Heme Aquí Envíame a Mí

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Is. 6:1-13

El llamado al servicio del Señor es una experiencia de adoración, una experiencia de santidad, una experiencia de gracia y servicio
La adoración como prerequisito para servir al Señor: Vi yo
“En el año que murió el rey Uzías vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y sus faldas llenaban el templo...” (Is.6:1)
El llamado del profeta Isaías es necesario ubicarlo en el marco de su propio contexto bíblico, político y religioso. Social, en el sentido que su experiencia personal con Dios corresponde al AT donde el pueblo de Dios era gobernado por monarquías. En lo político, acababa de morir el rey Uzias, un rey que realizó una importante mejora militar en su reino al sur de Israel, justamente cuando el imperio asirio empezaría su campaña para conquistar los reinos de Israel, lo que significaría cierta inestabilidad o peligro internacional. En lo religioso, Uzías, el rey habría muerto, pero Isaías ve que el Señor sigue gobernando desde el templo, y sus faldas denotan su autoridad cubriendo todo el templo: El Rey y Sacerdote de Israel es Jehová. Es en este gran marco en el que Isaías se encuentra antes de asumir un compromiso con Dios para servirle.
Su visión es toda una experiencia de adoración; Isaías es invitado a entrar a la presencia de Dios y ve al Señor sentado sobre un trono más alto y sublime que cubría todo el templo; ve serafines que cubrían con sus alas sus ojos y pies en señal de reverencia ante la majestad y la santidad del Señor; cantaban: “Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria” , y ante este canto, los armazones de las puertas del templo temblaron llenándose la casa de humo. Sin duda, una experiencia única, pero necesaria para que el Señor confirme al profeta su llamado al ministerio.
“Vi yo” en Isaías es la descripción del comienzo de una nueva forma de relación que existirá entre El Señor e Isaías; “Vi yo” es es la confirmación espiritual que validaría el ministerio de Isaías; “vi yo” es una experiencia de adoración; y esta experiencia se da en el contexto de la muerte del rey, cuando hay inestabilidad y dudas; peligros o miedos. El creyente que busca servir al Señor, es llamado por el Señor para pruebas y desafíos -como el llamado de Abrahan, Moisés, Josué, etc. Solo una experiencia de adoración a Dios puede empezar el camino del servicio a Dios, así como los discípulos adoraron antes de recibir la gran comsion del Señor Jesús, la adoración es necesaria para empezar una carrera de servicio al Señor: Santo, santo, santo…
Esta semana ha sido algo triste al ver cómo mataron al lider activista norteamericano provida y profamilia Richard Kirk; irónicamente mientras le preguntaron por la violencia y disparos en actos públicos, en ese momento recibe un disparo en el cuello. Un gran desconsuelo acompañado por la pregunta ¿quién continurá la lucha por sus ideales? la respuesta siempre será: “Santo, santo santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria”.
2. El arrepentimiento y la santidad como requisito para servir al Señor ¡Ay de mí!
“Entonces dije: ¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos.” (Is.6:5)
Isaías dijo ante esta experiencia de adoración: “Ay de mí”. Si el prerequisito para servir al Señor en Isaías comprendía la adoración, esta adoración produce en Isaías un sentimiento de indignidad personal y colectiva: podríamos parafrasear el sentimiento de Isaías así:“he visto al Rey Jehová de los ejércitos, pero mi boca junto con la boca de todo mi pueblo no hemos hecho otra cosa que blasfemar el nombre de Dios; lo hemos ofendido diciendo que lo amamos, pero poniendo ídolos de barro y de madera en el templo; lo hemos ofendido cuando mi pueblo llevaba sacrificios a los lugares altos a falsos dioses, haciendo público ante los ojos de todas las naciones que Jehová era un dios más del montón; lo hemos ofendido enriqueciendo más al rico y empobreciendo más al pobre; por esa razón Señor dijiste: “El buey conoce a su dueño, y el asno el pesebre de su señor; Israel no entiende, mi pueblo no tiene conocimiento” (Is.1:3) (qué distinta la experiencia de Isaías con la de los pastores que pedían más movimiento en el terremoto)
Había muerto el rey Uzías, quien había fortalecido las huestes militares de Israel ante las amenzas del sanguinario imperio asirio, no obstante, cuano se sintió fuerte, entró al templo para ofrecer incienso -cosa que no le era permitido a él, solo a los sacerdotes- por lo que en su ira, no reconoció que obró mal y fue lleno de lepra en ese momento, y en ese momento es quitado del templo, y en ese momento es apartado del reino, y en ese momento el escritor bíblico de 2Crónicas dice que fue enterrado con sus familiares con esta descripción literaria: “Leproso es”. Murió alguien que podía dar estabilidad al pueblo de Dios frente a sus enemigos, sin embargo, su ira lo apartó de Dios. Diría el apóstol Santiago: “porque la ira del hombre no obra la justicia de Dios” (Stg.1:20). La falta de arrepentimiento a causa de su orgullo impidió que el rey Uzías continúe siendo el servidor de su reino.
Por ello, podemos resaltar hermanos la actitud de Isaías, quien experimenta la intervención del Señor en su vida purificando sus labios para quitarle su culpa. Isaías no ha recibido el perdón de su pecado por medio de un sacrificio animal mediante el oficio de algún sacerdote dentro de la ceremonia en el templo; no, Isaías ha entrado directamente en la presencia de todo el consejo de Dios, y un serafin al servicio de Dios purifica sus labios con un carbón encendido. La santidad llegó a él producto de su arrepentimiento ¡Ay de mí que soy muerto! como un acto de pura gracia del Señor a su vida. Solo una experiencia de adoración puede llevarnos al arrepentimiento y a la santidad que Dios busca de todos sus servidores.
Yo quisiera esta mañana que por un momento ingresemos a la presencia del Señor, o pidámosle que nos deje entrar y contemplemos su santidad ¿qué podemos decir al Señor en este momento? ¿qué soy, qué pecado me hace indigno de estar en tu presencia? ¿puedo mantenerme en pie delante de ti Señor? ¡Ay de mí que soy muerto!
3. La gracia de Dios para ser comisionados en el servicio al Señor ¡Heme aquí, envíame a mí!
“Después oí la voz del Señor, que decía: ¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros? Entonces respondí yo: Heme aquí, envíame a mí.
La experiencia de Isaías, fue una experiencia de pura gracia de Dios. Ha sido purificado y vestido en santidad para servir al Señor como profeta y hablar en nombre de Dios a su pueblo. Isaías tenía que responder ante la gracia de Dios recibida; tenía que responder a la pregunta ¿Quién irá por nosotros a anunciar el juicio a mi pueblo, pero también para anunciar su restauración, sabiendo que no le harían caso ni se arrepentirían de sus pecados? Isaías tenía que responder a esa gracia de Dios, y respondió ¡Heme aquí, envíame a mí!
En Isaías podemos percibir el verdadero fruto de la gracia de Dios para ser llamados a ser sus servidores; no una gracia barata que dice: “he recibido la gracia de Dios, soy salvo, y ahora quiero que Jesús me sirva a mí, que haga todo para mí”; la gracia es cualquier cosa menos eso; la gracia que recibimos de Dios para salvación por fe, es para responder a su pregunta ¿Quién irá por nosotros? Por ello el apóstol Pablo dijo: “por gracia sois salvos… porque somos hechuras suyas creados en Cristo Jesús para buenas obras” (Ef.2:8-10). La gracia que recibimos del Señor es para hacer lo que Él nos pida que hagamos.
Ser comisionados por Dios es parte de la gracia de la salvación que hemos recibido. Ser comisionados por Dios es un acto de gracia inmerecida; no servimos a cualquier persona o institución humana; servimos “al que está sentado en su trono, al tres veces santo”. Después de adorar, después de ser purificados, nos queda ser comisionados; ser enviados por Dios a cumplir sus mandatos, pero no debemos confundirnos o pensar que “ser enviados” es algo solo de misioneros; la comisión es algo más amplio:
más que una comisión geográfica, es una comisión divina: ¿quién no recuerda ese coro “heme aquí, envíame a mí de JAR? bueno, no quisiera desilucionarlos -bueno sí, quiero hacerlo- pero Isaías responde a la pregunta del Señor ¿quién irá por nosotros? siendo él un habitante de Judea que predicó para sus mismos paisanos; no es una comisión estrictamente geográfica por ese motivo, pero sí es una comisión divina, porque empieza en el consejo de Dios, e Isaías recibe esa comisión en la presencia gloriosa de Dios.
más que una comisión fácil, es una comisión de resistencia: Isaías recibió un llamado específico producto de la gracia de Dios, pero los resultados en su pueblo no los vería él. Y yo dije: ¿Hasta cuándo, Señor? Y respondió él: Hasta que las ciudades estén asoladas y sin morador, y no haya hombre en las casas, y la tierra esté hecha un desierto; hasta que Jehová haya echado lejos a los hombres, y multiplicado los lugares abandonados en medio de la tierra. (Is.6:11-12) La gracia de Dios es para que le sirvamos a Dios, no para que Él nos sirva.
más que una comisión activista, es una comisión cristológica: Isaías recibe la comisión del Señor, aunque será sufrida y sin frutos tangibles para él, una promesa que despierta la esperanza de él y su pueblo: “Y si quedare aún en ella la décima parte, ésta volverá a ser destruida; pero como el roble y la encina, que al ser cortados aún queda el tronco, así será el tronco, la simiente santa.” (Is.6:13) Ese tronco es Cristo, la simiente santa de quien Isaías dijo: “Saldrá una vara del tronco de Isaí, y un vástago retoñará de sus raíces.Y reposará sobre él el Espíritu de Jehová; espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de poder, espíritu de conocimiento y de temor de Jehová”. (Is.11:1-2) El servicio al Señor en su iglesia apunta a Cristo, como el de Isaías. Anunciamos arrepentimiento y a la vez perdón de pecados, anunciamos dolor por sus pecados, pero la esperanza que Cristo vendrá a un día a quitar todo mal de nuestras vidas. Hasta que todos lleguemos a la aunidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo. Amén.
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