Cilantro y perejil.

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Cuando era pequeño, era un niño curioso, lleno de preguntas. Muchas de ellas no tenían respuesta y otras, con el tiempo, se fueron resolviendo. Por ejemplo, recuerdo que me di cuenta de que los adultos, al hablar, dejaban un pequeño espacio entre palabra y palabra. Entonces me pregunté: ¿sería posible que una segunda persona dijera algo entre cada palabra que dice la persona uno, de manera que nunca hubiera silencios y la conversación no tuviera que detenerse? Sí… lo sé, no tiene mucho sentido, pero eso era lo que pensaba.
En ese mismo tiempo había otra pregunta que me resultaba aún más difícil de responder, sobre todo cada vez que me mandaban a la tienda: ¿cuál es la diferencia entre cilantro y perejil? Cada vez que me encargaban algo para que mi mamá pudiera cocinar o terminar el almuerzo, iba todo el camino hacia la tienda repitiendo una y otra vez lo que me habían pedido: “cilantro, cilantro, cilantro, cilantro…” Lo hacía al ritmo de mis pasos, o al golpeteo de mi rodilla contra la botella plastica de Coca-Cola vacía que llevaba para devolver. Sin embargo, justo al llegar a la tienda, me paralizaba: no podía distinguir cuál era cuál.
Ambas eran ramas verdes, pequeñas, usadas en la cocina. Tenía el conocimiento básico de lo que me habían pedido, pero no la experiencia suficiente para saber que el cilantro huele a cilantro, sabe a cilantro y se ve como cilantro… mientras que el perejil no. Hoy lo sé, pero aun así, cuando voy al supermercado, necesito acercar la ramita a mi nariz, o incluso probarla, porque a simple vista la forma no siempre se distingue. Y para complicarlo más, en Estados Unidos ni siquiera se llaman igual.
La lección es esta: puedes tener la teoría de algo, pero si no tienes la experiencia, nunca lo conocerás plenamente.
Algo así es precisamente lo que veremos hoy en el kerigma que tenemos por delante. Acompáñame a leer Marcos 4:35-41.
Mark 4:35–41 “Al atardecer, Jesús dijo a sus discípulos: «Crucemos al otro lado del lago». Así que dejaron a las multitudes y salieron con Jesús en la barca (aunque otras barcas los siguieron). Pronto se desató una tormenta feroz y olas violentas entraban en la barca, la cual empezó a llenarse de agua. Jesús estaba dormido en la parte posterior de la barca, con la cabeza recostada en una almohada. Los discípulos lo despertaron: «¡Maestro! ¿No te importa que nos ahoguemos?», gritaron. Cuando Jesús se despertó, reprendió al viento y dijo a las olas: «¡Silencio! ¡Cálmense!». De repente, el viento se detuvo y hubo una gran calma. Luego él les preguntó: «¿Por qué tienen miedo? ¿Todavía no tienen fe?». Los discípulos estaban completamente aterrados. «¿Quién es este hombre? —se preguntaban unos a otros—. ¡Hasta el viento y las olas lo obedecen!».”
De la misma manera en que yo tenía la teoría acerca del cilantro y el perejil, pero no la práctica suficiente para distinguirlos sin confundirme, los discípulos también habían recibido algunas lecciones teóricas sobre quién era Jesús, cómo es el reino de Dios y otros aspectos de su fe. Sin embargo, ahora había llegado el momento de pasar a la práctica, para que pudieran afianzar lo aprendido y dominar la lección.
Comencemos analizando el pasaje que tenemos delante. La semana pasada concluimos la sección titulada “Parábolas del reino”. Ahora entramos en una nueva parte, igualmente importante. En esta sección, Marcos registra lo que probablemente sea el testimonio directo de Pedro acerca de los milagros de Jesús. Pero no se trata de milagros comunes; son milagros que revelan claramente la autoridad de Jesús.
Cuando leemos la Biblia, los detalles son muy importantes. Recuerda lo que aprendimos cuando Reynaldo predicó: en la cultura judía de hace dos mil años, el número cuatro representaba plenitud, algo completo, listo para usarse y en buen estado. Por ejemplo, un perro con cuatro patas, una vaca con cuatro patas, una mesa con cuatro patas, un año con cuatro estaciones, etc.
Por eso, es muy posible que el autor de este evangelio haya agrupado los kerigmas en series de cuatro: primero, cuatro parábolas sobre el reino para mostrar que el mensaje del reino era completo; y ahora, cuatro relatos de los milagros de Jesús, que iremos viendo poco a poco. Hoy comenzaremos con el primero de ellos.
“Al atardecer…” Estas dos palabras son muy significativas porque nos regresan al contexto en el que todo sucedió. Jesús había pasado todo el día predicando a una gran multitud y ahora había llegado la tarde. Es crucial que pongamos atención a este detalle, porque lo que estamos leyendo no es un cuento de hadas. Tampoco es como esas películas que dicen “basado en hechos reales”. No. Aquí estamos frente al relato verídico de un testigo presencial de lo que ocurrió aquella noche. En tiempos de Jesús, la vida cotidiana estaba muy marcada por la luz natural, porque no había electricidad. Así que cuando Marcos dice “Al atardecer”, probablemente eran las últimas horas de luz antes de que oscureciera completamente —lo que hoy sería entre las 6 y las 7 de la tarde, dependiendo de la época del año.
“Jesús dijo a sus discípulos: «Crucemos al otro lado del lago». Así que dejaron atrás a las multitudes y partieron con Él en la barca, aunque otras barcas los siguieron.”
Este detalle es importante: después de un día agotador de ministerio, Jesús dice a sus discípulos —entre los cuales había pescadores que conocían ese lago muy bien— que crucen posiblemente hacia la región de Gadara.
El mar de Galilea es más largo que ancho (MOSTRAR FOTO). El trayecto de Capernaúm a Gadara, en condiciones normales, usando la pequeña vela de esos botes y aprovechando un buen viento junto con los remos, podía tomar al menos dos horas. Sin embargo, si la embarcación dependía únicamente de la fuerza de los remos, el viaje podía extenderse hasta unas cuatro horas.
“Pronto se desató una tormenta feroz, y olas violentas entraban en la barca, la cual comenzó a llenarse de agua.”
El llamado “mar de Galilea” es, en realidad, un lago, y es un lago único en el mundo. Se trata del lago situado a mayor profundidad con respecto al nivel del mar: aproximadamente 200 metros (650 pies) por debajo. (MOSTRAR FOTO).
Debido a que el mar de Galilea no es más que una gran depresión geográfica, se convierte en el escenario perfecto para la formación de “mega tormentas”. Esto ocurre cuando el aire caliente que viene desde el mar Mediterráneo se encuentra con el aire frío que se asienta sobre la superficie del lago.
Si alguna vez has estado en un lago grande, sabes que es común sentir una brisa fresca en la orilla. Ahora imagina un lago que puede tomar más de cuatro horas cruzar en bote. La cantidad de aire que circula en esa depresión geográfica es inmensa, y por eso el clima puede cambiar de forma repentina, incluso más rápido de lo que ocurre en Nebraska.
En la NTV se traduce como “tormenta feroz”, pero en el griego original se usa la expresión “mega lailaps” (μεγάλη λαῖλαψ). Y sí, la palabra mega en griego significa exactamente lo mismo que en español: algo extremadamente grande, enorme, impresionante. (MOSTRAR VIDEO)
“Jesús estaba dormido en la parte posterior de la barca, con la cabeza recostada en una almohada.”
Algunos han llegado a cuestionar este pasaje preguntándose: ¿cómo es posible que Jesús durmiera en tales condiciones? Sin embargo, piensa en esto: ¿alguna vez has estado tan, pero tan cansado que, al acostarte, pareciera que entraste en un “coma” de sueño? Te sientas a ver la televisión a las 8:00 p.m., y cuando reaccionas, son las 4 de la mañana y la pantalla solo muestra comerciales. Cuando una persona está verdaderamente agotada, su cuerpo necesita “desconectarse” para recuperar fuerzas.
Por eso, lejos de ser un argumento para desacreditar la historia, este pasaje es profundamente relevante para nosotros como cristianos. Aquí se nos muestra lo que los teólogos llaman la unión hipostática de Cristo: la manifestación de las dos naturalezas de Jesús, quien es totalmente humano y totalmente Dios.
Nuestro Señor fue tan humano que, después de predicar todo el día bajo el sol, se quedó profundamente dormido. Tal vez alguien piense que predicar no debería ser tan cansado, pero déjame decirte: la predicación es una de las tareas más demandantes para un ser humano. En ella se pone el corazón, el alma y todas las fuerzas para comunicar la Palabra de Dios. Personalmente, creo que, al ser usados por Dios como un “megáfono”, los predicadores experimentan un gran desgaste físico y espiritual.
Así que sí, Jesús estaba cansado y dormía profundamente porque fue totalmente humano: tan humano como tú y como yo.
“Los discípulos lo despertaron: «¡Maestro! ¿No te importa que nos ahoguemos?», gritaron.”
Detengámonos un momento aquí. Imagina la clase de tormenta que tuvieron que enfrentar estos hombres para llegar a ese punto. No olvidemos que muchos de ellos eran pescadores experimentados, acostumbrados a lidiar con el mar y sus peligros. Sin embargo, esta tormenta fue tan intensa que incluso ellos sintieron que la muerte estaba a la puerta.
Y en medio de esa desesperación, despertaron a Jesús, pero no con un ruego humilde de auxilio, sino con un reclamo cargado de enojo y desesperación. Fue casi como decirle: “¡Estamos a punto de morir y tú ahí echado sin hacer nada! ¡Haz algo!”
¿No es cierto que muchas veces reaccionamos igual? En situaciones de presión o angustia, estallamos en enojo. Como suele decirse, “primero pegamos y después averiguamos”. Tal vez, después de todo, no seamos tan distintos de aquellos doce.
“Cuando Jesús se despertó, reprendió al viento y dijo a las olas: «¡Silencio! ¡Cálmense!». De repente, el viento se detuvo y hubo una gran calma.”
Ahora bien, observa la diferencia. Cuando Jesús despierta, no reacciona como los discípulos. Ellos lo atacaron con un reclamo desesperado, pero Él, en lugar de devolverles el reproche, se dirige directamente al viento y a las olas.
Aquí hay un detalle muy interesante: la palabra que Marcos usa para “reprendió” es el término griego epitimaō (ἐπετίμησεν). Esa misma palabra se utiliza en los evangelios para describir cómo Jesús reprendía a los demonios. No significa que el mar y las olas estuvieran bajo control demoníaco, sino que Marcos quiere mostrarnos que, tanto ante los poderes espirituales invisibles como ante la creación visible, Jesús ejerce la misma autoridad.
Si unos versículos antes vimos su total humanidad —un Jesús cansado, dormido sobre una almohada—, aquí presenciamos su total divinidad. Él es el Rey soberano. Ante su voz, tanto los demonios (lo invisible) como la creación (lo visible) se rinden y obedecen.
La misma voz que en el principio dijo: “¡Que haya luz!”, y la luz fue hecha (Génesis 1:3), es la voz que ahora ordena al mar y al viento guardar silencio. Y lo asombroso es que en el instante mismo en que Jesús habló, la creación respondió con obediencia perfecta: se produjo lo que Marcos describe como una “mega calma” (megá galḗnē – μεγάλη γαλήνη).
No es casualidad que Marcos usara esa expresión tan enfática. Con toda probabilidad, fue Pedro mismo —testigo ocular de aquel momento— quien le relató con esa intensidad lo que sucedió después de escuchar las palabras del Maestro.
“Luego él les preguntó: «¿Por qué tienen miedo? ¿Todavía no tienen fe?».”
Después de haber “reprendido” a la creación, Jesús se vuelve hacia sus discípulos y les dice: “¿Por qué tienen miedo? ¿Todavía no tienen fe?” ¡Este es el centro del pasaje! ¡A esto es exactamente a lo que Jesús quería llevarlos desde el primer momento!
Los discípulos ya habían visto a Jesús hacer milagros, confrontar a los líderes religiosos y explicar verdades profundas acerca del reino de Dios, pero aun así tenían miedo, y todavía no tenían fe.
Ahora, entiendo lo del miedo. El miedo lo traemos “de fábrica”; viene por defecto en nosotros. El miedo es esa sensación de que algo puede hacernos daño y forma parte de nuestro instinto de preservación: te impulsa a correr, a escapar, a ponerte a salvo. Podríamos decir, incluso, que en cierto sentido el miedo no es malo, sino bueno.
Pero la segunda pregunta de Jesús es la clave: “¿Todavía no tienen fe?” La misma pregunta deja claro que no, que aún no tenían fe. Entonces surge la una pregunta aún más profunda: ¿qué es la fe? ¿Cómo se obtiene? Para responder, debemos ir a las Escrituras, ya que ellas son nuestra norma suprema de “fe y conducta”. Solo ellas pueden definir con precisión lo que realmente significa “FE”.
En español (NTV), leemos:
“La fe muestra la realidad de lo que esperamos; es la evidencia de las cosas que no podemos ver.” (Hebreos 11:1)
El texto griego crítico dice:
Ἔστιν δὲ πίστις ἐλπιζομένων ὑπόστασις, πραγμάτων ἔλεγχος οὐ βλεπομένων.
Si desarmamos parte por parte, quedaría así:
Ἔστιν δὲ (estín dè) = “Ahora bien, es…”
πίστις (pístis) = “fe” (confianza, fidelidad, creencia firme).
ἐλπιζομένων (elpizómenōn) = “de las cosas esperadas” (del verbo elpízō = esperar con confianza).
ὑπόστασις (hypóstasis) = “fundamento, certeza, sustancia, realidad objetiva”.
πραγμάτων (pragmátōn) = “de las cosas, realidades”.
ἔλεγχος (élenchos) = “evidencia, prueba, convicción demostrada”.
οὐ βλεπομένων (ou blepoménōn) = “de las que no se ven” (cosas invisibles).
Si lo traducimos casi palabra por palabra, Hebreos 11:1 diría:
“La fe es la certeza (ὑπόστασις) de lo que se espera, la evidencia/convicción (ἔλεγχος) de realidades que no se ven.”
Justo como lo dice la Reina - Valera 1960: “Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve.”
Y eso, al parecer, los discípulos aún no lo tenían.
“Los discípulos estaban completamente aterrados. «¿Quién es este hombre? —se preguntaban unos a otros—. ¡Hasta el viento y las olas lo obedecen!».”
Debo confesar que esta es la parte del pasaje que más me divierte. Marcos vuelve a usar la palabra mega, pues describe que los discípulos tuvieron megán phobon (μέγαν φόβον): no solo miedo, sino una fobia, y no cualquiera, sino una mega fobia.
En la literatura antigua, esta expresión se usaba para describir lo que alguien sentía “al ver fantasmas” o “al llevarse un susto de muerte”. Así quedaron los discípulos al contemplar el poder de Jesús sobre la creación: aterrados y sobrecogidos, con un temor reverente frente a la grandeza de su Señor.
Ahora bien, después de considerar todo esto, debemos hacernos una pregunta: ¿cómo se aplica esto a mi vida?
Y creo, después de haber pasado tiempo con mi Señor, que Él no quiere que nos suceda lo mismo que a los discípulos… o incluso lo que me pasó a mí con el cilantro y el perejil. Dios no desea que estemos simplemente llenos de ideas o de conocimiento teórico; lo que Él quiere es que lo pongamos en práctica, para que podamos conocerlo de manera real y profunda.
Porque el centro de este pasaje no está en la tormenta, ni en el poder de Jesús sobre la creación que Él mismo formó, ni siquiera en el miedo de los discípulos. El corazón del pasaje es la falta de fe, la ausencia de certeza en el Señor, y cómo esa carencia afectó profundamente a quienes caminaban con Él.
Pero debemos ser muy claros en este punto: la fe es algo mucho más profundo y complejo de lo que muchos piensan. A menudo se malinterpreta. Algunos creen que, como la fe es “la certeza de lo que no se ve”, entonces si declaro con seguridad que “ya tengo una casa”, “ya tengo dinero” o “ya tengo salud”, el universo conspirará para darme lo que deseo. Incluso he escuchado frases como: “No debes pedirle a Dios o al universo que te dé las cosas; debes declararlas y ordenarlas para que lo que no es ya sea”. Y tristemente, no pocas iglesias han centrado toda su enseñanza en esa idea.
Pero, ¿es eso realmente la fe? ¡No! La fe no es un conjuro mágico ni una fórmula secreta que, si la recitamos correctamente, nos dará lo que queremos.
La fe es Cristo. La fe consiste en reconocer que somos pecadores, indignos de acercarnos a Dios; pero que, por amor, el Padre entregó a su Hijo, y por medio de la sangre preciosa del Mesías derramada en la cruz, ahora estamos en Cristo. Y si en verdad nos hemos arrepentido y rendido al Señor, ¡nada ni nadie podrá arrebatarnos de Su mano!
Las Escrituras lo afirma con poder:
“Y estoy convencido de que nada podrá jamás separarnos del amor de Dios. Ni la muerte ni la vida, ni ángeles ni demonios, ni nuestros temores de hoy ni nuestras preocupaciones de mañana, ni siquiera los poderes del infierno pueden separarnos del amor de Dios. Ningún poder en las alturas ni en las profundidades—de hecho, nada en toda la creación podrá jamás separarnos del amor de Dios que está revelado en Cristo Jesús nuestro Señor.” (Romanos 8:38–39)
Y por si fuera poco, la Biblia nos da una descripción perfecta de la fe en las palabras de Pablo:
“Mi antiguo yo ha sido crucificado con Cristo. Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí. Así que vivo en este cuerpo terreno confiando en el Hijo de Dios, quien me amó y se entregó a sí mismo por mí.” (Gálatas 2:20)
¡Esa es la fe! Fe es estar plenamente conscientes de que, pase lo que pase, estamos en Cristo. Y lo repito: pase lo que pase, estoy en Cristo, y Cristo está en mí.
La fe es estar seguro, tener la certeza absoluta de Cristo.
Por lo tanto, quiero que esta semana RECUERDES QUIÉN ES ÉL.
Cuando te pida que avances, RECUERDA QUIÉN ES ÉL. Cuando la tormenta golpee, RECUERDA QUIÉN ES ÉL. Cuando Él intervenga, RECUERDA QUIÉN ES ÉL.

1. Cuando te pida que avances, RECUERDA QUIÉN ES ÉL.

Quizá en tu vida Jesús te esté pidiendo que vayas con Él “al otro lado”, que avances, que lo sigas, aun cuando las circunstancias no parezcan prometedoras. Pero recuerda: si los discípulos no hubieran obedecido, jamás habrían llegado a Gadara, y los tres milagros siguientes que estudiaremos nunca habrían sucedido.
La obediencia es más importante que cualquier otra cosa:
“El obedecer es mejor que el sacrificio, y el prestar atención que la grasa de los carneros.” (1 Samuel 15:22)
Sí, puede que tengas desconfianza, temor, o incluso pienses que tu plan es mejor. Pero ¡recuerda quién es Él! ¡Ten fe! ¡Ten la certeza absoluta de que nunca te ha pedido ir a un lugar sin estar contigo!
El pasaje dice: “Crucemos al otro lado” (Marcos 4:35), no “vayan”. La promesa de Jesús es clara:
“Tengan por seguro esto: que estoy con ustedes siempre, hasta el fin de los tiempos.” (Mateo 28:20)
Él prometió nacer y lo hizo; prometió morir y así fue; prometió resucitar y así ocurrió; y ahora promete estar con nosotros todos los días… ¡y así es!
Dios no miente:
“Dios no es un hombre, por lo tanto, no miente. No es humano, por lo tanto, no cambia de parecer. ¿Acaso alguna vez habló sin actuar? ¿Alguna vez prometió sin cumplir?” (Números 23:19)
Así que, si hoy te está pidiendo dar un paso que no te da certeza, ¡hazlo! ¡Su gracia es suficiente! ¡Su gloria vale la pena! No tengas miedo, ten fe, recuerda quién es Él.

2. Cuando la tormenta golpea, RECUERDA QUIÉN ES ÉL.

A ninguno de nosotros nos gustan las tormentas. Pensamos que si nos portamos bien, todo debería salirnos bien. Creemos que la bonanza es señal del amor de Dios, y que los problemas significan que nos hemos alejado. ¡Pero no es así!
Las tormentas no siempre son para destrucción; muchas veces son para edificación. Fue gracias a esa tormenta que los discípulos descubrieron que aún no tenían fe ni certeza en Cristo.
Sin el cuchillo y el monte, Abraham nunca habría demostrado que amaba más a Dios que a su propio hijo (Génesis 22).
Sin la disposición de Sadrác, Mesác y Abed-Nego de ir al horno de fuego, Nabucodonosor jamás habría reconocido que “no hay otro dios que pueda rescatar de esta manera” (Daniel 3:29).
Así que, si estás en tormenta, no te desanimes. Esto puede ser parte del proceso de Dios para moldearte. Recuerda: aunque parezca dormido, ¡Jesús está en la barca!
“Dios es nuestro refugio y nuestra fuerza; siempre está dispuesto a ayudar en tiempos de dificultad.” (Salmo 46:1)
“El Señor mismo marchará delante de ti y estará contigo; no te fallará ni te abandonará. No tengas miedo ni te desanimes.” (Deuteronomio 31:8)
Cuando los discípulos gritaron: “¿No te importa que nos ahoguemos?” (Marcos 4:38), Jesús demostró que sí le importaba. Hermano, ¡deja de jugar a la víctima! ¿De verdad crees que no le importas? Dios entregó a su único Hijo en la cruz para salvarte (Juan 3:16). ¡Claro que le importas!
Eso no significa que te librará de todo problema. Muchas veces, los problemas son justamente el horno donde Dios nos moldea a la imagen de Cristo.

3. Cuando intervenga, RECUERDA QUIÉN ES ÉL.

Dios, a su debido tiempo, hará lo que quiera, cuando quiera y como quiera. Y cuando lo haga, tu deber será no haber olvidado quién es Él.
De lo contrario, te pasará como a los fariseos: lo tuvieron frente a ellos y no lo reconocieron.
Cuando Dios calme la tormenta, o incluso cuando permita que tu barco se hunda para que sueltes ese barco que sólo era un ídolo, recuerda quién es Él. Cuando te rescate del peligro o te acompañe en medio del fuego, recuerda quién es Él.
Recuerda que Él es:
Rey de reyes y Señor de señores (Apocalipsis 19:16)
El Buen Pastor (Juan 10:11)
El Camino, la Verdad y la Vida (Juan 14:6)
La Luz del mundo (Juan 8:12)
El Pan de vida (Juan 6:35)
El Alfa y la Omega, el Todopoderoso (Apocalipsis 1:8)
El Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (Juan 1:29)
El Salvador del mundo (Lucas 2:11)
El Mediador entre el Padre y los Hombre (1 Timoteo 2:5)
El Amigo fiel (Juan 15:15)
El León de Judá (Apocalipsis 5:5)
El Protector (2 Tesalonicenses 3:3)
El Príncipe de paz (Isaías 9:6)
La Resurrección y la Vida (Juan 11:25)
Pase lo que pase —cuando te llame a avanzar, cuando la tormenta te golpee, o cuando Él intervenga— recuerda siempre quién es Él.
Llegamos al momento en que pasamos de la teoría a la práctica. Si hoy el Señor te mostró que, como con el cilantro y el perejil, sabías “algo” de memoria pero te faltaba experiencia viva con Cristo, este es tu momento. Jesús calmó una mega tormenta con una sola palabra; hoy puede traer gran calma a tu corazón.
1) Si aún no estás en Cristo
Hoy es el día de correr a Jesús.
“Arrepiéntanse de sus pecados y vuelvan a Dios, para que sus pecados sean borrados.” (Hechos 3:19) “Si declaras abiertamente que Jesús es el Señor y crees en tu corazón que Dios lo levantó de los muertos, serás salvo.” (Romanos 10:9)
Da el paso ahora: reconoce tu pecado, cree en Cristo, entrégale tu vida. Ven al frente mientras cantamos, o levanta tu mano y uno de los ancianos orará contigo. Hoy puedes salir en paz con Dios.
“A todos los que creyeron en él y lo recibieron, les dio el derecho de llegar a ser hijos de Dios.” (Juan 1:12)
2) Si estás en tormenta
Trae tu carga al Señor.
“Vengan a mí todos los que están cansados y llevan cargas pesadas, y yo les daré descanso.” (Mateo 11:28) “Pongan todas sus preocupaciones y ansiedades en las manos de Dios, porque él cuida de ustedes.” (1 Pedro 5:7)
“No se preocupen por nada; en cambio, oren por todo… Así experimentarán la paz de Dios.” (Filipenses 4:6–7)
3) Si Él te está pidiendo avanzar
Obedece sin demora.
“No solo escuchen la palabra de Dios; tienen que ponerla en práctica.” (Santiago 1:22) “Yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo.” (Mateo 28:20)
¿Qué paso de obediencia es hoy? Reconciliarte con alguien, bautizarte, unirte en membresía, servir, dar, compartir el evangelio, iniciar ese ministerio…
“Sé fuerte y valiente… porque el Señor tu Dios está contigo dondequiera que vayas.” (Josué 1:9)
“Y ahora, que el Dios de la esperanza los llene de todo gozo y paz porque confían en él, para que rebosen de esperanza por el poder del Espíritu Santo.” (Romanos 15:13)
Iglesia, esta semana… cuando te pida avanzar, cuando la tormenta golpee, y cuando Él intervenga: recuerda quién es Él.
ERES AMADO.
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