La amenaza y la reacción humana (Éxodo 14:5–12)
1. La amenaza y la reacción humana (Éxodo 14:5–12)
Tal como Dios anunció, apenas supo que Israel realmente se iba, Faraón se arrepintió de haberlos dejado ir. Reunió su poderoso ejército, con “seiscientos carros escogidos” y numerosos guerreros (14:7), y salió en furiosa persecución.
Al caer la tarde, los hebreos acampados junto al mar divisaron el polvo y el brillo de las armaduras egipcias acercándose rápidamente. La reacción fue inmediata: terror.
Se sintieron atrapados y sin esperanza: “encerrados al este por el mar, al sur por una montaña escabrosa, al oeste por el desierto y al norte por los egipcios”, una situación aparentemente desesperada.
Presos del pánico, clamaron a Jehová pero a la vez se quejaron amargamente contra Moisés: “¿Acaso no había sepulcros en Egipto que nos sacaste para morir en el desierto?” (14:11).
En su angustia llegaron a decir que preferían servir como esclavos antes que perecer allí (14:12).
Esta reacción reveló la inmadurez espiritual del pueblo. Aún después de las manifestaciones dramáticas del poder de Dios en Egipto, el pueblo mostró una asombrosa falta de fe.
No habían aprendido todavía a confiar en el poder y la protección de Dios sobre ellos.
¡Qué memoria tan corta! Habían visto con sus propios ojos las plagas y la liberación de sus primogénitos en la Pascua, pero frente a este nuevo desafío, cayeron en la incredulidad y el miedo.
Es fácil juzgarlos, pero, ¿no refleja esto a veces nuestra propia experiencia?
¿No tendemos también a olvidar las liberaciones pasadas del Señor cuando aparece un problema abrumador?
La tentación humana es mirar las circunstancias imposibles y sucumbir al pánico, en lugar de mirar al Dios que supera lo imposible.
2. El llamado a la fe (Éxodo 14:13–14)
2. El llamado a la fe (Éxodo 14:13–14)
En medio del caos, Moisés –el líder a quien momentos antes el pueblo culpaba– respondió con fe serena. Él había confiado en la dirección de Dios desde el principio y no dudaba del propósito divino.
Moisés “había seguido el mandamiento expreso de Dios… habiendo sido llevado a esta situación en obediencia a la dirección divina, no temía las consecuencias”.
Con esa certeza, pudo exhortar al pueblo con una de las declaraciones de fe más sublimes de la Biblia:
Pero Moisés le dijo al pueblo:
«No tengan miedo. Manténganse firmes, y vean la salvación que el Señor llevará hoy a cabo en favor de ustedes. Los egipcios que hoy han visto, nunca más volverán a verlos.
Quédense tranquilos, que el Señor peleará por ustedes.»
Moisés presenta aquí cuatro directrices cruciales de parte de Dios para un pueblo al borde del abismo:
“No temáis”: El primer llamado es a desechar el miedo y confiar en el Señor. Por eso Moisés eleva la mirada de los israelitas del enemigo hacia Dios. Cuando miramos solo los problemas, el temor nos paraliza; pero cuando recordamos quién está de nuestro lado, la fe ahuyenta el miedo. Más adelante el profeta Isaías reafirmaría esta verdad en palabras divinas: “No temas, que yo estoy contigo… yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré”.
La confianza en la presencia de Dios es el antídoto contra el temor.
“Manténganse tranquilos”: Esta frase no significa una pasividad indolente, sino dejar de murmurar y aquietar el corazón en expectativa humilde. Implicaba que el pueblo dejara de entrar en pánico y esperara en Dios. En lugar de correr desesperados o rendirse, debían contener sus quejas y anticipar la intervención divina. “Estad quietos, y conoced que yo soy Dios” (Salmo 46:10) habría sido un buen lema aquí. La calma ante la crisis es posible cuando sabemos que Dios está actuando, aunque aún no veamos cómo.
“Ved la salvación que Jehová os dará hoy”: Moisés los invita a observar lo que Dios está a punto de hacer. Para ver la salvación del Señor, primero tenían que abrir los ojos de la fe. La incredulidad es ciega a las soluciones divinas, pero la fe espera ver lo inesperado. “Ver” aquí es sinónimo de reconocer la obra de Dios. En vez de visualizar su propia derrota, debían empezar a imaginar la liberación que Dios les había prometido. Solo Dios podría darles victoria donde ellos nada podían – y muy pronto contemplarían esa victoria con sus propios ojos.
“Jehová peleará por vosotros”: ¡Qué promesa! La batalla ya no sería Israel contra Egipto, sino Egipto contra Dios mismo. Moisés asegura que Dios tomaría la defensa activa de Su pueblo; Él mismo lucharía en su favor. De hecho, los egipcios llegarían a reconocerlo cuando exclamaron en medio del desastre: “Huyamos… porque Jehová pelea por ellos contra los egipcios” (14:25). Esta cuarta palabra apunta al corazón del Evangelio: Dios salva, no nosotros. Así como en la cruz Cristo peleó y venció por nosotros, aquí Dios pelearía por Israel. Moisés añade: “y vosotros estaréis tranquilos”, es decir, ustedes quédense en paz y contemplen lo que Dios hará. La salvación es obra del Señor de principio a fin – nuestra parte es colaborar con Él en obediencia y fe tranquila.
Estas cuatro directrices de Moisés, inspiradas por Dios, constituían un llamado a la fe activa. No debían hacer nada precipitado por cuenta propia, pero sí debían dar un paso decisivo: confiar y avanzar en obediencia.
Vale la pena resaltar que Dios no los trajo hasta aquí para abandonarlos. Cuando estamos en camino de la obediencia, podemos descansar en que Dios asume la responsabilidad del resultado.
Como escribió un líder adventista contemporáneo, “mientras permanezcamos fieles a Dios… no necesitamos temer ninguna consecuencia; estaremos en Sus manos, y Él nos mostrará camino a través de cada dificultad”
Quizá alguien hoy necesita oír lo mismo: si sigues la voluntad de Dios, Él peleará por ti y abrirá camino donde no lo hay.
3. La intervención poderosa de Dios (Éxodo 14:15–28)
3. La intervención poderosa de Dios (Éxodo 14:15–28)
Tras infundir ánimo al pueblo, Moisés oró a Dios por dirección (14:15). La respuesta divina fue inmediata y concreta: “Di a los hijos de Israel que marchen” (14:15).
¡Adelante! Dios ordena moverse justo hacia donde antes no había camino: el mar. No era momento de seguir clamando, sino de obedecer avanzando en fe. Es notable que Dios pide al pueblo que marche antes de que las aguas se abran. Su providencia ya tenía un plan, pero demandaba la cooperación humana en fe.
En seguida, Dios reveló el siguiente paso a Moisés: “Y tú, alza tu vara y extiende tu mano sobre el mar, y divídelo” (14:16). Moisés así lo hizo al llegar la noche, extendiendo su vara sobre las ola. Entonces el Dios todopoderoso desató Su milagro: un fuerte viento oriental sopló y partió el Mar Rojo en dos, levantando las aguas como murallas a ambos lados.
¡El lecho del mar se secó, abriendo un sendero ancho hacia la libertad! Israel no dudó más: toda aquella multitud —hombres, mujeres, niños, ancianos, con sus animales y pertenencias— comenzó a internarse por ese camino inesperado. La columna de fuego de Dios iluminaba el paso entre las aguas, de modo que los israelitas avanzaban en la noche con claridad, literalmente viendo la salvación del Señor ante sus ojos.
Cabe destacar cómo la presencia divina protegió a Su pueblo en este proceso. El Ángel de Dios, en la columna de nube, que iba al frente, se trasladó para colocarse detrás de Israel, entre ellos y los egipcios. Para los egipcios, la nube trajo oscuridad y confusión, deteniéndolos; para Israel, la misma nube resplandecía iluminándoles el camino.
Dios se interpuso así como escudo entre los perseguidos y sus perseguidores. “La nube que fue muralla de tinieblas para los egipcios, fue para los hebreos un gran torrente de luz… Así las obras de la Providencia acarrean a los incrédulos tinieblas y desesperación, mientras que para el alma creyente están llenas de luz y paz” ¡Qué impresionante contraste! La presencia de Dios tiene un efecto diferente según la actitud del corazón: protección y guía para el que confía, o estorbo y terror para el rebelde.
Los egipcios, obstinados, se lanzaron en pos de Israel dentro del cauce milagroso (14:23). Insensatamente ciegos, se negaron a reconocer el portento como obra del Dios vivo hasta que ya era demasiado tarde. En la madrugada, Jehová miró desde la columna de fuego y nube y sembró el caos entre las tropas egipcias (14:24). Los carros se atascaron; de pronto aquellos guerreros entendieron su error: “¡Huyamos, porque Jehová pelea por ellos!” (14:25).
Cundió el pánico entre los opresores justo cuando Moisés, al otro lado ya seguro, extendió nuevamente su mano sobre el mar. Entonces, con estruendo de aguas tumultuosas, el mar regresó a su cauce normal y cubrió por completo al ejército de Faraón (14:26-28).
En cuestión de minutos, los poderosos carros y soldados egipcios quedaron sepultados bajo las olas, poniendo fin a la amenaza. Dios había peleado y vencido, tal como lo prometió. El brazo humano de Moisés se alzó, pero la mano que salvó fue la de Dios.
La “diestra poderosa” del Señor, que había humillado a Egipto con las plagas, ahora aniquiló al faraón y sus fuerzas en un solo golpe.. Ningún israelita tuvo que alzar una espada; Jehová guerreó por ellos.
4. Resultado: fe, canto y lecciones perdurables (Éxodo 14:29–31)
4. Resultado: fe, canto y lecciones perdurables (Éxodo 14:29–31)
Cuando amaneció, el pueblo de Dios contempló la escena: las aguas volvían a su calma, y los cadáveres del temible ejército flotaban o yacían a la orilla (14:30). Así confirmaron que la liberación era completa.
Los esclavos fugitivos, indefensos en lo humano, habían sido totalmente liberados de su enemigo más poderoso en una sola noche. La reacción natural fue una mezcla de asombro santo, gratitud y adoración.
La Biblia dice: “Aquel día Jehová salvó a Israel de mano de los egipcios… Y vio Israel aquel gran hecho… y el pueblo temió a Jehová, y creyó a Jehová y a Moisés su siervo” (14:30-31). Es decir, reverenciaron al Señor y confiaron en Él y en su líder Moisés. La fe del pueblo fue robustecida enormemente al ver lo que Dios hizo por ellos.
De inmediato, el capítulo siguiente (Éxodo 15) registra el cántico de Moisés y María, un himno de alabanza jubilosa: “Cantaré yo a Jehová, porque se ha cubierto de gloria; ha echado en el mar al caballo y al jinete… Tu diestra, Jehová, ha magnificado su poder” (15:1,6)m.egwwritings.orgm.egwwritings.org. Aquel cántico –el más antiguo que se conoce– brotó de corazones que comprendieron que “Jehová es mi fortaleza… y ha sido mi salvación” (15:2).
En retrospectiva, Israel pudo apreciar el plan perfecto de Dios: la crisis del Mar Rojo, lejos de destruirlos, les enseñó quién era realmente su Dios. “Jehová es varón de guerra; Jehová es Su nombre” proclama el canto (15:3).
Nunca olvidarían cómo Dios abrió un camino donde no lo había, mostrando su dominio absoluto sobre la creación y sobre las naciones.
Conclusión
Conclusión
El relato de Éxodo 14 nos enseña de manera inolvidable que no existe situación demasiado difícil para el poder de Dios, ni detalle demasiado pequeño para Su providencia. El camino de Israel al enfrentar el Mar Rojo es una metáfora de la jornada de fe de cada creyente.
Dios, en Su amor y sabiduría, a veces nos conduce “por el desierto o por el mar”, pero siempre con un propósito y nunca nos abandona. El sendero por el cual Dios dirige nuestros pasos puede pasar por lugares áridos o por aguas tumultuosas, pero es un sendero seguro bajo Su cuidado
Cuando te encuentres entre la espada y la pared (o mejor dicho, entre el enemigo y el mar), recuerda quién te ha guiado hasta allí. Si Dios te ha conducido, Él se hará responsable de librarte. No huyas, no desesperes. “Estad firmes y ved la salvación de Jehová”. Él abrirá un camino en medio del mar de angustias y hará lo imposible en tu favor, porque su poder no ha menguado y su fidelidad es perpetua.
