Lucas 6:27–36 - El Amor del Reino: Reflejando la Misericordia del Padre

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Introducción:

Queridos hermanos, déjenme empezar con algunas preguntas muy directas:
¿Alguna alguien ha pasado por encima de ti, sin importarle tu dolor?
¿Te han herido con palabras, traicionado por la espalda, o difamado de una forma que te parece imposible perdonar?
¿Te ha fallado alguien en quien confiaste, o simplemente te han pagado con desprecio, indiferencia, o hasta burla? aun ha pasado esto a causa de tu fe?
Para muchos de nosotros, estas no son preguntas ajenas. Y cuando pasan, es natural que el corazón se endurezca. Nuestra mente empieza a dar vueltas y a buscar justicia por sus propios medios:
“Esto no puede quedarse así…
No me voy a dejar pisotear…
No voy a ser la alfombra de nadie…
¡Van a ver ahora con quien se metieron!”
Así nos habla la carne, y así nos grita el mundo:
“¡No te dejes!”
“¡Haz que se arrepientan!”
“¡No seas bobo! ¡Responde con la misma moneda!”
Y si somos sinceros, estas frases nos suenan justas y hasta biblicas “Ojo por ojo, diente por diente” Pero, hermano, déjame advertirte: ese tipo de pensamiento, aunque parezca necesario para “sobrevivir” en este mundo, es la receta segura para un corazón amargado, un hogar dividido y una iglesia debilitada, sin poder espiritual.
El mundo te dice:
Eso de amar, servir, perdonar, o entregar tu corazón es para los débiles.
El fuerte es el que no se deja, el que se la cobra, el que responde con firmeza.
Pero aquí, en la Palabra de Dios, escuchamos algo completamente opuesto —y sí, humanamente escandaloso— de labios de nuestro Señor crucificado:
Lucas 6:27–36 NBLA
»Pero a ustedes los que oyen, les digo: amen a sus enemigos; hagan bien a los que los aborrecen; bendigan a los que los maldicen; oren por los que los insultan. »Al que te hiera en la mejilla, preséntale también la otra; y al que te quite la capa, no le niegues tampoco la túnica. »A todo el que te pida, dale, y al que te quite lo que es tuyo, no se lo reclames. »Y así como quieran que los hombres les hagan a ustedes, hagan con ellos de la misma manera. »Si aman a los que los aman, ¿qué mérito tienen? Porque también los pecadores aman a los que los aman. »Si hacen bien a los que les hacen bien, ¿qué mérito tienen? Porque también los pecadores hacen lo mismo. »Si prestan a aquellos de quienes esperan recibir, ¿qué mérito tienen? También los pecadores prestan a los pecadores para recibir de ellos la misma cantidad. »Antes bien, amen a sus enemigos, y hagan bien, y presten no esperando nada a cambio, y su recompensa será grande, y serán hijos del Altísimo; porque Él es bondadoso para con los ingratos y perversos. »Sean ustedes misericordiosos, así como su Padre es misericordioso.
Estas son palabras para ti, para mí, para una iglesia que vive en un mundo roto, lleno de traición, injusticia y desprecio.
Hoy Jesús quiere sacarnos de la lógica de este mundo y meternos de lleno en la lógica de Su Reino. Un Reino donde no manda el resentimiento ni la venganza, sino una clase de amor que rompe el ciclo del odio.
Jesús no está formando una comunidad de sobrevivientes a la defensiva, sino una familia de redimidos marcados por la cruz: : Gente que ha experimentado el perdón que no merecía, la misericordia que nunca esperaba y la libertad de quien ya no tiene que demostrarle nada al mundo, porque en Cristo lo ha recibido todo
La última vez que estuvimos en este texto, vimos cómo el Señor en su sermón de la montaña describe quiénes son bienaventurados en este mundo: los pobres, los hambrientos, los que lloran, los perseguidos por Su causa.
Y ahora, Jesús responde la pregunta inevitable para todo verdadero discípulo:
¿Cómo vivimos en un mundo que hiere, rechaza y traiciona? ¿Cómo respondemos cuando la injusticia golpea a la puerta del corazón?
La respuesta de Cristo no es una receta de autoayuda, ni un simple ajuste de nuestra ética.
Es la invitación a una vida completamente nueva: Un amor nacido del cielo, sostenido por la gracia, impulsado por el Espíritu, que solo puede brotar de un corazón rendido a Cristo.
Por eso, hoy no venimos a admirar un ideal imposible, sino a clamar juntos: “Señor, enséñanos a amar así. Haznos reflejo de tu misericordia.”
En nuestro texto, Cristo nos llama a reflejar el amor de nuestro Padre con actos que trascienden toda lógica humana. Para eso, Jesús nos revela tres principios esenciales del Reino:
Acciones sobrenaturales hacia los enemigos (Lucas 6:27–31)
Motivaciones diferentes a las del mundo (Lucas 6:32–34)
Imitación misericordiosa del Padre (Lucas 6:35–36)
Frente a un mundo que nos hiere, veamos el primer paso para vivir como hijos del Reino.

1. Acciones sobrenaturales hacia los enemigos (vv. 27–31)

“Pero a vosotros los que oís…” ¿Quiénes son?
El contexto inmediato es la elección de los doce apóstoles (Lucas 6:12–16). Jesús acaba de nombrar a los que serán el fundamento de la Iglesia, pero también hay una multitud de discípulos y seguidores atentos (Lucas 6:17). Jesús ahora dirige su palabra no a toda la muchedumbre, sino a los que han dispuesto el corazón para escuchar y seguirle. No a los curiosos ni a los opositores, sino a los que verdaderamente escuchan la voz del Maestro.
“Oír”, en el sentido bíblico, no es solo percibir con el oído, sino recibir la palabra con fe y disposición obediente (cf. Lucas 8:8, 21: “El que tiene oídos para oír, oiga... Mi madre y mis hermanos son los que oyen la palabra de Dios y la hacen”). Así que Jesús habla a quienes están abiertos a la transformación radical que demanda el Reino.
A lo largo del evangelio, “oír” implica una actitud de discípulo verdadero:
Los que escuchan el mensaje del Reino y lo ponen en práctica (Lucas 8:15).
Los que no se contentan con admirar a Jesús, sino que le siguen, aun cuando eso implique oposición o sacrificio.
Las acciones sobrenaturales que Jesus demanda en el texto, solo pueden ser hechas por discípulos verdaderos, que han decidido escuchar la voz de Cristo, aun cuando el mensaje sea difícil, contracultural, escandaloso o doloroso.
Así que, hermanos, antes de mirar estos mandatos imposibles, hazte la pregunta:
¿Eres uno de los que “oyen” a Cristo hoy? ¿Estás dispuesto a dejar que su Palabra moldee tu reacción al dolor, la traición, la calumnia?
Solo los que oyen así —con fe y humildad— experimentarán el milagro de amar como Él amó. Por eso, este sermón es para ti, iglesia, que anhelas seguir al Señor aunque cueste. El llamado es imposible para la carne, pero posible para quienes han nacido de nuevo y reciben el Espíritu que da oídos para oír y corazón para obedecer.
“Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os aborrecen, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os insultan” (Lucas 6:27–28, NBLA).
Jesús pone el listón donde ningún maestro de la antigüedad lo había puesto. No es simplemente tolerar al enemigo, ni soportar a regañadientes al que nos hiere, sino amarlo.
Este es un mandamiento práctico, que se puede notar, es concreto y debe ser algo cotidiano. Observen los verbos —todos estan en presente, señalando un estilo de vida habitual, acciones esporádicas.

“Amad a vuestros enemigos”

No se trata de sentir cariño o afecto emocional por quien nos hace daño. Amar aquí significa actuar deliberadamente por el bien del otro, aunque no lo merezca, aunque no corresponda, aunque todo dentro de ti clame por justicia y represalia.
En la ética del mundo: El amor se reserva para amigos, familia, gente que nos cae bien o que nos beneficia.
En la ética de Cristo: El amor empieza donde termina el mérito humano. No pregunta: “¿Quién lo merece?” sino “¿Qué haría mi Padre, que fue bueno conmigo cuando yo era su enemigo?” (Romanos 5:8).
Aplicación: No esperes a “sentir” amor por el que te ha herido. Decide, en el poder de Cristo, buscar su bien, orar por él, actuar para su beneficio. Esa es la clase de amor que solo puede producir el Espíritu en ti.

“Haced bien a los que os aborrecen”

El Señor no solo llama a soportar el mal, sino a responder al odio con bondad activa. Hacer el bien significa buscar el bienestar genuino de quien te desea mal.
Esto fue radical para los discípulos: En su cultura, devolver bien por bien era normal; devolver bien por mal, inconcebible.
Ejemplo bíblico: David hizo bien a Saúl cuando este buscaba matarlo; José hizo bien a sus hermanos que lo vendieron como esclavo.
Aplicación: ¿Puedes pensar en alguien que te ha despreciado, hablado mal de ti, o incluso te ha perseguido? ¿Qué “bien” podrías hacerle hoy? Un acto concreto —un mensaje, una ayuda, una oración, una bendición— es el comienzo.

“Bendecid a los que os maldicen”

Bendecir aquí no es usar palabras bonitas superficialmente. Significa desear de corazón el bien de quien te ha maldecido, orar para que Dios le muestre favor y gracia, aunque te haya herido.
Esto fue revolucionario para los oyentes de Jesús: Los maestros de la Ley decían: “Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo” (interpretación popular de Levítico 19:18).
Jesús corrige: “No. Aun al que te maldice, tu respuesta debe ser de bendición.”
Aplicación: ¿Alguien te ha calumniado o insultado? ¿Te atreves a orar para que Dios le bendiga y prospere en su camino? Aquí es donde el evangelio muestra su diferencia radical.

“Orad por los que os insultan”

No es fácil orar genuinamente por quien te hace daño, pero esta es una de las armas más poderosas del Reino. Cuando oras por tus enemigos, tu corazón es transformado, y el ciclo del odio se rompe en ti.
Ejemplo supremo: Jesús mismo, colgado en la cruz, ora: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34).
Aplicación: ¿Quién es esa persona cuya sola mención te provoca dolor o rabia? Llévala hoy a la presencia de Dios y pide que el Señor tenga misericordia de ella. Si no puedes hacerlo con tus fuerzas, pídele a Cristo que lo haga en ti y por ti.
Cada una de estas acciones que Jesus demanda, nos lleva un paso mas alla de simplemente dejar de hacer cosas.
No basta con abstenernos de odiar; hay que amar.
No basta con no hacer mal; hay que buscar activamente el bien.
No basta con no maldecir; hay que bendecir.
No basta con evitar el conflicto; hay que orar incluso por los que nos han herido.
Aquí Jesús va al corazón de la diferencia entre la religión natural y el discipulado cristiano:
La mayoría mide su justicia por lo que evita: “No he matado, no he robado, no he mentido.”
Jesús exige mucho más: “¿Has amado de verdad a tu enemigo? ¿Has buscado su bien? ¿Le has bendecido? ¿Has orado por él?”
Y si somos honestos, este estándar nos sobrepasa. Por eso, Jesús no está dando un simple código ético; está describiendo lo que solo el Espíritu Santo puede producir en un corazón transformado por el evangelio. Es un amor que refleja la gracia escandalosa del Padre.
Es contraintuitivo, sí; va en contra de nuestro instinto de supervivencia, de nuestra carne, de la cultura que nos rodea y hasta del consejo popular: “¡No te dejes, defiéndete!” Pero Jesús dice: “¡No seas vencido por el mal, sino vence el mal con el bien!” (cf. Romanos 12:21).
Para que nadie piense que es solo una metáfora, Jesús ilustra cómo luce este amor sobrenatural en la vida cotidiana:

“Al que te hiera en una mejilla, preséntale también la otra”:

Recibir una bofetada en el mundo judío no era solo un acto físico, sino una humillación pública, un insulto abierto. Jesús dice: cuando eso pase, no respondas con otro golpe. No busques tu dignidad por medio de la venganza, ni caigas en el ciclo de violencia.
No significa ser pasivo ante el abuso o negar la justicia. Jesús mismo protestó ante un golpe injusto (Juan 18:22–23). Pero su punto es: “No devuelvas mal por mal. No permitas que el mal te transforme en igual al agresor. Rompe la cadena. Haz evidente que vives por una lógica distinta: la del amor del Padre.”
¿Cuántas veces buscamos ‘salvar la cara’ y pagar con la misma moneda? Cristo nos llama a soportar el agravio sin endurecer el corazón, confiando en que Dios es nuestro defensor y galardón.

“Al que te quite la capa, no le niegues tampoco la túnica”

La “capa” era el abrigo exterior; la “túnica”, la prenda interior. En la ley de Moisés, la capa no se podía retener como prenda de deuda (Éxodo 22:26–27), pues protegía al pobre.
Jesús dice: si alguien está tan necesitado (o tan abusivo) que te quita la capa, demuestra que tu confianza no está en lo material. No luches por tus derechos hasta el extremo de perder el alma. Si es necesario, suelta también la túnica.
Esto es un llamado a una generosidad desbordante, a no ser controlados por la ansiedad o el amor a las cosas, a tener una libertad interior que solo el evangelio produce.
Aplicación: ¿Cuán aferrado estás a tus derechos, a tu reputación, a tus cosas? ¿Hay algo que, si perdieras, te haría perder la paz o amargarte contra otro?
Jesús nos muestra que, en el Reino, la generosidad es más valiosa que cualquier posesión, y la libertad del alma pesa más que la acumulación de cosas.

“A todo el que te pida, dale; y al que te quite lo que es tuyo, no se lo reclames…”

No es un mandato de ingenuidad ni de irresponsabilidad social; Jesús no está promoviendo la explotación, ni el desorden económico. Está enseñando que el cristiano debe estar siempre dispuesto a dar —aun a quien no puede devolverle, o incluso a quien ha sido injusto con él— porque así es el carácter del Padre.
Aplicación: En la iglesia, en la familia, en el trabajo: ¿eres conocido por ser alguien generoso, que prefiere perder que causar conflicto? ¿O eres de los que lleva cuenta de cada agravio y reclama hasta el último centavo? El llamado es a vivir una vida abierta, generosa, con las manos y el corazón sueltos, imitando la liberalidad de Dios con nosotros.
“Y así como quieran que los hombres les hagan a ustedes, hagan con ellos de la misma manera.”
Esta es la llamada “Regla de Oro”, pero Jesús la pone no como un límite negativo (“no hagas mal”), sino como un estándar positivo y activo: haz el bien, aun antes de que el otro lo haga, aun si nunca te lo hacen.
En otras palabras: No vivas esperando justicia de los demás para actuar correctamente. Actúa tú primero, imita la gracia de Dios, busca el bien del prójimo así como querrías que hicieran contigo, aun si nunca ocurre.
Hermano> ¿Vives midiendo tus acciones por las acciones de los demás, o eres tú quien marca el estándar de amor y generosidad en tu círculo? ¿Te atreves a dar el primer paso, aunque el otro nunca lo dé?
Amados, los hijos del reino, no deben estar contentos solo con no hacer daño. Nuestro Rey exige que demos un paso adelante: que tomemos la iniciativa en el bien, que sorprendamos al mundo con una bondad desproporcionada, que imitemos la misericordia del Padre, y que, al hacerlo, el mundo vea que Cristo vive en nosotros.
La ética de Jesús no se puede cumplir con un simple “checklist”. Siempre habrá más compasión posible, más generosidad que dar, más ofensas que perdonar, más enemigos que amar. Por eso, el cristiano es, como dice Pablo, un deudor permanente: “No debáis a nadie nada, sino el amaros unos a otros” (Romanos 13:8). No hay día en la vida cristiana donde puedas decir: “He cumplido todo el amor que debía.” Siempre estamos en deuda. Y esa deuda solo la podemos afrontar si vivimos en constante dependencia de la gracia de Cristo y con el corazón postrado ante la cruz, de donde brota ese amor inagotable.
Así la vida cristiana deja de ser una lista de prohibiciones cumplidas, y se convierte en una llamada incesante a crecer en el amor de Cristo. Y esa llamada nunca se agota, porque amar como Él amó es un estándar infinito. Pero no desesperes: la deuda de amor solo la puede saldar quien recibe del amor infinito de Jesús.
Ahora que hemos visto cómo se expresa este amor del Reino en acciones concretas, Jesús nos lleva a examinar el corazón: ¿por qué actuamos así? ¿Cuál es la motivación verdadera detrás de amar a los enemigos?

2. Motivaciones diferentes a las del mundo

Después de mostrar la radicalidad de las acciones del Reino, Jesús va al corazón: el motivo. Leamos de nuevo el texto:
Lucas 6:32–34 NBLA
»Si aman a los que los aman, ¿qué mérito tienen? Porque también los pecadores aman a los que los aman. »Si hacen bien a los que les hacen bien, ¿qué mérito tienen? Porque también los pecadores hacen lo mismo. »Si prestan a aquellos de quienes esperan recibir, ¿qué mérito tienen? También los pecadores prestan a los pecadores para recibir de ellos la misma cantidad.
Noten cómo Jesús repite la misma estructura, tres veces, con tres ejemplos:
Amar a los que nos aman
Hacer bien a quienes nos hacen bien
Prestar esperando recibir igual
En todas, la respuesta es: eso no tiene “mérito” ante Dios (charis, gracia, favor). Eso lo puede hacer cualquiera, incluso los “pecadores”, palabra que aquí es hipérbole judía para referirse a la humanidad en general, no solo a criminales.
En el mundo antiguo (y también en el moderno), la moralidad se media por la reciprocidad: — “Yo hago el bien… si me lo hacen.” — “Te presto… si sé que me pagas.” — “Te amo… si me tratas bien.”
La ética del mundo, y aún de muchos religiosos, es: no hagas mal, y devuelve bien por bien. Es el “hoy por ti, mañana por mí” de todas las culturas.
Pero Jesús dice: — Si amas solo esperando algo a cambio, tu amor no es distinto al del mundo. — Si ayudas solo para ser ayudado, eres igual que quienes no conocen a Dios.
Aquí Jesús golpea la raíz de la autojusticia:
No basta con acciones externas correctas.
No basta con “cumplir” por conveniencia
No basta con amor interesado, calculado, selectivo.
Él exige una motivación distinta: El amor cristiano no calcula, no espera pago, no busca reciprocidad. ¿Por qué? Porque así es el amor de Dios.
Hermanos, esto es imposible para la carne. Solo quien ha recibido el amor inmerecido del Padre puede amar de este modo.
Romanos 5:8: “Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.”
1 Juan 4:10–11: “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó… Si Dios nos ha amado así, debemos también nosotros amarnos unos a otros.”
La ética de Jesús es gracia pura. Es actuar como hijos del Altísimo.
Examina tu propio corazón:
¿Por qué ayudas, sirves, oras, das, perdonas?
¿Esperas siempre una respuesta, una “medida igual”, un reconocimiento?
¿Te decepcionas si no te lo agradecen, si no te devuelven, si no te recompensan?
Jesús dice: Si tu amor es así, aún te falta conocer el amor del Padre. El amor del Reino es desproporcionado, generoso, gratuito.
¿Quieres saber si estás creciendo en el evangelio? Mira cómo tratas a quienes no pueden o no quieren devolverte nada. El amor que solo busca reciprocidad es todavía mundano, no celestial.
Piensa en cómo actuamos en la iglesia: — ¿Solo saludas a quienes te caen bien? — ¿Sirves solo si hay algo para ti al final? — ¿Das esperando una devolución? Así no es el Reino de Cristo.
Piensa en Jesús: — Amó a los ingratos, a los traidores, a los que le huían. — Lavó los pies de Judas y le ofreció pan en la mesa. — Oró por los que le crucificaban.
Ese es el estándar.
No hay manera de amar así sin el Espíritu Santo. Por eso, cuando ves tu incapacidad, corre a la cruz. Cristo no solo nos manda este amor; nos lo da por su Espíritu, y nos recuerda: “Mi poder se perfecciona en la debilidad” (2 Corintios 12:9).
Hermanos, la verdadera madurez cristiana no es cuántos “servicios” hacemos o cuánta doctrina sabemos, sino cuánto reflejamos este amor radical, generoso, gratuito, nacido de la gracia.
Este amor te libera de la esclavitud de la aprobación y te da una motivación más alta: agradar al Padre y reflejar a Cristo.
Pero aún hay algo más grande en este llamado: Jesús no solo nos invita a actuar distinto y tener motivaciones distintas y radicales, sino a ser hijos que reflejan la naturaleza de su Padre celestial.
Ese es el clímax de la ética cristiana y es nuestro último punto…

3. Imitación misericordiosa del Padre

Jesús culmina su enseñanza llevando la ética cristiana al máximo nivel.
»Antes bien, amen a sus enemigos, y hagan bien, y presten no esperando nada a cambio, y su recompensa será grande, y serán hijos del Altísimo; porque Él es bondadoso para con los ingratos y perversos. »Sean ustedes misericordiosos, así como su Padre es misericordioso."
Aquí hay tres imperativos que resumen y repiten lo anterior —“amad”, “haced bien”, “prestad”— pero ahora con una motivación y promesa gloriosa:
“No esperando nada a cambio”: El discípulo debe ser generoso incluso cuando sabe que jamás recibirá reciprocidad. Esta es la generosidad divina: dar sin esperar, amar sin recibir, bendecir al ingrato.
Y serán hijos del Altísimo”: Aquí no se trata de “ganar” la filiación divina por obras, sino de reflejar la naturaleza de nuestro Padre. Así como el hijo se parece a su padre, el cristiano debe parecerse a Dios en su trato con los enemigos.
La meta de la vida cristiana no es solo hacer cosas buenas, ni simplemente evitar el mal, sino reflejar el corazón de Dios, que es compasivo, generoso y fiel incluso con quienes no lo merecen.
Observa el argumento de Jesús: Dios —nuestro Padre— es bueno incluso con los ingratos y los malos. Su sol sale sobre justos e injustos. Él no espera la perfección para dar su amor.
Y eso es exactamente lo que experimentamos en la cruz de Cristo.
Cuando nosotros éramos sus enemigos, Dios no nos pagó con la misma moneda.
No nos destruyó, no nos devolvió el mal.
En cambio, entregó a su Hijo para reconciliarnos, para perdonar y abrazar a quienes sólo merecíamos castigo.
Por eso, la vida cristiana no es simplemente ética, sino adopción: Dios, en Cristo, nos hace hijos; y ahora, como hijos, somos llamados a reflejar Su naturaleza.
La misericordia no es solo una estrategia ocasional; es el ADN del Reino de Dios. Así que la pregunta clave, cada vez que tengas que decidir cómo responder al daño o la injusticia, no es simplemente: “¿Qué haría Jesús?”, sino una mucho más profunda: “¿De quién soy hijo?” ¿Estoy reflejando el carácter de mi Padre celestial cuando amo al enemigo, bendigo al que me maldice y oro por el que me hiere? En esas decisiones cotidianas es donde realmente mostramos si llevamos la imagen del mundo o la imagen del Dios que nos adoptó.

Conclusion:

Quizá estés pensando: “Eso es demasiado alto para mí. No puedo amar así.”
Tienes razón. Nadie puede hacerlo por sí mismo.
Por eso el evangelio no es un manual de moralidad, sino un anuncio de gracia: Cristo vino a amarnos cuando éramos enemigos, para que ahora, como hijos adoptados, podamos amar como Él amó. La vida cristiana comienza y termina en la cruz: allí aprendemos, allí recibimos, allí somos renovados.
Si hay alguien que te ha herido, trae su nombre hoy al Señor.
Si llevas resentimiento, trae tu dolor a la cruz.
Si sientes que tu amor se enfría, clama por el Espíritu, que derrama el amor del Padre en nuestros corazones.
El Señor no solo te llama a hacer, sino que te equipa y te sostiene con su amor inagotable.
Amados hermanos, este mundo necesita ver el amor del Reino. No el amor superficial que ama a quienes lo merecen, sino el amor del Padre: un amor que va primero, que sana, que busca la reconciliación aun con quienes han herido. Ese amor no es un ideal, es una realidad posible para los hijos de Dios por el poder de Cristo.
Y si hoy sientes que no puedes, mira a Cristo. Allí está el combustible, la fuente y el modelo. Solo su Espíritu puede transformar tu corazón. Porque en Cristo, el amor de Dios se ha derramado en nosotros. Y ese amor es suficiente para amar aún al enemigo.
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