UN PADRE COMPASIVO
FAMILIAS FELICES • Sermon • Submitted • Presented
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· 11 views"Dios no nos paga como merecemos; nos trata como un Padre tierno y compasivo. El Salmo 103 nos enseña a recibir Su misericordia y a reflejarla en nuestras familias."
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INTRODUCCION
INTRODUCCION
Imagina por un momento al rey David. Ya no es el pastorcito que tocaba el arpa en el campo, ahora es un hombre con cicatrices, con batallas ganadas y también con derrotas dolorosas. Tiene en su memoria los años de persecución, sus pecados, sus errores de padre, sus victorias como rey, sus lágrimas en la soledad… y en medio de todo eso, abre su boca y empieza a hablar.
Pero no habla primero a su pueblo ni a su ejército. Se habla a sí mismo. Le predica a su propia alma:
“Bendice, alma mía, a Jehová, y no olvides ninguno de sus beneficios.”
Es como si David dijera: “¡Alma mía, despierta! ¡Recuerda! No te olvides de lo que Dios ha hecho por ti.”
Y comienza a hacer memoria. Tal vez recuerda aquel día de su juventud en el valle de Ela, cuando todos temblaban ante Goliat, y él, con una simple honda, confió en el nombre de Jehová de los ejércitos y derribó al gigante. Dios me dio la victoria cuando nadie apostaba por mí.
O quizás viene a su mente aquella larga temporada huyendo de Saúl, escondido en cuevas, con hambre, con miedo, rodeado de hombres cansados. Y aun allí, Dios me guardó, me protegió y no dejó que el enemigo me destruyera.
Tal vez recuerda también las horas más oscuras de su vida: cuando cayó en pecado con Betsabé, cuando mandó a matar a Urías, cuando el profeta Natán lo confrontó con dureza. “Pequé contra Jehová”, tuvo que confesar. Y aun así, Dios me perdonó, me levantó del polvo, aunque no me ahorró las lágrimas ni las consecuencias.
Quizá recuerda el dolor de ser padre: la rebeldía de Absalón, el hijo que se levantó contra él, el hijo al que lloró con el corazón desgarrado diciendo: “¡Hijo mío Absalón, quién me diera morir yo en tu lugar!” Y entre sollozos, entendió que aun en la paternidad quebrada, Dios era compasivo con él.
David había probado la gloria de las victorias, pero también la vergüenza de los fracasos. Había visto la fidelidad de Dios cuando todo parecía perdido, y había experimentado el perdón de Dios cuando más hundido estaba. Y en medio de esos recuerdos, se predica a sí mismo:
“Dios me perdonó, Dios me sanó, Dios me rescató de la muerte, Dios me coronó de amor y misericordia, Dios renovó mis fuerzas cuando ya no podía más.”
Después, David levanta la mirada a su pueblo y les recuerda: “No olviden que Dios también ha sido compasivo con nosotros como nación. No nos castigó como merecíamos, nos sacó de Egipto, nos perdonó cuando nos rebelamos, nos trató como un padre paciente trata a sus hijos.”
Y finalmente, como si la emoción ya no le cupiera en el pecho, David convoca a los ángeles, al universo entero, a toda la creación y dice:
“¡Bendigan todos al Señor, porque su misericordia es eterna!”
En ese torrente de gratitud aparece uno de los retratos más tiernos y hermosos de Dios en toda la Biblia:
“Como el padre se compadece de los hijos, se compadece Jehová de los que le temen. Porque Él conoce nuestra condición; se acuerda de que somos polvo.”
Qué imagen tan poderosa: Dios, el Creador del universo, el Todopoderoso, no nos mira con desprecio por nuestra fragilidad, sino con ternura. Él sabe que somos polvo, pero nos trata con compasión.
Y aquí está nuestra pregunta para hoy: ¿Qué significa para nosotros vivir bajo la compasión de Dios, y cómo podemos reflejar esa compasión en nuestras familias?
Punto I – Un Dios que no nos trata como merecemos (Salmo 103:8–12)
Punto I – Un Dios que no nos trata como merecemos (Salmo 103:8–12)
El salmista escribe:
Salmo 103:8–12 "8 Misericordioso y clemente es Jehová; Lento para la ira, y grande en misericordia. 9 No contenderá para siempre, Ni para siempre guardará el enojo. 10 No ha hecho con nosotros conforme a nuestras iniquidades, Ni nos ha pagado conforme a nuestros pecados. 11 Porque como la altura de los cielos sobre la tierra, Engrandeció su misericordia sobre los que le temen. 12 Cuanto está lejos el oriente del occidente, Hizo alejar de nosotros nuestras rebeliones."
David no está hablando en teoría, está hablando desde su propia experiencia.
Estas palabras son un eco de lo que Dios mismo reveló a Moisés en el monte Sinaí:
“¡Jehová, Jehová, fuerte, misericordioso y piadoso; tardo para la ira y grande en misericordia y verdad!” (Éx. 34:6).
Ese mismo Dios que fue paciente con Israel en el desierto, que perdonó a un pueblo rebelde, es el mismo que ahora David reconoce como paciente y compasivo con él.
Y entonces lanza una de las verdades más liberadoras de toda la Escritura:
“No ha hecho con nosotros conforme a nuestras iniquidades, ni nos ha pagado conforme a nuestros pecados.” (v.10)
Hermanos, ¡qué declaración más liberadora!
Dios no nos trata como solemos tratarnos unos a otros.
La gente recuerda tu error, Dios dice: “Yo lo he borrado.” (Is. 43:25)
La gente te pasa factura, Dios dice: “El acta fue clavada en la cruz.” (Col. 2:14)
La gente te etiqueta por tu pasado, Dios dice: “Eres mi hijo amado.” (1 Jn. 3:1)
David sabía lo que era cargar culpa. Sabía lo que era llorar noches enteras por su pecado con Betsabé, por la muerte de Urías, por el dolor de Absalón. Pero también sabía lo que era oír del profeta Natán: “Dios ha perdonado tu pecado.” (2 Sam. 12:13).
Nosotros olvidamos rápido. Seguimos viviendo como si los pecados fueran una sombra eterna sobre nosotros. Caminamos con una mochila llena de culpas pasadas, repitiendo oraciones de perdón por cosas que Dios ya perdonó hace años.
Por eso David no le predica primero a su ejército ni a su pueblo. Se predica a sí mismo:
“Bendice, alma mía, a Jehová, y no olvides ninguno de sus beneficios.” (v.2)
Es como si se dijera:
“David, despierta. No olvides que Dios te perdonó. No olvides que te sanó. No olvides que te rescató de la muerte. No olvides que te coronó de amor y misericordia.”
Y eso mismo necesitamos hacer nosotros: predicarnos a nuestra alma.
Para que no quedara duda, David usa imágenes fuertes:
“Porque como la altura de los cielos sobre la tierra, engrandeció su misericordia.” (v.11)
La misericordia de Dios es tan alta que no podemos medirla.
“Cuanto está lejos el oriente del occidente, hizo alejar de nosotros nuestras rebeliones.” (v.12)
¿Por qué no norte y sur? Porque esos se encuentran en los polos. Oriente y occidente nunca se cruzan. Así de lejos está nuestro pecado de nosotros cuando Dios nos perdona.
Otros pasajes lo confirman:
“Él echará en lo profundo del mar todos nuestros pecados.” (Miq. 7:19).
“No me acordaré más de tus pecados.” (Jer. 31:34).
Dios no tapa el pecado. Dios no lo archiva. Dios lo separa para siempre, y lo sella con la sangre de Cristo.
Aplicacion
Aplicacion
Imagina a un niño que rompe un vaso en casa. El ruido despierta a todos, el agua se derrama, los pedazos de vidrio están por el piso. El niño se paraliza, sabe que se metió en problemas.
El padre tiene dos opciones:
Puede gritarle: “¡Siempre lo mismo! ¡Nunca cambias!”
O puede acercarse, abrazarlo y decir: “Lo importante es que no te lastimaste. Vamos a limpiar esto juntos.”
El vaso roto sigue ahí. La consecuencia existe. Pero la forma de tratar la falta cambia todo.
Así actúa Dios con nosotros. No nos grita por cada vaso roto de nuestra vida. Nos abraza, nos limpia y nos dice: “Sigues siendo mi hijo. Vamos a levantarnos otra vez.”
En nuestros hogares siempre habrá “vasos rotos”: errores, discusiones, palabras duras.
La pregunta no es si habrá fallas, la pregunta es: ¿cómo las vamos a tratar?
Cuando tu cónyuge falla, ¿lo tratas como merece o como Dios te trató a ti?
Cuando tu hijo desobedece, ¿solo le recuerdas su error, o también le muestras compasión y restauración?
Cuando hay una discusión en casa, ¿traes de vuelta las ofensas del pasado, o las alejas como Dios alejó las tuyas?
Una familia feliz no es la que nunca se equivoca, es la que aprende a tratarse con la compasión de Dios.
Hermanos, David nos recuerda que Dios es misericordioso, lento para la ira, que no nos paga como merecemos y que aleja nuestro pecado hasta donde nunca más pueda alcanzarnos.
Esa es la compasión del Padre.
Y si Él nos trata así, ¿no deberíamos tratarnos nosotros de la misma manera en nuestras familias?
Por eso hoy quiero invitarte a hacer lo mismo que hizo David: hablarle a tu alma.
Dile conmigo, en voz alta si quieres:
“Bendice, alma mía, a Jehová, y no olvides ninguno de Sus beneficios.”
Punto 2 – Un Padre que entiende nuestra fragilidad (Salmo 103:13–14)
Punto 2 – Un Padre que entiende nuestra fragilidad (Salmo 103:13–14)
Salmo 103:13–14 "13 Como el padre se compadece de los hijos, Se compadece Jehová de los que le temen. 14 Porque él conoce nuestra condición; Se acuerda de que somos polvo."
El salmista continúa y nos da una de las imágenes más tiernas de toda la Biblia: “Como el padre se compadece de los hijos, se compadece Jehová de los que le temen. Porque Él conoce nuestra condición; se acuerda de que somos polvo.”
Aquí David cambia de metáfora.
Ya no habla de la altura del cielo ni de la distancia del oriente al occidente.
Ahora nos habla de algo que todos podemos entender: la relación de un padre con su hijo. Y nos dice: Así es Dios contigo.
No es un juez frío que solo espera que te equivoques para castigarte. No es un policía con un cuaderno de multas. No es un maestro duro que solo quiere ver tus errores.
Es un Padre que se compadece. Un Padre que mira a su hijo, conoce su fragilidad y, en lugar de aplastarlo, lo levanta con ternura.
David mismo conocía el dolor de ser padre. Conocía la rebeldía de Absalón, conocía la vergüenza de ver a sus hijos cometer errores.
Tal vez mientras escribía este salmo, recordaba que, aun en medio de sus propios fracasos como padre, él había experimentado a un Dios que no lo desechó, sino que se compadeció de él.
Pero hay algo más: el texto dice que Dios se compadece “de los que le temen.”
Y aquí no se trata de un miedo paralizante, sino de reverencia, respeto, un corazón humilde que reconoce quién es Dios. Es como un hijo que respeta a su padre no porque le tiene terror, sino porque lo ama y lo honra.
La compasión de Dios está reservada para los que se acercan a Él con un corazón humilde, para los que se arrepienten, para los que confían en Él. Y hermanos, esto es importante decirlo: no todos experimentan la compasión de Dios. Hay quienes endurecen su corazón, quienes viven de espaldas a Él. Pero a los que se humillan, a los que le temen, a esos Dios los trata con una ternura indescriptible.
Ahora pensemos en nuestra familia. Una familia feliz no es aquella donde nunca hay errores, sino aquella donde aprendemos a tener compasión los unos de los otros. Así como un padre se compadece de su hijo cuando se cae, cuando se asusta, cuando mete la pata, así también necesitamos nosotros compadecernos en casa.
Porque muchas veces la tentación en el hogar es endurecernos. Cuando tu hijo falla otra vez, cuando tu esposa repite un error, cuando tu esposo no cumple lo prometido, lo fácil es decir: “Siempre lo mismo, nunca cambias.” Pero la Palabra nos invita a recordar: Dios se compadece de mí, y yo debo aprender a compadecerme de los míos.
Un hogar no se construye con perfección, sino con misericordia. No se sostiene con frialdad, sino con compasión. Una familia feliz no es la que nunca se equivoca, sino la que sabe volver a Dios, pedir perdón, reconciliarse y seguir adelante.
Piénsalo un momento: ¿qué ambiente habría en tu casa si el trato entre ustedes fuera siempre así?
Si en lugar de responder con enojo, hubiera paciencia. Si en lugar de guardar rencores, hubiera perdón. Si en lugar de levantar muros, levantáramos los caídos.
Eso es lo que hace Dios con nosotros. Y ese es el modelo que debemos imitar.
Un Amor que nunca se rinde (Salmo 103:14–19)
Un Amor que nunca se rinde (Salmo 103:14–19)
Salmo 103:14–19 "14 Porque él conoce nuestra condición; Se acuerda de que somos polvo. 15 El hombre, como la hierba son sus días; Florece como la flor del campo, 16 Que pasó el viento por ella, y pereció, Y su lugar no la conocerá más. 17 Mas la misericordia de Jehová es desde la eternidad y hasta la eternidad sobre los que le temen, Y su justicia sobre los hijos de los hijos; 18 Sobre los que guardan su pacto, Y los que se acuerdan de sus mandamientos para ponerlos por obra. 19 Jehová estableció en los cielos su trono, Y su reino domina sobre todos."
David nos revela la razón de esta compasión divina: “Porque Él conoce nuestra condición; se acuerda de que somos polvo.”
Qué frase tan llena de ternura. Dios no se compadece de ti porque le das lástima, sino porque te conoce. Sabe exactamente de qué estás hecho. Conoce tu estructura, tu fragilidad, tu límite. Él fue quien te formó del polvo de la tierra y sopló aliento de vida en ti (Génesis 2:7). Y como buen Creador, entiende cómo funciona lo que creó.
Las personas muchas veces nos juzgan sin conocer toda nuestra historia. Nos ven fallar y dicen: “Ese no cambia.” Pero Dios conoce cada detalle de tu vida: tu carácter, tu temperamento, tus heridas, tu trasfondo, tus luchas. Él sabe por qué tropiezas donde tropiezas. Y lejos de usar eso para condenarte, lo usa para compadecerse de ti.
Piénsalo: el salmo dice que “se acuerda que somos polvo.” El polvo es lo más frágil, lo más pequeño, lo que se vuela con un soplo. Eso somos tú y yo delante del Eterno. Y sin embargo, no nos trata con desprecio, sino con ternura. El Creador del universo nos mira en nuestra debilidad y nos trata como un Padre amoroso.
Y aquí el Evangelio resplandece aún más: porque Dios no solo se acordó de que éramos polvo, sino que Él mismo se hizo polvo en Cristo Jesús. El Hijo eterno se hizo hombre, tomó carne, experimentó hambre, cansancio, tentaciones. Hebreos 4:15 lo dice con fuerza: “No tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado.” Cristo no se limitó a observar nuestra fragilidad desde lejos; la vivió, la cargó, la sufrió. Y por eso puede compadecerse de nosotros de una manera perfecta.
Y aquí viene la aplicación para nuestra familia. Si Dios, que es perfecto, trata con ternura a criaturas tan frágiles como nosotros, ¿cómo no habríamos de tratar con ternura a los nuestros? Padres, ¿recuerdan que sus hijos también son polvo?
Es decir, que son frágiles, que se equivocan, que se cansan, que tienen luchas que ustedes a veces no ven. Madres, esposos, esposas: también tu pareja es polvo. No es perfecta, es débil, y necesita de tu compasión.
Qué distinto sería el ambiente en casa si recordáramos esto cada día. En lugar de exigir perfección imposible, trataríamos con misericordia. En lugar de reaccionar con enojo, nos detendríamos a decir: “Es polvo, como yo lo soy, y necesita gracia, como yo la necesito.”
David termina el salmo mirando hacia adelante: “Mas la misericordia de Jehová es desde la eternidad hasta la eternidad sobre los que le temen, y su justicia sobre los hijos de los hijos.” (v.17).
¿Lo ves?
La compasión de Dios no es solo para hoy. Es eterna.
Es para ti, para tus hijos, para tus nietos.
Es una herencia que puedes dejar si aprendes a vivir y a transmitir esa compasión en tu hogar.
En pocas palabras, hermanos: Dios se compadece porque nos conoce.
Porque sabe que somos frágiles. Porque nos ama eternamente. Y porque en Cristo decidió abrazar nuestra debilidad para levantarnos con su gracia.
Conclusión y aplicación final
Conclusión y aplicación final
Hermanos, después de recorrer este hermoso pasaje, ¿qué nos queda?
El Salmo 103 nos ha recordado tres cosas:
La compasión de Dios es real y constante. No nos paga como merecemos, aleja nuestros pecados hasta donde nunca más puedan alcanzarnos.
La compasión de Dios está dirigida a quienes le temen. Como un padre que entiende la fragilidad de sus hijos, así nos trata Él.
La compasión de Dios se explica en que Él nos conoce. Él sabe que somos polvo, frágiles, limitados, y aun así nos ama con amor eterno.
Y ahora la pregunta es: ¿cómo vamos a responder a esta compasión?
No basta con admirarla desde lejos. No basta con decir: “Qué lindo es Dios.”
Esta compasión debe transformar la manera en que vivimos y, sobre todo, la manera en que tratamos a los nuestros.
Familias felices no son las que nunca fallan. Familias felices son aquellas que han aprendido a reflejar la compasión de Dios en sus relaciones.
— Esposos que, en lugar de devolver mal por mal, saben perdonar y empezar de nuevo.
— Esposas que, en lugar de guardar rencor, saben cubrir en amor.
— Padres y madres que no se olvidan de que sus hijos son polvo, frágiles, necesitados de paciencia y ternura.
— Hijos que, al ver los defectos de sus padres, recuerdan que también ellos necesitan gracia.
Hermanos, si nuestras casas se convierten en lugares de compasión, nuestras familias serán oasis de la presencia de Dios. Y si nuestras familias viven así, nuestra iglesia brillará como un testimonio vivo del amor del Padre.
Por eso, en este día, quiero invitarte a hacer un compromiso delante de Dios.
Que cada uno de nosotros le diga al Señor: “Así como Tú has tenido compasión de mí, yo quiero tener compasión en mi casa. Así como Tú alejas mis pecados, yo quiero aprender a alejar las ofensas y no traerlas de vuelta. Así como Tú recuerdas que soy polvo, yo quiero recordar la fragilidad de mi familia y tratarla con ternura.”
Llamado
Llamado
Iglesia, este es el momento de hablarle a nuestra alma, como David lo hizo.
Te invito a que cierres tus ojos y que digas en voz alta conmigo:
👉 “Bendice, alma mía, a Jehová, y no olvides ninguno de sus beneficios.”
No lo digas como una repetición mecánica, dilo como una decisión de fe.
Dilo para recordarle a tu corazón que Dios ha sido bueno contigo.
Dilo para decidir que tú también vas a reflejar esa bondad en tu hogar.
Oració
Oració
Padre celestial, gracias por tu compasión inmensa. Gracias porque no nos tratas como merecemos, porque alejas nuestro pecado tan lejos como el oriente del occidente, porque nos recuerdas que somos polvo y nos rodeas de ternura.
Señor, enséñanos a vivir con esa misma compasión en nuestras familias. Que en nuestros hogares no reine la ira, ni el orgullo, ni la amargura, sino tu misericordia. Que aprendamos a perdonar, a comenzar de nuevo, a tratarnos con paciencia y con amor.
Haz de cada casa aquí representada un reflejo de tu corazón. Haz de nuestras familias familias felices, no porque no fallen, sino porque saben perdonar y volver a abrazarse.
Y que cuando el mundo nos mire, vea en nosotros la compasión de Cristo, el Hijo que se hizo polvo para salvarnos, y que vive para siempre como nuestro intercesor.
En el nombre de Jesús, nuestro Salvador y nuestro ejemplo, oramos.
Amén.
