Buscando lo que se ha perdido
Tiempo Común 2025 • Sermon • Submitted • Presented
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Transcript
1 Muchos recaudadores de impuestos y pecadores se acercaban a Jesús para oírlo, 2 de modo que los fariseos y los maestros de la Ley se pusieron a murmurar: «Este hombre recibe a los pecadores y come con ellos». 3 Él entonces contó esta parábola: 4 «Supongamos que uno de ustedes tiene cien ovejas y pierde una de ellas. ¿No deja las noventa y nueve en el campo y va en busca de la oveja perdida hasta encontrarla? 5 Y cuando la encuentra, lleno de alegría, la carga en los hombros 6 y vuelve a la casa. Al llegar, reúne a sus amigos y vecinos y les dice: “Alégrense conmigo; ya encontré la oveja que se me había perdido”. 7 Les digo que así es también en el cielo: habrá más alegría por un solo pecador que se arrepienta que por noventa y nueve justos que no necesitan arrepentirse. 8 »O supongamos que una mujer tiene diez monedas de plata y pierde una. ¿No enciende una lámpara, barre la casa y busca con cuidado hasta encontrarla? 9 Y cuando la encuentra, reúne a sus amigas y vecinas y les dice: “Alégrense conmigo; ya encontré la moneda que se me había perdido”. 10 Les digo que así mismo se alegran los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente.
Introducción
Introducción
Seguramente, todos nosotros hemos perdido, por lo menos, un día de trabajo en la vida. Hemos hecho cosas que al final no han dado los resultados esperados. Podemos pensar en aquellos momentos en que dedicamos el tiempo en el trabajo para otra actividad que consideramos urgente, pero que hizo que se acumularan nuestras responsabilidades. Quizás al hacer negocios invertimos tiempo y recursos, pero el negocio no se da o resulta en pérdidas. En la casa puede suceder que se organice con más dedicación para una visita que no llega. En la vida académica puede pasar que hacemos un trabajo que nunca es calificado, y en la iglesia podríamos pensar en el esfuerzo que se hace para desarrollar un programa y ver poca respuesta de las personas. Cuando esto pasa queda una desazón, porque no solo se pierde dinero, sino esfuerzo, vida y tiempo que nadie quiere perder.
Perder es algo que nadie quiere. Estamos inmersos en una sociedad capitalista que fundamenta el éxito mediante competencias, y competir lleva al ser humano a programar su mente para ganar. Perder suele ser una vergüenza social. Sin embargo, las pérdidas en la vida dejan experiencias enriquecedoras que nos ayudan a madurar.
Francisco «Pacho» Maturana fue director técnico de la selección Colombia. En un momento de su carrera, recordando los altos y bajos de la selección, pronunció la frase: «Perder es ganar un poco», una expresión que hizo revuelo para la Colombia de la época. Aunque la frase es profundamente reflexiva, nuestros oídos no quieren escuchar algo así porque el sistema nos ha enseñado a ganar y a tomar ventaja: «Con cara gano yo y con sello pierde usted».
Ahora bien, la vida misma es un cúmulo de pérdidas y ganancias. Lo que somos ahora es el resultado de nuestras pérdidas que se acumularon en experiencia.
Hay pérdidas mucho más complejas que la de un día de trabajo o algo material. Muchas familias han perdido sus hijos, bien porque han muerto por alguna enfermedad o accidente, o bien porque se han perdido en su rumbo de la vida. Nos duele cuando vemos a nuestros hijos alejarse de la fe y dejarse seducir por los vicios de este mundo: la vanidad, las drogas, el alcohol. Perder un hijo es mucho más doloroso que perder un día de trabajo porque nos hace sentir que perdimos toda una vida de esfuerzos y buena voluntad.
Pocas veces, insisto, queremos hablar de pérdidas. Sin embargo, la Escritura hoy nos pone dos ejemplos de pérdida que se asemejan a las situaciones que se han mencionado anteriormente: por un lado, un hombre que pierde una oveja y, por el otro, una mujer que pierde un dracma, es decir, el equivalente a un día de trabajo.
Pero, ¿cuál es la razón por la que Jesús pone sobre la mesa este tema? Es preciso saber que Jesús desea involucrarnos en su misión. El texto solo puede comprenderse a la luz de la gracia. Una gracia costosa, como decíamos hace ocho días. Una gracia que busca al que está perdido para dignificarlo y celebrarlo en comunidad. La gracia de Dios que ama al pecador y lo busca.
Revisemos más de cerca el texto y lo que Dios tiene para decirnos.
Contexto Bíblico
Contexto Bíblico
La perícopa que hoy se leyó narra dos de las tres parábolas conocidas como «las parábolas de la gracia». En principio, dos cosas deben llamar la atención: en primer lugar, el interés que los publicanos y pecadores tenían por Jesús. Ellos se acercaban para oírle; podemos entender este acto como un gesto de curiosidad o, mejor aún, de admiración. Debemos recordar que el mensaje de Jesús es público e incluyente.
En segundo lugar, debemos tener en cuenta la actitud de los fariseos y los maestros de la Ley. La Biblia dice que ellos se pusieron a murmurar a propósito de la forma de actuar de Jesús: «Este hombre recibe a los pecadores y come con ellos». Ningún religioso en Israel iba a hacer lo que Jesús hacía, porque su concepto de santidad ritual superaba la comprensión de una santidad practica que estaba fundamentada en el amor.
En esta perspectiva tenemos el encuentro de personas que son rechazadas por los líderes religiosos de Israel: por un lado está Jesús, quien era criticado por acercarse a los despreciados de la época; por el otro, los publicanos y pecadores, que no eran considerados dignos para participar de la fe de Israel.
En ese contexto es que Jesús va a poner el tema. Jesús, que se sienta con los pecadores, comprende que el mensaje de amor de Dios va más allá de los rituales en el templo o del Shabbat en la sinagoga. Su respuesta pone en medio el proyecto de la misión de Dios. Dios sigue buscando a la humanidad perdida, mientras que los religiosos se han olvidado de la misión.
Jesús presenta, entonces, dos parábolas que están relacionadas por una situación: algo que se pierde. Trae a la reflexión el sentido de la pérdida, no para encontrar pretexto de lamento, sino para reforzar la idea de la urgencia de encontrar aquello que se ha perdido. El resultado en las parábolas es otro punto de relación: hay una celebración y una fiesta, dejando clara la alegría que hay por el arrepentimiento del pecador. Un pecador arrepentido es una persona que recupera, en Dios, su dignidad.
En otro aspecto, los artículos que se pierden no son de menor importancia para su audiencia.
Jesús refiere a la oveja perdida. Los pastores en Israel solían considerarse como personas de clase social baja. Un pastor que tuviera cien ovejas podía comprenderse como alguien que podía sostenerse, pero no era una persona adinerada ni influyente socialmente. Es decir, que Jesús pone su reflexión desde la realidad social del pueblo.
Un pastor solía llevar sus ovejas al rebaño en la noche y contarlas. En caso de que le faltara alguna, podía buscar el apoyo de otro pastor que cuidara su rebaño para salir a buscar la oveja perdida. Es curioso que Jesús no menciona a ese segundo pastor en su parábola, pero hace énfasis en el afán de salir a buscar su oveja.
Las ovejas, aunque distraídas y susceptibles a confundirse en algún lugar, eran una posesión económica importante: proveían lana, cuero y carne para fiestas y celebraciones, y eran el animal por excelencia para el sacrificio. Una oveja representaba mucho más de lo que podemos imaginar para un pastor. Por esa razón tiene sentido que el pastor saliera a buscarla, la cargara en hombros y celebrara con sus amigos y vecinos.
La moneda de la mujer también es un artículo de mucho valor. Más allá de ser el equivalente a un denario o día de trabajo, esta moneda formaba parte de la dote. Cuando una mujer se iba a casar, el padre le daba regalos. Dentro de esos regalos, se acostumbraba el uso de una balaca en la que se cosían las monedas y que la mujer usaba todo el tiempo.
Esta balaca distinguía a la mujer casada de las siervas o esclavas y, por ser parte de la dote, simbolizaba los derechos personales y la independencia de la mujer. En caso de divorcio, la mujer tendría de dónde echar mano para sostenerse. Quizás ahora sea más fácil comprender la angustia de la mujer. Esa balaca le otorgaba dignidad e identidad.
De la misma manera que lo hace con el dueño de las ovejas, Jesús representa a una mujer pobre; el número de dracmas (10) que ella tenía así lo indica.
Las dos parábolas ponen en medio de la enseñanza el valor de lo perdido: la oveja, que se asimila a los seres humanos en búsqueda de dirección, y la moneda, que destaca a la mujer en dignidad e identidad y que le brinda seguridad en un posible tiempo difícil. Es lo que Jesús presenta para darnos su enseñanza.
Aplicación
Aplicación
Como podemos observar, Jesús le da importancia y valor a las personas que están siendo rechazadas por el sistema religioso, Se juntaba con los pecadores porque comprendía que los seres humanos somos como las ovejas, con una gran susceptibilidad a perdernos. Es claro, a Dios le interesan los perdidos y los busca activamente.
Pensar en cómo nos sentimos cuando perdemos un día de trabajo o a uno de nuestros hijos, a la luz de esta perícopa, debe hacernos reflexionar acerca de nuestra actitud frente a las personas que no conocen a Dios quien está esperando que les enseñemos y les hablemos de Él.
Cuando nuestro hijo vuelve a casa y se ajuicia, cuando podemos reparar el error en nuestra vida y recuperar tiempos perdidos, nuestra alegría es inmensa. Sin embargo, hemos ido dejando de lado la preocupación porque otras personas conozcan a Dios.
A nuestro alrededor nos encontramos con muchas personas que esperan que las invitemos a vivir la fe y a integrarse a nuestra comunidad. Cada persona que llega a nuestra iglesia y se reconcilia con Dios debe ser vista como aquello que se encontró, la moneda o la oveja, y debe producir en nosotros una profunda alegría: alegría de reino y de misión.
La gran pérdida en los seres humanos por el pecado es la dignidad, y cuando una persona se reconcilia con Dios la recupera. Nuestra comunidad debe ser un punto de encuentro para restaurar la dignidad humana mediante el amor sincero al que Dios nos manda. La oveja y el dracma representan esa dignidad que se ha perdido y que solo se recupera mediante el encuentro con Dios.
El evangelio, entonces, nos invita a reflexionar si compartimos la preocupación de Dios por alcanzar a quienes se están perdiendo. Si estamos dispuestos a buscar a quien se ha alejado con el mismo empeño de aquel pastor o de aquella mujer.
Pero también nos brinda esperanza para cuando nosotros mismos nos sentimos extraviados en el camino, recordándonos que Dios no nos olvida. Él nos busca y nos trae con lazos de amor para que seamos restaurados y podamos hacer parte de su misión.
Por eso, hermanos y hermanas, no tengamos miedo a invertir tiempo, amor y esfuerzo en quienes están lejos de Dios. Cada persona recuperada, cada vida restaurada, es motivo de fiesta en el cielo y debe serlo también en nuestra comunidad.
Que podamos ser una iglesia que celebra, que abraza y que recuerda siempre que la mayor riqueza del reino no está en lo que tenemos, sino en las vidas que Dios recupera para Su gloria.
