Enderezando Caminos

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Jeremiah 1:4–10 NVI
4 La palabra del Señor vino a mí y me dijo: 5 «Antes de formarte en el vientre, ya te había elegido; antes de que nacieras, ya te había apartado; te había nombrado profeta para las naciones». 6 Yo respondí: «¡Ah, mi Señor y Dios! ¡Soy muy joven y no sé hablar!». 7 Pero el Señor me dijo: «No digas: “Soy muy joven”, porque vas a ir adondequiera que yo te envíe y vas a decir todo lo que yo te ordene. 8 No tengas temor delante de ellos que yo estoy contigo para librarte», afirma el Señor. 9 Luego extendió el Señor la mano y, tocándome la boca, me dijo: «He puesto en tu boca mis palabras. 10 Mira, hoy te doy autoridad sobre naciones y reinos, para arrancar y derribar, para destruir y demoler, para construir y plantar».
Luke 13:10–17 NVI
10 Un sábado, Jesús estaba enseñando en una de las sinagogas 11 y estaba allí una mujer que por causa de un espíritu llevaba dieciocho años enferma. Andaba encorvada y de ningún modo podía enderezarse. 12 Cuando Jesús la vio, la llamó y dijo: —¡Mujer, quedas libre de tu enfermedad! 13 Al mismo tiempo, puso las manos sobre ella; al instante la mujer se enderezó y empezó a alabar a Dios. 14 Indignado porque Jesús había sanado en sábado, el jefe de la sinagoga intervino, dirigiéndose a la gente: —Hay seis días en que se puede trabajar, así que vengan esos días para ser sanados y no el sábado. 15 —¡Hipócritas! —le contestó el Señor—. ¿Acaso no desata cada uno de ustedes su buey o su burro en sábado y lo saca del establo para llevarlo a tomar agua? 16 Sin embargo, a esta mujer, que es hija de Abraham y a quien Satanás tenía atada durante dieciocho largos años, ¿no se le debía quitar esta cadena en sábado? 17 Cuando razonó así, quedaron humillados todos sus adversarios, pero la gente estaba encantada de tantas maravillas que él hacía.

Introducción

En 1986, el profesor y compositor colombiano Héctor Ochoa Cárdenas compuso la canción “El camino de la vida”. La canción hace un recuento del ciclo de la vida humana, señalando lo rápido que pasa el tiempo y cómo aprendemos a través del dolor y la alegría, elementos esenciales de nuestra existencia. Habla de la lucha por formar un hogar, del fruto de ese hogar y de la ausencia de los hijos.
Es una canción hermosa, con la que muchos colombianos crecimos y a través de la cual comprendimos el valor y el sabor de la vida. La vida se presenta como un camino que se abre ante nosotros, con sendas fáciles de recorrer, pero también con tramos difíciles que desafían nuestro caminar.
Si observamos el ciclo de desarrollo humano que sugiere Héctor Ochoa y lo confrontamos con nuestra propia experiencia, encontramos dos momentos particulares de crisis. La primera es la adolescencia: un tiempo de búsqueda de identidad y sentido, marcado por la separación física, intelectual y emocional de los padres. Al salir al mundo, nos enfrentamos a otras formas de ver la vida y debemos elegir y construir nuestra identidad entre lo que aprendimos en casa y lo que vivimos en el contexto.
Superada la adolescencia, llegamos a la juventud y a la adultez, donde surgen nuevos desafíos y crisis. Debemos elegir una carrera, una pareja, desarrollar nuestro entorno laboral y decidir qué queremos tener y dónde queremos estar. Para muchas personas, estos procesos se vuelven cargas que dificultan el caminar por la vida.
Como podemos ver, la vida no es sencilla: desde temprana edad nos enfrenta a múltiples desafíos. La Biblia nos ofrece hoy el testimonio de dos personas que atraviesan crisis en contextos de vida similares. Por un lado, Jeremías, un joven llamado a ser profeta, pero que se siente inmaduro e incapaz de cumplir su misión. Por otro lado, el Evangelio nos presenta a una mujer encorvada, cuya enfermedad —según el médico Lucas— se debe a un demonio; un dato significativo, viniendo de la pluma de un profesional de la salud.
Veamos ahora el contexto bíblico de estos dos personajes y busquemos la voz de Dios para nuestras vidas:

Contexto Bíblico

Las citas bíblicas que hoy hemos leído (Jeremías 1:4-10, Lucas 13:10-17) tienen en común la mirada de Dios sobre el ser humano. En el caso de Jeremías, la Palabra de Dios llega a él para llamarlo. Jeremías era un muchacho que oscilaba entre los 19 y 20 años, recién superaba su adolescencia, y Dios le habla para reforzar su identidad. Jeremías había sido elegido desde antes de su nacimiento para ser profeta.
El oficio de profeta no era sencillo. Dios usaba a los profetas para anunciarse en las comunidades y denunciar injusticias. El camino torcido de una comunidad radicaba en la injusticia y el olvido de los más vulnerables. La Biblia nos presenta numerosos casos de profetas que han tenido que hablar al rey, al pueblo o a personas específicas, llamando a la conversión y al encuentro con Dios.
La reacción de Jeremías es natural: reconoce su incapacidad, sabe que es muy joven para hablar en nombre de Dios e intuye que le falta madurez. Jeremías se ubica desde el punto de vista social y racional; ser joven era una limitación para actuar en nombre de Dios, de la misma manera en que se entendía que la juventud limitaba la capacidad de tomar decisiones.
Del otro lado, en el Evangelio, nos encontramos con Jesús que enseña en la sinagoga. Un apunte importante es que esta es la última vez que vemos a Jesús en la sinagoga en el evangelio de Lucas. Allí se encuentra con una mujer que llevaba 18 años encorvada. Para nuestro contexto, 18 años implica la mayoría de edad; es decir, que esta mujer adulta ha vivido su mayoría de edad encorvada, y Lucas lo atribuye a un espíritu. Es decir, una fuerza sobrenatural le impedía enderezarse.
Estar encorvada es un gran problema porque no le permite a la persona mirar al horizonte, y le produce dolor y tensión muscular, problemas respiratorios, digestivos y desgaste de la columna. No hay duda de que una persona encorvada no puede vivir en libertad. Sin embargo, el Evangelio presenta a esta mujer en la sinagoga. Algo de fe y esperanza tendría esta mujer, a quien posiblemente nadie miraba durante el servicio, pero de quien Jesús se fijó con amor y compasión.
Es importante anotar que en ambos casos hay un llamado de Dios. En Jeremías, Dios llama para reforzar la identidad y la misión de un joven, conversando con él, brindándole seguridad y tocando sus labios. En el caso de la mujer encorvada, Jesús la mira y la llama para darle libertad; de la misma forma pone sus manos sobre ella, la toca y su cuerpo se restaura.
La Biblia nos está presentando dos casos importantes de encuentro con Dios: llamado, respaldo y liberación.

Aplicación

El texto nos invita a mirar una aplicación práctica en al menos tres direcciones:
En primer lugar, es preciso comprender a la comunidad eclesial, es decir, la iglesia como un lugar de cuidado para nuestros jóvenes y adolescentes. Nuestros hijos pertenecen a Dios desde antes de su nacimiento, y en el seno del hogar y de la iglesia debemos enseñarles la Palabra de Dios y vivir con ellos la experiencia de la fe.
Nuestra comunidad debe ser un lugar de puertas y brazos abiertos para la juventud. Quienes somos adultos o adultos mayores debemos ver a nuestros adolescentes y jóvenes no con compasión o lástima, sino con esperanza. La voz de Dios ha de llegar a ellos para asumir el desafío de la proclamación de la Palabra, pero nosotros debemos ser ejemplo de vida de fe y espiritualidad.
Seguramente, nuestros jóvenes pueden tener momentos de inseguridad como Jeremías, pero nosotros somos la voz de Dios para ellos: una voz de respaldo y de ánimo. El toque de Dios en los labios de Jeremías se representa con el abrazo, la palmada en la espalda, la mirada de amor y la convicción de que tenemos una nueva generación que ama a Dios y que cada día se acercará más a Él, creciendo en la Palabra.
En segundo lugar, urge hacer una revisión a nuestra vida y reconocer lo que hemos hecho hasta acá. ¿Qué tan encorvados estamos espiritual y emocionalmente? ¿Qué es aquello que no nos permite ver el horizonte de la fe, de la iglesia y de nuestra vida? ¿Será que nos hemos estancado en la rutina de la vida?
Una vida encorvada es una vida llena de miedo, temor e inseguridad. Una persona que se ha encorvado no encuentra merecimiento, se conforma con lo poco que pueda tener, viene a la iglesia pero no puede percibir la riqueza que hay a su alrededor: personas hermosas, un ambiente de paz, amor, reconciliación, la posibilidad de encontrar amigos y hermanos.
Una vida encorvada no brinda un servicio o es egoísta cuando sirve, porque al mirar al suelo no puede ver las bellezas de Dios alrededor. Es posible que muchas personas en el camino de la vida se hayan encorvado, que usted y yo nos hayamos encorvado; sin embargo, Cristo está presente en medio de nosotros para hacernos libres de esa enfermedad, que no es física sino espiritual. Cristo tiene su mirada sobre nosotros y nos está llamando para que seamos verdaderamente libres.
En tercer lugar, es preciso recobrar la inocencia. Entendamos inocencia como dependencia de Dios. Hemos perdido la inocencia y por eso no podemos confiar en el otro; hemos perdido la inocencia y vivimos prevenidos; hemos perdido la inocencia y con ello nos hemos figurado un dios malicioso, que castiga, ausente de nuestra vida, lejano en un trono y desentendido de nuestro ser. No obstante, Dios está más cerca que nunca, se preocupa por nosotros y desea que volvamos a confiar en Él y en los nuestros.
Recobrar la inocencia implica recordar el llamado de Dios, tanto comunitario como individual, el llamado al servicio, la compasión, el amor, la proclamación de la Palabra y la evangelización. Solo cuando escuchamos el llamado de Dios y le confiamos nuestras limitaciones, cuando comprendemos que su mirada está en nosotros y percibimos el toque de Dios en nuestras vidas, recuperamos nuestra identidad de fe y somos libres para actuar y hablar en su nombre.
Hoy es el día para volver a Dios. Él nos ha estado llamando, Él quiere tocar nuestros labios y poner sus palabras como lo hizo con Jeremías; Él quiere liberarnos de los pesos del pecado, la culpa y el miedo para que podamos movernos en libertad y anunciar su inmenso amor.

Conclusión

En el camino de la vida, Dios aparece para llamarnos y enderezar nuestros caminos; Él es quien nos guía cuando nos sentimos inseguros o encorvados. El dolor y la alegría, en sus manos, se convierten en herramientas para que seamos plenamente felices, sanos y libres.
Dejemos que Dios sea el sanador de nuestra vida.
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