Más allá de la herencia
Tiempo Común 2025 • Sermon • Submitted • Presented
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13 Uno de entre la multitud le pidió: —Maestro, dile a mi hermano que comparta la herencia conmigo. 14 —Hombre —respondió Jesús—, ¿quién me nombró a mí juez o árbitro entre ustedes? 15 »¡Tengan cuidado! —advirtió a la gente—. Absténganse de toda avaricia; la vida de una persona no depende de la abundancia de sus bienes». 16 Entonces les contó esta parábola: —El terreno de un hombre rico produjo una buena cosecha. 17 Así que se puso a pensar: “¿Qué voy a hacer? No tengo dónde almacenar mi cosecha”. 18 Por fin dijo: “Ya sé lo que voy a hacer: derribaré mis graneros y construiré otros más grandes, donde pueda almacenar todo mi grano y mis bienes. 19 Y diré: Alma mía, ya tienes bastantes cosas buenas guardadas para muchos años. Descansa, come, bebe y goza de la vida”. 20 Pero Dios le dijo: “¡Necio! Esta misma noche te van a reclamar la vida. ¿Y quién se quedará con lo que has acumulado?”. 21 »Así sucede al que acumula riquezas para sí mismo, en vez de ser rico delante de Dios».
Introducción
Introducción
Nuestro sistema social, cultural y económico nos mueve a pensar en el futuro. Esto implica reflexionar sobre el bienestar de los hijos y de las personas que nos rodean. Para muchas personas, el éxito radica en la manera en que logran consolidar seguridad y bienestar económico.
Sin embargo, el brazo económico de muchas familias se debilita cuando quienes han trabajado por construirlo mueren. Podemos encontrarnos con historias de familias que pierden la riqueza construida por los padres en medio de los juicios de sucesión, las reparticiones o las herencias. El fortín económico levantado durante años se divide entre los hijos y tiende a desaparecer.
Esta reflexión puede llevarnos a considerar dos cosas importantes. Por un lado, el rol que jugamos como padres en la formación de seres humanos capaces de enfrentar la vida más allá de lo económico. El padre y la madre tienen un papel fundamental en la vida del ser humano y en las relaciones interpersonales. Desafortunadamente, algunas familias se extinguen cuando padre y madre desaparecen. Ellos son el motor de unidad entre los hermanos, y su ausencia parece reflejarse en la falta de interés y cuidado mutuo.
Por otro lado, la muerte, en muchos casos, despierta el interés por lo material, abriendo brechas dolorosas entre los miembros de la familia. Lo emocional, los valores enseñados, e incluso la fe en Dios, pasan a un segundo plano cuando se trata de hacer cuentas. Entonces nacen los reproches por lo que se hizo o se dejó de hacer en la vida de los padres, como si eso fuera un estándar de merecimiento o una condición para disfrutar de la herencia.
En ese orden de ideas, podemos pensar que los padres, en el mejor de los casos, son quienes unen a las familias; mientras que la muerte, cuando el amor al dinero se apodera de los hijos, separa y rompe las mejores relaciones que hubieran podido tener.
La lectura que hoy hemos hecho en el Evangelio de Lucas nos refleja esa misma realidad, dejándonos la reflexión sobre el ser prójimo. La historia que Lucas nos relata pone en el centro una realidad común en muchas familias, para invitarnos a una pregunta mayor: ¿para qué y para quién estamos trabajando?
Desde esa perspectiva, veremos algunos aspectos importantes en esta lectura, aplicables a nuestra vida diaria, comunitaria y familiar.
1. Intereses egoístas dan como resultado la perdida de rumbo en el ser humano
1. Intereses egoístas dan como resultado la perdida de rumbo en el ser humano
La historia comienza mencionando a un hombre que, al parecer, tenía una disputa con su hermano a causa de una herencia. Esta persona se acerca a Jesús para rogarle que actúe como árbitro y les ayude a resolver la situación.
Utiliza una figura jurídica aceptada en el tiempo de Jesús: si dos personas tenían un pleito, podían acudir a alguien que encontraran en el camino, pidiendo ayuda antes de ir a instancias mayores, es decir, a la corte.
Esta persona reconoce en Jesús a alguien con autoridad: lo llama “Maestro”. Sin embargo, Jesús pone su atención no en lo económico, sino en la realidad del ser. Lo que Jesús resalta es la necesidad de repensar cuál es la verdadera herencia que su padre les había dejado.
El relato nos muestra lo que dijimos en la introducción: en el afán por el dinero, se pierde una herencia más importante: el vínculo familiar. Estos hermanos estaban pasando por alto los momentos vividos con su padre y entre ellos: los juegos de la infancia, los secretos compartidos, las historias de amor, los relatos en torno a la madre, a quien no se menciona en el texto.
Los intereses materiales les hicieron perder el rumbo de la vida y la visión del vínculo que los unía como hermanos. Es posible que a nosotros nos suceda algo similar: el amor al dinero, la acumulación de bienes, y una falsa seguridad basada en lo económico, pueden convertirnos en esclavos del consumismo, en muertos vivientes al servicio de lo material.
2. El valor de la vida
2. El valor de la vida
Jesús deja claro que el valor de la vida no está en el dinero ni en los bienes materiales. Poner en el centro de la vida lo económico es avaricia, y la avaricia es una forma de idolatría, porque pone algo por encima de Dios.
La Confesión de 1967 señala que “la idolatría puede asumir la forma de la confianza en la riqueza y el poder económico” (9.46). Por eso, el Evangelio no niega el valor de lo material, pero lo subordina a la justicia, la generosidad y la fe activa en el prójimo.
15 »¡Tengan cuidado! —advirtió a la gente—. Absténganse de toda avaricia; la vida de una persona no depende de la abundancia de sus bienes».
Jesús nos invita a mirar lo que verdaderamente vale: los valores, la posibilidad de compartir, y en últimas, el ser buenos prójimos. En la vida de la iglesia tenemos una herencia maravillosa: la salvación. Esto nos permite ver el mundo con otros ojos. Lo económico es solo una herramienta. Lo mejor sucede cuando somos mejores personas, llenas de fe y del Espíritu Santo.
La vida, como regalo de Dios, es la mejor herencia. Las cosas materiales son añadidura. Y al final, cuando nuestro cuerpo deje de respirar, lo único que llevaremos será la experiencia de haber vivido en el amor, la compasión y la bondad.
3. El uso de lo que tenemos
3. El uso de lo que tenemos
Jesús concluye con una parábola: un hombre rico que gana tanto que decide derribar sus graneros para construir unos más grandes. Todo lo hace para sí, para su vejez.
Pero Dios lo llama “¡Necio!”. Iba a morir, y no podría disfrutar de todo lo que tenía. El Evangelio nos llama a reflexionar: a disfrutar la vida, a compartir lo que tenemos. La verdadera riqueza no está en el banco, sino en la alegría con la que compartimos las bendiciones de Dios.
Vale la pena preguntarnos: ¿Qué estamos cosechando? ¿Cómo pensamos el dinero? ¿Qué tan dispuestos estamos a compartir con la iglesia, con los inmigrantes, con los sin techo, con el vecino que sufre en silencio?
Dios nos ha bendecido. Tenemos trabajo, un mejor estilo de vida, e incluso más recursos que nuestros familiares en nuestros países de origen. Él ha llenado nuestras arcas con una gran cosecha de amor y de bienes. Nos invita a compartir. Y ese es precisamente el símbolo de la mesa del Señor que hoy compartiremos: una mesa de comunión, donde celebramos la dicha de ser hijos e hijas de Dios.
Conclusión
Conclusión
Dios desea para nosotros lazos fuertes de unidad familiar y fraternal. Si nos separamos como estos dos hermanos, el resultado será pobreza y muerte. Pero cuando nos unimos en amor, caridad, bondad y fe, podemos crecer en todas las áreas de nuestra vida.
Que Dios nos ayude a comprender que, más allá de la herencia material, está la vida, y con ella, una gran herencia espiritual.
En la Breve Declaración de Fe, afirmamos con esperanza: “En una vida marcada por la gracia, el pueblo de Dios es llamado a vivir en justicia, a amar con libertad y a trabajar por la paz” (9.49). Esa es nuestra herencia: una comunidad reconciliada, que vive confiada en la providencia y comparte con generosidad lo que ha recibido.
