El corazón de un líder fiel
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INTRODUCCION
INTRODUCCION
1 Tesalonicenses 2:7–9 "7 Antes fuimos tiernos entre vosotros, como la nodriza que cuida con ternura a sus propios hijos. 8 Tan grande es nuestro afecto por vosotros, que hubiéramos querido entregaros no sólo el evangelio de Dios, sino también nuestras propias vidas; porque habéis llegado a sernos muy queridos. 9 Porque os acordáis, hermanos, de nuestro trabajo y fatiga; cómo trabajando de noche y de día, para no ser gravosos a ninguno de vosotros, os predicamos el evangelio de Dios."
Hermanos, vivimos en una época donde todo parece estar en crisis. Lo vemos en las noticias, lo escuchamos en las conversaciones diarias, incluso lo sentimos en nuestras propias familias: el problema del liderazgo.
Gobiernos corruptos que solo buscan su propio beneficio.
Universidades que en el pasado defendían la verdad, pero hoy se han convertido en fábricas de ideologías contrarias a Dios.
Familias que se desmoronan porque los padres han perdido el rumbo.
Iglesias que cambian el Evangelio por un espectáculo, entreteniendo a las multitudes, pero dejando sus almas hambrientas.
El mundo necesita líderes, eso es obvio. Pero la verdadera pregunta es: ¿qué tipo de liderazgo honra a Dios?
La Biblia es clara:
sin líderes con carácter piadoso, cualquier institución está destinada al fracaso.
Un matrimonio sin un esposo que ame como Cristo, tarde o temprano se quiebra.
Una iglesia sin pastores íntegros se llena de confusión y error.
Una nación sin gobernantes justos camina directo a la ruina.
El apóstol Pablo entendió esto mejor que nadie. Y en 1 Tesalonicenses 2:7–12 nos abre su corazón. Allí no encontramos técnicas modernas de liderazgo, ni estrategias de manipulación. Encontramos algo mucho más profundo: un carácter moldeado por Cristo.
Y para describirlo, Pablo usa dos imágenes que todos entendemos:
la de una madre tierna que cuida con amor a sus hijos,
y la de un padre que instruye y anima a los suyos.
Con estas ilustraciones tan cercanas, nos muestra cómo debe lucir un liderazgo verdadero en la iglesia y en la vida cristiana: ternura y firmeza, amor sacrificial y disciplina santa.
Querida iglesia, esta mañana vamos a mirar esas marcas del liderazgo piadoso. Y mientras lo hacemos, quiero invitarte a dos cosas:
Examina a tus líderes espirituales, sí, pero también examínate tú. Porque todos influimos en alguien: tus hijos, tus amigos, tu familia, tus discípulos.
Y sobre todo, deja que la Palabra de Dios te muestre cómo Cristo debe reflejarse en tu carácter, para que, al final, podamos decir como Pablo: “Fuimos tiernos entre vosotros, como la nodriza… y os exhortamos como un padre a sus hijos, para que andéis como es digno de Dios.”
1 Tesalonicenses 2:7 "7 Antes fuimos tiernos entre vosotros, como la nodriza que cuida con ternura a sus propios hijos."
Ahora bien, si Pablo usa la figura de una madre y de un padre para ilustrar el liderazgo cristiano, la pregunta es: ¿qué significa eso en la práctica?
Empecemos con la primera imagen: la de una madre piadosa. Piénselo por un momento… ¿qué caracteriza a una madre verdadera? No es su autoridad, no es su fuerza, no es su capacidad de imponer respeto. Una madre es recordada por su ternura, por su cuidado, por su entrega incondicional.
Y eso es exactamente lo que Pablo quiso que los tesalonicenses vieran en su ministerio: que él y sus compañeros no llegaron con arrogancia, ni con ambición, ni con imposición. Llegaron con un espíritu de servicio humilde, como una madre que alimenta y abraza a su hijo indefenso.
Así que el primer rasgo de un líder espiritual fiel es este: devoción tierna.
Primer Punto: Devoción tierna
Primer Punto: Devoción tierna
Miremos otra vez el versículo 7:
“Antes fuimos tiernos entre vosotros, como la nodriza que cuida con ternura a sus propios hijos.”
Recordemos dónde estaba Pablo y qué había pasado antes de llegar a Tesalónica. Él venía de Filipos, ¿lo recuerdan? Allí lo golpearon con varas, lo arrastraron a la cárcel, lo pusieron en cepos. Su espalda estaba abierta, llena de heridas y moretones. Humanamente hablando, cualquiera de nosotros hubiese dicho: “Ya basta. Necesito descansar, necesito sanarme.”
Pero Pablo, en lugar de rendirse, camina más de 100 kilómetros hasta Tesalónica… ¡y llega para predicar el evangelio! Imagínense la escena: un hombre golpeado, con cicatrices aún frescas, con el cuerpo adolorido, entrando a una ciudad pagana y diciéndoles con una sonrisa llena de fe: “Cristo les ama. Cristo murió y resucitó por ustedes.”
¿Con qué espíritu llegó? No con enojo. No con dureza. No con arrogancia. Pablo dice: “Fuimos tiernos entre vosotros.” Y para que nadie se pierda la idea, usa una ilustración que todos entendemos: como una madre que amamanta a su hijo, que lo calienta con su propio cuerpo, que lo envuelve con ternura y lo cuida aun cuando es totalmente indefenso.
En el mundo griego, esto era revolucionario. Los líderes de esa cultura eran conocidos por ser arrogantes, dominantes, abusivos. La ternura no era considerada una virtud. Y sin embargo, Pablo dice: “Así los tratamos.”
Hermanos, ¿qué significa esto para la iglesia hoy? Significa que el liderazgo cristiano verdadero comienza con un corazón tierno. No con títulos, no con diplomas, no con autoridad fría. Sino con ternura.
Una madre no mide el valor de su hijo por lo que puede darle a cambio. Ella lo ama simplemente porque es suyo. Así debe ser el corazón de todo líder espiritual: un amor tierno que no busca provecho propio, sino el bien del otro.
Y todos lo hemos visto en casa. Cuando los hijos se enferman, ¿quién es la que corre? La mamá. Ella prepara medicina, limpia la frente, calma el llanto, ora, se desvela. Y si toda la casa cae enferma al mismo tiempo, ¡ella sigue de pie!
Y aquí déjenme ironizar un poco, porque ustedes saben cómo somos los hombres… Una simple gripe y ya estamos tirados en la cama como si fuera peste negra. (pausa para risas) Uno se tapa hasta la cabeza y dice: “No sé si voy a sobrevivir…” mientras la esposa, con fiebre y todo, se levanta, atiende a los hijos, prepara la comida y mantiene la casa andando.
Yo lo he visto en Miji con nuestras hijas. Aunque esté agotada, aunque también esté enferma, ella se levanta y sigue sirviendo con amor. Y uno se pregunta: ¿de dónde saca tanta fuerza? Esa es la devoción de una madre.
Y eso, hermanos, es exactamente lo que Pablo quiere que entendamos: la devoción tierna. Un amor que no se detiene aunque duela, aunque canse, aunque nadie lo valore. Ese mismo amor debe marcar a cada líder espiritual fiel.
Llamado a la iglesia
Llamado a la iglesia
Y aquí viene la confrontación. Porque muchos piensan que el liderazgo se trata de imponer, de mandar, de hacerse respetar. Pero la Biblia dice lo contrario: un líder fiel primero abraza, escucha, acompaña, se preocupa, se sacrifica.
Déjenme ponerlo más práctico:
Cada creyente en la iglesia debería poder decir: “Puedo acercarme a mis pastores y a mis hermanos maduros con cualquier carga, y sé que me recibirán con paciencia, como una madre recibe a su hijo.”
Esposos, así deben ser percibidos por sus esposas.
Padres, así deben ser percibidos por sus hijos.
Líderes de ministerios, así deben ser percibidos por quienes sirven con ustedes.
Cristo mismo, el Rey de reyes, dijo:
Mateo 11:29: “Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas.”
Si Él, siendo el Señor del universo, trató a los suyos con ternura, ¿cómo no habríamos de hacerlo nosotros?
El llamado de Pablo es claro: un líder espiritual fiel debe amar como una madre, con ternura, paciencia y cuidado. Y eso solo es posible cuando Cristo llena nuestro corazón.
Por eso, pidámosle al Señor que nos libre de la dureza, de la indiferencia, de ese espíritu que exige pero no ama. Y que nos dé un corazón como el suyo: tierno con los débiles, paciente con los inmaduros, dispuesto a levantarnos aun cuando estemos cansados, para cuidar del rebaño que Él compró con su sangre.
Déjenme preguntarte directamente:
¿Eres tierno con los más débiles en la fe, o eres rápido para criticar y juzgar?
Cuando alguien cae, ¿te acercas a levantarlo, o te apartas señalando con el dedo?
En tu casa, ¿eres visto como alguien accesible, paciente, seguro… o como alguien duro, frío y distante?
Ese es el primer sello de un liderazgo piadoso.
Sin devoción tierna, la iglesia se enfría, los hijos se resienten, los discípulos se pierden.
Pero cuando esa ternura está presente, el amor de Cristo se hace visible y la iglesia florece.
Segundo Punto: Afecto profundo
Segundo Punto: Afecto profundo
Versículo 8:
“Tan grande es nuestro afecto por vosotros, que hubiéramos querido entregaros no solo el evangelio de Dios, sino también nuestras propias vidas; porque habéis llegado a sernos muy queridos.”
Aquí Pablo usa una palabra muy particular en griego: “homeiromai”. Es tan rara que aparece solamente una vez en todo el Nuevo Testamento: aquí.
En la literatura griega de la época, esta palabra se usaba para describir un amor intenso, entrañable, difícil de expresar con palabras. Por ejemplo, algunos arqueólogos la han encontrado en inscripciones funerarias de padres que lloraban a un hijo pequeño. En esas lápidas, escribían: “Nuestro hijo, tan amado, tan anhelado, tan querido.” Ese es el peso de la palabra que Pablo usa.
Piénselo bien: Pablo no está diciendo simplemente “los quiero mucho.” Está diciendo: “Los anhelo, los llevo en el corazón con un afecto profundo, como el de un padre que nunca se recupera de perder a un hijo.” Es un amor que aprieta el pecho, que no te deja indiferente, que te mueve a entregar todo.
¿Se dan cuenta? Esto no es sentimentalismo superficial. Es un amor tan profundo que está dispuesto a sufrir con el otro, a cargar sus cargas, a llorar sus lágrimas, a vivir y morir a su lado.
Y lo sorprendente es el contexto. Pablo había sido golpeado, encarcelado y humillado en Filipos. Humanamente, uno esperaría que estuviera a la defensiva, cuidando su pellejo, guardando distancia para protegerse. Pero en lugar de cerrarse, abre aún más su corazón: “No solo quiero darles el evangelio, quiero darles mi vida.”
¡Qué contraste con los líderes de la cultura griega!
Allí los jefes eran arrogantes, autoritarios, manipuladores. La ternura y el afecto no eran virtudes, eran signos de debilidad. Pero Pablo está rompiendo ese molde y diciendo: “El verdadero líder cristiano ama con afecto profundo, como Cristo nos amó.”
Yo lo pienso con mis hijas. Hay momentos en que simplemente las observo dormir, o escucho sus risas mientras juegan, y mi corazón se aprieta. Uno piensa: “¿Qué no daría yo por ellas?” Y la respuesta es: lo daría todo. Eso es afecto profundo: no algo que se dice con palabras bonitas, sino algo que se demuestra con entrega.
Eso es lo que Pablo sintió por los tesalonicenses: un amor entrañable que lo movía a entregar su vida, no solo sus palabras.
Hermanos, Pablo no dice: “Los soportamos.” Tampoco dice: “Cumplimos con nuestra tarea de predicar.” Él dice: “Ustedes llegaron a sernos muy queridos.”
Aquí está el desafío: la iglesia no necesita líderes que solo enseñen información. La iglesia necesita líderes que amen con afecto profundo.
Un pastor puede predicar un sermón correcto, pero si no ama a su gente, su mensaje suena vacío.
Un padre puede proveer techo y comida, pero si no muestra afecto a sus hijos, su hogar se enfría.
Un discipulador puede hablar de la Biblia, pero si no abre su corazón, su enseñanza no transforma.
Pablo nos enseña que un líder fiel dice: “No solo quiero darles doctrina. Quiero darles mi vida. Ustedes me son muy queridos.”
Y eso nos obliga a preguntarnos:
¿Podemos decir eso mismo de nuestra iglesia?
¿Podemos mirar a los hermanos, a los jóvenes, a los nuevos en la fe y decir: “Ustedes me son muy queridos”?
¿O somos de los que dicen: “Yo vengo, me siento, escucho, cumplo y me voy… pero mi corazón no está atado a nadie”?
La verdad, hermanos, es que una iglesia puede tener buenos programas, buenos sermones, buena música… pero si no hay afecto profundo, será una iglesia fría, seca, sin vida.
La marca del afecto profundo es que no se queda en palabras, se traduce en entrega. Pablo dice: “No solo el evangelio, también nuestra vida.”
Así nos amó Cristo: no solo con palabras, sino con la entrega de su propia vida en la cruz.
Tercer Punto: Amor sacrificial
Tercer Punto: Amor sacrificial
1 Tesalonicenses 2:8 "8 Tan grande es nuestro afecto por vosotros, que hubiéramos querido entregaros no sólo el evangelio de Dios, sino también nuestras propias vidas; porque habéis llegado a sernos muy queridos."
Hermanos, predicar el evangelio ya es el mayor regalo que alguien puede dar. Es anunciar vida eterna, reconciliación con Dios, salvación en Cristo. Y sin embargo, Pablo dice algo sorprendente: “No solo les dimos el evangelio, también estábamos listos para darles nuestra vida.”
Esto es asombroso. Porque predicar el evangelio ya había costado a Pablo golpes, cárceles, hambre, persecución. Y, en lugar de detenerse, dice: “Estoy listo para entregar aún más.”
Ese es amor sacrificial: un amor que va más allá del deber, que no calcula cuánto va a perder, sino cuánto puede bendecir.
El Señor Jesús lo había dicho:
📖 “Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos.” (Juan 15:13).
Pablo no predicaba para obtener algo, sino para entregarse. Los falsos maestros de ese tiempo buscaban dinero, fama y seguidores. Pablo, en cambio, buscaba entregar su vida por los tesalonicenses, porque “llegaron a serle muy queridos.”
Así es el amor de Dios. Un amor que no se queda en palabras, sino que se expresa en sacrificio.
Eso es lo que hace una madre con sus hijos. Ella no calcula lo que pierde, entrega lo que sea necesario.
Se desvela sin quejarse, aunque nadie lo agradezca.
Se quita el pan de la boca, con tal de que sus hijos no pasen hambre.
Se priva de sus propios sueños, para dar esperanza a los suyos.
El amor sacrificial se ve en esas decisiones diarias donde alguien dice: “Prefiero perder yo, para que tú ganes.”
Así amó Cristo a la iglesia:
📖 “Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella.” (Efesios 5:25).
Pablo lo resumió de manera personal en Gálatas:
📖 “El Hijo de Dios me amó y se entregó a sí mismo por mí.” (Gálatas 2:20).
El verdadero amor siempre lleva esta marca: se entrega, se sacrifica, da lo mejor de sí mismo sin esperar nada a cambio.
El amor sacrificial es lo que convence a los débiles, fortalece a los nuevos en la fe y refleja el carácter de Cristo en el pueblo de Dios.
Charles Spurgeon decía:
“Dar el evangelio sin dar nuestra vida es una contradicción; porque el evangelio mismo es la entrega de la vida de Cristo por nosotros.”
A.W. Tozer escribió:
“Dios nunca usará grandemente a un hombre hasta que lo haya herido profundamente.”
El ministerio que bendice a otros siempre tiene un precio: lágrimas, cansancio, renuncia.
Y Dietrich Bonhoeffer resumió así el discipulado:
“Cuando Cristo llama a un hombre, le dice: ‘Ven y muere.’”
Ese es el amor sacrificial al que somos llamados: un amor que no se protege, sino que se entrega, como Cristo lo hizo por nosotros.
Cuarto Punto: Trabajo abnegado
Cuarto Punto: Trabajo abnegado
Leamos el versículo 9:
“Porque os acordáis, hermanos, de nuestro trabajo y fatiga; cómo trabajando de noche y de día, por no ser gravosos a ninguno de vosotros, os predicamos el evangelio de Dios.”
Cuando Pablo recuerda su tiempo en Tesalónica, no habla de comodidad. Él habla de trabajo y fatiga. Palabras pesadas. Palabras que huelen a sudor, a desvelo, a cansancio en los huesos.
Imagínatelo: de día, bajo el sol mediterráneo, Pablo cosiendo cuero, fabricando tiendas, con las manos adoloridas, ganándose el pan. Y cuando otros descansaban, en las noches, él abría las Escrituras, enseñaba, discipulaba, oraba, visitaba casa por casa. No había “tiempo libre”. No había “horario de oficina”. Era de día y de noche. ¿Por qué? Porque no quería ser carga para la iglesia, y porque amaba tanto a los tesalonicenses que estaba dispuesto a dejarlo todo en la cancha, literalmente.
Eso es trabajo abnegado. Un amor que se traduce en esfuerzo constante. No un servicio cómodo, no un ministerio liviano, sino un servicio que duele, que cansa, pero que bendice.
Pablo no lo hacía para ganar un aplauso. No buscaba reconocimiento. Su “recompensa” era ver a hombres y mujeres conociendo a Cristo. Él lo diría en otro lugar:
📖 “En trabajo y fatiga, en muchos desvelos…” (2 Corintios 11:27).
Ese es el sello del verdadero amor: el cansancio santo. Ese agotamiento que se siente en el cuerpo, pero que da paz en el alma, porque sabes que tu vida está siendo gastada para la gloria de Dios y para el bien de otros.
Hudson Taylor lo dijo así:
“El verdadero secreto del servicio es el cansancio santo: gastar y ser gastado por amor a Cristo.”
Recordatorio
Recordatorio
Hermanos, antes de terminar, hagamos memoria de lo que hemos visto hoy. Pablo nos regaló una ilustración tan simple y tan poderosa que todos podemos entender: el amor de una madre por sus hijos.
Y bajo esa imagen vimos cuatro rasgos que describen cómo debe ser el liderazgo cristiano:
Devoción tierna – ¿Recuerdan? Como esa madre que sostiene en brazos a su bebé frágil, con paciencia, con cuidado, sin dureza. Así debe latir el corazón de un líder espiritual.
Afecto profundo – Pablo dijo: “Los llevamos en el corazón”. No era un amor superficial, era un amor entrañable, de esos que atan tu vida a la de alguien más.
Amor sacrificial – Pablo no solo entregó el evangelio, estuvo listo para entregar su propia vida. Ese es el amor que no se queda en palabras, sino que dice: “Prefiero perder yo, con tal de que tú ganes.”
Trabajo abnegado – Y finalmente, el cansancio santo. Ese servicio que se gasta día y noche, que suda, que se desvela, pero que sonríe porque sabe que todo ese esfuerzo está levantando vidas para Cristo.
Eso es lo que Pablo quiere que entendamos. Que el verdadero liderazgo espiritual no es título, no es posición, no es reconocimiento. Es un corazón que ama como una madre: con ternura, con afecto, con sacrificio y con trabajo incansable.
Conclusión
Conclusión
Querida iglesia, después de mirar estos cuatro rasgos, tenemos que detenernos y preguntarnos:
¿Se ve este amor en nosotros?
¿Es esta la marca de nuestro liderazgo, de nuestro discipulado, de nuestra vida cristiana?
Porque podemos hacer muchas cosas para Dios, pero si no hay devoción tierna, la gente se siente sola.
Podemos predicar bien, pero sin afecto profundo, nuestras palabras suenan frías.
Podemos servir, pero si falta amor sacrificial, terminamos buscando lo nuestro.
Podemos organizarnos, pero sin trabajo abnegado, no hay fruto que permanezca.
La verdad es que este amor no lo podemos producir solos. Nace del corazón de Cristo en nosotros. Él fue el que nos amó con ternura cuando éramos rebeldes. Él nos abrazó con afecto profundo cuando nadie nos quería. Él se entregó en la cruz con amor sacrificial, y todavía hoy trabaja sin descanso, intercediendo por nosotros, cuidando de su iglesia con paciencia.
Por eso, hermanos, el llamado es personal:
Esposo, ¿te perciben en casa como alguien tierno y accesible, o duro y distante?
Padre, ¿eres un ejemplo de sacrificio y esfuerzo por el bien de tu familia, o te rindes fácilmente?
Líder de la iglesia, ¿sirves buscando reconocimiento, o trabajas de noche y de día por amor a las almas?
Cristo nos llama hoy a reflejar su amor. A pedirle que transforme nuestra dureza en ternura, nuestro egoísmo en sacrificio, nuestra comodidad en trabajo abnegado.
Porque cuando la iglesia ama como una madre piadosa, el mundo puede ver en nosotros al Salvador. Y ese testimonio es imposible de ignorar.
Hermanos, este es el desafío: ser líderes, padres, madres, hermanos, que reflejen el corazón de Cristo. Y si hoy sientes que te falta esa ternura, ese afecto, ese sacrificio, ese esfuerzo… corre a Jesús. Pídele que llene tu corazón con el suyo.
Él nunca se cansa de amar. Nunca deja de trabajar. Nunca retira su afecto. Y promete darnos un corazón como el suyo, para que también nosotros podamos amar así.
Oracion
Señor amado, gracias por tu Palabra que hoy nos ha mostrado tu corazón.
Gracias porque Tú nos amaste con ternura, nos abrazaste con afecto profundo, te entregaste en la cruz con sacrificio y trabajas sin descanso por nosotros.
Perdónanos, Señor, porque tantas veces hemos sido duros, egoístas y cómodos.
Cámbianos. Danos un corazón nuevo.
Haznos líderes, padres, madres, discípulos que reflejen tu amor con devoción tierna, con afecto real, con sacrificio verdadero y con trabajo abnegado.
Que nuestra iglesia no sea conocida por programas o actividades, sino porque aquí se siente tu amor.
Que cada persona que entre por estas puertas pueda decir: “Aquí hay gente que ama como Cristo.”
En el nombre de Jesús, amén.
