La disciplina de la oración
Sermones escogidos • Sermon • Submitted • Presented
0 ratings
· 35 viewsNotes
Transcript
Vivimos en el momento más conectado de la historia humana. Para el año 2025, 5,560 millones de personas, el 67.9% de la población mundial, ya están usando internet. Pasamos un promedio de 6 horas y 38 minutos navegando cada día, y los dispositivos móviles generan más del 60% de todo el tráfico mundial. Nunca ha sido tan fácil conectar con otros seres humanos como ahora.
Sin embargo, cuando se trata de conectar con Dios a través de la oración, las estadísticas cuentan una historia muy diferente. Las investigaciones del Grupo Barna revelan que la oración es una disciplina en declive. Mientras que en 2012 el 83% de los estadounidenses oraba semanalmente, esa cifra cayó al 64% en 2021. A pesar de que la mayoría dice haber orado en la última semana, solo el 64% ora más de una vez al día. Aún más preocupante, muchos pastores —quienes deberían ser modelos de oración— admiten luchar con esta disciplina.
Como ven, desarrollamos disciplinas para todo en la vida: hacemos ejercicio, seguimos dietas, aprendemos idiomas y dominamos tecnologías. Pero cuando se trata de la oración, algo que debería ser natural para un hijo de Dios, nos cuesta enormemente. ¿Por qué? Porque la oración es espiritual, y la carne batalla contra ella. Nos frustramos, nos sentimos inadecuados o simplemente no sabemos cómo empezar.
Incluso los discípulos, que vivieron con Jesús, enfrentaron esta misma lucha. En Lucas 11:1 leemos: "Aconteció que estaba Jesús orando en un lugar, y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: Señor, enséñanos a orar."
Este pasaje nos ofrece la premisa principal para nuestro mensaje: La oración es una disciplina aprendible que todo creyente puede y debe desarrollar.
Los discípulos no pidieron que Jesús sanara a alguien o hiciera un milagro. Su petición fue íntima y profunda: "Enséñanos a orar". La respuesta de Jesús no es un regaño, sino una lección práctica, una guía para la persistencia y una garantía de la fidelidad de nuestro Padre.
En los próximos minutos, vamos a seguir la respuesta de Jesús paso a paso, abordando los mismos obstáculos que nosotros enfrentamos. Lo haremos a la luz de cuatro verdades:
La oración es aprendible.
La oración tiene una estructura.
La oración requiere persistencia.
La oración obtiene respuesta.
La oración es aprendible
La oración es aprendible
"Aconteció que estaba Jesús orando en un lugar, y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: Señor, enséñanos a orar."
Esta no era la primera vez que los discípulos veían a Jesús orar. Lucas nos dice que Jesús oraba "muchas veces" (5:16). Lo habían visto orar en el bautismo, antes de elegir a los doce, en el monte de la transfiguración. Conocían sus hábitos de oración.
Pero esta vez algo fue diferente. Algo en la manera como Jesús se comunicaba con el Padre los impactó de tal forma que uno de ellos se atrevió a interrumpir con una petición que expone una realidad incómoda: después de meses siguiendo al Maestro, todavía no sabían orar.
El Reconocimiento de una Deficiencia
El Reconocimiento de una Deficiencia
Piensen en lo que esto significa. Estos hombres habían crecido en una cultura donde la oración era parte de la vida cotidiana. Conocían las Shemá, las bendiciones tradicionales, los horarios establecidos. Pero al observar a Jesús, se dieron cuenta de que había una diferencia cualitativa entre la oración religiosa que conocían y la comunión real con Dios que presenciaban.
La petición "enséñanos a orar" revela tres cosas cruciales:
Primero, reconocieron su deficiencia. No es fácil admitir que no sabemos hacer algo que deberíamos dominar. Especialmente algo tan fundamental como la oración.
Segundo, entendieron que la oración se puede aprender. No pidieron "danos el don de la oración" o "haznos más espirituales". Pidieron que les enseñara - asumieron que era una habilidad desarrollable.
Tercero, sabían a quién acudir. Reconocieron en Jesús al maestro supremo de esta disciplina.
Si Ellos Necesitaban Aprender, Nosotros También
Si Ellos Necesitaban Aprender, Nosotros También
Aquí está el punto liberador: si los discípulos que vivían físicamente con Jesús necesitaban que les enseñaran a orar, cuánto más nosotros.
No somos menos espirituales por luchar con la oración. No estamos descalificados por haber abandonado la práctica. No somos casos perdidos por sentirnos torpes al orar.
Donald Whitney lo dice con claridad: "La oración se aprende orando". Como aprender un idioma extranjero - puedes estudiar gramática y vocabulario, pero lo aprendes realmente cuando tienes que hablarlo. Whitney continúa: "Leer un libro sobre la oración es muy bueno, pero no te enseñará a orar. Yo podría escuchar a un profesor de música tocar durante un año, pero eso no me enseñará a tocar un instrumento".
La oración no es un don místico reservado para súper cristianos. Es una disciplina espiritual aprendible.
Desarrollamos disciplinas para todo. Aprendemos a cocinar siguiendo recetas hasta dominar las técnicas. Aprendemos deportes practicando movimientos hasta que se vuelven naturales. Aprendemos profesiones estudiando principios y aplicándolos hasta desarrollar maestría.
La oración funciona igual. Tiene principios. Tiene estructura. Tiene métodos que se pueden enseñar y aprender. Y como cualquier disciplina, mejora con la práctica constante.
El primer paso para aprender a orar es hacer lo mismo que hizo aquel discípulo: reconocer que necesitamos ayuda.
No justificar la negligencia con "no tengo tiempo" o "no soy lo suficientemente espiritual". No resignarnos con "algunos nacieron para orar, yo no". No conformarnos con "oro cuando tengo ganas".
Sino reconocer honestamente: "Señor, necesito que me enseñes a orar".
Esta verdad debería llenar de esperanza a todo creyente que ha luchado con la oración. Si es aprendible, significa que:
Tu pasado de negligencia no te descalifica
Tu presente de sequedad no es permanente
Tu futuro puede incluir una vida de oración fructífera
Puedes comenzar exactamente donde estás hoy
Ahora bien esto de aprender a orar requiere de algo que nos permita una práctica recurrente, y aquí es donde la idea y la necesidad de una estructura e simportante.
Adquirir una disciplina requiere de una ruta, un camino para recorrer y eso e sjustamente lo que el Señor provee.
II. LA ORACIÓN TIENE ESTRUCTURA (Lucas 11:2-4)
II. LA ORACIÓN TIENE ESTRUCTURA (Lucas 11:2-4)
La respuesta de Jesús es inmediata y práctica. No les da una conferencia sobre la teología de la oración. No los envía a retiros espirituales. Simplemente dice: "Cuando oren, digan..." y les proporciona un modelo concreto.
El Señor pudo haber respondido: "simplemente hablen con el Padre desde el corazón" o "oren como sientan en el momento". Pero no lo hizo. Les dio estructura.
Observen la arquitectura clara del Padre Nuestro en Lucas.
Comienza reconociendo a quién nos dirigimos: "Padre". Luego presenta el elemento de adoración de la oración, que aunque es una conversación, lo es en un sentido solemne: "santificado sea tu nombre, venga tu reino". Después aborda nuestras necesidades: "el pan nuestro de cada día, dánoslo hoy". Continúa con nuestras relaciones: "perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos". Y termina con un pedido por nuestra protección: "no nos metas en tentación".
Esta no es una fórmula mágica para repetir mecánicamente. Es un modelo - una estructura que guía nuestros pensamientos y ordena nuestras prioridades al orar.
Como el armazón de una casa que permite que cada habitación tenga su propósito específico, pero dentro del cual hay libertad para decorar y personalizar.
¿Por qué Jesús consideró necesario dar estructura? Porque nuestras mentes, especialmente cuando intentamos orar, tienden a divagar.
Sin dirección clara, nuestras oraciones se vuelven repetitivas, superficiales o simplemente se desvanecen en buenos deseos vagos. La estructura no mata la espontaneidad; la hace posible al crear un marco dentro del cual nuestra comunicación con Dios fluye naturalmente.
Hay una forma de mantener una dinámica dentro de esta estructura y es usar la Palabra de Dios como una guia. Si la estructura que el Señor proveyó es ele esqueleto de un vehículo, la Palabra de Dios es quien pone en marca toda esa estructura.
Tim Keller, después de años de estudiar las prácticas históricas de oración, propone un modelo para la oración diaria que captura esta misma lógica estructural. Sugiere cinco elementos: evocación (reconocer a quién nos dirigimos), meditación(reflexionar en la Palabra de Dios), oración de la Palabra (orar basados en lo que acabamos de leer), oración libre(derramar el corazón), y contemplación (aquietar el alma en la presencia de Dios).
Keller observa: "La meditación es el eslabón perdido entre la asimilación de la Biblia y la oración. Muy frecuentemente separadas, las dos deberían estar unidas". Cuando leemos la Escritura y luego inmediatamente intentamos orar, a menudo se siente como cambiar de marcha bruscamente. Pero cuando insertamos la meditación - pensar profundamente en lo que Dios acaba de decirnos - la transición hacia la oración se vuelve natural, incluso inevitable.
Esta es una alternativa interesante. Los discípulos no tenían esa herramienta tan a la mano como nosotros, por lo que crear estas rutas que guían nuestra oración es mucho mas viable.
Esta conexión entre Escritura y oración no es nueva. George Müller, el famoso hombre de oración del siglo XIX, describió su método así: "Lo primero que hice fue empezar a meditar en la Palabra de Dios, escudriñando cada versículo para obtener una bendición de cada uno... El resultado que he descubierto casi invariablemente es este: que después de algunos minutos, mi alma ha sido dirigida hacia la confesión, a la acción de gracias, a la intercesión o a la súplica".
Aquí es donde los Salmos se vuelven invaluables. Desde tiempos remotos, la iglesia cristiana adoptó los salmos como su libro de oración. Como escribió Atanasio en el siglo IV: "Sin importar cuál sea tu necesidad o dificultad particular, en este mismo libro puedes encontrar una forma de palabras para describirla y así... puedes aprender la manera de remediarla".
Los Salmos nos enseñan la "gramática" de la oración. Nos muestran cómo expresar adoración cuando estamos gozosos, cómo clamar cuando estamos desesperados, cómo confesar cuando estamos convictos, cómo interceder cuando otros sufren. No hay situación o emoción humana que no encuentre expresión en el Salterio.
Más importante aún, los Salmos nos dan las palabras cuando no sabemos qué decir. Puedes orar el Salmo 23 cuando necesitas consuelo, el Salmo 51 cuando necesitas perdón, el Salmo 103 cuando quieres adorar. O puedes parafrasearlos, personalizarlos para tu situación específica.
El punto no es seguir rígidamente un formulario, sino tener una estructura que discipline nuestros pensamientos vagos y dirija nuestros corazones hacia Dios. Algunos días el Espíritu puede llevarnos a permanecer largo tiempo en adoración. Otros días, la confesión ocupará la mayor parte de nuestro tiempo. En ocasiones, la intercesión por otros será lo predominante.
Asi que, la mejor manera en la que podemos aprovechar la estructura que el Señor dio sin que se convierta en una rutina infructuosa es reforzarlo con las sagradas Escrituras.
Una vez tenemos el estímulo o el entendimiento de la necesidad y el método, estamos listos para loq ue sigue en nuestro deseo de crear un hábito: repetirlo, practicarlo persistentemente, no porque esperemos un resultado inmediato, sino porque estamos convencidos que eso nos acerca a un Señor que no es indiferente a nuestras necesidades.
lo cual nos lleva al siguiente punto
III. LA ORACIÓN REQUIERE PERSISTENCIA (Lucas 11:5-8)
La estructura nos da el "cómo" de la oración, pero ¿qué pasa cuando oramos con estructura y aún así se siente difícil, seco, o sin respuesta? Jesús anticipa esta pregunta exacta con una parábola que, a primera vista, parece extraña.
"¿Quién de vosotros que tenga un amigo, va a él a medianoche y le dice: Amigo, préstame tres panes, porque un amigo mío ha venido a mí de viaje, y no tengo qué ponerle delante; y aquél, respondiendo desde adentro, le dice: No me molestes; la puerta ya está cerrada, y mis niños están conmigo en cama; no puedo levantarme y dártelos? Os digo que aunque no se levante a dárselos por ser su amigo, sin embargo por su importunidad se levantará y le dará todo lo que necesite."
Es una historia incómoda. Un hombre necesita pan para un huésped inesperado. Va donde su amigo a medianoche. El amigo, comprensiblemente, no quiere levantarse - la puerta está cerrada, los niños durmiendo, es una hora imposible. Pero el necesitado insiste. Y finalmente, no por amistad sino por persistencia, obtiene lo que necesita.
¿Está Jesús sugiriendo que Dios es como ese amigo reacio que solo responde cuando lo fastidiamos lo suficiente? ¡Por supuesto que no! La parábola funciona por contraste. Si incluso un amigo terreno, molesto y somnoliento, eventualmente responde a la persistencia, cuánto más nuestro Padre celestial que nos ama perfectamente y nunca duerme.
El punto no es que debemos convencer a Dios de ayudarnos. El punto es que debemos perseverar en la oración incluso cuando no vemos resultados inmediatos.
¿Por qué Jesús enfatiza esto justo después de enseñar el modelo de oración? Porque sabía que sus discípulos - y nosotros - enfrentaríamos momentos cuando orar se sentiría inútil, cuando Dios parecería distante, cuando las respuestas tardarían en llegar.
En esos momentos, la tentación es abandonar. Decidir que "la oración no funciona para mí" o que "no soy lo suficientemente espiritual". Pero Jesús nos dice: perseveren. La persistencia no es señal de falta de fe - es expresión de fe. Es creer que Dios escucha incluso cuando no sentimos Su presencia.
Whitney observa una verdad dolorosa: "La gran falla de los hijos de Dios es que no continúan en la oración, no insisten en la oración, no perseveran". Queremos resultados instantáneos. Si oramos por algo durante una semana y no vemos cambios, concluimos que Dios no va a responder y pasamos a otra cosa.
Pero es en esa persistencia que se crea la disciplina. Es la decisión de mantener la comunicación con Dios incluso cuando nuestras emociones no cooperan, incluso cuando las circunstancias no cambian inmediatamente, incluso cuando nos sentimos como si estuviéramos hablando al aire.
La persistencia también significa planificar la oración en lugar de depender solo de la inspiración. Whitney es directo: "A menos que yo esté muy equivocado, uno de los principales motivos por el que tantos hijos de Dios no tenemos una vida de oración significativa no es tanto porque no la queramos, sino porque no la planificamos". Señala que planificamos vacaciones, citas médicas, reuniones de trabajo, pero dejamos la oración al azar.
"Lo opuesto a planificar no es el maravilloso caudal de experiencias profundas y espontáneas en la oración. Lo opuesto a la planificación es la rutina. Si no planea las vacaciones, probablemente se quedará en su casa y mirará televisión".
Esto golpea fuerte porque es verdad. Cuando no planificamos tiempo específico para orar, cuando no tenemos un lugar designado, cuando no tenemos un método claro, la oración queda a merced de nuestros estados de ánimo y circunstancias. Y ambos son notoriamente inconsistentes.
La persistencia también significa orar a pesar de no sentir la cercanía de Dios. Whitney identifica esto como una de las razones principales por las que abandonamos la oración: "No sentir la cercanía de Dios también puede desalentar la oración. Existen esos momentos maravillosos en los que el Señor parece estar tan cerca que casi esperamos escuchar una voz audible. En tales momentos... nadie necesita que le den un codazo para orar. Pero normalmente no nos sentimos así".
Basamos nuestra práctica de oración en nuestros sentimientos hacia Dios en lugar de basar nuestros sentimientos en la práctica consistente de la oración. Pero los sentimientos son notorios por su inconstancia. La disciplina de la persistencia nos lleva a orar especialmente cuando no tenemos ganas, porque es precisamente en esos momentos cuando más necesitamos conectar con Dios.
La persistencia es la disciplina que sostiene la comunicación con Dios a través de todas las estaciones de la vida espiritual.
Porque al final, la persistencia en la oración no es primariamente sobre obtener lo que queremos de Dios. Es sobre mantener la relación con Dios, pase lo que pase.
IV. LA ORACIÓN OBTIENE RESPUESTA (Lucas 11:9-13)
La persistencia tiene sentido solo si creemos que alguien está escuchando y que nuestras oraciones importan. Jesús concluye su enseñanza con garantías específicas sobre el carácter de Aquel a quien oramos.
"Y yo os digo: Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo el que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá."
Estas no son sugerencias tentativas. Son promesas categóricas. Jesús no dice "tal vez reciban" o "si Dios quiere, encontrarán". Dice simplemente: pedid y recibiréis, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá. El lenguaje es tan directo que casi nos incomoda.
Y luego, para asegurarse de que entendamos completamente, Jesús repite la promesa en forma universal: "todo el que pide, recibe". No "algunos que piden" o "los suficientemente espirituales que piden". Todo el que pide.
¿Pero cómo podemos confiar en promesas tan amplias? Jesús responde con una analogía que va directo al corazón.
"¿Qué padre de vosotros, si su hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿o si pescado, en lugar de pescado, le dará una serpiente? ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión? Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?"
La lógica es irrefutable. Ningún padre, por imperfecto que sea, le daría a su hijo algo dañino cuando pide algo necesario. Ningún padre se burlaría de las necesidades genuinas de su hijo ofreciéndole piedras en lugar de pan. Y si padres terrenales - "siendo malos", dice Jesús - tienen este instinto natural de responder generosamente a sus hijos, cuánto másnuestro Padre celestial, que es perfectamente bueno, perfectamente amoroso, perfectamente generoso.
Este "cuánto más" es el corazón de todo el argumento. No oramos a un juez reluctante que necesita ser convencido. No oramos a un Dios distante que apenas tolera nuestras interrupciones. Oramos a un Padre que se deleita en nuestras peticiones porque se deleita en nosotros.
Whitney capta esta verdad poderosamente: "Dios no se burla de nosotros prometiéndonos responder las oraciones... Cuando Dios lo guía a orar, él quiere que usted reciba". Esto cambia completamente nuestra perspectiva sobre la oración. No es una actividad que hacemos esperando que tal vez Dios nos preste atención. Es una invitación de un Padre amoroso que genuinamente quiere bendecir a sus hijos.
Pero aquí surge la pregunta inevitable: si esto es verdad, ¿por qué a menudo no vemos las respuestas que esperamos? ¿Por qué oramos por sanidad y la enfermedad persiste? ¿Por qué oramos por trabajo y seguimos desempleados? ¿Por qué oramos por restauración familiar y las relaciones empeoran?
La respuesta no es que las promesas de Jesús sean falsas. La respuesta es que Dios responde como Padre, no como mayordomo. Un buen padre no le da a su hijo todo lo que pide exactamente como lo pide. Evalúa cada petición a la luz de lo que realmente es mejor para el hijo a largo plazo.
Además, muchas oraciones sí son respondidas de maneras que no siempre reconocemos inmediatamente. Whitney comparte una anécdota personal: su esposa necesitaba trabajo artístico urgentemente. Oraron específicamente por proyectos. Al día siguiente, antes del almuerzo, recibió tantas llamadas de trabajo que le tomaría meses completarlo todo. Whitney comenta: "Solo Dios lo sabe con certeza. Pero estoy de acuerdo con el hombre que dijo: 'Si esto es una coincidencia, seguramente tengo muchas más coincidencias cuando oro que cuando no oro'".
Esta observación es profundamente práctica. Cuando vivimos en oración constante, comenzamos a notar patrones, conexiones, "coincidencias" que apuntan hacia la mano providencial de Dios respondiendo nuestras peticiones de maneras que van más allá de nuestras expectativas limitadas.
Keller ofrece otra perspectiva rica. Compara la comunión con Dios en oración con un gran banquete. Citando Isaías 25, describe cómo Dios promete "un banquete de manjares especiales, un banquete de vinos añejos" donde finalmente "enjugará las lágrimas de todo rostro". Pero luego pregunta: "¿Por qué nos conformamos con agua cuando podríamos tener vino?"
Su punto es que mucha de la riqueza de la comunión con Dios está disponible ahora a través de la oración, no solo en el futuro glorioso. Podemos "probar y ver que el Señor es bueno" en nuestros tiempos de oración actuales. La oración no es solo pedir cosas; es acceder a la presencia misma de Dios, experimentar Su amor, conocer Su paz, recibir Su fortaleza.
Estas son respuestas a la oración que a menudo pasamos por alto porque estamos enfocados únicamente en cambios de circunstancias externas. Pero cuando oramos consistentemente, Dios responde transformando nuestros corazones, dándonos paz en medio de tormentas, fortaleciendo nuestra fe en tiempos difíciles, llenándonos de Su presencia cuando nos sentimos solos.
El punto final de Jesús es claro: la oración funciona porque Dios es Padre. No porque tengamos las palabras correctas, o la fe perfecta, o la santidad suficiente. Funciona porque quien escucha es fundamentalmente bueno, fundamentalmente amoroso, fundamentalmente comprometido con nuestro bienestar.
Esta verdad debería llenarnos de confianza para acercarnos al trono de la gracia. No como mendigos esperando migajas, sino como hijos acercándose a un Padre que se deleita en nuestras peticiones porque se deleita en nosotros.
Y esta confianza debería motivarnos a retomar la disciplina de la oración con nueva expectativa. No porque garantice que recibiremos todo lo que pedimos exactamente como lo pedimos, sino porque garantiza que seremos escuchados, atendidos y respondidos por Alguien que nos ama más de lo que podemos imaginar.
La pregunta que queda es simple: ¿Confiarás lo suficiente en este Padre para volver a orar?
Porque He aquí, Él está esperando con los brazos abiertos, listo para responder con generosidad que supera nuestras expectativas más optimistas.
Cierre
Esta verdad debería llenarnos de confianza para acercarnos al trono de la gracia. No como mendigos esperando migajas, sino como hijos acercándose a un Padre que se deleita en nuestras peticiones porque se deleita en nosotros.
Y esta confianza debería motivarnos a retomar la disciplina de la oración con nueva expectativa. No porque garantice que recibiremos todo lo que pedimos exactamente como lo pedimos, sino porque garantiza que seremos escuchados, atendidos y respondidos por Alguien que nos ama más de lo que podemos imaginar.
Pero seamos honestos sobre dónde muchos de nosotros nos encontramos hoy.
Tim Keller usa una metáfora en la que compara la vida de oración algo semejante a encontrarnos en un barco con remos y vela. Algunos aquí están navegando - sienten el viento del Espíritu, ven respuestas claras, experimentan la presencia de Dios regularmente en oración. Otros están remando - la oración es trabajo duro, pero perseveran a pesar de la sequedad.
Pero si somos completamente sinceros, muchos se encuentran a la deriva. Han dejado de remar. La sequedad espiritual los llevó al desánimo, el desánimo a la negligencia, y la negligencia a la deriva. Algunos incluso sienten que se están hundiendo - tan lejos de una vida de oración consistente que parece imposible regresar.
¿Hay esperanza para quienes se encuentran a la deriva? ¿Puede Dios restaurar una vida de oración que ha estado abandonada por meses, incluso años?
El salmista responde desde lo más profundo: "Este pobre clamó, y le oyó Jehová, y lo libró de todas sus angustias"(Salmo 34:6). No dice "este santo clamó" o "este que tenía su vida espiritual en orden clamó". Dice "este pobre" - alguien en necesidad desesperada, sin recursos propios, en el extremo de sus fuerzas.
La Escritura está llena de personas que clamaron a Dios desde lugares imposibles y fueron escuchados. Jonás, en el vientre del gran pez, después de huir de Dios y estar literalmente hundido en las profundidades del mar, oró: "Desde el seno del Seol clamé, y mi voz oíste... Y dijiste: Echado soy de delante de tus ojos; mas aún veré tu santo templo" (Jonás 2:2,4). Dios lo escuchó desde las profundidades del océano y lo restauró.
El rey David, huyendo de sus enemigos, clamó: "De lo profundo, oh Jehová, a ti clamo. Señor, oye mi voz; estén atentos tus oídos a la voz de mis ruegos" (Salmo 130:1-2). Desde "lo profundo" - ese lugar de desesperación total donde no puedes hundirte más - Dios escucha.
Incluso Jesús mismo, en la angustia del Getsemaní, nos muestra que la oración genuina no siempre es elegante o tranquila. "Y estando en agonía, oraba más intensamente; y era su sudor como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra" (Lucas 22:44). Si el Hijo de Dios oró con agonía, con sudor como sangre, entonces nuestras oraciones torpes, desesperadas, incluso dolorosas, no solo son aceptables - son preciosas a los ojos del Padre.
La belleza del evangelio es que no necesitas arreglar tu vida antes de volver a orar. No necesitas sentirte espiritual. No necesitas tener todo resuelto. Puedes venir exactamente como estás - a la deriva, hundiéndote, desesperado.
De hecho, esa puede ser la mejor posición para aprender a orar. Porque cuando reconoces tu necesidad desesperada, cuando admites que no puedes navegar por tus propias fuerzas, cuando clamas desde lo profundo de tu corazón "Señor, enséñame a orar" - estás exactamente donde estaba aquel discípulo en Lucas 11:1.
Y la respuesta de Jesús sigue siendo la misma. No regaña. No exige que te pongas al día espiritualmente. Simplemente te enseña, paso a paso, cómo comunicarte con tu Padre celestial.
La pregunta que queda es simple: ¿Confiarás lo suficiente en este Padre para volver a orar?
No mañana cuando te sientas más espiritual. No la próxima semana cuando tengas más tiempo. No el próximo año cuando resuelvas otros problemas primero.
Hoy. Ahora. Desde exactamente donde estás.
Porque aquí está la promesa que sostiene todo: "Todo el que pide, recibe". Todo el que clama desde lo profundo, es escuchado. Todo el que viene como ese pobre necesitado, encuentra a un Padre que espera con los brazos abiertos.
Él está esperando. La puerta está abierta. El banquete está preparado.
La única pregunta es: ¿Vendrás?
