Yo esperaba impaciente a Yahvé
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· 12 viewsJesus ante su pasión y Jesús causa de disensión
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VIGÉCIMO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
Leccionario de la Misa 17-8-2025: Vigésimo domingo del Tiempo Ordinario
Lectura 1
Cuando David clama «yo esperaba impaciente» y Cristo decía «¡qué angustiado estoy!» solo reflejan la crudeza de la condición humana. Y en eso estamos. Podría poner esta sentencia al fin de la reflexión, pero deben saber que hay solo una certeza en la vida: todos vamos a morir. Conversaba con un médico, que uno se angustia no tanto por la muerte como por el futuro mediato.
David, hombre al fin, lucha con su deseo de hablar, de entender la brevedad de la vida y de encontrar a Dios en medio de su fragilidad. La búsqueda de un propósito, el aparente silencio de Yahvé y el querer respuestas rápidas en un mundo cada vez mas complejo marcaron su vida. Nosotros, también estamos contagiados por la cultura de la inmediatez azuzados por la tecnología actual. ¿Cómo queremos oir a Dios en medio de tanta bulla?
Y de Jesús aprendemos que la angustia no lo paralizó, si no, no hubiera subido a Jerusalén a su Pasión. A nosotros no se nos pide tanto, solo un impulso constante hacia nuestro propósito en la vida. El propósito de todo católico ya lo dijo san Ignacio de Loyola en el numeral 23 de sus Ejercicios Espirituales: «El hombre es creado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor y, mediante esto, salvar su alma»
La esperanza no es poca cosa, pero debemos alimentarla con acciones diarias: cuidar nuestro cuerpo con descanso y ejercicio; orar y meditar con la Biblia, solo o en comunidad de fe; y esperar, aprendiendo de la paciencia de David y la resolución de Jesús. Del Salmo 38:8 «Y ahora, oh Señor, ¿qué espero? Mi esperanza está en ti.»
Del Salmo 38:
Mi mente se fue acalorando,
mis pensamientos ardían como fuego,
y por fin solté la lengua:
«Hazme saber, Yahvé, mi fin,
dónde llega la medida de mis días,
para que sepa lo frágil que soy.
De unos palmos hiciste mis días,
mi existencia nada es para ti,
sólo un soplo el hombre que se yergue,
mera sombra el humano que pasa,
sólo un soplo las riquezas que amontona,
sin saber quién las recogerá».
Ahora, Señor, ¿qué puedo aguardar?
Mi esperanza está puesta en ti.
De todas mis rebeldías líbrame,
no me hagas la irrisión del insensato.
Pero me callo, ya no abro la boca,
pues tú eres quien lo ha hecho.
Así sea.
