¿Vivir de apariencias o vivir con integridad?

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INTRODUCCION

1 Tesalonicenses 2:1–6 "1 Porque vosotros mismos sabéis, hermanos, que nuestra visita a vosotros no resultó vana; 2 pues habiendo antes padecido y sido ultrajados en Filipos, como sabéis, tuvimos denuedo en nuestro Dios para anunciaros el evangelio de Dios en medio de gran oposición. 3 Porque nuestra exhortación no procedió de error ni de impureza, ni fue por engaño, 4 sino que según fuimos aprobados por Dios para que se nos confiase el evangelio, así hablamos; no como para agradar a los hombres, sino a Dios, que prueba nuestros corazones. 5 Porque nunca usamos de palabras lisonjeras, como sabéis, ni encubrimos avaricia; Dios es testigo; 6 ni buscamos gloria de los hombres; ni de vosotros, ni de otros, aunque podíamos seros carga como apóstoles de Cristo."
Vivimos en una época donde casi todo se mide por lo que se ve. Mire sus redes sociales. ¿Qué aparece allí? Fotos sonriendo, viajes, ropa nueva, momentos felices en familia. Pero ¿cuántas veces mostramos cuando estamos cansados, cuando discutimos en casa, cuando nos sentimos solos o derrotados? Nadie sube una foto despeinado, enojado, llorando en la madrugada, ni mucho menos confesando sus luchas más profundas. Mostramos lo bonito, lo aceptable, lo que queremos que otros piensen de nosotros.
Y a veces, sin darnos cuenta, ese mismo espíritu de apariencias se mete en nuestra vida cristiana.
Servimos en la iglesia, cantamos, predicamos, damos testimonio… pero en el fondo, ¿con qué motivaciones?
¿Lo hacemos para agradar a Dios o para agradar a los hombres?
¿Lo hacemos por amor a Cristo o porque buscamos aprobación, reconocimiento, o sentirnos “bien vistos”?
El apóstol Pablo conocía bien lo que era ser criticado y señalado.
En Tesalónica algunos lo acusaban de tener motivos escondidos: que predicaba por interés, que quería aprovecharse de los creyentes, que buscaba fama.
Pero cuando escribe en 1 Tesalonicenses 2, Pablo no responde con teorías ni con excusas, sino con un recordatorio lleno de peso: Hermanos, vosotros mismos sabéis… (v.1).
Es decir: “Ustedes estuvieron allí, ustedes me vieron, ustedes saben cómo vivimos entre ustedes.”
Esa frase es impresionante.
Pablo no necesitaba inventar nada, porque su vida misma era el testimonio más fuerte.
Sus palabras estaban respaldadas por sus hechos.
Los tesalonicenses podían dar fe de que su ministerio no fue en vano, que su mensaje no fue engañoso, que sus intenciones no fueron egoístas.
Lo habían visto con sus propios ojos.
Y eso nos lleva a una pregunta muy seria: ¿
qué podrían decir de nosotros los que nos rodean?
¿Qué sabe su familia de usted, de su manera de vivir en casa?
¿Qué testimonio tiene usted en su trabajo, en la universidad, en su barrio, aquí mismo en la iglesia?
Porque al final, lo que impacta no son las fotos bonitas ni las apariencias, sino la realidad diaria que otros pueden ver.
Hermanos, el pasaje que veremos hoy nos recuerda algo vital: el evangelio no se trata solo de lo que predicamos con palabras, sino de lo que demostramos con la vida.
Y la pregunta clave que quiero que quede en su corazón desde el inicio es esta:
¿vivimos para aparentar… o vivimos con integridad delante de Aquel que prueba nuestros corazones?

1. Viviendo el evangelio con integridad (vv. 1–2)

1 Tesalonicenses 2:1–2 "1 Porque vosotros mismos sabéis, hermanos, que nuestra visita a vosotros no resultó vana; 2 pues habiendo antes padecido y sido ultrajados en Filipos, como sabéis, tuvimos denuedo en nuestro Dios para anunciaros el evangelio de Dios en medio de gran oposición."
Cuando Pablo escribe “vosotros mismos sabéis”, está apelando a algo que no se puede falsificar: el testimonio de una vida vivida a la vista de todos. Los tesalonicenses no solo escucharon un sermón bonito; ellos vieron la manera en que Pablo se movía entre ellos. Vieron cómo hablaba, cómo trataba a la gente, cómo vivía lo que predicaba.
Y este testimonio tiene un trasfondo muy fuerte. Antes de llegar a Tesalónica, Pablo y Silas habían estado en Filipos (Hechos 16). Allí fueron injustamente acusados, golpeados con varas y encarcelados en lo más profundo de la prisión. Sus pies fueron asegurados en el cepo, en condiciones humillantes y dolorosas. Humanamente, cualquiera se hubiera desanimado y dicho: “Ya basta, hasta aquí llego con la predicación.” Pero en lugar de rendirse, Pablo y Silas a medianoche oraban y cantaban himnos a Dios (Hechos 16:25).
Y esto es crucial: el evangelio no llegó a Tesalónica solo con palabras, sino con un mensajero cuya vida respaldaba cada palabra. Era imposible escuchar a Pablo sin ver en su rostro las marcas del sufrimiento, sin notar en sus manos las huellas de los azotes recibidos en Filipos. Su ropa quizá aún llevaba rastros del viaje, su cuerpo seguramente no estaba en la mejor condición… y sin embargo, él estaba allí, entregándose con denuedo por el evangelio.
Los hermanos podían dar fe de eso: Pablo no vivió entre ellos como un hombre buscando fama o comodidad. Él había sufrido, y aun así estaba dispuesto a seguir predicando. Ese testimonio visible fue la primera evidencia de que su ministerio era auténtico.
Por eso les recuerda: “nuestra entrada a vosotros no fue en vano.” A simple vista, alguien podría decir: “Tres semanas predicando, y luego persecución… qué pérdida de tiempo.” Pero no fue así. Aunque breve, ese tiempo trajo fruto eterno: nació una iglesia firme, que pronto sería ejemplo en toda Macedonia y Acaya
1 Tesalonicenses 1:7–8 "7 de tal manera que habéis sido ejemplo a todos los de Macedonia y de Acaya que han creído.8 Porque partiendo de vosotros ha sido divulgada la palabra del Señor, no sólo en Macedonia y Acaya, sino que también en todo lugar vuestra fe en Dios se ha extendido, de modo que nosotros no tenemos necesidad de hablar nada;"
Aquí hay una lección poderosa: la obra de Dios no se mide por los estándares del mundo.
El mundo mide por número de seguidores, por “éxitos visibles”, por comodidad y aplausos. Pero Dios mide por fidelidad, por corazones transformados, por vidas entregadas. Lo que parecía fracaso en Filipos, abrió la puerta para un milagro. Lo que parecía poco tiempo en Tesalónica, sembró una iglesia que resonaría con el evangelio en toda la región.
Hermanos, aquí está la enseñanza que Pablo nos deja: el evangelio no se predica solo con palabras, sino con la vida. Pablo pudo decir con convicción: “Ustedes mismos saben cómo vivimos entre ustedes.” Su testimonio era visible, era coherente, era íntegro.
La pregunta es:
¿qué dicen los que nos rodean de nosotros?
¿Qué ven nuestros hijos, nuestros vecinos, nuestros compañeros de trabajo?
El evangelio pierde fuerza cuando nuestras palabras no están respaldadas por nuestro testimonio.
Por eso Jesús dijo: “Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mateo 5:16).
Pablo tenía cicatrices en su cuerpo por causa del evangelio. Nosotros quizá no tengamos azotes ni cárceles, pero sí tenemos la responsabilidad de mostrar con hechos que Cristo ha transformado nuestra vida.
¿De qué sirve hablar de amor si en la casa gritamos a la esposa o esposo o maltratamos a los hijos?
¿De qué sirve predicar de honestidad si en el trabajo hacemos trampa? ¿De qué sirve cantar de victoria en Cristo si vivimos dominados por el rencor o la amargura?
El Señor nos llama a vivir como Pablo: con integridad.
La integridad no significa perfección, sino coherencia: que lo que creemos se vea reflejado en lo que hacemos.
En Proverbios 10:9 leemos: El que camina en integridad anda confiado; mas el que pervierte sus caminos será quebrantado.” La integridad da confianza, firmeza y credibilidad.
APLICACION
Familias, este es un llamado para ustedes. Sus hijos están mirando. Tal vez no escuchen con atención cada sermón, pero observan cómo viven papá y mamá. Y ese testimonio dejará una huella más profunda que mil palabras.
Padres, ¿qué verán sus hijos en sus ojos? ¿Verán a alguien que lucha por honrar a Dios, o alguien que vive una doble vida?
Iglesia, este es un llamado para todos nosotros como cuerpo de Cristo.
El mundo ya no confía en discursos bonitos; quiere ver autenticidad.
Quiere ver que la fe que proclamamos el domingo sigue siendo la fe que practicamos el lunes.
La gente no necesita ver “cristianos perfectos”, sino cristianos verdaderos, con cicatrices, con luchas, pero con una vida transparente que demuestra que Cristo está en nosotros.
El apóstol Pedro nos recuerda: Manteniendo buena vuestra manera de vivir entre los gentiles; para que en lo que murmuran de vosotros como de malhechores, glorifiquen a Dios en el día de la visitación, al considerar vuestras buenas obras” (1 Pedro 2:12).
Nuestro testimonio no es un adorno opcional, es el reflejo del evangelio en acción.
Querido hermano, querida hermana: no desmayes.
Quizás sientas que tus esfuerzos de ser fiel en casa o en tu trabajo pasan desapercibidos. Quizás pienses que nadie lo nota. Pero así como los tesalonicenses pudieron ver el ejemplo de Pablo, también hay personas mirando tu vida.
Tus hijos, tus vecinos, tus compañeros. Y el Señor mismo está viendo. Nada de lo que haces en integridad es en vano.

Punto 2 – UNA MOTIVACION QUE AGRADA A DIOS (vv. 3–4)

1 Tesalonicenses 2:3–4 "3 Porque nuestra exhortación no procedió de error ni de impureza, ni fue por engaño, 4 sino que según fuimos aprobados por Dios para que se nos confiase el evangelio, así hablamos; no como para agradar a los hombres, sino a Dios, que prueba nuestros corazones."
Pablo continúa defendiendo la forma en que él y sus compañeros predicaron el evangelio.
Los falsos acusadores decían que Pablo predicaba por interés, que era un charlatán más de los que abundaban en el mundo grecorromano.
En ese tiempo, no era raro que predicadores ambulantes viajaran de ciudad en ciudad con filosofías nuevas, buscando dinero, seguidores o fama. Muchos eran estafadores que usaban palabras bonitas para manipular a la gente.
Por eso Pablo subraya tres cosas:
No de error: su mensaje no estaba torcido, no era herejía.
No de impureza: su vida no tenía motivaciones inmorales escondidas.
No de engaño: no estaba manipulando a la gente con trucos.
Y luego añade algo clave: Dios les había aprobado y confiado el evangelio. ¡Qué palabra más fuerte!
A Pablo no lo movía la aprobación de los hombres, sino la de Dios, que prueba los corazones. En otras palabras: “Yo no estoy aquí para caerles bien, sino para obedecer al que me llamó.”

Explico

Aquí hay un principio tremendo: el ministerio verdadero no depende de agradar a la gente, sino de agradar a Dios. Pablo sabía que cada palabra que decía estaba siendo escuchada y evaluada por el Señor mismo. Por eso no había espacio para dobles intenciones.
“Error” en el griego original sugiere desviarse del camino, algo fuera de la verdad.
“Impureza” no es solo inmoralidad sexual, sino cualquier motivación manchada, torcida.
Y “engaño” se relaciona con trampas de un cazador que pone la carnada para atrapar a su presa.
Pablo dice: “Nada de eso me mueve. Yo fui aprobado por Dios, y por eso hablo con libertad.”
, 4 sino que según fuimos aprobados por Dios para que se nos confiase el evangelio, así hablamos; no como para agradar a los hombres, sino a Dios, que prueba nuestros corazones."
La clave está en esa palabra: aprobado.
Es como un examen de calidad. Dios había probado el corazón de Pablo y lo había considerado digno de llevar el mensaje. Eso significa que antes de ser predicador, Pablo había pasado por el filtro de Dios.

Aplicación

A: ¿por qué servimos a Dios? ¿Cuál es nuestra motivación?
Algunos sirven porque buscan reconocimiento: que se les felicite, que se les aplauda, que se les dé un cargo.
Otros sirven porque esperan un beneficio: contactos, ayuda económica, prestigio, una vez escuche a alguien decirle a un pastor , como me gustaria ser como usted, solo trabaja los domingo, no sabe que no hay motivacion e conomicas ,o comodidad.
Otros sirven porque no quieren quedar mal: por presión, por costumbre, por cumplir.
Pero Pablo dice: Nosotros no hacemos esto para agradar a los hombres, sino a Dios.”
En la iglesia, en la familia, en la vida cristiana, la motivación lo es todo.
Hermanos Puedes hacer lo correcto por las razones equivocadas, y ante Dios eso pierde valor.
Jesús advirtió: Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres, para ser vistos de ellos; de otra manera no tendréis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos” (Mateo 6:1).
Querido hermano, querida hermana: cuando enseñas a tus hijos, cuando vienes a servir a la iglesia, cuando compartes el evangelio con un amigo, cuando en la iglesia te piden servir ayudad , ¿lo haces porque quieres agradar a las personas, o porque quieres agradar al Señor?
Papás, ¿enseñan a sus hijos a orar para que no los regañen en la escuela dominical, o porque desean que ellos realmente amen a Dios?
Iglesia, ¿hacemos ministerio para mostrar que “todo está bonito” en la fachada, o porque de verdad anhelamos glorificar a Cristo?
, 4 sino que según fuimos aprobados por Dios para que se nos confiase el evangelio, así hablamos; no como para agradar a los hombres, sino a Dios, que prueba nuestros corazones."
Dios prueba los corazones.
Eso significa que Él no solo ve lo que hacemos, sino el porqué lo hacemos. Podemos engañar a la gente, pero nunca a Dios.
El apóstol Pablo lo dice en otro lugar: ¿Pues busco ahora el favor de los hombres, o el de Dios? ¿O trato de agradar a los hombres? Pues si todavía agradara a los hombres, no sería siervo de Cristo” (Gálatas 1:10).

Llamado pastoral

Hermanos, este pasaje nos desafía a revisar nuestras motivaciones.
Quizás nadie más lo note, pero tú sabes si tu corazón está buscando aplauso o si de verdad está buscando honrar a Dios. Hoy es tiempo de hacer un ajuste.
Dios no necesita servidores perfectos, pero sí íntegros.
Servidores que digan: “Señor, yo quiero agradarte a ti, aunque nadie lo vea, aunque nadie me felicite, aunque nunca reciba un reconocimiento.”
Porque al final del camino, la única aprobación que importa es escuchar de los labios del Maestro: “Bien, buen siervo y fiel” (Mateo 25:23).

La evidencia de una vida desinteresada (vv. 5–6)

1 Tesalonicenses 2:5–6 "5 Porque nunca usamos de palabras lisonjeras, como sabéis, ni encubrimos avaricia; Dios es testigo; 6 ni buscamos gloria de los hombres; ni de vosotros, ni de otros, aunque podíamos seros carga como apóstoles de Cristo."
Pablo concluye esta sección mostrando cuál era la motivación real de su ministerio. Él declara: “Nunca usamos de palabras lisonjeras, como sabéis, ni encubrimos avaricia; Dios es testigo; ni buscamos gloria de los hombres, ni de vosotros ni de otros, aunque podíamos seros carga como apóstoles de Cristo”. En otras palabras, su vida no estaba marcada por la apariencia ni por el deseo de ser aplaudido, sino por una pasión sincera: agradar a Dios por encima de todo.
Hoy, tristemente, vemos lo contrario en muchos que se llaman a sí mismos “apóstoles”, “querubines” o “ungidos especiales”. Hacen espectáculos para atraer admiración: llegan en helicópteros, se rodean de lujos, buscan títulos y seguidores, se aprovechan del pueblo y abusan de su autoridad espiritual. Todo gira en torno a ellos, no a Cristo. Viven para impresionar a la gente, no para agradar a Dios.
Pero también debemos reconocer algo: no hace falta un escenario gigante ni un título rimbombante para caer en el mismo error. A veces nosotros mismos servimos en la iglesia con motivaciones equivocadas. Queremos que nos vean, que nos reconozcan, que nos agradezcan. Nos frustramos si nadie aplaude lo que hicimos, si no nos mencionan, si no nos toman en cuenta. En el fondo, seguimos buscando la gloria de los hombres, solo que en una escala más pequeña.
El contraste con Pablo es radical. Pablo pudo reclamar prestigio y derechos como apóstol verdadero de Cristo, pero no lo hizo. No buscó enriquecerse ni ganar fama, sino entregar su vida por la causa del evangelio. Su gozo no estaba en recibir gloria de los hombres, sino en saber que Dios aprobaba su caminar.

Enseñanza bíblica

Dios conoce el corazón: Proverbios 16:2 dice: “Todos los caminos del hombre son limpios en su propia opinión; pero Jehová pesa los espíritus”. El cristiano íntegro no vive de la fachada, sino de la realidad interna delante de Dios.
No para los hombres, sino para Cristo: Colosenses 3:23 nos recuerda: “Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres”. Esta es la base de la verdadera integridad: vivir para la aprobación de Dios.
El peligro del ego religioso: Jesús mismo advirtió en Mateo 6:1: “Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres, para ser vistos de ellos”. Un ministerio enfocado en la imagen externa tarde o temprano se derrumba.
Padres, nuestros hijos deben ver en nosotros coherencia, no solo palabras bonitas en la iglesia y un comportamiento distinto en casa. Vivir para la aprobación de Dios significa ser auténticos en todo lugar: en público y en privado. Eso forma generaciones que saben lo que es integridad.

Aplicación a la iglesia

Como congregación, no podemos seguir el modelo del espectáculo religioso que busca fama y dinero. Pero tampoco podemos caer en la trampa sutil de servir solo por reconocimiento humano. El verdadero poder de la iglesia está en el testimonio de un pueblo que vive para agradar a Dios, no en la apariencia de grandeza ni en la necesidad de aplausos.
Este es el corazón del mensaje: la integridad se demuestra cuando dejamos de vivir para impresionar a los demás y comenzamos a vivir para agradar a Dios. Pablo fue fiel porque su mirada estaba puesta en el Señor, no en la opinión pública. Hoy más que nunca, necesitamos cristianos y familias que digan: “Mi vida es para Cristo, no para los hombres”.
👉 La gran pregunta es: ¿Estamos siguiendo el ejemplo de Pablo, viviendo con integridad para agradar a Dios, o nos estamos dejando seducir por las apariencias y el deseo de reconocimiento humano?

Conclusion

Al mirar este pasaje de 1 Tesalonicenses 2:1–6, vemos un hilo conductor que atraviesa todo: la diferencia entre vivir en apariencias o vivir con integridad. Pablo no fue un hombre perfecto, pero sí fue un hombre íntegro. Su ministerio no estaba construido sobre la fachada, sino sobre la realidad de una vida rendida a Cristo.
Su testimonio fue visible (vv. 1–2): Los tesalonicenses podían dar fe de que Pablo no les predicó un evangelio “de palabra solamente”, sino que su vida entera respaldaba lo que predicaba. Venía marcado por azotes y sufrimientos en Filipos, pero aun así sirvió con denuedo.
Su motivación fue pura (vv. 3–4): No hablaba desde engaños ni intenciones ocultas, sino con un corazón aprobado por Dios, que pesa los espíritus. No buscaba convencer por apariencias, sino ser fiel al que lo llamó.
Su vida fue desinteresada (vv. 5–6): No buscaba gloria de hombres ni usó palabras para adular ni aprovechó su autoridad. Pablo no vivió para ser aplaudido, vivió para que Cristo fuera exaltado.
Todo esto nos deja un espejo claro: ¿vivimos nosotros así? ¿O hemos caído en la trampa de las apariencias?
Vivimos en una generación obsesionada con la imagen. Mostramos lo que queremos que otros vean: fotos editadas, sonrisas ensayadas, vidas arregladas hacia afuera… pero muchas veces en casa o en lo íntimo la historia es otra. En la iglesia podemos cantar, servir, predicar, dar ofrendas, pero si lo hacemos solo para ser vistos por otros, estamos viviendo en apariencias.
El evangelio nos llama a algo más alto: una vida íntegra, que agrade a Dios aunque nadie más la aplauda. Una vida que no necesita máscaras porque está fundamentada en la verdad.
Hermanos, ¿qué pasaría si nuestros hijos vieran en nosotros la misma coherencia que los tesalonicenses vieron en Pablo? ¿Qué testimonio dejaríamos?
¿Qué pasaría si la iglesia dejara de buscar reconocimiento humano y se enfocara solo en agradar a Dios? No tendríamos una iglesia de apariencias, sino un pueblo lleno de poder espiritual.
¿Qué pasaría si tu vida privada y tu vida pública fueran la misma, y ambas reflejaran a Cristo?
Recordemos las palabras de Gálatas 1:10: “Pues, ¿busco ahora el favor de los hombres, o el de Dios? ¿O trato de agradar a los hombres? Pues si todavía agradara a los hombres, no sería siervo de Cristo”.
La iglesia de Tesalónica creyó en un evangelio poderoso porque detrás había un mensajero íntegro. Hoy, nuestra familia, nuestros hijos, nuestros amigos y nuestra comunidad necesitan ver en nosotros esa misma integridad.
Que no se diga de nosotros que vivimos para aparentar, sino que se diga lo mismo que Pablo pudo decir con libertad: “Nuestra exhortación no procedió de error, ni de impureza, ni fue con engaño”.
Queridos hermanos, el mundo está lleno de fachadas, pero el Señor busca hombres y mujeres íntegros. Hoy el desafío no es si puedes impresionar a los demás, sino si puedes agradar a Dios con tu vida.
Te invito a examinar tu corazón:
Si has estado viviendo de apariencias, ven al Señor, Él puede limpiarte y darte un corazón sincero.
Si te has cansado porque nadie reconoce tu servicio, recuerda: Dios ve lo secreto y Él recompensará en lo eterno.
Si quieres vivir con integridad, pídele al Espíritu Santo que te dé la gracia para ser el mismo en público y en privado.
La decisión está delante de nosotros: ¿viviremos en apariencias o viviremos con integridad?
Que el Señor nos conceda ser una iglesia que no busca la gloria de los hombres, sino que refleja la gloria de Cristo en todo lo que hace.
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