Lucas 6:12–16 - Cristo Edifica Su Iglesia: Oración, Elección y Gracia para un Pueblo Imperfecto
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Abramos nuestras Biblias en el Evangelio según Lucas, capítulo 6, desde el versículo 12.
Hace un mes, vimos cómo nuestro Señor Jesucristo, en Su caminar por los campos de Galilea, confrontó el legalismo religioso y trajo libertad al corazón de Su pueblo. Vimos que Él no vino a reparar el judaísmo antiguo, sino a traer el vino nuevo del Reino, un vino que no cabe en odres viejos. En el pasaje anterior, lo contemplamos como el Señor del Reposo, el único que tiene autoridad para sanar, restaurar y liberar a los hombres de sus cargas. Allí, Lucas nos mostró que Cristo es nuestro verdadero descanso.
Vamos entonces a leer nuestro texto esta mañana: Lucas 6, versículos 12 al 16. Y encomendemos en oración nuestras vidas al Señor, para que Su palabra no solo nos informe, sino que nos transforme.
En esos días Jesús se fue al monte a orar, y pasó toda la noche en oración a Dios. Cuando se hizo de día, llamó a Sus discípulos y escogió doce de ellos, a los que también dio el nombre de apóstoles: Simón, a quien también llamó Pedro, y Andrés su hermano; Jacobo y Juan; Felipe y Bartolomé; Mateo y Tomás; Jacobo, hijo de Alfeo, y Simón, al que llamaban el Zelote; Judas, hijo de Jacobo, y Judas Iscariote, que llegó a ser traidor.
Como acabamos de leer, hermanos, este relato comienza con algo que podríamos pasar por alto fácilmente, pero que es profundamente revelador: Jesús sube al monte y pasa toda la noche en oración a Dios. Aquí comienza nuestra primera meditación…
1. Cristo oró por los suyos (v. 12)
1. Cristo oró por los suyos (v. 12)
“En esos días Él fue al monte a orar, y pasó toda la noche en oración a Dios.”
Lucas no nos dice cuál monte fue. No nos da una fecha exacta. Solo sabemos que fueron “esos días”. ¿Cuáles días? Los días en los que la tensión con los fariseos iba en aumento. Los días en los que ya se comenzaba a tramar la destrucción de Jesús. Eran días de oposición creciente, de incomprensión, de dureza de corazón. Y en medio de todo eso, el Hijo de Dios se aparta a orar.
¡Qué contraste! Mientras los hombres se reúnen para discutir cómo eliminarlo (Lucas 6:11), Jesús se aparta al monte para comulgar con el Padre. Mientras la oposición planea en secreto, el Hijo ora en secreto. Y no fue una oración breve. Lucas dice que pasó toda la noche en oración a Dios. No hay ningún otro pasaje en los evangelios donde se diga que Jesús oró una noche entera, excepto este. No era algo común, ni rutinario. Era algo solemne. El cielo estaba en movimiento.
Y no era una oración de escape, sino de preparación. Jesús está a punto de formar, con sus propias manos, una comunidad que será el embrión de la iglesia: un pueblo nuevo, con doce columnas nuevas, que representarán al nuevo Israel de Dios. Y antes de escogerlos… ora. Antes de fundar lo que será Su iglesia, intercede. Antes de nombrar a los suyos, los lleva al corazón del Padre.
Este es el Cristo de Lucas: no simplemente un obrero incansable, sino un Siervo lleno del Espíritu, dependiente en todo del Padre. La comunión entre el Hijo y el Padre es lo que sostiene todo el evangelio. Y en cada momento clave —el bautismo, la elección de los doce, la transfiguración, Getsemaní— Jesús ora. ¿Por qué? Porque la historia de la redención avanza de rodillas.
Y lo que está ocurriendo en este monte no es solo intimidad espiritual, es preparación redentiva. Jesús no está orando solo por sabiduría para tomar buenas decisiones. Está intercediendo por hombres que serán, no solo discípulos, sino testigos fundacionales de la gracia. Estos hombres serán las columnas de la iglesia (Efesios 2:20), los depositarios de la enseñanza del Reino. Serán enviados como embajadores de Cristo. ¿Y qué hace Él antes de llamarlos? Ora. No les escribe una carta. No hace una encuesta. No pregunta quién tiene más experiencia o quién tiene menos problemas. Los lleva al Padre.
¿Y qué hace Jesús? Se aparta. Sube al monte. Se va a orar. Lucas nos lo muestra como un hombre que, aunque es Dios, depende completamente de su Padre. No solo ora, sino que pasa toda la noche orando. Toda la noche, hermanos. No es una oración breve antes de tomar una decisión, no es un momento devocional apresurado. Es una noche entera de comunión con el Padre.
Y esto nos debe decir algo. En el evangelio de Lucas, cada vez que Jesús ora con esta intensidad, algo decisivo está a punto de suceder. Antes de comenzar su ministerio público, oró en su bautismo. Antes de preguntar a los discípulos quién decían que era, oró. Antes de transfigurarse, oró. Y en Getsemaní, antes de la cruz, también oró. La oración, en la vida de Jesús, no es un accesorio; es la antesala del obrar de Dios. Es la manera como Él se dispone para cumplir la voluntad de su Padre.
Y aquí, en Lucas 6, la decisión es trascendental: Jesús está a punto de escoger a los Doce. A estos hombres imperfectos, sí, pero que serán las columnas de la iglesia. El fundamento apostólico sobre el cual será edificada la nueva humanidad redimida en Cristo. Jesús no los elige por afinidad, por capacidades humanas o por carisma, sino por medio de la oración. Su llamado nace de la intimidad con el Padre. Lo que Jesús está haciendo aquí no es una estrategia, es obediencia. No está construyendo una empresa, está fundando el nuevo pueblo de Dios. Y lo hace orando toda la noche.
Conexión teológica-redentiva
Conexión teológica-redentiva
Lo que estamos viendo aquí, hermanos, es mucho más que una noche de oración. Es un momento crucial en la historia de la redención. Jesús no está simplemente eligiendo colaboradores; está inaugurando el nuevo Israel.
Así como Moisés subió al monte para recibir la Ley y constituir el pueblo del pacto, ahora vemos a Cristo —el nuevo y verdadero Moisés— subir al monte no para recibir la Ley, sino para designar a aquellos por medio de quienes será proclamada la gracia. El primero subió al monte Sinaí, este sube a orar. Uno bajó con mandamientos de piedra, el otro bajará con nombres de hombres grabados en su corazón. Es el nuevo éxodo, el nuevo pacto, el nuevo pueblo.
Y no olvidemos que Jesús ora no solo como hombre perfecto, sino también como nuestro Mediador. Aun antes de llamarlos, ya los está presentando delante del Padre. Ya los está sosteniendo en oración. Ya los está encomendando a la gracia. ¡Qué maravilla, hermanos! Antes de que estos hombres prediquen, antes de que hagan milagros, antes de que caigan y sean restaurados, ya están en el corazón del Salvador. Porque el llamado en el reino de Dios no comienza con nuestra disposición, sino con la intercesión de Cristo. Es Él quien ora, elige, sostiene y cumple.
Y por eso esta escena nos prepara para otro monte más adelante. Otro monte donde también Jesús orará intensamente, derramando lágrimas como gotas de sangre: Getsemaní. Allí también orará por los suyos, pero ahora en agonía, porque está a punto de dar Su vida por ellos. Desde el principio hasta el fin, Jesús sostiene a su pueblo de rodillas ante el Padre.
Esto no es solo un modelo de oración; es una imagen de la gracia. El evangelio no comienza con nuestra búsqueda de Dios, sino con el Hijo buscando la voluntad del Padre, intercediendo por nosotros incluso antes de que lo conozcamos.
Implicaciones pastorales
Implicaciones pastorales
Querida iglesia, ¿no es esto profundamente consolador? Antes de que estos hombres hicieran algo por Jesús, Jesús ya estaba orando por ellos. Antes de que llevaran Su nombre ante el mundo, Él ya los había llevado en oración al Padre. Antes de que fracasaran —como Pedro negando, como Tomás dudando, como Judas traicionando— Cristo ya los había encomendado a la voluntad del Padre.
Esto nos recuerda algo esencial para nosotros hoy: el fundamento de nuestra vida cristiana no es lo que nosotros hacemos por Cristo, sino lo que Cristo ha hecho —y sigue haciendo— por nosotros. Hermanos, no fuiste tú quien comenzó esta obra. Fue Él. Y tampoco eres tú quien la va a completar. ¡Es Él quien intercede por ti! Es Él quien ora por ti, quien te sostiene.
Tal vez esta mañana llegas débil, con tu fe tambaleando, cansado de caer en las mismas luchas, tal vez te has sentido indigno, inconstante. Y sí, como los Doce, no somos los mejores candidatos. Pero escucha esto: tú no fuiste llamado por mérito, sino por gracia. No fuiste elegido porque eras fuerte, sino porque Él se comprometió a sostenerte.
Y si Cristo pasó la noche orando por sus discípulos, ¿crees que hoy ha dejado de orar por ti? ¡No! Hebreos 7:25 dice que Él vive para interceder por los suyos. Tú no estás solo. En este mismo momento, hay un Salvador en gloria orando por ti, intercediendo por ti, y Su oración no falla.
Así que, iglesia amada, confía en Él. No te apoyes en tu desempeño espiritual. Descansa en la fidelidad de Aquel que ora por ti, te sostiene, te llama, y te llevará hasta el fin. Si estás en Cristo, ya estás en las oraciones del cielo.
2. El llamado soberano de los Doce
2. El llamado soberano de los Doce
“Y cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, y escogió a doce de ellos, a los cuales también llamó apóstoles.” (Lucas 6:13)
Lucas nos conduce ahora de la oración nocturna a un acto público de profunda trascendencia: la elección de los doce apóstoles. La escena está cargada de solemnidad. No es un llamado al azar, ni una simple selección organizativa. Es un acto deliberado, soberano y fundacional.
Notemos primero que Jesús llama a todos sus discípulos —es decir, a un grupo amplio de seguidores que ya lo acompañaban desde antes— y de entre ellos escoge a doce. Este término “escogió” (ἐκλεξάμενος) es el mismo verbo que Lucas usará más adelante para hablar de la elección divina. Es el lenguaje del pacto, de la elección redentora de Dios a lo largo de toda la Escritura. Jesús no hace una encuesta ni convoca voluntarios. Él escoge con autoridad divina, según el consejo eterno del Padre.
En segundo lugar, les da un nuevo nombre y una nueva identidad: “apóstoles” (ἀποστόλους). Hasta ahora eran discípulos (μαθηταί), aprendices, seguidores. Pero ahora son apóstoles, es decir, “enviados con autoridad”. Esta palabra no solo designa una tarea misionera, sino un oficio instituido por Cristo mismo, con autoridad derivada de su persona y mensaje. No se trataba simplemente de predicadores itinerantes, sino de representantes oficiales de Cristo, quienes serían el fundamento doctrinal y pastoral de la Iglesia (Efesios 2:20).
Y ¿por qué doce? Jesús está restaurando simbólicamente a las doce tribus de Israel, fundando un nuevo Israel, un nuevo pueblo de Dios. El número no es decorativo: es escatológico. Jesús está anunciando con esta elección que el Reino de Dios está irrumpiendo con poder, que el nuevo éxodo ha comenzado, y que Dios está reuniendo un pueblo renovado, no según la carne, sino según la elección soberana de su gracia.
Observa, hermano, que estos nombres aparecen también en Apocalipsis 21:14: “Los nombres de los doce apóstoles del Cordero están escritos en los cimientos de la Jerusalén celestial.” ¡Lo que ocurre aquí en este monte es un acto de gloria eterna!
Conexión teológica-redentiva
Conexión teológica-redentiva
Lo que ocurre en este versículo no es simplemente un momento organizativo dentro del ministerio terrenal de Jesús. Es, en realidad, una manifestación del plan eterno de redención. Jesús no solo está formando un equipo de predicadores. Está restaurando a Israel. Está creando un nuevo pueblo, no basado en la genealogía, sino en el llamado de la gracia.
La elección de los doce tiene su eco profundo en todo el relato de la redención:
Doce tribus de Israel fueron llamadas a ser luz para las naciones.
Pero fallaron en su misión, como lo muestra toda la historia del Antiguo Testamento.
Ahora, Jesús escoge doce nuevos representantes, para anunciar el cumplimiento de todas las promesas dadas a Abraham, Moisés y David.
Estos doce no son grandes líderes, ni escribas ni sacerdotes. Son pecadores comunes, llamados por gracia.
Esto apunta directamente al corazón del evangelio: Dios no llama a los capacitados; Él capacita a los que llama. Su elección no está basada en mérito alguno, sino en Su soberano amor. Como lo afirma Pablo: “Mirad, hermanos, vuestro llamamiento… lo necio del mundo escogió Dios para avergonzar a los sabios” (1 Corintios 1:26–28).
Jesús está formando una comunidad de redención —el nuevo Israel del Espíritu— que será testigo de Su muerte, resurrección y ascensión, y que proclamará el Reino de Dios hasta lo último de la tierra. Este acto conecta directamente con el cumplimiento de la profecía de Isaías: “Mi siervo será luz para las naciones” (Isaías 49:6). ¿Y cómo? Por medio de sus apóstoles, enviados en Su nombre, a proclamar Su salvación.
Implicaciones pastorales
Implicaciones pastorales
Hermanos, esto debe llenar nuestro corazón de profunda humildad y esperanza.
Primero, recordemos que somos parte del pueblo de Dios no por mérito, sino por llamado. ¡Qué consuelo tan grande! Jesús no llamó a los mejores, ni a los más preparados, ni a los más espirituales. Llamó a pecadores comunes —pescadores, recaudadores de impuestos, hombres con pasados complicados— para ser Sus testigos. Si tú estás en Cristo, es porque Él te miró con gracia soberana y te dijo: “Ven, sígueme”.
¿Te sientes insuficiente para servir al Señor? ¿Te abruma tu pasado, tus fracasos o tu debilidad? Este pasaje nos recuerda que el poder y la iniciativa son de Cristo, no nuestras. Él escoge, Él llama, Él envía, y Él sostiene. Como dijo un antiguo predicador: “Cristo no llamó a apóstoles brillantes, sino a hombres ordinarios, para que Su gloria fuera evidente.”
Segundo, la elección de los Doce nos exhorta a vivir como pueblo redimido y enviado. La Iglesia no es una asociación voluntaria de creyentes. Es una comunidad llamada por Cristo mismo. No estamos aquí porque quisimos, sino porque fuimos convocados por el Rey. Eso le da dignidad y propósito a nuestra vida: hemos sido llamados a estar con Él y a ser enviados por Él (Marcos 3:14).
¿Estás viviendo como alguien llamado por Jesús? ¿Estás descansando en Su elección soberana? ¿O estás buscando validación en tus logros, comparándote con otros, o desesperado por probar que vales algo?
Tercero, esta semana tendremos la oportunidad de ver este principio en acción. Al tener entre nosotros a hermanos de otra iglesia, venidos a servir con nuestros niños, jóvenes y familias, recordamos que el llamado de Cristo no se limita a nuestra congregación local. El Reino avanza por medio de llamados de distintas partes del mundo. Y nosotros, juntos, formamos un solo cuerpo.
¡Qué oportunidad para recibir con gozo a nuestros hermanos de la Iglesia Presbiteriana Ortodoxa y servir juntos en la obra del Rey! Que sus vidas, su testimonio, y nuestra comunión en Cristo sean evidencia de que el mismo Señor que llamó a los Doce sigue llamando, enviando y uniendo a Su pueblo hoy.
Punto 3: La comunidad imperfecta del Reino
Punto 3: La comunidad imperfecta del Reino
(Lucas 6:14–16)
Ahora el texto nos presenta los nombres de los doce hombres escogidos por Jesús. A primera vista podría parecer simplemente una lista, pero es una lista cargada de significado. Lucas dice:
“A Simón, a quien también llamó Pedro, y a Andrés su hermano, a Jacobo y a Juan, a Felipe y a Bartolomé; a Mateo y a Tomás; a Jacobo hijo de Alfeo, y a Simón, llamado el Zelote; a Judas hijo de Jacobo, y a Judas Iscariote, que llegó a ser el traidor.”
Aquí Lucas menciona a los Doce en grupos de cuatro, como también hacen Mateo, Marcos y Hechos. Y aunque los nombres varían ligeramente en orden entre los evangelios, se mantienen constantes en tres cosas importantes:
Pedro siempre encabeza la lista.
Judas Iscariote siempre aparece al final, como el traidor.
La lista está organizada en tres grupos de cuatro.
Pedro —a quien el Señor llamó “la roca”— no era precisamente estable. Como hemos visto en otros textos, era impulsivo, cambiante, y hasta negó al Señor. Y sin embargo, fue puesto como primero. Andrés, su hermano, fue el que lo trajo a Jesús. Jacobo y Juan, hijos del trueno, eran conocidos por su carácter fuerte, su ímpetu.
Luego vienen Felipe, Bartolomé (posiblemente Natanael), Mateo —el exrecaudador de impuestos— y Tomás, conocido por sus dudas, pero también por su valentía en momentos cruciales. Jacobo hijo de Alfeo, Simón el Zelote (que antes pertenecía a un movimiento revolucionario radical), Judas hijo de Jacobo (probablemente también llamado Tadeo), y finalmente Judas Iscariote, el traidor.
Este es un grupo sorprendente. Hay pescadores galileos, un cobrador de impuestos que colaboró con Roma, y un zelote que, antes de seguir a Cristo, quería derrocar al imperio romano. Gente común. Hombres quebrantados. Hombres diferentes, incluso opuestos en temperamento y origen. Y, sin embargo, Jesús los llama a formar una sola comunidad.
Más aún, Jesús llama a Judas Iscariote, sabiendo lo que haría. Lucas es claro: “que llegó a ser el traidor.” No hay un intento de suavizar la historia. Desde el comienzo, el evangelio nos está mostrando que la comunidad del reino no es una comunidad sin manchas, sino un grupo de pecadores redimidos, en los que la gracia de Dios ha comenzado a obrar.
Y eso, querido hermano, hermana, es parte esencial del mensaje de este pasaje. La lista no está aquí para que la saltemos, sino para que meditemos en ella.
onexión teológica-redentiva
onexión teológica-redentiva
Esta lista de nombres no es un simple registro histórico, sino una muestra concreta de cómo actúa la gracia soberana de Dios al edificar Su reino. Lo que vemos aquí no es una comunidad ideal, ni un grupo de élite moral, sino una comunidad redimida por gracia.
Desde el principio de la historia bíblica, Dios ha trabajado por medio de personas rotas. No llamó a los poderosos de este mundo, ni a los sabios según la carne, sino —como dice Pablo— a lo necio, lo débil, lo vil y lo menospreciado (1 Cor. 1:26–29). Lo mismo ocurre aquí. Esta elección de los Doce marca la fundación visible del nuevo Israel, como Hendriksen y Edwards bien señalaron. Doce hombres para representar a las doce tribus, el pueblo de Dios renovado en Cristo.
Pero este nuevo pueblo no está formado por hombres sin tacha. No, está formado por pecadores transformados por el llamado soberano de Cristo. Y no olvidemos: entre ellos estaba el traidor. Esto nos dice algo profundamente importante sobre la iglesia: el Reino de Dios no es una utopía sin pecado en esta era presente. Como dijo James R. Edwards:
“La comunidad reunida y formada por Jesús no es una sociedad utópica e impecable. Judas recuerda a la iglesia que los seguidores de Jesús no son perfectos, ni necesitan serlo para cumplir los propósitos para los cuales Él los llama. Pero Judas también recuerda que la cercanía a Cristo no garantiza inmunidad frente a la traición.”
Esto es profundamente redentivo. Porque nos recuerda que Cristo no vino a llamar a justos, sino a pecadores. Que no somos aceptados en Su comunidad por nuestros méritos, sino por Su llamado y Su gracia. Y que Su poder se perfecciona en nuestra debilidad, aun en medio de la fragilidad de la comunidad visible.
mplicaciones pastorales
mplicaciones pastorales
1. La iglesia local no es una galería de santos impecables, sino una comunidad de llamados por gracia.
Hermanos, no debemos sorprendernos por nuestras imperfecciones ni por las heridas que a veces sufrimos en medio del pueblo de Dios. Cristo no escogió a los doce por su nobleza de carácter, sino por Su plan eterno de gracia. No todos eran pescadores. Algunos eran colaboracionistas, como Mateo; otros, revolucionarios, como Simón el Zelote. Dos extremos que no se unirían jamás si no fuera porque Cristo los llamó a una nueva familia. Y aún hoy, en cada congregación, Él sigue formando comunidades donde hay diferencias, tensiones, y —sí— heridas… pero también perdón, santificación, y amor que lo cubre todo.
2. El hecho de que haya un Judas entre los doce no es prueba de fracaso, sino de realismo.
Esto es pastoralmente vital. Jesús no falló en Su selección. El traidor tenía un papel en el plan soberano de Dios, como lo vemos en Lucas 22:22 y Hechos 2:23. Y sin embargo, siguió siendo responsable de su pecado. No tenemos que ser ingenuos. La cercanía a Cristo no garantiza fidelidad. Por eso la iglesia necesita estar siempre velando, discerniendo, y sobre todo, confiando no en la pureza del grupo, sino en el poder y la gracia del que los llamó.
3. Si tú te sientes indigno de ser usado por el Señor, recuerda que así comienzan todos los verdaderos discípulos.
Pedro negó, Tomás dudó, Felipe fue torpe, los hijos de Zebedeo fueron impulsivos… y, sin embargo, todos ellos fueron transformados por la gracia de Cristo y usados para edificar la iglesia y proclamar el evangelio al mundo. Cristo no llama a los capacitados; capacita a los llamados. Y si tú estás en Cristo, Él también tiene un lugar para ti en la obra de Su Reino.
4. La verdadera unidad no se basa en el trasfondo, sino en el llamado común.
El evangelio une a personas que, fuera de Cristo, no tendrían razón para estar juntas. Un recaudador de impuestos y un exguerrillero nacionalista jamás se sentarían a la misma mesa. Pero en Cristo, no solo se sentaron —vivieron, sirvieron y murieron por la misma causa. Así debe ser la iglesia: una familia unida no por gustos o preferencias, sino por el llamado del Rey.
5. El fruto de una comunidad no radica en su uniformidad, sino en su permanencia en Cristo.
Lo que hace poderosa a esta comunidad no es que todos fueran iguales o perfectos, sino que todos fueron llamados por Jesús, estuvieron con Jesús y fueron enviados por Jesús. La misma gracia que los llamó los sostuvo hasta el final (excepto Judas, cuya traición también cumplió los propósitos de Dios). Y esa misma gracia nos sostiene hoy.
Conclusión: Una comunidad llamada por gracia, sostenida por Cristo
Conclusión: Una comunidad llamada por gracia, sostenida por Cristo
Querida iglesia, hoy hemos contemplado el momento solemne y glorioso en que Jesús, después de una noche entera en oración, llama a doce hombres para formar con ellos el fundamento visible de un nuevo pueblo. No eran perfectos. Algunos dudaban, otros discutían por ser los primeros, uno incluso lo traicionó. Pero Jesús los escogió, los llamó a sí, los formó con paciencia, y los envió con poder. Esta no fue una decisión estratégica ni un experimento social. Fue un acto soberano de gracia y un parteaguas en la historia de la redención.
Y ¿saben qué? Ese mismo Cristo sigue edificando Su iglesia hoy. Él sigue llamando, sigue formando y sigue enviando. Él no ha terminado. Su oración no cesa. Su gracia no se ha agotado.
Y providencialmente, esta mañana estamos viendo una expresión tangible de esa realidad: la visita de nuestros hermanos de la Iglesia Presbiteriana Ortodoxa (OPC), que han venido a servir junto a nosotros durante esta semana en el campamento de verano. Diez personas, incluyendo tres ancianos, han viajado para ministrar a nuestros niños, compartir con nuestros jóvenes, y edificar nuestra iglesia.
Esto no es turismo. Esto es comunión. Esto no es un evento aislado. Es parte de la obra continua de Cristo, quien sigue reuniendo a Su pueblo más allá de fronteras, idiomas o culturas. Hermanos, esto es un anticipo de lo que viviremos en gloria: un solo pueblo, una sola fe, un solo Señor, llamado por gracia, sostenido por la oración del Salvador, y enviado con poder para proclamar Su Reino.
Así que, en lugar de mirar a la iglesia con desdén por sus imperfecciones, mírala con esperanza. Cristo la está formando. En lugar de dudar si tú puedes servir al Señor, recuerda que Él no escogió a los mejores, sino a los que Él quiso. Y en lugar de esperar una comunidad ideal, sé parte de la comunidad redimida que Él ya está formando: imperfecta, sí, pero llena de Su gracia y sostenida por Su intercesión.
¿Te sientes débil, indigno, falto de dones o temeroso del llamado de Dios? Mira a Pedro, mira a Mateo, mira a Tomás… y confía en Cristo. Él no falla. Él no abandona. Y si Él te ha llamado, también te sostendrá.
Que esta semana sea un testimonio vivo de lo que Cristo puede hacer cuando une a Su pueblo en torno a Su nombre. Que nuestros niños vean y experimenten esa comunión. Que los jóvenes sean animados a vivir como discípulos. Que nosotros como iglesia demos gracias por Su fidelidad.
Porque Él sigue llamando. Él sigue orando. Y Él sigue edificando Su Reino.
Amén.
Vamos juntos al Evangelio de Lucas, capítulo 6, versículos del 12 al 16.
El Señor nos sigue guiando por este evangelio inspirado para que contemplemos a Cristo en su gloria, y para que nuestro corazón sea pastoreado, instruido y consolado por Su Palabra.
Hace un mes dejamos nuestra serie de Lucas justo después de una fuerte confrontación entre Jesús y los fariseos. En Lucas 6:1–11 vimos cómo el Señor del reposo caminaba en medio de un pueblo oprimido por la religión sin gracia, trayendo libertad, sanidad y restauración. Jesús no vino a remendar la religiosidad antigua; vino a traer vino nuevo. No vino a confirmar sistemas humanos; vino a inaugurar el Reino de Dios, a cumplir las promesas del pacto y a formar un nuevo pueblo que encuentre su descanso en Él.
Ahora, en el pasaje que nos corresponde hoy, vemos una transición importante en la narrativa de Lucas. Jesús pasa de ministrar solo, a llamar y constituir un grupo de hombres que serán testigos de su vida, muerte y resurrección. Él no forma un grupo cualquiera. Él ora. Pasa toda la noche en comunión con el Padre. Y luego escoge a doce. Un número cargado de significado. ¿Por qué no once? ¿Por qué no catorce? ¿Por qué doce? Porque el Señor está formando un nuevo Israel, un pueblo renovado, no según la carne, sino según la gracia.
Hermanos, esto no es simplemente un acto administrativo. Esta escena nos abre una ventana al corazón de Cristo y al propósito eterno de Dios. Porque en esta elección no hay mérito humano, sino pura gracia. No hay hombres extraordinarios, sino un Salvador extraordinario que llama a hombres comunes para una misión gloriosa. La iglesia no fue fundada por gigantes espirituales, sino por pescadores, cobradores de impuestos, escépticos y hasta uno que lo traicionó. Y sin embargo, a través de ellos, el mundo fue trastornado. ¿Por qué? Porque el poder no estaba en ellos, sino en Aquel que los llamó.
Esta mañana veremos en nuestro texto tres acciones soberanas de Cristo que revelan su gracia y autoridad al formar a su pueblo:
Oró por los suyos (v.12)
Escogió a los suyos (v.13)
Formó a los suyos (vv.14–16)
Y lo que veremos, hermanos, no es solamente lo que Cristo hizo con ellos, sino lo que sigue haciendo con nosotros. Él sigue intercediendo, sigue llamando, sigue formando Su iglesia. Así que al contemplar estos versículos, no los veas como historia antigua, sino como la historia de tu propia redención. Porque el mismo Cristo que llamó a Pedro, a Juan y a Tomás, es el que te ha llamado a ti, y no para que te quedes pasivo, sino para que seas parte viva de su pueblo misionero.
¿Cuándo fue la última vez que sentiste el peso de una decisión que podía cambiarlo todo? Tal vez una llamada que debías hacer, un hijo al que tenías que confrontar, o un paso de fe que exigía sabiduría y temor de Dios. Todos enfrentamos momentos así. Pero ninguno tan decisivo como este: el momento en que el Hijo de Dios, después de pasar toda la noche en oración, elige a doce hombres que serían el fundamento de su Iglesia.
Este pasaje no es un simple listado de nombres. Aquí se nos abre una ventana al corazón de Jesús: vemos su dependencia del Padre, su autoridad soberana para llamar, y su gracia para formar una comunidad redentora a partir de personas rotas y comunes. Lucas nos lleva desde la montaña de la oración hasta la fundación del nuevo pueblo de Dios, un pueblo que nace no del mérito humano, sino de la elección misericordiosa del Mesías.
Y es aquí donde también entramos nosotros. Porque el mismo Cristo que llamó a Pedro, a Tomás, y a Judas, sigue edificando hoy su Iglesia. Y lo hace con personas como tú y como yo: débiles, distintas, frágiles… pero elegidas en amor para un propósito eterno.
Esta mañana veremos tres actos con los que Jesús comienza a formar su Iglesia,
para que confiemos en su oración por nosotros, respondamos con fe a su llamado,
y vivamos con humildad en la comunidad que Él edifica:
Una oración ferviente
I. Una oración ferviente (v. 12)
I. Una oración ferviente (v. 12)
“En esos días Él se fue al monte a orar, y pasó toda la noche en oración a Dios.” (Lucas 6:12, NBLA)
a. Exposición histórico-gramatical
a. Exposición histórico-gramatical
Lucas abre este episodio con una frase solemne: “En esos días”, que conecta con la creciente oposición de los fariseos (6:11) y anticipa un momento crucial en el ministerio de Jesús: la elección de los doce apóstoles, quienes llevarán adelante la misión del Reino.
El verbo principal es ἀπῆλθεν (“se fue”), seguido por el propósito: προσεύξασθαι (“a orar”). Pero lo más impactante es la expresión intensificadora: διενύκτευσεν ἐν τῇ προσευχῇ τοῦ Θεοῦ, literalmente: “pasó la noche en oración a Dios”. Lucas usa aquí un hapax legómenon (διενυκτερεύω), que no aparece en ningún otro lugar del Nuevo Testamento. El énfasis es claro: Jesús perseveró orando durante toda la noche, no de forma ocasional o ceremonial, sino en comunión constante con el Padre.
Esto revela no solo su humanidad dependiente, sino también su divinidad encarnada: el Hijo ora al Padre antes de establecer el núcleo de su Iglesia. No fue una decisión humana, política o práctica, sino profundamente teológica y relacional.
b. Conexión teológica-redentiva
b. Conexión teológica-redentiva
En esta escena vemos al Nuevo Moisés subiendo al monte, no para recibir la ley, sino para dar inicio al nuevo pueblo del pacto. Así como Moisés oraba intercediendo por Israel (Éxodo 32–34), ahora Jesús intercede en comunión perfecta con el Padre para escoger a los Doce, quienes representarán las doce tribus restauradas de un Israel redimido.
Esta oración de Jesús anticipa la que hará más adelante en Juan 17, donde dirá: “Los que me diste, los he guardado” (Jn. 17:12). La Iglesia nace de la oración del Hijo, y es sostenida por ella.
Este punto también resalta la doctrina de la mediación de Cristo: Jesús ora como el Mediador del nuevo pacto, el segundo y último Adán, el verdadero Pastor que vela de noche por sus ovejas.
c. Aplicación pastoral
c. Aplicación pastoral
¿Quién de nosotros pasa la noche en oración por decisiones del Reino? Jesús lo hizo. Si el Hijo eterno no procedió sin buscar la guía del Padre, ¿cómo podríamos nosotros vivir el ministerio, el matrimonio o la vida cristiana sin dependencia constante en oración?
Este punto nos confronta: nuestras decisiones muchas veces se basan en impulsos, estrategias o sentimientos. Pero Cristo nos enseña que el inicio de toda obra duradera comienza en oración. ¿Estamos orando por nuestra iglesia como Cristo ora por la suya? ¿Intercedemos por nuestros hijos, nuestros discípulos, nuestros hermanos, con la misma intensidad con la que Jesús ora por nosotros?
Pero también nos consuela: Jesús no solo oró por aquellos doce, sigue orando por ti (Heb. 7:25). Aunque tú no siempre ores como deberías, Él nunca deja de interceder por los suyos. Su oración ferviente te cubre, te sostiene y te asegura.
Una elección soberana
II. Una elección soberana (vv. 13–16)
II. Una elección soberana (vv. 13–16)
“Cuando se hizo de día, llamó a Sus discípulos y escogió a doce de ellos, a los cuales también nombró apóstoles…” (Lucas 6:13, NBLA)
a. Exposición histórico-gramatical
a. Exposición histórico-gramatical
Después de una noche entera en oración, Lucas nos dice que Jesús “llamó a sus discípulos” —un grupo amplio de seguidores que lo acompañaban— y “escogió” (ἐξελέξατο) a doce de ellos. Este verbo en voz media enfatiza que Jesús mismo tomó la iniciativa: no fue una elección democrática ni por sugerencia ajena, sino una selección personal, soberana, deliberada.
Los llama ἀποστόλους, término que significa “enviados” o “delegados”, marcando su papel oficial como representantes del Rey. Ellos no son simplemente estudiantes o acompañantes, sino portadores de una comisión divina, testigos fundacionales del Reino de Dios.
Los nombres que Lucas registra no están allí como detalle histórico sin valor. Cada uno representa la diversidad, debilidad y propósito redentor del grupo que Jesús reunió. Simón Pedro, Andrés, Jacobo, Juan… hasta Judas Iscariote. Esta lista nos recuerda que Jesús elige a quienes quiere (cf. Mr. 3:13), y su elección no se basa en méritos, sino en la gracia soberana.
b. Conexión teológica-redentiva
b. Conexión teológica-redentiva
Este momento recuerda la formación de las doce tribus de Israel. Jesús está restableciendo al pueblo del pacto —no en genealogía, sino en misión y fe. Él es el nuevo Jacob que da forma a un nuevo Israel, no por sangre, sino por la Palabra y el Espíritu.
Cada nombre en la lista es un testimonio de la elección divina. Pedro, impulsivo; Tomás, incrédulo; Simón, un zelote revolucionario; Mateo, un cobrador de impuestos traidor. Jesús no elige a los capaces, capacita a los que llama. Incluso Judas Iscariote cumple un propósito: que se cumplan las Escrituras (Lc. 22:22; Hch. 1:16–20).
Esto resalta la doctrina del llamamiento eficaz: cuando Jesús llama, su Palabra produce lo que demanda. Aun cuando los hombres fallan, su elección es firme, y su propósito no puede ser frustrado (cf. Ro. 8:29–30; Ef. 1:4–5).
c. Aplicación pastoral
c. Aplicación pastoral
¿Te asombras de que Jesús te haya llamado? Deberías. Como a los Doce, no te llamó por tu fidelidad, sino para formar en ti algo nuevo. ¡Mira quiénes están en la lista! ¡Mira cómo Jesús hace de ellos una comunidad transformada!
Esto consuela al que se siente indigno. Si Jesús pudo usar a un impulsivo como Pedro, a un recaudador como Mateo, a un traidor como Judas (aunque este se perdió), ¿no podrá usar también a ti? No te defines por tu pasado, sino por Aquel que te llamó.
También nos llama a valorar la Iglesia: este grupo diverso de hombres fue el fundamento del nuevo pueblo de Dios. Hoy seguimos edificando sobre ese fundamento (Ef. 2:20). Cristo sigue eligiendo a su pueblo, no para que brillen solos, sino para ser parte de su misión juntos.
Y finalmente, nos llama a la humildad: si fuimos escogidos, fue por gracia. Por eso servimos, no con orgullo, sino con gratitud. No fuimos nosotros quienes elegimos a Cristo, Él nos eligió a nosotros para que llevemos fruto (Jn. 15:16).
Una comunidad redentora.
Judas Iscariote, que llegó a ser traidor.” El griego dice literalmente: ἐγένετο προδότης — llegó a ser traidor. Esto sugiere una transformación paulatina. El traidor no lo fue desde el inicio, sino que su incredulidad, orgullo o codicia lo llevó a endurecerse.
b. Conexión teológica-redentiva
b. Conexión teológica-redentiva
Este pequeño grupo prefigura lo que será la Iglesia. No una utopía perfecta, sino una comunidad redimida, aún en proceso, que depende absolutamente del poder de Cristo. Lo que los transforma no es su origen, sino su comunión con Jesús.
Incluso Judas cumple un propósito redentivo. Aunque su traición fue malvada, fue también parte del plan soberano de Dios para llevar a Cristo a la cruz (Hch. 2:23). Esto no excusa su pecado, pero muestra que Dios usa incluso los actos de los impíos para cumplir su propósito eterno.
Cristo no sólo llama individuos: forma un cuerpo, un pueblo, una comunidad. La Iglesia, desde sus inicios, ha sido diversa, a veces disonante, pero unida por una misma gracia.
c. Aplicación pastoral
c. Aplicación pastoral
¿Te cuesta amar a otros en la iglesia por sus diferencias? Mira este grupo. En él hay lugar para celotes y publicanos, para pescadores y pensadores, para los impulsivos y los introvertidos. El evangelio no borra nuestras diferencias: las redime en amor.
¿Temes que tu pasado te descalifique para servir a Cristo? Mira la lista. No eran nobles, ni sabios, ni fuertes según el mundo (cf. 1 Co. 1:26–29). Cristo elige a lo débil, a lo vil y despreciado, para que nadie se gloríe.
¿Sientes que alguien en la iglesia te ha fallado profundamente? Aún entre los Doce hubo traición. La cercanía a Cristo no inmuniza del pecado, pero su gracia puede sostener a los suyos. No pongas tu esperanza en personas, sino en Cristo, el que nos une, purifica y sostiene.
Esta lista no es solo historia. Es un espejo de la iglesia actual: una comunidad transformada por gracia, diversa en todo, pero unida en Aquel que nos llamó a seguirle.
Jesús no improvisa. Antes de cualquier acción importante, ora. Antes de edificar su Iglesia, elige. Y lo hace no con base en el mérito humano, sino según su gracia soberana. Esta mañana hemos contemplado al Señor de la Iglesia en el monte, buscando al Padre, eligiendo a los suyos, formando un nuevo pueblo. Y si algo resalta de este pasaje es que todo nace de su iniciativa misericordiosa y de su propósito eterno.
Vimos tres realidades que deben confrontarnos y consolarnos:
La oración deliberada de Jesús nos muestra que su obra no es mecánica ni distante. Él intercede. Él busca la voluntad del Padre. Él ora también por ti (cf. Heb. 7:25).
Su elección soberana nos recuerda que no nos elegimos a nosotros mismos. Fuimos llamados por gracia, apartados para Él, y enviados con autoridad que viene de lo alto.
La comunidad transformada que Él forma nos anima a no desesperar ante nuestras diferencias, heridas o limitaciones. Él toma a personas ordinarias, a veces divididas o frágiles, y las convierte en columnas de su Iglesia.
Hermano, hermana: tú estás en esa lista —no la de los doce apóstoles— pero sí en la de los redimidos. Si has sido llamado por Cristo, tú eres parte de su pueblo. Y si aún no lo has seguido con fe, Él sigue llamando discípulos hoy. No por tus logros, sino por su misericordia.
¿Hay algo más glorioso que saber que el mismo Jesús que oró toda la noche, que escogió con sabiduría perfecta, te ha llamado a ti también a seguirle?
Entonces, ven. Responde con fe. Permanece con humildad. Y vive unido al cuerpo que Él está edificando. No temas si hay Judas entre nosotros, ni si tú mismo has caído. Cristo no se ha equivocado contigo. Y su propósito sigue en pie.
El Señor que ora, elige y forma su iglesia está vivo. Y es digno de ser seguido, servido y adorado.
