Una Esperanza Viva para Tiempos de Prueba 1 Pedro 1:3–6
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3 Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su grande misericordia nos hizo renacer para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos,4 para una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada en los cielos para vosotros,5 que sois guardados por el poder de Dios mediante la fe, para alcanzar la salvación que está preparada para ser manifestada en el tiempo postrero.6 En lo cual vosotros os alegráis, aunque ahora por un poco de tiempo, si es necesario, tengáis que ser afligidos en diversas pruebas,
Introducción: Nuestra Mejor Vida Más Adelante
Imaginemos que alguien te ofrece un libro que promete enseñarte a tener “tu mejor vida ahora mismo”.
Hoy en día mucha gente busca la felicidad instantánea – salud, éxito y comodidad ya. Incluso algunos predicadores populares dicen que Dios quiere darte todo lo que deseas ahora mismo.
Sin embargo, la Biblia nos enseña algo muy diferente. Si una persona no es cristiana, entonces tristemente esta vida terrenal es lo mejor que jamás tendrá, porque lo que le espera después es juicio y sufrimiento sin fin.
Por el contrario, si pertenecemos a Cristo, esta vida presente –por muy buena que sea a veces– nunca será nuestra mejor vida. ¡Lo mejor para el hijo de Dios está aún por venir en la eternidad!.
En otras palabras: para el creyente, las bendiciones más grandes de Dios no se encuentran en los tesoros o placeres de este mundo, sino en la esperanza viva de la vida eterna. Esta es la gran enseñanza con la que el apóstol Pedro inicia su primera carta.
El pasaje de 1 Pedro 1:3-6 es como un himno de alabanza a Dios por la salvación tan maravillosa que Él nos ha dado.
Recordemos que Pedro escribía a cristianos que sufrían muchas dificultades –eran rechazados, perseguidos y vivían esparcidos lejos de su hogar (1 P. 1:1). Ellos no tenían una vida cómoda; de hecho, pasaban por “diversas pruebas” (v.6).
¿Cómo podía Pedro animarlos? No les promete prosperidad inmediata ni “su mejor vida ahora”.
En lugar de eso, los dirige a contemplar las riquezas espirituales que ya les pertenecen en Cristo y que serán reveladas por completo en el futuro.
Pedro quiere que levanten la mirada por encima de las circunstancias presentes y alaben a Dios por una herencia eterna que les espera más allá de este mundo.
Acompáñenme, entonces, a recorrer estos versículos, descubriendo en ellos cinco motivos de alabanza y esperanza para todo creyente.
Después de cada verdad doctrinal, también consideraremos cómo aplicarla en nuestra vida diaria –ya seas un niño, un joven o un adulto, la Palabra de Dios tiene algo para ti hoy.
I. Alabanza al Dios que Nos Salvó (v. 3a)
I. Alabanza al Dios que Nos Salvó (v. 3a)
El versículo 1 Pedro 1:3 comienza diciendo: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo…” Esta es una expresión de alabanza y adoración.
“Bendito” significa digno de elogio; es declarar que Dios es bueno y maravilloso.
Pedro, siendo judío, usa aquí la forma tradicional de iniciar una oración de alabanza: “Bendito seas, oh Dios…”.
¿Por qué empezar así? Porque antes de hablar de nuestras bendiciones, debemos reconocer al Dador de todas ellas. Dios es la fuente suprema de todo lo bueno. Nadie más que Él merece la gloria.
Notemos cómo identifica a Dios: “el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo”.
Esto nos recuerda la íntima relación entre el Padre y el Hijo.
El único Dios verdadero se ha revelado enviando a Jesús, y solo podemos conocer a Dios como Padre si estamos unidos a su Hijo.
¡Qué cercano y amoroso es Dios que se presenta como Padre de Jesús y Padre nuestro! Él no es un ser distante; mediante Cristo, podemos acercarnos a Él como hijos.
Pedro está enseñándonos que lo primero que debe hacer un cristiano, aun en medio del dolor, es adorar a Dios por quien Él es y por lo que ha hecho.
A lo largo de la Biblia vemos el ejemplo de hombres y mujeres piadosos que bendicen el nombre de Dios en toda situación.
Por ejemplo, el Salmo 34 dice: “Bendeciré al Señor en todo tiempo; mis labios siempre lo alabarán”.
Y Job, tras perderlo todo, declaró Job 1:21: “El Señor dio, el Señor quitó; ¡bendito sea el nombre del Señor!”.
Aplicación:
Así como Pedro inicia con alabanza, nosotros también debemos cultivar un corazón agradecido.
Niños, ¿sabían que nada le agrada más a Dios que nuestras palabras sinceras de gratitud? Podemos decir cada día: “Gracias Dios por tu amor y cuidado”.
Jóvenes y adultos, incluso “en dolor, lucha, pruebas, frustración o adversidad”, estamos llamados a alabar a Dios.
Esto no significa que negamos nuestras dificultades, sino que reconocemos que Dios sigue siendo bueno en medio de ellas y que sus propósitos son perfectos.
Cuando eliges bendecir a Dios a pesar de tus problemas, estás demostrando una fe madura y recordando a tu alma que Dios merece gloria en todo tiempo.
La alabanza enfoca nuestra vista en la grandeza de Dios y empequeñece nuestras preocupaciones.
Comencemos siempre exaltando al Dios que nos salvó, porque de Él y solo de Él proviene nuestra esperanza.
II. Renacidos a una Esperanza Viva (v. 3b)
II. Renacidos a una Esperanza Viva (v. 3b)
3 Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su grande misericordia nos hizo renacer para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos,
¿Por qué bendecimos a Dios?
Pedro continúa: “…que según su grande misericordia nos hizo renacer para una esperanza viva por la resurrección de Jesucristo de los muertos.”
Aquí se revela el motivo y el medio de nuestra salvación. Veamos esto por partes:
1. La motivación de nuestra salvación es la gran misericordia de Dios.
¡Qué frase tan reconfortante! Dios nos salvó porque es misericordioso.
Misericordia significa compasión por alguien en miseria, en un estado desesperado.
Nosotros estábamos en miseria espiritual por culpa de nuestro pecado –perdidos, sin esperanza y mereciendo castigo.
Pero Dios nos miró con compasión. Él vio nuestra necesidad profunda de rescate. Aun cuando nada en nosotros lo merecía, “por su gran amor nos dio vida juntamente con Cristo” (Efesios 2:4-5).
La gracia de Dios perdona nuestra culpa, y su misericordia alivia nuestra miseria.
¡Bendita misericordia! Fue el amor de Dios, no nuestros méritos, lo que movió su corazón para salvarnos.
2. El medio de nuestra salvación es el nuevo nacimiento por la resurrección de Jesús.
Dios “nos hizo renacer” — es decir, nos dio un nuevo nacimiento espiritual.
Ninguno de nosotros podía darse vida espiritual a sí mismo; así como un bebé no se da a luz a sí mismo, nosotros necesitábamos que Dios produjera esta nueva vida en nuestro interior.
Jesús le dijo a Nicodemo: “Es necesario nacer de nuevo” (Juan 3:7).
Aquí Pedro aclara que este nuevo nacimiento sucede “por la resurrección de Jesucristo de los muertos”.
¡Maravilloso! Significa que porque Cristo resucitó, nosotros también podemos tener vida nueva.
Cuando Jesús murió en la cruz, pagó por nuestros pecados;
y al resucitar, venció la muerte y abrió el camino para que seamos hechos hijos de Dios.
La resurrección de Cristo garantiza la realidad de nuestra esperanza: Juan 14:19 "19 Todavía un poco, y el mundo no me verá más; pero vosotros me veréis; porque yo vivo, vosotros también viviréis." prometió Jesúsgty.
Así que, al unirnos a Cristo por la fe, participamos de su vida resucitada.
Somos “hechos nuevamente” por el poder de Dios, creados de nuevo con un corazón que ahora ama a Dios.
La Biblia dice que “si alguno está en Cristo, nueva criatura es” (2 Cor. 5:17).
¡Hemos renacido a la familia de Dios! Ahora Él es nuestro Padre, y nosotros sus hijos amados.
¿Y para qué nos hizo renacer Dios?
Pedro dice: “para una esperanza viva.” A diferencia de las esperanzas del mundo, que son frágiles y terminan muriendo, la esperanza que Dios nos da es viva, real y permanente.
Pensemos en esto: mucha gente pone su esperanza en cosas que tarde o temprano fallan.
Un niño puede ilusionarse con un juguete nuevo, pero esa alegría no dura mucho; pronto el juguete se rompe o se aburre de él.
Los adultos pueden poner su esperanza en el dinero, en su carrera, en otras personas… pero esas esperanzas pueden desvanecerse por la pérdida, el fracaso o la traición.
De hecho, si una persona vive solo para esta vida, al final todas sus expectativas mueren cuando ella muere.
¡Qué trágico es tener una esperanza muerta! La Escritura declara: “el que no tiene a Dios, no tiene esperanza en el mundo” (Ef. 2:12).
En contraste, el cristiano tiene una esperanza viva que nunca morirá.
¿Por qué? Porque nuestra esperanza no se basa en circunstancias temporales, sino en una Persona que vive para siempre: Jesucristo resucitado.
Nuestra esperanza está viva porque Jesús está vivo.
Él venció la tumba y nos promete una vida eterna gloriosa con Él.
Es una esperanza creciente, que se fortalece mientras más conocemos a Dios.
Incluso si algunos de nuestros sueños terrenales nunca se cumplen, sabemos que lo mejor está asegurado en Cristo.
Como dijo el apóstol Pablo: “Para mí, el vivir es Cristo y el morir es ganancia” (Fil. 1:21). ¡Morir es ganancia!
Solo un creyente renacido puede decir eso, porque sabe que al morir entra de lleno en la vida que más anhela.
Aplicación: Querido hermano, ¿estás viviendo cada día a la luz de esta esperanza viva?
Jóvenes, puede que tengan muchos sueños para su vida (estudios, trabajo, familia), y está bien tener metas. Pero ninguna realización personal, ningún trofeo de este mundo, se compara con la herencia celestial que Dios ya aseguró para ustedes.
Niños, cuando piensan en el futuro, ¿saben que Jesús prepara un lugar maravilloso para los que creen en Él?
Esta certeza nos cambia la vida: si sé que tengo un futuro glorioso, puedo enfrentar con valor las decepciones presentes.
También nos libra de la desesperación. Nunca digas “no hay esperanza” – ¡sí la hay en Cristo! Cuando te sientas triste o preocupado, recuerda: Jesús vive, y porque Él vive, tú tienes esperanza. Comparte esta verdad con tus amigos que no conocen a Jesús: explícales que Dios ofrece una esperanza que no falla.
En un mundo lleno de promesas vacías y esperanzas que mueren, brilla la promesa de Dios para nosotros: una esperanza viva, firme y eterna.
III. Una Herencia Incorruptible en el Cielo (v. 4)
III. Una Herencia Incorruptible en el Cielo (v. 4)
4 para una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada en los cielos para vosotros,
Pedro sigue describiendo las bendiciones de nuestra salvación diciendo que hemos renacido “para una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada en los cielos para vosotros.”
¡Qué frase tan rica en significado! Aquí vemos la promesa futura que aguarda a los hijos de Dios: una herencia celestial maravillosa.
En la Biblia, “herencia” se refiere a la porción de riqueza o propiedad que un padre deja a sus hijos. Si hemos nacido de nuevo, ahora somos hijos de Dios, y por tanto herederos de todo lo que Él quiere dar.
Romanos 8:16-17 lo afirma así: “Somos hijos de Dios. Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo.”
Piensa en esto: Cristo, el Hijo de Dios, comparte con nosotros su propia riqueza celestial.
¡Él no se avergüenza de llamarnos hermanos y hacernos partícipes de todo lo que Él posee!
Esto incluye la vida eterna en la presencia de Dios, la gloria de ser transformados a la semejanza de Jesús, y gozos inefables junto a los santos y ángeles. Esa es nuestra herencia.
Pedro usa tres palabras para describir esta herencia, marcando cuán superior es a cualquier tesoro terrenal:
Incorruptible: nunca perece ni se destruye.
Nada puede descomponerla ni reducir su valor.
¡Todo lo de esta vida es corruptible! Las casas se envejecen o se derrumban, los coches se oxidan, el dinero puede perderse o devaluarse.
Pero nuestra herencia en el cielo es imperecedera, tan indestructible como el Dios que la guarda.
Ningún enemigo puede arruinarla ni saquearla; es segura contra todo ataque.
Es más, “donde ni la polilla ni el óxido corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan” (Mat. 6:20).
Incontaminada: completamente pura, sin mancha ni defecto. Aquí no entrará nada pecaminoso a echarla a perder.
Piensa en las mejores cosas de este mundo: todas llevan la marca del pecado de alguna manera. Aún las relaciones más hermosas sufren por el egoísmo humano; las experiencias más sublimes aquí son opacadas por nuestras limitaciones. En contraste, lo que nos espera está libre de todo mal.
Nuestra herencia no tendrá ninguna decepción. Estará exenta de pecado, dolor y tristeza.
Inmarcesible: no se marchita ni pierde su gloria.
Esta palabra evoca la imagen de una flor que nunca se seca ni pierde su belleza.
¡Cuánto dura la frescura de una rosa aquí, uno o dos días quizás! La gloria humana también florece y se marchita rápidamente como la hierba. Pero las riquezas celestiales jamás perderán su brillo; por los siglos de los siglos seguiremos maravillados de la grandeza de nuestra herencia sin que disminuya su esplendor. Es permanente y vigente por la eternidad.
En resumen, nuestra herencia es indestructible, pura y eterna. ¡Aleluya!
¿Podemos siquiera imaginar la magnitud de lo que esto significa?
Probablemente no en su totalidad, porque como dice la Escritura: “Cosas que ojo no vio ni oído oyó… son las que Dios ha preparado para los que le aman” (1 Cor. 2:9).
Aun así, Dios nos revela estas palabras para darnos una idea: lo que nos tiene guardado es muchísimo mejor que lo mejor de esta vida. Pedro quiere que sus lectores, agobiados por pruebas, levanten la cabeza con gozo al pensar en la herencia venidera.
De la misma manera, nosotros debemos animar nuestro corazón con esta perspectiva eterna.
Además, Pedro recalca que esta herencia está “reservada en los cielos” para nosotros. La imagen aquí es de algo guardado bajo llave, apartado cuidadosamente con nuestro nombre en ella. ¡Dios mismo ha apartado tu herencia y la mantiene segura en el cielo para ti!.
Ningún ladrón puede tocarla, ningún accidente puede arruinarla. No hay lista de espera ni riesgo de sobrecupo en el cielo: tu lugar y bendición están garantizados por la promesa de Dios.
Jesús les dijo a sus discípulos: “Voy a prepararos lugar… para que donde yo estoy, vosotros también estéis” (Juan 14:2-3). El Señor mismo ha hecho la reservación a tu favor.
Aplicación: ¿Qué impacto tiene esto en nuestra vida diaria?
Primero, nos da gozo y contentamiento. Querido hermano, hermana, quizás hoy no tengas muchas posesiones materiales; puede que vivas modestamente o estés pasando necesidad. Pero si estás en Cristo, en realidad eres más rico de lo que imaginas. Eres heredero de Dios.
Esto nos libra de la envidia y de la obsesión por las riquezas terrenales.
Niños, cuando vean que sus amigos tienen juguetes nuevos o cosas que ustedes no, recuerden: lo que Dios tiene para ustedes es mucho mejor y dura para siempre.
Jóvenes, el mundo les dice que “éxito” es acumular dinero, propiedades o fama. Dios les dice que el verdadero éxito es pertenecer a Su familia y recibir Sus tesoros celestiales. Así que no comprometan su fe por ganar cosas temporales. “No os hagáis tesoros en la tierra… sino haceos tesoros en el cielo” (Mat. 6:19-20). Vive con generosidad y sencillez aquí, sabiendo que tu verdadera riqueza está segura en el cielo.
Además, esta verdad trae consuelo en la aflicción. Cuando sufrimos pérdida –ya sea la muerte de un ser querido, la pérdida de salud o de bienes materiales–, podemos recordar que nada de eso puede robarnos la herencia incorruptible que tenemos en Cristo.
Un himno antiguo dice: “Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra”. Hacer esto nos llena de esperanza.
Podemos aguantar las privaciones presentes como aquel niño que espera pacientemente, sabiendo que “faltan pocos días para Navidad”, cuando recibirá su regalo tan deseado. Nuestra “Navidad” celestial se acerca cada día más. ¡Anhelemos ese día con corazón agradecido y paciente!
IV. Guardados por el Poder de Dios (v. 5)
IV. Guardados por el Poder de Dios (v. 5)
5 que sois guardados por el poder de Dios mediante la fe, para alcanzar la salvación que está preparada para ser manifestada en el tiempo postrero.
Hemos visto la herencia que nos espera. Ahora, en el versículo 5, Pedro nos habla de cómo estamos asegurados para llegar a recibirla.
Él describe a los creyentes como “vosotros, que sois guardados por el poder de Dios mediante la fe, para alcanzar la salvación que está preparada para ser manifestada en el tiempo final.”
Aquí hay dos verdades entrelazadas: la protección de Dios y la perseverancia de nuestra fe.
En primer lugar, somos guardados por el poder de Dios.
La palabra “guardados” en el original tiene sentido militar: custodiar, vigilar estrechamente. ¡Piensa en un destacamento de soldados protegiendo un tesoro valioso! Así de seguro nos mantiene Dios.
No solo nuestra herencia está reservada en el cielo, sino que nosotros mismos estamos protegidos en el camino hacia ellagty.org.
¿Quién es el guardián? Nada menos que el Dios Todopoderoso.
Su poder omnipotente nos rodea como un escudo invisible día tras día.
Jesús afirmó esto claramente acerca de sus ovejas: “Yo les doy vida eterna… y nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre” (Juan 10:28-29).
¡Qué seguridad! Nuestra salvación no depende de nuestra débil capacidad de aferrarnos a Dios, sino de la fuerte mano de Dios aferrándose a nosotros. Romanos 8:38-39 declara que nada –“ni lo presente, ni lo por venir… ni ninguna otra cosa creada”– podrá separarnos del amor de Dios en Cristo.
Y Judas 24 añade que Dios “es poderoso para guardarnos sin caída”. Él mantendrá a sus hijos hasta el fin.
Ahora bien, ¿significa esto que podemos cruzarnos de brazos y no preocuparnos de nada? No.
Pedro añade una frase crucial: “guardados por el poder de Dios mediante la fe…”.
Es decir, Dios nos preserva a través de nuestra fe activa en Él.
La fe es el medio por el cual la protección de Dios opera en nosotros.
Recordemos que la fe misma es un regalo de Dios (Ef. 2:8), y es una fe con una cualidad especial: persevera.
Si de verdad has nacido de nuevo, Dios plantó en ti una fe que, aunque pase por dudas o debilidades, no dejará de creer.
En última instancia, no perderás tu fe, porque el poder de Dios la sostiene. Un autor lo explicó así: “La fe que Dios da es como una semilla incorruptible; puede experimentar inviernos duros pero no morirá, pues tiene vida eterna”.
Dios nos guarda mediante la fe para “alcanzar la salvación… en el tiempo final.”
Aquí “salvación” se refiere al aspecto futuro de nuestra redención, cuando recibamos plenamente la vida eterna (la gloria venidera).
Hemos sido salvos del pecado (cuando creímos, fuimos justificados),
estamos siendo salvos del poder del pecado (en la santificación diaria),
y un día seremos salvos de la presencia misma del pecado en la glorificación.
¡Qué día será ese, cuando ya no haya ni rastro de pecado en nosotros ni a nuestro alrededor! Dios nos está guardando para asegurar que lleguemos a disfrutar de esa salvación completa cuando Cristo vuelva o nos llame a su presencia.
Aplicación: La doctrina de la seguridad del creyente trae mucho ánimo pero también seria reflexión.
Por un lado, querido cristiano, puedes descansar en que tu futuro está seguro en las manos de Dios.
No vives con terror de “perder tu salvación” como quien teme perder las llaves. Si verdaderamente confías en Cristo, Él promete guardarte.
Esto nos da paz y nos quita un enorme peso de encima. Imagina a un niño caminando por un sendero peligroso, pero de la mano de su padre fuerte. El pequeño puede tropezar, pero el padre lo sostiene firmemente para que no caiga al precipicio. Así nos sostiene Dios.
Si alguna vez dudas de poder seguir adelante en la vida cristiana, recuerda que Dios “comenzó en ti la buena obra” y Él “la perfeccionará hasta el día de Jesucristo” (Fil. 1:6). Confía en ese poder divino que te guarda.
Por otro lado, esta verdad nos llama a perseverar en la fe. Debemos seguir andando día a día en dependencia de Dios, usando los medios que Él nos da (oración, Su Palabra, la comunión de la iglesia).
Si alguien dijera: “Bueno, si Dios me guarda, entonces puedo pecar libremente o alejarme, total Él me llevará al cielo igual”, esa persona NO entiende lo que es la fe verdadera.
La protección de Dios no actúa aparte de la fe, ¡sino mediante una fe viva!.
Así que examinémonos: ¿Estoy confiando en Cristo hoy? ¿Busco permanecer en Él?
Un viejo dicho reformado resume bien este equilibrio: “El verdadero creyente persevera hasta el fin, pero sólo porque Dios lo preserva hasta el fin.”
Si permanecemos en Cristo, es evidencia de que Él nos está guardando. Entonces, sigamos aferrándonos a nuestro Salvador –sabemos que Él nos aferra a nosotros.
V. Gozo Inexplicable en Medio de las Pruebas (v. 6)
V. Gozo Inexplicable en Medio de las Pruebas (v. 6)
Después de todas estas sublimes verdades, Pedro dirige nuestra atención a la respuesta que debemos dar y la realidad de nuestra situación presente. En el versículo 6 leemos: “En lo cual vosotros os alegráis, aunque ahora por un poco de tiempo, si es necesario, tengáis que ser afligidos en diversas pruebas.” Notemos primero las palabras “en lo cual”. ¿En qué? En todo lo que acabamos de describir: en la misericordia de Dios, en el nuevo nacimiento, en la esperanza viva, en la herencia segura y en la protección de Dios. En estas cosas nos alegramos grandemente. Pedro asume que sus lectores, aun en medio del llanto, tienen este gozo interior porque comprenden el valor infinito de su salvación. Y ciertamente, mis amados, no hay fuente de gozo mayor que saber que somos hijos de Dios y que nuestro destino eterno está asegurado con Él. Jesús les dijo a sus discípulos: “Regocijaos de que vuestros nombres están escritos en los cielos” (Lucas 10:20). El conocimiento de nuestra salvación debe producir una alegría profunda en el corazón, un gozo que coexiste incluso con las lágrimas de la vida.
Porque Pedro reconoce inmediatamente que “ahora por un poco de tiempo” podemos ser “afligidos en diversas pruebas”. ¡Qué realista es la Biblia! Ser cristiano no significa vivir sin problemas. Al contrario, el mismo Señor Jesús nos advirtió: “En el mundo tendréis aflicción” (Juan 16:33). Los creyentes originales de esta carta sufrían burlas, injusticias y persecución por seguir a Cristogty.orggty.org. Quizá algunos habían perdido sus propiedades o incluso seres queridos a causa de la fe. Tal vez tú también estés enfrentando “diversas pruebas”: pueden ser enfermedades, dificultades económicas, conflictos familiares, o incluso oposición por ser cristiano. Pedro nos recuerda que esas pruebas son temporales (“por un poco de tiempo”) y tienen un propósito (“si es necesario” indica que no son accidentes sin sentido, sino permitidas por Dios con un fin bueno). Más adelante, en el versículo 7 (que está fuera de nuestro enfoque principal pero vale mencionar), Pedro explica que las pruebas purifican nuestra fe como el fuego purifica el oro.
Entonces, ¿qué se espera de nosotros en medio del dolor? Que nos regocijemos en nuestra salvación. Esto no significa que disfrutemos las pruebas en sí mismas, ni que andemos con una sonrisa fingida ignorando el sufrimiento. Significa que, junto con el dolor genuino, tenemos un gozo más profundo aún. Es ese extraño y hermoso “gozo inefable” del que habla Pedro en el verso 8, un gozo que viene de confiar en Jesús. Podemos llorar y alegrarnos a la vez: llorar por la prueba, alegrarnos por la esperanza. El apóstol Pablo describió a los cristianos como “entristecidos, mas siempre gozosos” (2 Cor. 6:10), y decía teniendo cadenas en sus manos: “Regocijaos en el Señor siempre” (Fil. 4:4). Solo el evangelio produce ese tipo de gozo sobrenatural.
¿Cómo podemos experimentar esto en la práctica? Poniendo nuestra mirada en las promesas de Dios más que en las olas de problemas. Pensemos en Pedro cuando caminó sobre el mar: mientras mantuvo sus ojos en Jesús, pudo andar en lo imposible; pero al mirar el viento y las olas, comenzó a hundirse. De igual manera, si nos enfocamos únicamente en la prueba, nos abrumaremos. Pero si cada día recordamos “¿qué es lo que Dios me ha dado en Cristo?”, nuestra alma recupera la alegría. Por eso Pedro nos ha hecho pasar tiempo meditando en las riquezas de nuestra salvación antes de mencionar las pruebas. Él sabe que solo con ese “colchón” de verdad podemos soportar las caídas de la vida.
Aplicación: Aquí la aplicación es clara: ¡Nunca pierdas de vista tu gozo de ser salvo!. Cuando estés en medio de una prueba, tómate de las verdades que hemos considerado. Por ejemplo, si enfrentas burlas en la escuela por amar a Jesús, recuerda que “no eres de este mundo” y que tu recompensa viene en el cielo. Si sufres una enfermedad, anímate pensando que, aunque nuestro cuerpo exterior se va desgastando, tenemos vida eterna y un cuerpo nuevo nos espera en la resurrección. Si has perdido algo valioso, consuélate sabiendo que tu herencia incorruptible está intacta en el cielo. Dios quizás te ha quitado algo temporal para enfocarte en lo eterno. En la hora de la prueba, haz como habrían hecho aquellos primeros cristianos al leer la carta: vuelve a leer los versículos 3-5 y dile a tu alma: “¡Esto es mío en Cristo, nada puede quitarme este tesoro!” Ora pidiendo la ayuda del Espíritu Santo, quien produce en nosotros “gozo” como fruto (Gál. 5:22). Y algo muy importante: apóyate en tus hermanos en la fe. La iglesia es una familia donde llevamos las cargas unos de otros y nos recordamos mutuamente las promesas de Dios. Así, aun atravesando el valle más oscuro, podrás decir como el profeta Habacuc: “Aunque la higuera no florezca… con todo, yo me alegraré en el Señor, me gozaré en el Dios de mi salvación” (Hab. 3:17-18).
Conclusión: Vivamos con los Ojos en la Eternidad
Conclusión: Vivamos con los Ojos en la Eternidad
Hemos considerado cinco poderosas verdades en 1 Pedro 1:3-6: (1) Dios merece nuestra alabanza porque Él nos salvó; (2) por su gran misericordia hemos nacido de nuevo y tenemos una esperanza viva gracias a la resurrección de Jesús; (3) nos espera una herencia gloriosa en el cielo –incorruptible, incontaminada e inmarcesible; (4) estamos seguros porque Dios nos guarda con su poder mientras perseveramos en la fe; y (5) por todo esto podemos vivir con gozo incluso en medio de pruebas pasajeras. ¡Qué riqueza infinita tenemos en Cristo! Verdaderamente, “nos ha bendecido con toda bendición espiritual en los lugares celestiales”es.everand.comes.everand.com. Frente a esto, cualquier tesoro terrenal palidece.
Hermanos, el mundo nos vende la mentira de que debemos obtener ahora todo lo que anhelamos, que esta vida es nuestra única oportunidad de ser felices. Pero Dios nos asegura que nuestras mayores bendiciones están reservadas para la eternidad con Élgty.org. No malgastemos nuestras energías persiguiendo sombras aquí abajo, ni nos desanimemos por las tribulaciones presentes. Somos peregrinos de paso; nuestra ciudadanía verdadera está en el cielo. Mantengamos nuestros ojos en la meta eterna. Cada día que pasa, por difícil que sea, nos acerca a la plenitud de nuestra salvación. Como escribió el apóstol Pablo: “Lo que ahora sufrimos es insignificante comparado con la gloria que él nos revelará más adelante” (Rom. 8:18 NTV).
Finalmente, si alguien que escucha o lee este mensaje aún no ha experimentado este nuevo nacimiento, este es el momento de reflexionar. ¿Tienes tú esta esperanza viva? Si hasta hoy solo has tenido esperanzas temporales, Dios te invita a recibir una herencia eterna. La puerta de entrada es Jesucristo. Arrepiéntete de tus pecados y confía en Él como tu Señor y Salvador. Jesús murió y resucitó para darte vida nueva. No importa la edad que tengas –niño, joven o adulto–, Dios en su misericordia te ofrece nacer de nuevo y ser su hijo. Entonces ya no vivirás tratando de encontrar tu mejor vida ahora en cosas que no satisfacen; vivirás esperando tu mejor vida futura en la presencia de tu Padre celestialgty.orggty.org. Y mientras tanto, incluso aquí y ahora, comenzarás a disfrutar de un gozo y una paz que sobrepasan todo entendimiento, porque “aunque no lo hayas visto, tú le amas; y aunque ahora no lo ves, crees en Él y te regocijas con gozo inefable y lleno de gloria” (1 P. 1:8).
Que el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, por cuya gran misericordia somos salvos, nos ayude a vivir cada día con gratitud, con santidad y con los ojos puestos en la esperanza viva que Él nos ha dado. ¡A Él sea toda la alabanza, la honra y la gloria, por los siglos de los siglos! Amén.
