El costo de la gracia
Tiempo Común 2025 • Sermon • Submitted • Presented
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Transcript
1 Esta es la palabra que vino a Jeremías de parte del Señor: 2 «Levántate y baja ahora mismo a la casa del alfarero y allí te comunicaré mi mensaje». 3 Entonces bajé a la casa del alfarero y lo encontré trabajando en el torno. 4 Pero la vasija que estaba modelando se deshizo en sus manos; así que volvió a hacer otra vasija, hasta que le pareció que había quedado bien. 5 En ese momento la palabra del Señor vino a mí y me dijo: 6 «Pueblo de Israel, ¿acaso no puedo hacer con ustedes lo mismo que hace este alfarero con el barro?», afirma el Señor. «Ustedes, pueblo de Israel, son en mis manos como el barro en las manos del alfarero. 7 En un momento puedo hablar de arrancar, derribar y destruir a una nación o a un reino; 8 pero si la nación de la cual hablé se arrepiente de su maldad, también yo desistiré del castigo que había pensado infligirles. 9 En otro momento puedo hablar de construir y plantar a una nación o a un reino. 10 Pero si esa nación hace lo malo ante mis ojos y no me obedece, yo desistiré del bien que había pensado hacerles. 11 Y ahora habla con los habitantes de Judá y de Jerusalén y adviérteles que así dice el Señor: “Estoy preparando una calamidad contra ustedes y elaborando un plan en su contra. ¡Vuélvanse ya de su mal camino; enmienden su conducta y sus acciones!”.
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25 Grandes multitudes seguían a Jesús, y él se volvió y les dijo: 26 «Si alguno viene a mí y no sacrifica el amor a su padre y a su madre, a su esposa y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, y aun a su propia vida, no puede ser mi discípulo. 27 Y el que no carga su cruz y me sigue no puede ser mi discípulo. 28 »Supongamos que alguno de ustedes quiere construir una torre. ¿Acaso no se sienta primero a calcular el costo para ver si tiene suficiente dinero para terminarla? 29 Si echa los cimientos y no puede terminarla, todos los que la vean comenzarán a burlarse de él 30 y dirán: “Este hombre ya no pudo terminar lo que comenzó a construir”. 31 »O supongamos que un rey está a punto de ir a la guerra contra otro rey. ¿Acaso no se sienta primero a calcular si con diez mil hombres es posible enfrentarse al que viene contra él con veinte mil? 32 Si no puede, enviará una delegación mientras el otro está todavía lejos, para pedir condiciones de paz. 33 De la misma manera, cualquiera de ustedes que no renuncie a todos sus bienes no puede ser mi discípulo.
Introducción
Introducción
Dietrich Bonhoeffer fue un teólogo alemán que resistió al régimen opresivo del gobierno nazi, su vida fue un ejemplo de amor y compasión cristiana mediante el ejercicio de un cristianismo radical que se levantaba en contra de la injusticia. Para él, el cristianismo es una religión fundamentalmente ética que nos invita a encontrar a Dios en todas las personas, incluso en los no religiosos. Esa fue su experiencia en los campos de concentración a los que fue enviado.
La teología de Bonhoeffer invita al ser humano a pensar en el concepto de la gracia. En 1937 publicó un libro que se llamó El costo del discipulado. El Rev. Mauricio Chacón explica que el objetivo del libro era hacer un llamado a un cristianismo radical para enfrentar el régimen opresivo del gobierno nazi y las atrocidades que este cometía. Es preciso recordar que gran parte de la Iglesia tomó partido en favor del régimen.
Bonhoeffer hace una distinción entre la gracia cara y la gracia barata. Estos fragmentos que nos ofrece el Rev. Chacón en las ayudas litúrgicas de la Iglesia son muy pertinentes para comprender la manera en que Bonhoeffer comprendía la gracia barata y la gracia cara:
«Eso es lo que queremos decir con gracia barata: la gracia que equivale a la justificación del pecado sin la justificación del pecador arrepentido que se aparta del pecado y del que se apartan los pecados.
La gracia barata no es el tipo de perdón del pecado que nos libera de las ataduras del pecado. La gracia barata es la gracia que nos otorgamos a nosotros mismos. Es la predicación del perdón sin exigir el arrepentimiento, el bautismo sin la disciplina de la iglesia, la comunión sin la confesión, la absolución sin la confesión personal.
La gracia barata es la gracia sin discipulado, la gracia sin la cruz, la gracia sin Jesucristo, vivo y encarnado.
La gracia costosa es el tesoro escondido en el campo; por él, un hombre irá con gusto y venderá todo lo que tiene. Es la perla de gran precio; para comprarla, el mercader venderá todos sus bienes. Es el gobierno real de Cristo, por cuya causa un hombre se sacará el ojo que le hace tropezar. Es el llamado de Jesucristo, al que el discípulo deja sus redes y lo sigue.
La gracia costosa es el evangelio que hay que buscar una y otra vez, el don que hay que pedir, la puerta a la que hay que llamar.
Esta gracia es costosa porque nos llama a seguirlo, y es gracia porque nos llama a seguir a Jesucristo. Es costosa porque le cuesta al ser humano su vida, y es gracia porque le da la única vida verdadera. Es costosa porque condena el pecado, y gracia porque justifica al pecador.
Sobre todo, es costosa porque le costó a Dios la vida de su Hijo: “fuisteis comprados por precio”, y lo que a Dios le ha costado mucho no puede ser barato para nosotros. Sobre todo, es gracia porque Dios no consideró que su Hijo fuera un precio demasiado alto para pagar por nuestra vida, sino que lo entregó por nosotros.
La gracia costosa es la encarnación de Dios».
Esta distinción que hace Dietrich Bonhoeffer entre gracia cara y gracia barata da cuenta del costo que lleva seguir a Jesús. La gracia cara tiene un alto costo, pero no deja de ser gracia. La gracia barata, por su parte, es la gracia del pecador no arrepentido, inconsciente, lejano de la realidad de Cristo y, en consecuencia, estéril del amor de Dios.
La gracia costosa ha costado la vida de Cristo y cuesta nuestra vida rendida a los pies del Señor. Es la gracia que produce el fruto del Espíritu y que transforma nuestro ser. Sin embargo, de esta gracia solo se puede gozar cuando nos hacemos barro en las manos de Dios.
Las lecturas bíblicas de hoy nos traen a la reflexión de esa relación personal con Dios que se manifiesta en la vida comunitaria y en la comprensión de una gracia cara para nuestras vidas.
Contexto Bíblico
Contexto Bíblico
El libro de Jeremías nos trae la metáfora del alfarero. Dios le ordena a Jeremías ir a la casa del alfarero para recibir un mensaje para el pueblo de Israel. Jeremías encuentra al alfarero trabajando en el torno. Creador de su propia obra, el alfarero da forma al barro y lo deshace en sus manos, volviendo a repetir la acción hasta que la vasija que se forma es del agrado o de la necesidad del alfarero.
En la reflexión, Dios hace un llamado al arrepentimiento, advirtiendo que él es el alfarero del pueblo de Israel y que el destino del pueblo está en sus manos. El propósito de Dios es bendecir y prosperar al pueblo, pero le advierte que las cosas pueden girar en otro sentido si la nación mira hacia lo malo.
Dios se presenta como un alfarero y a su pueblo como el barro en el torno. En esta metáfora, Dios está dispuesto a deshacer para volver a hacer si el pueblo toma la forma que no debe tomar, en este caso, la forma de mal.
El evangelio, por su parte, nos presenta a Jesús en su camino hacia Jerusalén haciendo una advertencia también. El texto nos dice que muchas personas seguían a Jesús; es evidente que no todas las personas eran sus discípulos. Muchas personas hacían el mismo peregrinaje de Jesús hacia Jerusalén para la celebración de la pascua. Esto nos permite pensar en por lo menos cuatro tipos de personas que seguían a Jesús (Platt, 1993): los indiferentes, es decir, los que peregrinaban, pero no tenían ninguna relación con Jesús; los antagonistas, grupos de religiosos que querían acechar a Jesús y ponerlo a prueba; los que decían que eran discípulos, escuchaban a Jesús y lo seguían, pero no habían asumido el compromiso total de unirse a su comunidad; y los verdaderos seguidores.
El mensaje de Jesús era un mensaje público porque la buena noticia no es de carácter privado, pero la vida de la fe sí se construye desde la experiencia de la fe para la construcción comunitaria. Por esa razón, Jesús pone el discipulado en un estándar alto de renuncia.
Es preciso aclarar que Jesús no está invitando a odiar, pero sí nos invita a poner nuestra mirada en Él por encima de cualquier cosa. La Nueva Versión Internacional pone la expresión «sacrificar el amor», mientras que otras versiones usan el verbo odiar o aborrecer. El texto original usa el verbo μισέω (miseó), que significa aborrecer u odiar, y en el versículo 33 usa el verbo ἀποτάσσομαι (apotássomai), que significa renunciar.
Desde la perspectiva de Jesús, seguirle implica renunciar al amor de la familia. Esto no es un odio literal. Jesús invita a calcular el costo del discipulado mediante dos parábolas: el constructor de un edificio y el gobernante que se prepara para ir a la guerra. Las parábolas de este pasaje son importantes para lograr comprender lo que significa ser seguidor de Jesús y, por consiguiente, el concepto de renuncia.
Jesús invita a tomar la cruz para seguirlo. La vida misma es una cruz que cargamos, y la familia y las posesiones brindan seguridad a la persona. Renunciar al amor de la familia significaba renunciar a la seguridad que ella podía brindarle. El camino del discipulado no puede depender de las provisiones materiales y afectivas que la familia le puede proveer a una persona. Caminar con Cristo implica poner en las manos de Dios nuestra seguridad, necesidad de protección, ayuda en apuros económicos, enfermedad y vejez.
¿Quiere decir esto que el discípulo de Cristo romperá las relaciones con su familia o que no volverá a recibir apoyo de ella? De ninguna manera. Lo que quiere decir es que toda la prioridad de nuestra vida debe estar enmarcada en el proyecto de Jesús, y para ello necesitamos renunciar a la comodidad de nuestra vida. Esto sí quiere decir que, cuando decidimos seguir a Cristo, hemos elegido un camino incómodo en donde el gran amor que tenemos hacia los nuestros es nada si lo comparamos con el amor a Dios y a su obra.
De la misma manera que lo hace Bonhoeffer, Jesús hace una distinción entre los verdaderos discípulos y la multitud. Una panorámica bíblica a las lecturas de hoy nos deja ver la relación entre el discipulado que propone Jesús y la manera como Dios moldea nuestras vidas para que logremos ser verdaderos discípulos.
Aplicación
Aplicación
Hoy en día es necesario preguntarnos qué tipo de discípulos somos, cómo entendemos la gracia y cuál es el costo real de nuestro discipulado. ¿Cómo podemos llegar al nivel que Jesús nos pide para ser sus seguidores?
Es preciso comprender que nosotros también somos barro en las manos de Dios. Es importante ver cómo Dios ha ido moldeando nuestra vida, la de nuestra familia y nuestra iglesia. Nosotros somos barro en las manos de Dios y Él va moldeando nuestro ser. Podemos decir que ese es el primer momento del encuentro con Dios. Dios nos moldea a través de la vida misma: con las relaciones interpersonales y familiares, mediante las decisiones que tomamos. También lo hace a través de la formación espiritual, la guía de nuestros pastores y líderes de la fe.
No somos un producto terminado; seguimos siendo barro en manos de Dios, un Dios de profundo amor que sigue esperando de nosotros un continuo arrepentimiento y la disposición de ser moldeados por Él.
Ser discípulo implica una transformación radical de nuestras prioridades, dejando atrás lo que nos impide seguirlo plenamente: hábitos, relaciones, zonas de confort, bienes materiales. Es la renuncia de sí mismo para que Cristo viva en nosotros.
La palabra de Dios hoy nos invita a preguntarnos si realmente hemos calculado el costo de seguir a Jesús: el costo de amar con sinceridad, de ser compasivos y misericordiosos, de llevar el amor de Dios por donde quiera que vayamos.
La gracia cara transforma nuestra vida y encarna a Cristo en nuestro ser. Finalmente, ser cristianos tiene que ver justamente con mostrar a Cristo. El mundo hoy necesita ver a Cristo en nosotros, entender que caminamos con Él y que nuestros actos representan la ética del Reino de Dios.
Dietrich Bonhoeffer comprendió la gracia cara oponiéndose al régimen nazi. ¿Cómo comprendemos nosotros el costoso precio de la gracia? También hay regímenes hoy en día, injusticias, necesidad de paz. Quizás la gracia costosa implique perdonarnos a nosotros mismos para mirar con compasión a los demás.
Al final es preciso preguntarnos ¿En qué áreas de nuestra vida necesitamos dejarnos moldear por Dios? ¿Qué seguridades seguimos abrazando que nos impiden seguir plenamente a Cristo?
El costo de la gracia es nuestra vida entregada completamente a Jesús, sin reservas, en amor y servicio por la humanidad.
