Considera tus caminos
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IGLESIA MANANTIAL DE VIDA
EJERCITO EVANGELICO DE CHILE
DOMINGO 3 DE AGOSTO, 2025
“CONSIDERA TUS CAMINOS”
EN: HAGEO 2:5-9
5 Según el pacto que hice con vosotros cuando salisteis de Egipto, así mi Espíritu
estará en medio de vosotros, no temáis.
6 Porque así dice Jehová de los ejércitos: De aquí a poco yo haré temblar los cielos
y la tierra, el mar y la tierra seca;
7 y haré temblar a todas las naciones, y vendrá el Deseado de todas las naciones; y
llenaré de gloria esta casa, ha dicho Jehová de los ejércitos.
8 Mía es la plata, y mío es el oro, dice Jehová de los ejércitos.
9 La gloria postrera de esta casa será mayor que la primera, ha dicho Jehová de los
ejércitos; y daré paz en este lugar, dice Jehová de los ejércitos.
INTRODUCCIÓN
La historia del pueblo de Dios no es lineal, sino profundamente humana: marcada por
comienzos intensos, pausas dolorosas, y regresos cargados de PROPÓSITO. El libro del
profeta Hageo nos sitúa en un momento crítico: el pueblo ha vuelto del exilio, ha puesto el
fundamento del templo... pero se ha detenido. El tiempo ha pasado, las prioridades
cambiaron, la esperanza se diluyó y el altar quedó en ruinas. ¿Te suena familiar?
Vivimos hoy en un siglo donde la inmediatez marca la agenda, donde la fatiga emocional es
el pan de cada día, y donde muchos, aún dentro del pueblo de Dios, han dejado de edificar
el altar de su intimidad con el Señor. Ya no oran como antes, ya no leen la Palabra con
hambre, ya no buscan como en los primeros días. Se sienten agotados, desconectados,
desanimados. Pero Hageo se levanta como una voz profética que no reprende para
aplastar, sino para sacudir y reconstruir con gloria futura.
Dios dice: “Mi Espíritu está en medio de vosotros; no temáis.” No habla desde la ausencia,
sino desde una presencia activa que invita a retomar la obra con fuerza, con fe, con foco.
Esta palabra es para quienes se sienten detenidos en su vida espiritual, que han perdido
ritmo o sentido, pero no han perdido el llamado. Porque aún hay gloria por manifestarse.
Porque la historia no termina en el abandono, sino en la redención.
Así que vamos a orar por esta palabra…
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CONTEXTO
Para comprender con profundidad lo que Hageo está profetizando, primero debemos
ubicarnos en el escenario histórico y humano en el que esta palabra se hace vida. Estamos
en el año 520 a.C. Judá había pasado por una de las experiencias más traumáticas de su
historia: el exilio en Babilonia. Décadas antes, Nabucodonosor había arrasado Jerusalén,
destruido el templo de Salomón y deportado a los principales líderes del pueblo. Fue una
generación de pérdida, desarraigo y disciplina divina. El templo, símbolo de la presencia y el
pacto, yacía en ruinas.
Sin embargo, Dios no se había olvidado de su pueblo. A través del rey Ciro de Persia, el
Señor permitió el retorno de los exiliados para reconstruir Jerusalén y, lo más importante,
reedificar el templo. Era una segunda oportunidad. Un tiempo nuevo. El pueblo volvió con
ilusión, motivación espiritual y con un mandato claro: construyan mi casa.
Y comenzaron bien. Según el libro de Esdras, apenas volvieron a Jerusalén, levantaron el
altar y pusieron los cimientos del templo. Los más ancianos lloraban al ver los escombros,
recordando la gloria pasada. Los más jóvenes gritaban de alegría por la oportunidad de
comenzar. Había emoción, esperanza… pero pronto también surgieron las primeras grietas.
La oposición externa
No todos estaban felices con la restauración del templo. Los samaritanos y otros pueblos
vecinos se opusieron activamente a la obra. Empezaron a intimidar, a desacreditar y a
utilizar influencias políticas para frenar el proyecto. Incluso sobornaron consejeros para
obstaculizar la construcción (Esdras 4:4-5). ¿El resultado? El pueblo se desanimó.
Detuvieron la obra durante más de 15 años.
¿Qué hicieron mientras tanto? Se dedicaron a sus asuntos. A sus campos, a sus casas, a
sus negocios. Las prioridades cambiaron. El templo quedó olvidado. El altar, descuidado. Y
la llama que alguna vez ardía en sus corazones… se apagó.
La vida sin el centro: un pueblo ocupado, pero vacío
El profeta Hageo aparece en escena en ese contexto. Lo primero que denuncia no es el
pecado abierto, sino la postergación espiritual:
“Este pueblo dice: Aún no ha llegado el tiempo, el tiempo de que la casa de Jehová
sea reedificada.” (Hageo 1:2)
El problema no era que rechazaran a Dios. Era que lo habían relegado a segundo plano. Lo
habían dejado para después. Para cuando haya más tiempo, más estabilidad, menos
problemas. Pero ese “después” se alargó más de 15 años.
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Y entonces llega el primer mensaje profético. Y no con un juicio, sino con una pregunta
poderosa:
“¿Es para vosotros tiempo, para vosotros, de habitar en vuestras casas artesonadas,
y esta casa está desierta?” (v.4)
En otras palabras: ¿Es justo que tú sigas construyendo tu vida mientras la presencia de
Dios permanece ignorada?
Ese es el conflicto de fondo. Y no solo en Judá. También en el siglo XXI.
El diagnóstico espiritual del profeta
Hageo señala algo que resuena con inquietante precisión en nuestros días:
“Sembráis mucho, y recogéis poco; coméis, y no os saciáis; bebéis, y no quedáis
satisfechos; os vestís, y no os calentáis; y el que trabaja a jornal recibe su jornal en
saco roto.” (1:6)
¿Te suena familiar? Es la fatiga de un pueblo que hace todo lo que puede, pero nunca es
suficiente. La insatisfacción perpetua. La frustración de quien corre sin llegar. Una especie
de exilio emocional, donde el alma está ocupada pero desconectada.
Lo que Dios revela es simple pero profundo:
“No hay plenitud, no hay diligencia, porque me dejaron afuera.”
No es que no trabajes. Es que trabajas sin presencia. No es que no siembres, es que
siembras sin altar. Y el Espíritu nos sacude con otra frase:
“Considerad bien vuestros caminos.” (v.7)
Esta frase se repite dos veces en el capítulo 1. Es un llamado a detenerse y reflexionar:
¿Hacia dónde estoy yendo? ¿Por qué estoy así? ¿Qué hice con mi relación con Dios?
La respuesta del pueblo: obediencia y reverencia
A diferencia de otros momentos en la historia de Israel, esta vez el pueblo escucha la voz
profética. Zorobabel, el gobernador, y Josué, el sumo sacerdote, se estremecen con el
mensaje. Todo el remanente del pueblo temió a Jehová, y comenzaron nuevamente a
trabajar en la reconstrucción del templo.
Aquí, Hageo entrega una de las frases más poderosas del Antiguo Testamento:
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“Yo estoy con vosotros, dice Jehová.” (1:13)
No hay corrección sin consuelo. No hay exhortación sin promesa. Dios no solo los llama a
actuar, sino que se compromete a caminar con ellos.
Segunda palabra: la gloria futura y la comparación
Un mes después, el pueblo se había reactivado… pero surgió una nueva amenaza: la
nostalgia y la comparación. Los más viejos, que habían visto el templo de Salomón en su
esplendor, miraban lo nuevo con tristeza y desánimo:
“¿Quién ha quedado entre vosotros que haya visto esta casa en su gloria primera?
¿Y cómo la veis ahora? ¿No es ella como nada delante de vuestros ojos?” (2:3)
El problema aquí no es la oposición externa, sino la comparación interna. Lo nuevo no se
parecía al pasado, y eso les robaba la fe. La memoria les jugaba en contra. El templo actual
parecía pobre, sin brillo, sin fuerza.
Y entonces Dios vuelve a hablar:
“Esfuérzate… cobra ánimo… trabaja… porque Yo estoy con vosotros” (2:4)
Y añade una promesa que no solo confronta su presente, sino que anuncia algo mayor:
“La gloria postrera de esta casa será mayor que la primera, ha dicho Jehová de los
ejércitos; y daré paz en este lugar.” (2:9)
Dios está diciendo: No juzgues por lo que ves. Porque lo que estoy por hacer, superará
incluso lo que recuerdas.
Aquí hay un principio poderoso para nuestra fe: Dios no restaura para igualar el pasado,
sino para superarlo. La gloria que viene es mayor que la gloria que fue.
¿Qué representa Hageo para nosotros hoy?
Hageo no es solo un relato sobre ladrillos y templos. Es un espejo profético. Un llamado
urgente en medio de nuestras prioridades dispersas, nuestro desánimo crónico y nuestras
vidas saturadas pero vacías.
Hoy, muchos creyentes viven como Judá:
Regresaron del exilio, pero dejaron la obra a medias.
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Comenzaron el año con fuego, pero el tiempo, los problemas y las comparaciones apagaron
el altar.
Tienen casas bien armadas, proyectos personales avanzando… pero el templo interior
olvidado.
La voz de Hageo resuena como una alarma tierna pero firme:
“Considera tus caminos… Mi Espíritu está contigo… No temas.”
El corazón de esta historia no es la arquitectura. Es la centralidad de Dios en la vida del
pueblo. Porque cuando Él está en el centro, todo se ordena. Pero cuando lo postergamos,
lo demás se derrumba, aunque por fuera parezca estar en pie.
CUERPO DEL MENSAJE
La profecía de Hageo no es solo una invitación a reconstruir un edificio. Es un grito divino
para reconstruir el altar interior. Hoy no levantamos templos de piedra, pero el apóstol
Pablo nos recuerda que “vosotros sois templo del Espíritu Santo” (1 Corintios 6:19). La
conexión es directa: lo que en Hageo era una edificación detenida, en nosotros muchas
veces es una vida espiritual estancada, un corazón dividido, un fuego que se apagó
sin darnos cuenta.
Vivimos en un siglo donde la abundancia de recursos convive con el vacío existencial más
agudo que ha vivido la humanidad. Tenemos acceso a más Biblia que nunca, pero también
a más distracciones. Hay iglesias con programas, equipos, estrategias, pero en muchos
casos, la esencia de la presencia de Dios está ausente. El alma se ha burocratizado. El
corazón se ha convertido en un proyecto aplazado.
Y la frase de Hageo 1:6 se convierte en una radiografía perfecta de nuestro tiempo:
“Sembráis mucho, y recogéis poco; coméis, y no os saciáis; bebéis, y no
quedáis satisfechos.”
Tenemos tecnología, conectividad, oportunidades… pero no paz. Nos vestimos con estilos,
pero el alma sigue desnuda. Sembramos esfuerzo en todo: trabajo, metas, logros... pero la
vida interior está suspendida. Como decía un teólogo contemporáneo, “la generación más
conectada es también la más sola.”
Aquí es donde Hageo nos habla con potencia: cuando dejamos al Señor fuera del centro,
todo lo demás se vuelve insuficiente. La vida se vuelve una carrera sin línea de llegada.
La fe, un hábito sin pasión. La iglesia, un evento sin altar. Y entonces, la pregunta vuelve a
sonar: “¿Es tiempo para ocuparte de tu casa, mientras la mía está desierta?”
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Y esta pregunta no es solo para las cosas del templo. Es para tu vida. Para tu corazón.
Para tu altar personal.
SOBRE LAS BODAS DE CANÁ
Quisiera ahora llevarte al Evangelio de Juan, capítulo 2. Allí encontramos una historia
conocida, pero que cobra nueva vida a la luz de lo que estamos viendo en Hageo. Se trata
de las bodas de Caná de Galilea.
“Al tercer día se hicieron unas bodas en Caná de Galilea; y estaba allí la
madre de Jesús. Y también fue invitado a las bodas Jesús con sus
discípulos.” (Juan 2:1-2)
Es una celebración. Un nuevo comienzo. Una imagen de plenitud. Pero como muchas
celebraciones humanas, también se vacía más rápido de lo esperado. En medio del
banquete, el vino se termina. Lo esencial se agota. Lo que daba gozo se desvanece. Hay
música, hay invitados, hay estructura… pero algo fundamental falta.
La madre de Jesús se acerca y le dice:
“No tienen vino.” (v.3)
Y aquí comienza algo que nos conecta directamente con Hageo: cuando lo humano se
termina, lo divino comienza. Pero solo ocurre una cosa clave: Jesús fue invitado.
Si Cristo no hubiera estado allí, habría habido vergüenza, escasez, frustración. Pero Él
estaba presente. Y su presencia cambia todo.
El vino nuevo y la gloria postrera
Jesús convierte el agua en vino. Y no en cualquier vino. El maestresala queda sorprendido.
Le dice al esposo:
“Todo hombre sirve primero el buen vino… mas tú has reservado el buen vino
hasta ahora.” (v.10)
Esto es una señal. No solo un milagro. El evangelio mismo nos lo dice:
“Este principio de señales hizo Jesús… y manifestó su gloria.” (v.11)
¿Lo ves? Aquí está Hageo 2:9 encarnado:
“La gloria postrera de esta casa será mayor que la primera.”
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Lo que parecía simple, humano, sin brillo… fue el escenario de la manifestación de
gloria. El vino nuevo vino al final. Porque Jesús estaba allí. Porque Jesús fue invitado a la
falta. Porque María no negó el problema, lo llevó al Señor.
Así también es nuestra vida. Cuando la oración se seca, cuando la Palabra ya no habla
como antes, cuando el gozo ya no fluye, no es momento de rendirse, sino de invitar a
Jesús al centro. No al evento. No al margen. No como un accesorio espiritual, sino como el
Señor del vino nuevo.
El vino se termina… ¿Y ahora qué?
Muchos creyentes, hoy, están en Caná. La fiesta comenzó bien. El primer amor fue intenso.
El servicio al Señor fue apasionado. Pero el vino se terminó. Y en vez de buscar al
Maestro, se acostumbraron al vacío. Algunos siguieron celebrando en automático. Otros
buscaron un vino artificial, una emoción superficial. Y otros se fueron antes de que Jesús
obrara.
Pero esta palabra es un llamado profético:
Invita a Jesús a tu escasez. A tu falta. A tu desesperanza. A tu frustración.
Él no vino solo a darte lo que perdiste. Vino a darte algo mejor.
Porque el vino postrero supera al primero. Porque la gloria venidera supera la pasada.
Porque su presencia transforma lo común en extraordinario.
¿Qué nos aleja de nuestra vida con Dios?
Volviendo a Hageo, la pregunta es tan actual como urgente:
¿Por qué se apagó el altar? ¿Qué nos alejó de esa búsqueda ferviente? ¿Qué cosas
dejamos crecer mientras el templo se estancaba?
Surgen preguntas que muchos creyentes se hacen, en silencio:
● ¿Por qué no puedo orar como antes?
● ¿Por qué la Biblia ya no me habla?
● ¿Por qué siento que estoy seco, desconectado, lejos?
● ¿Por qué mis esfuerzos no rinden fruto?
● ¿Estoy haciendo las cosas para Dios o simplemente haciendo cosas?
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Y la respuesta, con ternura pero con verdad, viene de parte de Dios:
Porque Me dejaste afuera. Porque tu altar quedó a medias. Porque tu vida está
construida, pero sin templo.
El llamado a la diligencia espiritual
La palabra clave aquí es diligencia. No como activismo, sino como dirección del corazón.
La Biblia nos dice:
“No perezosos en lo que requiere diligencia; fervientes en espíritu,
sirviendo al Señor.” (Romanos 12:11)
Diligencia no es hacer más. Es hacer lo importante primero. Es poner el Reino en el
centro. Es dejar de postergar lo eterno. Es subir al monte, traer madera y reedificar el altar.
Es volver a orar, aunque cueste. Volver a leer, aunque al principio parezca seco. Volver a
servir, aunque el ánimo no esté al 100. Porque el fuego vuelve en la obediencia. No
antes. No por sentir. Sino por decidir.
Palabras para animar al pueblo
Y ahora, pueblo de Dios, escucha esta palabra con esperanza:
“Esfuérzate… cobra ánimo… trabaja… porque Yo estoy con vosotros.” (Hageo
2:4)
No estás solo en esta reconstrucción. No tienes que producir tu propio vino. No debes
cargar solo con tu restauración. Su Espíritu está contigo. Y donde Él está, hay esperanza.
Mira al blanco perfecto: Cristo.
No mires tu debilidad, tu historia rota, tu altar a medio hacer. Mira a Aquel que no solo fue
el Cordero, sino también el templo. Aquel que dijo:
“Destruid este templo, y en tres días lo levantaré.” (Juan 2:19)
Él reconstruye lo que tú no puedes. Él no vino solo a perdonar tu pasado. Vino a darte una
gloria mayor. Y esa gloria es Él mismo. Su obra en la cruz. Su resurrección. Su Espíritu en
nosotros.
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Análisis final de Hageo – Cuando lo pequeño es el comienzo de lo eterno
Hageo nos muestra que Dios no necesita estructuras perfectas, sino corazones
disponibles. No busca nostalgia, busca obediencia. No demanda grandeza, pide entrega.
El templo nuevo parecía pobre. Pero fue allí donde un día entraría el Mesías. No en el
templo de Salomón, sino en el reconstruido, humilde, obediente templo de la segunda
oportunidad. Y por eso, la gloria postrera fue mayor.
Así también será contigo. Si hoy decides reconstruir. Si hoy decides invitar. Si hoy decides
subir al monte y traer la madera. Si decides confiar que el vino nuevo está por llegar.
CIERRE
La Palabra de Dios, cuando es recibida con humildad y con fe, no solo confronta nuestra
realidad espiritual, sino que también tiene el poder de restaurar lo quebrado, de dar aliento
al agotado, y de reavivar lo que parecía apagado. El mensaje que recibimos en Hageo
2:5–9 es uno de esos faros que nos alumbran en medio de la niebla del desánimo espiritual.
Nos recuerda que no estamos solos, que la gloria futura de lo que Dios está haciendo será
mayor que la pasada, y que Su Espíritu permanece con nosotros, como en los días del
Éxodo.
¿Qué nos está pasando? ¿Por qué ya no oramos como antes? ¿Por qué nos cuesta abrir la
Biblia? ¿Por qué la pasión de antes parece haberse apagado?
Estas son preguntas que, si somos sinceros, muchos hemos hecho en nuestra intimidad. No
porque dudemos del poder de Dios, sino porque hemos permitido que el ruido de este siglo
ahogue la voz suave del Espíritu. Nos hemos distraído. Nos hemos cansado. Nos hemos
llenado de otras búsquedas. Y aunque seguimos congregándonos, algo dentro se siente
seco. Como si el alma pidiera auxilio.
El desánimo espiritual no es simplemente falta de ganas, sino un síntoma de haber
desconectado la fuente. Cuando dejamos de mirar a Cristo, comenzamos a mirarnos a
nosotros mismos, a nuestras limitaciones, a nuestras frustraciones, a nuestros logros
incluso, y dejamos de ver al blanco perfecto de nuestra fe.
En Hageo, el pueblo había vuelto del exilio con entusiasmo, pero pronto, las dificultades y
comparaciones con el templo antiguo hicieron que muchos se paralizaran. La obra se
detuvo. ¿Te ha pasado que iniciaste algo con gozo, pero luego lo detuviste porque parecía
"muy poco"? Así estaba el pueblo. Así estamos muchos hoy.
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Pero Dios, en Su infinita misericordia, no los desechó. Les habló. Les animó. Les recordó la
alianza. Les dijo: "Mi Espíritu permanece en medio de vosotros, no temáis" (Hageo 2:5). Y
luego les dio una promesa que trasciende los siglos: "La gloria postrera de esta casa será
mayor que la primera... y daré paz" (v.9).
¿Cómo se traduce eso al 2025?
Vivimos en una era de logros rápidos, imágenes filtradas, y satisfacciones instantáneas.
Una generación que, aunque tiene acceso a todo, ha perdido la capacidad de esperar y
perseverar. Queremos frutos sin siembra, gloria sin proceso, éxito sin cruz. Pero la Palabra
es clara: la gloria de Dios no se manifiesta en la comodidad, sino en la obediencia. Y Su paz
no se deposita en el ruido del mundo, sino en el corazón contrito y humillado.
Diligencia: una palabra que parece anticuada, pero que es profundamente bíblica.
El apóstol Pedro lo dijo: "...poned toda diligencia en añadir a vuestra fe, virtud; a la virtud,
conocimiento..." (2 Pedro 1:5). La vida cristiana no es un estado estático, es una carrera que
requiere constancia. Muchos esperan sentir primero para hacer después, pero la Palabra
enseña lo contrario: camina por fe, y los sentimientos seguirán.
Dios no está buscando templos físicos. Está buscando templos vivientes.
Cristo no vino a darnos una religión más, sino una nueva forma de vivir. Y es allí donde
podemos conectar esta promesa de Hageo con el relato de las bodas de Caná. En Juan 2,
en medio de una celebración que se quedó sin vino, María —como buena observadora
espiritual— nota la falta. Pero no corre a solucionar con medios humanos, sino que va a
Jesús. Y aunque parece que Él no actuará, finalmente transforma el agua en vino, y
manifiesta Su gloria. ¡Esa es la gloria postrera que promete Hageo! La que transforma lo
común en extraordinario. La que se revela cuando Jesús es invitado.
¿Será que hoy estamos secos porque hemos dejado de invitar a Jesús a nuestras bodas, a
nuestros hogares, a nuestros procesos? ¿Será que el desánimo no es otra cosa que una
falta de presencia divina en lo cotidiano?
El texto dice: "Y no sabían de dónde era el vino, pero los sirvientes sí sabían". Hay algo
poderoso en esto: quienes sirven a Jesús, quienes caminan con Él, conocen el origen del
gozo verdadero. No depende del evento, ni del lugar, ni del aplauso. Depende de Su
presencia.
Entonces, volvamos a invitar a Jesús. Volvamos a abrir la puerta de nuestro corazón, no
como una frase cliché, sino con la convicción de que sólo Su presencia puede dar propósito,
restaurar el ánimo, y encender de nuevo el fuego.
Preguntas que el Espíritu pone hoy en el corazón del creyente:
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¿No puedes orar como antes? Entonces ora con lo que tienes. Aun el susurro es escuchado
en el cielo.
¿No entiendes la Biblia? No dejes de leerla. El Espíritu enseña al humilde.
¿Te cuesta servir? Sirve con tus cinco panes y dos peces. Jesús los multiplica.
¿Te comparas con lo que fuiste o con lo que otros hacen? Recuerda que Dios no premia la
apariencia, sino la fidelidad.
La diligencia no es perfección, es constancia. Es amar aunque no se sienta. Es buscar
aunque no se vea. Es sembrar aunque aún no haya cosecha. Porque sabemos que el que
prometió es fiel.
Querido hermano, querida hermana:
Dios no ha terminado contigo. El templo que Él está edificando en ti aún está en
construcción. Y Su gloria no se fue: está en proceso de manifestarse. No dejes de avanzar.
No dejes de creer. No dejes de buscar. No mires atrás. No te compares. Mira a Cristo.
Él es el blanco perfecto. Él es el autor y consumador de la fe. Él es el que comenzó la
buena obra y la perfeccionará. Él es el vino nuevo, el fuego renovado, el agua viva.
Que el Espíritu de Dios despierte dentro de ti la esperanza. Que esta palabra sea como
martillo que quebranta la dureza, como aceite que suaviza la herida, como agua que
refresca el alma.
Y al igual que el pueblo de Hageo, no temas. Cobra ánimo. Porque la obra que Dios ha
comenzado en ti, en tu familia, en tu iglesia, Él la terminará. Y la gloria postrera —sí, esa
que aún no ves— será mayor que todo lo que puedas imaginar.
"Mi Espíritu permanece en medio de vosotros. No temáis".
Amén.
