Juan 3:16-21 - El Corazon del Evangelio

Evangelio de Juan   •  Sermon  •  Submitted   •  Presented
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Este sermón expositivo sobre Juan 3:16–21 presenta el evangelio como un llamado urgente a responder al amor soberano de Dios con fe genuina que produce una vida transformada. A partir de la conversación entre Jesús y Nicodemo, se muestra que la fuente de la salvación está en el corazón del Padre, quien amó al mundo rebelde y dio lo más precioso que tenía: a su Hijo unigénito. La fuerza que impulsa este plan eterno es el amor sacrificial de Dios, que no se queda en palabras, sino que se entrega plenamente en la cruz para satisfacer la justicia divina. El acceso a esta salvación pasa por un filtro ineludible: la fe salvadora, entendida bíblica y confesionalmente como un don de Dios que descansa totalmente en Cristo. Finalmente, la fe verdadera produce un fruto visible: una vida que deja las tinieblas y camina en la luz, para que se vea que todo lo bueno que hay en ella es obra de Dios. El mensaje concluye con un llamado directo a dejar la incredulidad y venir a la luz, recordando el ejemplo de Nicodemo, quien pasó de la noche del temor a la luz de la confesión pública de Cristo.

Notes
Transcript

Introducción

Esta mañana consideraremos uno de los pasajes más conocidos de toda la Biblia: Juan 3:16–21. Lo hemos visto en innumerables folletos evangelísticos y muchos lo sabemos de memoria. Sin embargo, ruego que la familiaridad no cierre nuestro corazón ni adormezca nuestra conciencia, sino que hoy escuchemos con atención lo que el Señor quiere decirnos. Porque en este texto palpita el corazón del evangelio: el resumen más claro y glorioso del propósito de Dios de salvar a los pecadores.
Para captar la gloria de este pasaje, consideremos el contexto. El capítulo 3 nos presenta a Nicodemo: un fariseo, miembro del sanedrín, “el maestro de Israel”.
Un hombre que conocía la Ley, enseñaba las Escrituras, guardaba los rituales y representaba lo mejor que la religión judía podía producir. Pero Jesús derrumba toda su seguridad en un instante:
“De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios” (v. 3).
Le habla del nuevo nacimiento
De la obra soberana del Espíritu
Del Hijo del Hombre que sería levantado como la serpiente de bronce en el desierto para dar vida al que mira.
Y entonces, Jesús llega al clímax de la conversación: por qué Dios haría algo así.
Aquí es donde, como reformados que creemos en la Sola Escritura y en la soberanía absoluta de Dios en la salvación, debemos hacer una pausa:
Sabemos que la Biblia enseña que Dios escogió, antes de la fundación del mundo, a aquellos que serían salvos (Ef. 1:4–5), no por méritos ni por obras, sino por pura gracia.
Creemos que “no depende del que quiere ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia” (Ro. 9:16).
Y es precisamente aquí donde, para algunos, surge la inquietud: “Si Dios ya escogió, ¿seré yo uno de los elegidos?”. Esa pregunta puede convertirse en una nube que oscurezca la luz del evangelio, porque el decreto de Dios es secreto para nosotros. No tenemos acceso directo a ese libro de la vida hasta la eternidad.
Pero fíjate: Jesús no llevó a Nicodemo por ese camino. No lo invitó a especular sobre los decretos eternos del Padre. No le dijo: “Ve y averigua si estás en la lista”. Lo que hace es ponerlo frente a la evidencia pública y visible del amor de Dios: “Dios amó al mundo… y dio a su Hijo unigénito”.
La verdadera pregunta, la que Jesús plantea, no es: “¿Estoy en la lista secreta?”, sino: “¿Estoy creyendo ahora mismo en el Hijo que el Padre dio?”.
Porque la fe salvadora no es un extra opcional: es la señal visible y presente de que Dios te ha amado con amor eterno y te ha escogido en Cristo.
La Confesión de Fe de Westminster lo dice así: “La certeza de su elección se asegura por medio de una llamada eficaz, mediante la cual son obedientes a la invitación del evangelio” (CFW 3.8).
En otras palabras: no miramos al decreto secreto para encontrar seguridad; miramos a Cristo crucificado, y en nuestra fe en Él vemos la evidencia de que fuimos amados y elegidos.
Así que la pregunta que debes responder hoy no es una incógnita sobre los secretos del cielo, sino un examen de tu respuesta a la revelación que Dios ya te ha dado: ¿Estás confiando solo en Cristo para tu salvación?
Ese es el corazón de este pasaje, y la forma en que Jesús lo desarrolla nos lleva a ver cuatro realidades que estructuran toda nuestra experiencia cristiana:
La fuente de la salvación: el amor del Padre.
La fuerza de la salvación: Su entrega costosa.
El filtro de la salvación: la fe que salva y la incredulidad que condena.
El fruto de la salvación: una vida en la luz para la gloria de Dios.
Leamos el texto para que la Palabra misma nos hable.

Lectura:

Juan 3:16–21 NBLA
»Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a Su Hijo unigénito, para que todo aquel que cree en Él, no se pierda, sino que tenga vida eterna. »Porque Dios no envió a Su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por Él. »El que cree en Él no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios. »Y este es el juicio: que la Luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la Luz, pues sus acciones eran malas. »Porque todo el que hace lo malo odia la Luz, y no viene a la Luz para que sus acciones no sean expuestas. »Pero el que practica la verdad viene a la Luz, para que sus acciones sean manifestadas que han sido hechas en Dios».
Noten el orden del versículo 16: antes de mencionar al mundo, Jesús menciona a Dios; antes de hablar de lo que nosotros hacemos, habla de lo que Dios ha hecho; antes de que aparezca la fe, aparece el regalo.
Por eso, nuestro primer paso es mirar la Fuente de toda salvación: el Padre que da lo más precioso. Sin entender de dónde viene la salvación, no podremos entender cómo recibirla ni cómo vivirla.

1. La Fuente de la Salvación: El Padre que da lo más precioso

(Juan 3:16a) “Porque de tal manera amó Dios al mundo…”
Si nos preguntamos dónde comienza la salvación, Jesús nos quita de inmediato la mirada de nosotros mismos y la fija en Dios. La fuente no está en tus decisiones, ni en tus buenas obras, ni siquiera en tu fe como algo que tú generas.
La fuente está en el corazón eterno del Padre.
Esto rompe todos los esquemas humanos. Todas las religiones hechas por el hombre siguen el mismo patrón: la criatura se esfuerza por ganarse el favor de la deidad.
Se hacen sacrificios, promesas, penitencias; se acumulan méritos con la esperanza de que, algún día, el dios se incline a favor del adorador. Pero en el evangelio, el orden se invierte: es el Dios ofendido quien toma la iniciativa para reconciliarnos.
Desde el inicio de la historia bíblica ha sido así:
En el Edén, después de que Adán y Eva pecaron, no fueron ellos quienes corrieron a buscar a Dios; se escondieron. Pero Dios los buscó, preguntando: “¿Dónde estás?” (Gn 3:9). Y no solo los buscó, sino que Él mismo les hizo túnicas de piel para cubrir su vergüenza (Gn 3:21).
En el monte Moriah, cuando Abraham subía con Isaac para sacrificarlo, fue Dios quien proveyó un carnero en lugar de su hijo, diciendo: “Dios proveerá para sí el cordero” (Gn 22:8).
En el éxodo, cuando el pueblo estaba atrapado entre el mar y el ejército de Faraón, fue Dios quien abrió un camino donde no había salida.
Todos estos episodios son sombras que apuntan al momento supremo: cuando Dios no proveyó un animal, ni un profeta, ni un ángel, sino a Su Hijo unigénito.
Y aquí necesitamos detenernos en esa palabra: unigénito (monogenēs en griego). No significa “el primero creado” como dicen las sectas, sino “el único en su clase, único en relación, único en esencia”.
Jesús es verdadero Dios de verdadero Dios, compartiendo la gloria y el ser del Padre desde la eternidad (Jn 17:5, 24). Así que, al dar a su Hijo, el Padre está dando lo más precioso, lo más amado, lo más íntimo de Sí mismo.
La Confesión de Fe de Westminster, en el capítulo 8, lo explica así: “Fue el beneplácito de Dios, en su propósito eterno, elegir y ordenar al Señor Jesús, su Hijo unigénito, para que fuera el Mediador entre Dios y el hombre”.
Esto no fue una reacción improvisada, sino un plan eterno, fruto del amor perfecto que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo han compartido desde antes de la creación.
Y lo más sorprendente es a quién ama. Jesús dice que Dios amó “al mundo”.
Para Nicodemo, “mundo” significaba todo lo que no era Israel: los gentiles impuros, los enemigos de Dios. Pero en el Evangelio de Juan, kosmos describe algo todavía más oscuro: la humanidad entera en rebelión contra su Creador.
“En el mundo estaba… y el mundo no le conoció” (Jn 1:10).
“El mundo… me aborrece, porque yo testifico de él, que sus obras son malas” (Jn 7:7).
“El mundo entero yace bajo el maligno” (1 Jn 5:19).
Ese es el objeto del amor del Padre: enemigos, rebeldes, idólatras, culpables.
Es como si un juez justo y santo adoptara como hijo al criminal que intentó asesinarlo, no porque el criminal cambió, sino porque el juez decidió amarlo y darle una nueva vida.
Por eso B. B. Warfield escribió: “La idea que hay detrás de la palabra ‘mundo’ no es señalar que el mundo es tan grande que hace falta mucho amor para abarcarlo, sino que es tan malo que hace falta un amor muy grandioso para amarlo tal como Dios lo amó”.
Esto significa algo profundamente consolador: si eres parte de este mundo —y lo eres—, entonces eres precisamente el tipo de persona a la que Dios pudo amar y salvar. No porque hubiera algo digno en ti, sino porque Su amor nace de Él, no de ti.
Aplicación: Cuando dudes del amor de Dios, no mires a tus circunstancias ni a tus emociones. Mira a la cruz. El Padre no escatimó a su propio Hijo (Ro 8:32). Si ya dio lo más grande por ti, ¿cómo puedes pensar que ahora te va a soltar?

2. La Fuerza de la Salvación: El amor que se entrega

(Juan 3:16b)
Si la fuente de la salvación está en el corazón del Padre, la fuerza que impulsa ese plan eterno es Su amor en acción.
El amor de Dios no es un sentimiento pasajero ni una inclinación bondadosa que se queda en palabras. En la Escritura, amar es dar. Y ese dar no es simbólico, sino real, costoso y sacrificial.
A lo largo de la historia de la redención, vemos este patrón:
Dios amó a Israel y lo sacó de Egipto con mano poderosa (Dt 7:7-8).
Amó a David y le dio un pacto eterno (2 S 7:15-16).
Amó a su pueblo rebelde y les envió profetas una y otra vez (Jer 7:25).
Pero todo esto era un anticipo. En Juan 3:16 estamos en la cumbre:
“Dio a su Hijo unigénito…”
No lo prestó por un tiempo. No lo envió con condiciones. Lo entregó plenamente, sabiendo el precio que implicaba:
El Hijo eterno, que disfrutó de perfecta comunión con el Padre desde antes de la creación (Jn 17:24), entraría voluntariamente en un mundo caído.
El Santo, que nunca conoció pecado, sería hecho pecado por nosotros (2 Co 5:21).
El amado del Padre cargaría sobre sí la ira justa que tú y yo merecíamos (Is 53:4-6).
Esto es lo que la Biblia llama propiciación: Cristo como la ofrenda que satisface plenamente la justicia de Dios y aparta Su ira de nosotros.
El amor de Dios no “pasa por alto” el pecado; lo enfrenta, lo condena… pero en el cuerpo de Su propio Hijo.
Aquí entendemos que el amor de Dios no es barato. No fue un “te perdono” desde lejos; fue un “yo mismo bajaré y pagaré por tu culpa”. Como afirma la Confesión de Fe de Westminster (Cap. 8, Sec. 5):
“Cristo, por su perfecta obediencia y sacrificio de sí mismo, que ofreció una vez a Dios por medio del Espíritu eterno, satisfizo plenamente la justicia de su Padre.”
Ilustración:
Imagina un tribunal y al juez más justo que ha existido. La ley es clara: el que robe un bien preciado debe pagar con su vida. Un día, traen a juicio al único hijo del juez. Es culpable. El juez lo ama, pero no puede torcer la ley. La justicia exige una condena. Con dolor en su voz, dicta sentencia: “Muerte”.
En ese instante, hace lo impensable: se quita la toga, desciende del estrado y dice: “Mi hijo es culpable, y la ley es inquebrantable. Pero yo tomaré su lugar”. Y él mismo se entrega para recibir la pena que su hijo merecía
Esa imagen, aunque limitada, refleja la realidad de la cruz: el Padre no solo nos perdonó, sino que satisfizo la demanda de Su propia justicia en la persona de Su Hijo.
Aplicación:
Si hemos recibido un amor así, ¿cómo no amar de la misma manera? El amor cristiano no espera ser correspondido, no se limita a los que nos agradan, no se rinde cuando amar cuesta. Dar tiempo, perdón, servicio, incluso a quien no lo merece, es el reflejo natural del amor que hemos recibido.
Como dice 1 Juan 4:10:
“En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó a nosotros, y envió a Su Hijo como propiciación por nuestros pecados.”
Puente al siguiente punto:
Pero este amor, aunque es infinito en su provisión, no actúa de forma automática en todos. Se aplica de manera personal a través de un filtro ineludible: la fe salvadora. Y a ese filtro nos conduce Jesús en la siguiente frase.

3. El Filtro de la Salvación: La fe que salva y la incredulidad que condena

(Juan 3:16c–18) …para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por Él.El que en Él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios.”
Si la fuente de la salvación está en el corazón del Padre y la fuerza que la impulsa es su amor sacrificial, aquí encontramos el filtro que determina quién recibe esta salvación: la fe salvadora.

a) La fe según la Escritura

En la Biblia, “creer” no es simplemente aceptar datos acerca de Jesús. Los demonios creen que Él existe y conocen su obra, pero no se someten a Él (Stg. 2:19). La fe salvadora tiene tres elementos inseparables:
Notitia — conocimiento de la verdad: saber quién es Jesús y qué ha hecho.
Assensus — asentimiento a esa verdad: aceptar que es real y necesaria para mí.
Fiducia — confianza personal: descansar únicamente en Cristo para mi salvación.
No basta con conocer el evangelio (notitia), ni con estar de acuerdo en que es verdadero (assensus); hay que abandonarse en Cristo como nuestro único refugio (fiducia).

b) La fe como don de Dios

La fe misma no es algo que producimos por nuestra fuerza natural. Efesios 2:8-9 nos dice que es “don de Dios”, y Filipenses 1:29 afirma que “a vosotros os es concedido… que creáis en Él”. Según la Confesión de Fe de Westminster (cap. 14), esta fe es “obrada por el Espíritu de Cristo en el corazón del creyente, y es ordinariamente aumentada por el ministerio de la Palabra”.
Esto significa que cuando alguien cree, no es porque fue más sabio o más dispuesto, sino porque Dios mismo abrió su corazón, como hizo con Lidia en Hechos 16:14.

c) La urgencia de creer

Jesús lo declara sin rodeos:
El que cree en Él no es condenado.
El que no cree ya ha sido condenado.
Aquí no hay terreno neutral. No es que algunos estén “a la espera” para decidirse; todos nacemos bajo condenación a causa del pecado de Adán (Rom. 5:12, Ef. 2:3). Creer en Cristo no es rendir un examen para ver si apruebas; es el único medio para escapar de una sentencia que ya está sobre ti.
La incredulidad no es una simple ausencia de fe; es un rechazo activo del testimonio que Dios ha dado de Su Hijo (1 Jn. 5:10-12).
Por eso Owen la llamó el pecado de los pecados: todos los demás pecados encuentran perdón en Cristo, pero la incredulidad cierra la única puerta de escape.

d) Ilustración

Imagina una prisión de máxima seguridad. Todos los prisioneros han sido hallados culpables y el juez ha fijado la fecha de ejecución. No es una amenaza futura; es una realidad sellada. Un día, el Hijo del Rey entra en la prisión con un anuncio: ha pagado el precio de la libertad y trae consigo la llave que abre las celdas y un barco listo para llevar a los prisioneros a la tierra de la vida.
El Hijo del Rey proclama:
“Todo el que reciba esta llave y confíe en mí para guiarlo, será libre”.
Pero uno de los prisioneros —llamémosle Juan— se aferra a su celda. Es el único lugar que conoce, y en su oscuridad se siente seguro. “No estoy seguro de querer salir —dice—. Aquí estoy cómodo. ¿Quién me garantiza que el barco sea mejor que mi celda?”
Esa decisión no lo deja en un punto neutro. La ejecución ya está programada. Al rechazar la llave, Juan no hace nada para salvarse; simplemente confirma su condena.
Así es la incredulidad: no es esperar “a ver qué pasa”; es rechazar el único rescate que Dios ha provisto. Como dice Jesús: “el que no cree, ya ha sido condenado” (Jn. 3:18).

e) Aplicación

Si eres creyente, descansa: tu seguridad no depende de la fuerza de tu fe, sino de la suficiencia del Salvador en quien crees (Heb. 12:2).
Si aún no crees, entiende: no creer no te deja “igual que antes”; te deja en condenación segura. La neutralidad no existe. La urgencia es hoy.
Puente al siguiente punto:
Pero ¿por qué alguien rechazaría un amor tan grande y un rescate tan costoso? Jesús mismo nos da la respuesta: porque en el fondo, hay un amor más fuerte que la verdad… el amor a las tinieblas.

4. El Fruto de la Salvación: Vivir en la luz para la gloria de Dios

(Juan 3:19–21) “Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Porque todo aquel que hace lo malo, aborrece la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean reprendidas. Mas el que practica la verdad viene a la luz, para que sea manifiesto que sus obras son hechas en Dios.”
Después de mostrarnos que la salvación es iniciativa del Padre (la fuente), que se mueve por su amor sacrificial (la fuerza), y que se recibe únicamente por la fe (el filtro), Jesús ahora nos revela el fruto visible de esa salvación.
Aquí no estamos en el terreno de las teorías, sino en el de las evidencias. La fe salvadora siempre deja huellas: cambia la relación que una persona tiene con la luz y con las tinieblas.

a) La luz y las tinieblas según Juan

En el evangelio de Juan, “la luz” no es una fuerza impersonal; es una persona: Jesucristo (Jn. 8:12). Él vino a revelar a Dios, a mostrar la verdad sobre nuestra condición y a proveer el camino hacia la vida eterna.
“Las tinieblas”, en cambio, representan la ignorancia voluntaria, la rebelión consciente y el amor por lo que Dios aborrece.
Jesús no dice que los hombres “prefirieron” un poco más las tinieblas; dice que las amaron más. Esta es la raíz del problema humano: no es falta de información, sino una inclinación del corazón. Como afirma Jer. 17:9, “engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?”.

b) El rechazo de la luz

¿Por qué algunos, al oír el evangelio, lo rechazan? Jesús lo dice con total claridad: “para que sus obras no sean reprendidas”.
No quieren que la luz exponga lo que esconden. La luz de Cristo revela lo que somos en realidad: pecadores culpables que necesitan gracia. Y el orgullo humano odia esa revelación.
Juan Calvino comenta que los hombres “prefieren obstinadamente sus vicios antes que recibir la medicina que los sanaría, porque esa medicina empieza por descubrir la herida”.

c) El que practica la verdad

En contraste, Jesús describe al que ha creído genuinamente como alguien que “practica la verdad” y “viene a la luz”. Esto no significa que es perfecto o que ya no peca, sino que ha sido regenerado por el Espíritu y ahora ama la luz, aunque lo exponga. Quiere que todo lo bueno que hay en su vida sea reconocido como obra de Dios.
La Confesión de Fe de Westminster (cap. 13) lo describe así: “En la santificación, el dominio del cuerpo de pecado es destruido, y sus varias concupiscencias son debilitadas y mortificadas más y más, y ellos son vivificados y fortalecidos más y más en todas las gracias salvadoras, para la práctica de la verdadera santidad”.
El creyente regenerado se convierte en alguien que:
No huye de la predicación que confronta su pecado.
No se esconde de la corrección fraterna.
Confiesa cuando cae, porque confía en la gracia de Cristo.
Vive para que sus obras apunten a la gloria de Dios, no a la suya.

d) Ejemplo bíblico

Zaqueo es un ejemplo perfecto (Lc. 19:1–10). Un recaudador corrupto, odiado por su pueblo, se expone voluntariamente a la luz de Jesús. La luz revela su codicia, pero no lo deja igual: “Daré la mitad de mis bienes a los pobres, y si en algo he defraudado a alguno, se lo devuelvo cuadruplicado”. El fruto visible muestra que algo radical ocurrió en su corazón.

e) Aplicación pastoral

Hermanos, la verdadera fe produce un cambio en nuestra relación con la luz:
Si antes huíamos de la Biblia, ahora la buscamos.
Si antes ocultábamos nuestro pecado, ahora lo confesamos.
Si antes vivíamos para nosotros mismos, ahora vivimos para Dios.
Si dices que crees en Cristo pero amas las tinieblas, rehúyes la luz y no hay fruto, entonces, con todo amor, te digo que lo que tienes quizá no sea fe salvadora, sino una fe muerta (Stg. 2:17).
Puente a la conclusión:
Jesús dejó a Nicodemo frente a una decisión: quedarse en las tinieblas de su religión vacía o venir a la luz del Hijo de Dios. Tú y yo estamos frente a la misma encrucijada hoy. La fuente es el Padre, la fuerza es su amor, el filtro es la fe, y el fruto es la luz. La pregunta es: ¿estás en la luz, o aún amas las tinieblas?

Aplicación

Si dices que has creído en Cristo pero no hay fruto, no hay un cambio en tu relación con la luz, algo está mal. Tal vez lo que tienes no es fe salvadora, sino una fe muerta.
Hermanos, el amor del Padre, el regalo del Hijo y la obra del Espíritu no son para dejarnos como estábamos. Son para hacernos hijos de la luz (Ef 5:8). Y si somos hijos de la luz, el mundo debe ver que nuestras obras son hechas en Dios.

Conclusión y llamado

Hemos recorrido este pasaje viendo que:
La fuente de la salvación es el Padre soberano que ama.
La fuerza es su amor sacrificial que se entrega.
El filtro es la fe salvadora, que recibe todo de Cristo.
El fruto es una vida que viene a la luz para la gloria de Dios.
Eso fue lo que Jesús puso delante de Nicodemo. Lo confrontó con su incredulidad y le presentó el único camino de salvación: mirar al Hijo que sería levantado.
Juan, el evangelista, no nos dice en este capítulo cómo respondió Nicodemo.
Pero sí lo vuelve a mostrar más adelante. En Juan 7, cuando los fariseos querían arrestar a Jesús, Nicodemo se atrevió a levantar la voz para recordarle a sus compañeros la ley, defendiendo a Jesús.
Y en Juan 19, cuando Jesús murió, todos los discípulos habían huido… pero Nicodemo, junto con José de Arimatea, se presentó ante Pilato para pedir el cuerpo del Señor. No vino con las manos vacías: trajo unas cien libras de mirra y áloes, una cantidad digna de un rey, para preparar su sepultura.
Ese es el lenguaje del fruto: un hombre que antes vino de noche, ahora se expone a la luz, asociándose públicamente con el Crucificado. Un hombre que había vivido en las sombras del legalismo, ahora se arriesga a perderlo todo por honrar a su Señor.
La tradición de la iglesia nos cuenta que Nicodemo fue bautizado, perdió su posición en el Sanedrín, su fortuna y su estatus, y finalmente fue martirizado por su devoción a Cristo. Él decidió salir de las tinieblas y venir a la luz.
Y tú, ¿qué harás con el Hijo que el Padre dio?
La pregunta no es si sabes Juan 3:16 de memoria, ni si crees que es verdad en general. La pregunta es si hoy estás creyendo en el Hijo, descansando solo en Él para tu salvación.
Si eres creyente, este texto es un recordatorio de que tu seguridad no está en la fuerza de tu fe, sino en la firmeza del amor del Padre. Mira a la cruz y confía en que Aquel que no escatimó a su propio Hijo no te soltará jamás.
Si eres incrédulo, este texto es un llamado urgente. No estás en un punto neutral; sin Cristo ya estás condenado. La luz ha venido al mundo, y hoy ha llegado a ti por medio de la Palabra. No ames más las tinieblas. No dejes para mañana lo que Cristo te llama a hacer hoy: cree y vive.
La llave de la celda está delante de ti, el barco de la salvación está listo. No digas que mañana, no digas que tal vez. Hoy es el día de salvación (2 Co. 6:2).
Ven a la luz, cree en el Hijo, y deja que toda tu vida sea un testimonio de que tus obras son hechas en Dios.
Amén.
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