La unción del Espíritu Santo

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La unción del Espíritu Santo

Texto base: “Y el que nos confirma con vosotros en Cristo, y nos ungió, es Dios” (2 Corintios 1:21).

Introducción

La unción del Espíritu Santo es la manifestación del poder divino que capacita al creyente para vivir en santidad y servir eficazmente en la obra de Dios. En la Escritura, el Espíritu es representado con cinco emblemas significativos: viento, agua, fuego, paloma y aceite. Cada uno revela un aspecto esencial de su obra en la vida del cristiano. En este mensaje meditaremos sobre la naturaleza de la unción, su costo, su propósito y los requisitos para recibirla en su plenitud.

1. El Espíritu como viento que reaviva la vida espiritual

Jesús enseñó que el Espíritu es como el viento que sopla donde quiere (Juan 3:8). Así como el viento refresca y da vitalidad, el Espíritu trae vida nueva al alma que está dormida. La unción nos saca del letargo espiritual y nos impulsa a vivir con fervor en la presencia de Dios. Sin este soplo divino, la iglesia se convierte en un cuerpo sin aliento.

2. El Espíritu como agua que limpia y hace crecer

El agua simboliza limpieza y fertilidad. Jesús prometió que el que beba del agua que Él da nunca tendrá sed (Juan 4:14). La unción del Espíritu no solo limpia las impurezas del corazón, sino que nutre el carácter cristiano, permitiendo que los frutos del Espíritu florezcan (Gálatas 5:22-23). Sin esta obra, la santidad es imposible de alcanzar.

3. El Espíritu como fuego que purifica y transforma

El fuego del Espíritu penetra, derrite y refina. Así como el oro es purificado en el crisol, el creyente es limpiado de toda escoria del pecado (Malaquías 3:2-3). La unción trae un ardor santo que consume la apatía y enciende un celo por la gloria de Dios. Un cristianismo sin fuego es solo religión muerta.

4. El Espíritu como paloma que forma el carácter de Cristo

La paloma desciende suavemente y es símbolo de mansedumbre y paz. Cuando el Espíritu llena el corazón, reproduce en nosotros el carácter de Cristo: humildad, ternura y amor (Mateo 11:29). La verdadera unción no produce arrogancia ni espectáculo, sino un espíritu manso que refleja la belleza de Jesús.

5. El Espíritu como aceite que lubrica y libera

El aceite hace que todo se mueva con suavidad. La unción permite que nuestras facultades mentales y espirituales fluyan sin esfuerzo humano, porque es Dios quien obra en nosotros (Filipenses 2:13). Nos capacita para servir sin fricciones ni rigidez religiosa, revelando dones que estaban ocultos.

6. La mirra: unción que sana las heridas del alma

La mirra, usada en el ungüento sagrado, tenía propiedades curativas. Así también, el Espíritu consuela y sana las heridas del corazón (Isaías 61:1-2). Aun cuando recibimos injusticias, la unción impide que el corazón se endurezca o amargue. Es imposible vivir en victoria sin esta sanidad interior.

7. La canela: unción que enciende el fuego interior

La canela dulce, de aroma penetrante, simboliza el fuego ardiente del Espíritu que derrite la frialdad del alma. Cuando el Espíritu nos unge, la oración se vuelve intensa y el corazón se inflama de amor por Dios (Romanos 12:11). Un creyente sin fuego del Espíritu se convierte en un instrumento apagado.

8. El cálamo: unción que perfuma la vida del creyente

El cálamo era fragante y perfumaba el ambiente. Así es la obra del Espíritu que transforma nuestra vida en un aroma agradable a Dios (2 Corintios 2:15). La santidad que no produce dulzura y gracia en el trato carece de autenticidad. La unción verdadera se nota, no se finge.

9. La casia: unción que nutre y fortalece

La casia aportaba nutrientes vitales. El Espíritu no solo limpia, sino que fortalece todas las virtudes del alma (Efesios 3:16). Sin la nutrición espiritual que Él provee, el creyente se seca y se vuelve débil. La unción es la fuente de energía del ministerio eficaz.

10. El aceite de oliva: unción que flexibiliza y libera dones

El aceite de oliva era usado para suavizar y relajar las articulaciones rígidas. De igual forma, la unción del Espíritu quita la rigidez de nuestras palabras, actitudes y servicio. Activa talentos y dones que jamás imaginamos tener (1 Corintios 12:7). Nos vuelve útiles en las manos del Señor.

11. El alto precio de la unción

Este aceite santo costó la sangre de Cristo en Getsemaní y en la cruz del Calvario (1 Pedro 1:18-19). No es algo barato ni superficial. Todo ministerio ungido es fruto de sacrificio, rendición y obediencia total a Dios. ¿Estamos dispuestos a pagar el precio?

12. El peligro de las falsificaciones espirituales

La cultura, la oratoria y las emociones pueden imitar la unción, pero no la sustituyen. Una lámpara sin aceite no puede alumbrar (Mateo 25:3-4). Lo que proviene del hombre es como una vela apagada al lado del sol. Necesitamos la autenticidad del Espíritu, no simples emociones humanas.

13. La condición para recibir la unción: pureza del corazón

El aceite de la unción no debía derramarse sobre carne (Éxodo 30:32). Esto significa que la mente carnal debe ser crucificada (Romanos 8:7). Primero hay limpieza, luego unción; primero santidad, luego poder. Sin santificación, la unción no desciende en plenitud.

14. La unción habilita para ministrar eficazmente

El Señor Jesús no inició su ministerio público hasta recibir la unción en el Jordán (Lucas 3:21-22). Los discípulos fueron ordenados a esperar en Jerusalén hasta ser investidos con poder (Hechos 1:4-5). Un ministerio sin unción produce esfuerzo humano, pero un ministerio ungido fluye con libertad y autoridad divina.

15. La urgencia de buscar la unción hoy

El mundo necesita hombres y mujeres que ministren con la unción del Espíritu, no solo con títulos y diplomas. La iglesia no puede depender de métodos humanos, sino del poder de lo alto (Zacarías 4:6). Dios busca corazones vacíos para llenarlos con su Espíritu y usarlos en su obra.

Conclusión

La unción del Espíritu Santo es indispensable para una vida cristiana victoriosa y un ministerio fructífero. Es un regalo de Dios, pero requiere un corazón limpio, una entrega total y una dependencia absoluta de su gracia. Hoy más que nunca debemos clamar como Eliseo: “Te ruego que una doble porción de tu espíritu sea sobre mí” (2 Reyes 2:9).
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