El Reino de Dios: Su función y su efecto.
Kerigma • Sermon • Submitted • Presented
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· 39 viewsUna breve reflexión sobre la función del reino de Dios y su efecto en aquellos que son parte de él.
Notes
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Introducción:
Soy una persona curiosa, y por eso me encantan los documentales: me permiten descubrir cómo funcionan las cosas o cómo se fabrican. Hay un programa de televisión llamado ¿Cómo lo hacen? (How It’s Made) de Discovery Max. Al ver uno de sus episodios, encontré respuesta a una de mis incógnitas, que dicho sea de paso, núnca debí haber tenido: “¿Cómo se hacen las salchichas?”.
En ese programa, aprendí que las salchichas se hacen moliendo carne (puede ser de cerdo, res, pollo… o mezclas) junto con grasa. Pero no se usa sólo carne, también se meten retazos, pedazos de piel, cartílagos, nervios y lo que sobra después de todo el proceso de deshuesar a diferentes animales que comemos todos los días. Si básicamente todo lo que sobra, lo cualquier persona tiraría a la basura. Todo eso se tritura hasta quedar como una pasta rosada.
A esa pasta se le agregan especias, sal, conservadores y a veces agua o hielo para darle textura. Luego se rellena en tripas (antes eran intestinos de animales, hoy muchas veces son fundas sintéticas).
Después, se cuecen o ahúman para que se conserven, y listo: un cilindro compacto de “carne” que ya no se parece en nada a lo que fue originalmente. Sí, lo sé… de nada. Sé que ahora no podrás sacar esa imagen de tu mente. Pero ¿qué te digo? Así funciona la mía.
Otro ejemplo de esto fue cuando mi papá me estaba enseñando a manejar. Recuerdo que, mientras estábamos en el auto y él “pacientemente, con palabras amables” (sí, estoy siendo totalmente sarcástico) me decía que pisara el embrague, metiera la velocidad y luego soltara el embrague poco a poco mientras aceleraba, lo único que rondaba en mi cabeza era: “¿Pero por qué? ¿Qué pasa en el motor que me obliga a hacerlo así?”
Obviamente, aprendí que cuando alguien ya está perdiendo la paciencia porque no logras mover el auto, ese no es el mejor momento para hacer preguntas técnicas. Poco después vi algunos diagramas, e incluso un video, sobre cómo funcionaba la transmisión de un coche y por qué el proceso debía ser así… ¡y listo! ¡Lo entendí!
Por eso creo que, cuando conocemos en detalle cómo funcionan las cosas, o entendemos por qué son como son, y tenemos claro qué podemos esperar y qué no, todo se vuelve más sencillo y fluido. Además, no soy el único al que le gusta comprender cómo funcionan las cosas.
¿Has estado leyendo Ezequiel esta semana? ¡Cuántos detalles y medidas aparecen en la visión del profeta acerca de ese templo que, algunos dicen, será el tercer templo! Es evidente que Dios quiso revelar cómo estaría estructurado ese lugar. Y creo que, al tener nosotros esa información en nuestras manos, lo que nos corresponde ahora es digerirla… y ponerla en práctica.
Y lo mismo sucede con el Kerigma que estudiaremos esta mañana: la parábola de la lámpara. Sin embargo, dado que cada una de estas parábolas nos fue dada para comprender y profundizar en torno al Reino de Dios, hoy no la llamaremos simplemente “la parábola de la lámpara”, sino más bien: “El Reino de Dios: Su función y su efecto.”
Leamos Marcos 4:21 al 25
21 Entonces Jesús les preguntó: «¿Acaso alguien encendería una lámpara y luego la pondría debajo de una canasta o de una cama? ¡Claro que no! Una lámpara se coloca en un lugar alto, donde su luz alumbre. 22 Pues todo lo que está escondido tarde o temprano se descubrirá y todo secreto saldrá a la luz. 23 El que tenga oídos para oír debería escuchar y entender». 24 Luego agregó: «Presten mucha atención a lo que oyen. Cuanto más atentamente escuchen, tanto más entendimiento les será dado, y se les dará aún más. 25 A los que escuchan mis enseñanzas se les dará más entendimiento, pero a los que no escuchan, se les quitará aun lo poco que entiendan».
Nueva Traducción Viviente (Mk 4:21–25). (2009). Tyndale House Publishers, Inc.
I. La función del reino de Dios.
I. La función del reino de Dios.
Este pasaje comienza con la palabra “Entonces...”, lo que nos muestra evidencia de continuidad e inmediatez. Esto es muy importante porque, en su primera parábola, Jesús explicó cómo entrar al Reino de Dios, señalando que se entra al recibir la Palabra de Dios y que, en realidad, el problema no es la semilla, sino el terreno sobre el cual cae.
Alguien que recibe la Palabra de Dios podrá experimentar en carne propia lo que el salmista declaró:
“¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en su lugar santo? Solo los de manos limpias y corazón puro, que no rinden culto a ídolos y nunca dicen mentiras” (Salmo 24:3-4).
Y ahora, habiendo dejado en claro que tener un corazón receptivo a la Palabra de Dios nos hace parte del Reino, Jesús dice algo que, a primera vista, parecería contradecir lo que le dijo al leproso en Marcos 1:44: “No se lo cuentes a nadie”.
En este pasaje, en cambio, Jesús declara:
“¿Acaso alguien enciende una lámpara y luego la pone debajo de una canasta o debajo de una cama? ¡Por supuesto que no! Una lámpara se coloca en un lugar alto donde su luz alumbre” (Marcos 4:21).
Una de las muchas bellezas y virtudes de las parábolas es que permiten el uso de absurdos para ilustrar, remarcar o clarificar una verdad. Jesús recurre a ese recurso para dejar en claro lo importante que es que la luz brille y no sea escondida.
Esto no es una contradicción, sino evidencia de la revelación progresiva del evangelio por medio de Cristo. En Marcos 1:15, Jesús declara que el Reino de Dios se ha acercado. Más adelante, en Marcos 4:1-20, hace la primera mención pública y contundente del misterio del Reino de Dios.
Conviene recordar que el Reino de Dios es mucho más trascendente que las sanidades físicas y los milagros, porque estos solo benefician de manera temporal a quienes los reciben. En cambio, el Reino de Dios es eterno.
Así como lo leímos en Ezequiel:
“Y les daré un solo pastor: a mi siervo David. Él las apacentará y será su pastor...” (Ezequiel 34:23).
Y como se lee en:
“Tu casa y tu reino continuarán para siempre delante de mí, y tu trono estará seguro para siempre” (2 Samuel 7:16).
y en:
“Se le dio autoridad, honra y soberanía sobre todas las naciones del mundo, para que la gente de toda raza, nación y lengua lo obedeciera. Su gobierno es eterno; nunca terminará. Su reino jamás será destruido” (Daniel 7:14).
Por eso, no es lo mismo que Jesús haya comenzado su ministerio sanando y, de alguna manera, acreditándose como el Mesías al cumplir las obras que se esperaba que el Mesías realizara, a que ahora, desde la parábola del sembrador, abra las puertas y nos permita ver cómo es el Reino de Dios y cuál es su efecto.
Por lo tanto podemos concluir lo siguiente:
En Marcos 1:15, vemos que el Reino se había acercado.
En la parábola del sembrador (Marcos 4:1-20), el Reino es revelado.
Y ahora, en la parábola de la lámpara (Marcos 4:21-25), se nos muestra cuál es la función del Reino de Dios.
Jesús dijo:
“Una lámpara se coloca en un lugar alto, donde su luz alumbre. Pues todo lo que está escondido tarde o temprano se descubrirá, y todo secreto saldrá a la luz” (Marcos 4:21-22).
La función del Reino de Dios es alumbrar a este mundo. Eso puede sonar sencillo, incluso un tanto poético, pero en realidad tiene implicaciones mucho más profundas y, en muchos casos, difíciles.
¿Alguna vez te has quedado sin luz en casa? ¿Has estado en el campo, en el bosque o en algún lugar donde no hay ni un ápice de luz, y de repente te quedas sin baterías o el fuego se apaga? Es una sensación de miedo o incertidumbre. Sin embargo, no es exactamente a eso a lo que Jesús se refiere, porque en su ilustración damos por sentado que la luz es algo común y accesible. Pero en el mundo espiritual, la luz no es común.
El apóstol Juan escribió:
“El juicio se basa en el siguiente hecho: la luz de Dios vino al mundo, pero la gente amó más la oscuridad que la luz, porque sus acciones eran malas” (Juan 3:19).
Antes de la llegada de Cristo y de que el Reino de Dios fuese revelado, el mundo era muy parecido al fondo del océano, donde todo está diseñado y adaptado para vivir en oscuridad total. A simple vista, todo parece estar “bien”. No se ve ningún peligro. Pero tan pronto como una luz se enciende, aparecen criaturas horripilantes, se revelan peligros ocultos y uno se da cuenta de que lo que lo rodeaba no era lo que parecía.
Así es exactamente este mundo. Todo aparenta ser “normal”, como si “no pasara nada”, pero en cuanto la lámpara del Reino de Dios brilla a través del evangelio, descubrimos que el mundo está corrompido, que los peligros son enormes y que, justo como las Escrituras lo dicen:
“Todos los que hacen lo malo odian la luz y se niegan a acercarse a ella porque temen que sus pecados queden al descubierto” (Juan 3:20).
En el versículo 22, Jesús dice:
“Pues todo lo que está escondido tarde o temprano se descubrirá, y todo secreto saldrá a la luz” (Marcos 4:22).
Detengámonos un momento en estas palabras. Jesús no está amenazandonos con que nuestros secretos más oscuros serán expuestos para avergonzarnos. Más bien, está señalando que la salvación por medio de Él —el evangelio— había permanecido oculta durante siglos, como un misterio escondido para la humanidad. Pero en ese momento había llegado la hora en que Dios decidió sacar a la luz lo que estaba oculto y revelar lo que por tanto tiempo había sido secreto.
Esto mismo lo confirma Jesús en otro pasaje:
«Benditos los ojos que ven lo que ustedes han visto. Les digo que muchos profetas y reyes anhelaron ver lo que ustedes ven, pero no lo vieron; y anhelaron oír lo que ustedes oyen, pero no lo oyeron»
(Lucas 10:23-24).
El apóstol Pablo también explica esta verdad cuando dice:
“Este mensaje se mantuvo en secreto durante siglos y generaciones, pero ahora se dio a conocer al pueblo de Dios.” (Colosenses 1:26).
Y en otra carta, Pablo vuelve a remarcarlo:
“Dios me reveló su misterioso plan. ” (Efesios 3:3).
Ahora, si bien todo lo anterior es cierto, que el tema o a lo que Jesús se refiere es la manifestación completa y plena del misterio de la Salvación por medio del evangelio, hay algo que no podemos pasar por alto: confesar nuestros pecados. La confesión desarma al enemigo. Cuando callamos y escondemos lo que hay en nuestro corazón, Satanás lo usa como un arma para acusarnos y debilitarnos. Pero cuando abrimos nuestra boca y llevamos nuestro pecado a la luz, lo que antes era un instrumento de condenación se convierte en un testimonio de gracia. Es mucho mejor mostrarse vulnerable y dejar que Dios nos haga fuertes, que aparentar fortaleza y terminar siendo humillados por Dios.
Y es que guardar cosas en secreto parece ser algo que nos atrae. Desde ocultar nuestro pasado, esconder nuestro pecado, hasta cosas tan simples como no admitir que nos entretienen los videos de gatos bailando en dos patas. Pero lo más grave es que muchos creyentes prefieren ocultar su fe, pasar desapercibidos y vivir como lo que algunos llaman: “cristianos del servicio secreto”.
Los “cristianos del servicio secreto”, son aquellos que no alumbran, que esconden su fe y su testimonio por miedo a ser juzgados o por la comodidad de no ser confrontados. Pero eso es imposible, porque el Reino de Dios no se diseñó para permanecer oculto. La lámpara no se hizo para ser guardada debajo de la cama, sino para colocarse en alto y alumbrar. Y el evangelio, cuando realmente habita en nosotros, inevitablemente brilla.
Piénsalo de esta manera: cuando un creyente oculta su fe, está intentando vivir en contradicción con la misma naturaleza de la luz que dice poseer. No podemos amar la luz y, al mismo tiempo, seguir prefiriendo la oscuridad. Jesús mismo dijo:
“El que me niega aquí en la tierra delante de los hombres, yo también lo negaré delante de mi Padre que está en el cielo” (Mateo 10:33).
Por eso, si queremos caminar en la verdad del Reino, debemos dejar de escondernos y aprender a vivir en la luz. No podemos permitir que nada comprometa nuestra luz. El reino de Dios debe brillar.
Debemos confesar nuestros pecados con sinceridad y vivir una fe pública, visible y coherente. No se trata de andar proclamando nuestra espiritualidad en cada esquina, sino de que en la vida diaria —en el trabajo, en la escuela, en la familia— otros puedan ver que Cristo es real en nosotros. Aunque el mundo ame más las tinieblas que la luz, sigue necesitando ser iluminado por la luz de Cristo. No nos cansemos de resplandecer, porque solo así los perdidos podrán descubrir que hay algo más que oscuridad. ¡Prediquemos con valentía! ¡Alumbremos con nuestras vidas!
La luz del Reino no vino para avergonzarte ni para hundirte en la culpa, sino para levantarte con esperanza. Sí, es cierto, cuando Cristo alumbra nuestra vida quedan al descubierto pecados, heridas y áreas que preferiríamos ocultar. Pero no olvides esto: el Señor nunca revela para destruir, sino para restaurar. Su luz no es un juicio cruel, sino una invitación a la libertad. Cada vez que el evangelio ilumina lo más profundo de tu corazón, lo hace para recordarte que no necesitas seguir cargando con cadenas, que en Jesús hay perdón, limpieza y un nuevo comienzo. Por eso, en lugar de temer la luz, podemos correr hacia ella con confianza, porque allí nos espera la gracia de Dios.
II. Los efectos del reino de Dios.
II. Los efectos del reino de Dios.
El Reino de Dios no solo ilumina la oscuridad del mundo, sino que también transforma a quienes forman parte de él. Jesús dijo:
«Presten mucha atención a lo que oyen. Cuanto más atentamente escuchen, tanto más entendimiento les será dado, y se les dará aún más. A los que escuchan mis enseñanzas se les dará más entendimiento, pero a los que no escuchan, se les quitará aun lo poco que entiendan» (Marcos 4:24-25).
Aquí Jesús nos enseña una verdad poderosa: la medida en que recibimos y practicamos la Palabra de Dios determina cuánto más recibiremos de ella. Es como un círculo de crecimiento: si somos fieles en lo poco que entendemos, Dios abrirá nuestra mente y corazón para entender más. Pero si descuidamos lo que hemos recibido, incluso eso se puede perder.
En Proverbios 9:9 se nos recuerda:
“Da instrucción al sabio, y será aún más sabio; enseña al justo, y aumentará su saber.”
El Reino tiene este efecto multiplicador. Los que pertenecen al Reino son moldeables, enseñables, humildes y dispuestos a crecer. Eso significa que no nos cerramos a la corrección de Dios, no nos resistimos a su Palabra, sino que la abrazamos con gozo.
Así que, ¿cómo son los que forman parte del Reino?
Son humildes: saben que siempre pueden aprender más de Dios.
Son enseñables: no endurecen el corazón cuando la Palabra los confronta, sino que se dejan transformar.
Son valientes: porque entienden que su vida es una lámpara encendida que debe brillar, aun cuando eso implique incomodidad.
Son perseverantes: no se cansan de resplandecer, aun en medio de la oscuridad del mundo.
Pero aquí vale la pena hacer una pausa y preguntarnos: ¿Cómo estás con esto? ¿Eres humilde y enseñable? ¿Eres alguien que permite que la Palabra y aun los hermanos en la fe te confronten y te ayuden a crecer?
Nuestro modelo perfecto es Cristo. Jesús, siendo Dios mismo, no vino a imponer su grandeza, sino que se humilló para mostrarnos cómo debe vivir alguien del Reino. Como dice Filipenses 2:5-8:
“Tengan la misma actitud que tuvo Cristo Jesús. Aunque era Dios, no consideró que el ser igual a Dios fuera algo a lo cual aferrarse. En cambio, renunció a sus privilegios divinos; adoptó la humilde posición de un esclavo y nació como un ser humano. Cuando apareció en forma de hombre, se humilló a sí mismo en obediencia a Dios y murió en una cruz como morían los criminales.”
Si Jesús fue humilde y enseñable —en el sentido de someterse al Padre en todo—, entonces todos los que pertenecemos a su Reino debemos reflejar esa misma actitud.
Y ser humildes y enseñables no significa que somos débiles o que siempre tenemos que estar oyendo la opinión de los demás para agradarlos. No. Significa que estamos en una búsqueda sincera de hacer lo que Jesús nos dijo: escuchar. Porque no sabemos si en esa interacción, en esa palabra de consejo, en esa confrontación con amor… sea Dios mismo quien esté hablando a nuestro corazón.
Pero la otra cara de la moneda es muy distinta. Hay personas que escuchan, pero no para cambiar, sino simplemente para evitar un conflicto. Asienten con la cabeza, sonríen, aparentan humildad, pero en el fondo de su corazón ya han decidido no mover un dedo. Y aunque no sean groseros ni confrontativos, su orgullo está tan arraigado que, en realidad, viven bajo la filosofía de: “nadie puede decirme nada”. Se ven piadosos por fuera, pero por dentro están cerrados a la transformación que el Espíritu Santo quiere obrar en ellos.
Ese tipo de actitud es peligrosa, porque produce una falsa humildad. Una apariencia de espiritualidad que en realidad es resistencia a la voz de Dios. Y Jesús fue claro: «A los que escuchan mis enseñanzas se les dará más entendimiento, pero a los que no escuchan, se les quitará aun lo poco que entiendan» (Marcos 4:25).
El verdadero discípulo no es el que aparenta docilidad, sino el que se deja moldear por la Palabra de Dios y está dispuesto a cambiar, aunque eso signifique reconocer errores y tomar decisiones difíciles.
La luz del Reino no solo expone, también transforma. Y esa transformación empieza en nuestro corazón, pero no termina allí: fluye hacia afuera, impacta a otros y produce fruto eterno. El Reino en nosotros nos hace diferentes, y nos convierte en instrumentos de Dios para que otros también pasen de las tinieblas a la luz admirable de Cristo.
Jesús no nos dio su luz para que la escondiéramos, sino para que la pusiéramos en alto. Jesús nos dio su luz no solo para exponer las obras de maldad del mundo sino para transformarlo, pero al mismo tiempo esa luz, nos expone y nos transforma.
El mundo necesita ver la luz del evangelio en ti y en mí. Pero para que eso suceda primero necesitamos dejar que esa luz nos expona y nos transforme a nosotros primero.
Conclusión:
De la misma forma que, al sostener una vela, todo lo que te rodea se ilumina y también tú mismo eres iluminado, así la luz del reino de Dios brilla en medio de la oscuridad que nos rodea, y al mismo tiempo ilumina nuestro interior.
Quiero cerrar este tiempo juntos hablando desde dos perspectivas.
Primero, si tú aún no has creído en Cristo: no es coincidencia que estés aquí esta mañana. La Palabra de Dios te ha sido predicada, la semilla se ha sembrado y la luz de Cristo te está alumbrando. Ríndete, deja de luchar, arrepiéntete de tu pecado, porque de lo contrario estarás separado de Dios por la eternidad. Pero si te arrepientes, confiesas tus pecados y clamas a Dios que te salve y te perdone, la Escritura promete:
“Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonarnos nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:9).
Ven, porque Cristo te está llamando de las tinieblas a su luz admirable (1 Pedro 2:9). La Biblia dice:
“Despiértate, tú que duermes; levántate de los muertos, y Cristo te dará luz” (Efesios 5:14).
¡Arrepiéntete y cree en el evangelio!
Segundo, si tú ya has creído en Cristo: eres parte del reino de Dios, y por lo tanto, debes entender que Aquel que te llamó de las tinieblas a su luz admirable también quiere que seas luz para quienes aún viven en la oscuridad. Para que eso sea posible, primero necesitas prestar mucha atención a lo que escuchas. Debes asegurarte de no estar bloqueando la Palabra con un corazón orgulloso, rebelde o endurecido.
Si hoy reconoces que quizá no has sido enseñable, ni humilde, ni valiente para proclamar a Cristo; si has preferido callar la verdad para no incomodar a otros, ¡arrepiéntete! Ven a Cristo, porque la misma promesa es para ti:
“Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonarnos” (1 Juan 1:9).
Amada familia, hoy la luz de Cristo brilla delante de nosotros. No importa cuán profunda haya sido tu oscuridad, el Señor Jesús sigue extendiendo su mano para salvar, perdonar y renovar tu vida. Su amor no se ha acortado, y su gracia aún es suficiente para ti. Hoy es el día de salvación, hoy es el día para dejar atrás la tibieza, el orgullo y el miedo, y volver con un corazón sincero al Señor.
Te invito a que vengas delante de Cristo con un espíritu quebrantado y dispuesto. Allí puedes dejar tus cargas, tus pecados y tus temores, y recibir la paz, el perdón y la esperanza que solo Él puede dar. Ven y permite que su luz alumbre tu vida por completo.
ERES AMADO.
