Idolos
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· 79 viewsUn sermón para jóvenes que aborda cómo el corazón humano es una fábrica de ídolos. A partir de ejemplos bíblicos y actuales, se desenmascaran cinco ídolos modernos: el entretenimiento, el dinero, las ideologías, el sexo y el ego. El mensaje muestra cómo estos falsos dioses esclavizan y nunca cumplen lo que prometen, y cómo solo Jesucristo rompe la lógica de la idolatría, devolviéndonos nuestra verdadera identidad y libertad
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Introducción
Introducción
Hoy quiero hablarles de un tema que atraviesa toda la historia humana y que sigue siendo tan real en el siglo XXI como lo fue en los tiempos bíblicos: la idolatría. Y para comenzar, quiero citar a un hombre que vivió hace muchos siglos, quien dijo: “El corazón humano es una fábrica de ídolos”.
Cuando escuchamos esa frase quizás pensamos: “Eso no tiene que ver conmigo. Yo no me arrodillo ante imágenes de madera o de piedra, ni hago sacrificios en templos paganos”. Y es cierto, probablemente ninguno de nosotros anda construyendo estatuas para adorarlas. Pero la pregunta que quiero dejarles desde el inicio es esta: ¿qué ocupa el trono de tu corazón?
Porque la Biblia enseña claramente que el ser humano es adorador por naturaleza. No existe la neutralidad. No podemos vivir sin adorar algo o a alguien. Si no adoramos al Dios verdadero, inevitablemente terminamos rindiéndonos ante algún sustituto. Y esos sustitutos son lo que la Escritura llama “ídolos”.
Cuando Dios dio los diez mandamientos a su pueblo, lo primero que les dijo fue:(Éxodo 20:2-3). Es decir, antes de hablar de cualquier otra cosa, el Señor declaró: “Yo soy el único Dios, no pongas a nadie ni a nada en mi lugar”.
Ahora bien, cuando hablamos de ídolos no nos referimos solamente a estatuas. Un ídolo es todo aquello que ocupa el lugar de Dios en nuestra vida. Todo aquello en lo que depositamos nuestra confianza, nuestro tiempo, nuestro dinero, nuestra energía, nuestra identidad. Puede ser una persona, un objeto, una actividad, un proyecto, una emoción o incluso nosotros mismos.
Quiero que pienses en lo siguiente: ¿qué es lo primero que haces cuando te despiertas por la mañana? ¿Qué ocupa la mayor parte de tus pensamientos durante el día? ¿Qué cosa te da miedo perder porque sientes que sin eso estas incompleto… o peor aún, no valdría la pena vivir? Eso, aunque no lo digas con palabras, puede haberse convertido en tu ídolo.
Y lo más engañoso de todo es que los ídolos casi siempre son cosas buenas que Dios nos dio como bendiciones, pero que nosotros hemos distorsionado, convirtiéndolas en absolutos. El entretenimiento, el dinero, las ideologías, la sexualidad, nuestra propia imagen o ego… son regalos de Dios cuando se usan en su propósito, pero se transforman en ídolos cuando ocupan el lugar central que solo le pertenece a Él.
El apóstol Pablo, escribiendo a los romanos, les dijo que el gran pecado de la humanidad es que? (Romanos 1:23,25). Ese sigue siendo el drama humano: ponemos la creación en el lugar del Creador.
Y quiero ser muy directo con ustedes, porque esto está dirigido especialmente a los jóvenes. Los ídolos modernos ya no se encuentran solamente en templos antiguos o en ritos lejanos, sino en los lugares que ustedes y yo visitamos cada día.
Permítanme hacerles algunas preguntas que quizás incomoden un poco, pero que nos ayudan a examinar el corazón:
¿Cuántas veces hemos sentido que si no revisamos el celular, no existimos?
¿Cuántas veces hemos creído que tener más dinero nos dará verdadera seguridad?
¿Cuántas veces hemos defendido una ideología o un movimiento con más pasión de la que defendemos nuestra fe?
¿Cuántas veces hemos buscado en la sexualidad la satisfacción que solo Cristo puede dar?
¿Cuántas veces hemos hecho del yo, del ego, el centro de todo?
La idolatría no es un problema de otros. Es nuestro problema. Y por eso quiero invitarte hoy a que juntos desenmascaremos los ídolos modernos que esclavizan nuestra generación. Vamos a ver cómo funcionan, por qué prometen lo que nunca cumplen, y sobre todo, cómo Jesús rompe la lógica de los ídolos para darnos verdadera libertad.
Jóvenes, este no es un tema religioso abstracto. Es un tema de vida o muerte espiritual. La idolatría destruye tu presente y tu futuro porque roba tu identidad y deforma tu relación con Dios y con los demás. Pero la buena noticia es que el evangelio nos ofrece una salida: Cristo Jesús, quien es la imagen del Dios invisible, el único que merece adoración y que vino a liberarnos de la esclavitud de los falsos dioses.
Vamos a hablar de cinco grandes ídolos que dominan nuestra cultura: el entretenimiento, el dinero, las ideologías, el sexo y el ego. Y mientras los vayamos viendo, quiero que vayas examinando tu corazón, para que al final de este mensaje podamos decir juntos, con la iglesia primitiva: “Jesús es el Señor”.
El Ídolo del Entretenimiento
El Ídolo del Entretenimiento
El primer ídolo que quiero poner delante de ustedes es quizás el más cercano y el más normalizado de todos: el entretenimiento.
La palabra misma ya nos da una pista de lo que significa: La palabra "entretener" proviene del latín inter ("entre") y tenere ("tener" o "sostener"), lo que significa literalmente "tener entre" o "mantener entre". Su significado se refiere a la acción de mantener algo (como la mente) ocupado entre dos momentos, ya sea para distraer, divertir o aliviar.
¿Alguna vez han sentido que no pueden estar en silencio, que no soportan un momento sin música, sin videos, sin mirar el celular? Eso es porque el entretenimiento, cuando se convierte en un fin absoluto, no solo nos distrae, sino que nos domina.
En la antigüedad, las culturas expresaban sus ídolos a través de grandes monumentos. En Roma, el Coliseo mostraba la pasión por los espectáculos y la sangre. En Egipto, las pirámides reflejaban su obsesión con la muerte y la eternidad. En el Imperio Azteca, los templos gigantes revelaban su devoción a dioses que pedían sacrificios humanos. ¿Y qué hay de nuestra sociedad moderna? Basta con mirar nuestras ciudades: enormes estadios, gigantescos centros comerciales, torres de negocios que parecen tocar el cielo. Todo esto grita cuáles son nuestros dioses actuales.
El entretenimiento hoy ya no está solo en esos lugares físicos; ahora lo llevamos en el bolsillo. El celular se ha convertido en un templo portátil de entretenimiento: redes sociales, videojuegos, música, películas, memes, transmisiones en vivo. Cada vibración, cada notificación es una llamada al altar del entretenimiento. Y, lo más grave, es que hemos perdido la capacidad de detenernos, de reflexionar, de orar, de aburrirnos de manera creativa. Vivimos en una cultura donde siempre debemos estar consumiendo algo.
La Biblia no guarda silencio frente a esto. Pablo, escribiendo a los efesios, les dice: (Efesios 5:18). ¿Qué tiene que ver esto con el entretenimiento? Mucho. En la época romana, las fiestas dedicadas al dios Baco eran excesos de vino y diversión que servían para olvidar una vida sin propósito. Hoy el entretenimiento juega un papel muy parecido: nos embriaga para que no pensemos en lo eterno. Pero Pablo nos dice que el camino no es vivir embriagados de entretenimiento, sino vivir llenos del Espíritu Santo.
Aquí quiero ser claro: el entretenimiento en sí mismo no es malo. Dios nos dio la capacidad de disfrutar, de reír, de descansar, de pasar buenos momentos con amigos, de disfrutar un deporte, una película, unas vacaciones. Pero cuando esto se convierte en lo más importante, cuando ocupa el trono de nuestra vida, se convierte en un ídolo. Y como todo ídolo, nunca cumple lo que promete.
Pensemos un poco en cómo funciona: cada vez que recibimos un “like”, cada vez que terminamos un capítulo de nuestra serie favorita, cada vez que pasamos al siguiente nivel en un videojuego, nuestro cerebro recibe una dosis de dopamina, la hormona del placer. Pero esa dosis se acaba rápido, y entonces necesitamos otra y otra y otra. Es un círculo vicioso. Y al final, cuando apagamos la pantalla, muchas veces nos invade la culpa: “perdí todo este tiempo y sigo vacío”.
El entretenimiento promete hacernos felices, pero lo único que hace es darnos momentos pasajeros de distracción, mientras nos roba horas de vida real, nos desconecta de las personas que tenemos al lado y nos aleja de Dios.
Jóvenes, no podemos vivir entretenidos hasta la muerte. Necesitamos vivir con propósito. Jesús dijo: (Mateo 6:33). Ese es el orden correcto. Cuando ponemos a Dios en el centro, el entretenimiento puede tener su lugar como un descanso, pero no como el sentido de la vida.
Permítanme hacerles algunas preguntas prácticas:
¿Qué es lo primero que hacemos cuando nos levantamos? ¿Abrir la Biblia o abrir Instagram?
¿Cuántas horas al día inviertimos en entretenimiento y cuántas inviertios en las cosas del Señor?
¿Qué ocupa tu mente cuando estás solo? ¿La voz de Dios o el ruido de las redes sociales?
No estoy diciendo que abandonemos toda diversión. Sería absurdo. Pero sí debemos aprender a poner el entretenimiento en su lugar. No podemos dejar que sea un dios que define nuestra identidad. Porque, ¿saben qué pasa cuando lo es? Nos volvemos esclavos de lo inmediato, adictos a recompensas pasajeras, incapaces de disfrutar lo eterno.
El apóstol Pedro lo expresó así: (1 Pedro 2:11). Los deseos inmediatos —como el entretenimiento desmedido— batallan contra nuestra alma porque nos desenfocan del propósito eterno.
Jesús nos ofrece algo mejor: el gozo verdadero. Ese gozo no depende de pantallas, ni de aplausos, ni de “likes”, ni de adrenalina. Ese gozo fluye de una vida llena del Espíritu, de caminar con un propósito, de saber que estamos en las manos del Dios que nos creó y nos dio un destino eterno.
Así que jóvenes, examinen sus vidas. Pregúntense: ¿estoy viviendo distraído, entretenido superficialmente, o estoy viviendo enfocado en lo que realmente importa? No se conformen con imitaciones baratas. Cristo les ofrece el gozo pleno. Él es el único que puede llenar ese vacío que el entretenimiento nunca logra llenar.
El Ídolo del Dinero
El Ídolo del Dinero
El segundo ídolo del que quiero hablarles es uno de los más antiguos y, a la vez, más modernos: el dinero.
Jesús fue muy directo al respecto: (Mateo 6:24). Y en el original, Jesús usó la palabra Mamón, personificando al dinero como si fuera un dios rival. ¡Y vaya que lo es! Mamón exige adoración, pide sacrificios y quiere tu vida entera.
Vivimos en un mundo donde el dinero mueve absolutamente todo. Los rascacielos de las grandes ciudades son templos modernos dedicados a las finanzas. Las conversaciones de la gente giran en torno a cuánto ganan, cuánto tienen, qué pueden comprar. Tanto ricos como pobres están atrapados en la misma trampa: creer que el dinero es la clave para la felicidad y la seguridad.
Pero ¿qué nos dice la Biblia? Pablo advierte en 1 Timoteo 6:10. Noten bien: no es el dinero en sí mismo, sino el amor al dinero, convertirlo en un fin absoluto, lo que destruye la vida.
El problema con el dinero es que nunca es suficiente. Siempre queremos “un poco más”. El periodista una vez le preguntó al millonario Rockefeller: “¿Cuánto dinero es suficiente para usted?” Y él respondió: “Solo un poco más”. Esa es la lógica de Mamón: nunca tendrás suficiente. Siempre habrá alguien con más que tú, siempre habrá un gasto nuevo, siempre sentirás que te falta.
El dinero promete seguridad, pero lo que entrega es ansiedad. Promete libertad, pero lo que da es esclavitud. Promete valor, pero en realidad te quita dignidad, porque empiezas a creer que vales lo que tienes. ¿Cuántas veces hemos escuchado frases como: “tanto tienes, tanto vales”? Ese es el engaño de Mamón.
Y este ídolo es tan fuerte que incluso ha llevado a muchos a sacrificar lo más valioso:
Familias que se han destruido por peleas de herencias.
Jóvenes que han vendido sus principios con tal de ganar dinero rápido.
Personas que han puesto en riesgo su salud física y emocional, esclavizados por trabajos que no les dejan vivir.
Iglesias que han dejado de predicar la verdad para buscar popularidad y beneficios económicos.
La historia de Esaú es un ejemplo claro: vendió su primogenitura por un plato de lentejas (Génesis 25:29-34). Por hambre momentánea perdió una bendición eterna. Así hace Mamón: te convence de cambiar lo eterno por lo inmediato, lo valioso por lo pasajero.
Jesús también nos dio una advertencia muy seria: (Mateo 16:26). Esa es la gran pregunta que debemos hacernos hoy. Puedes tener dinero, propiedades, lujos… pero si pierdes tu alma, lo pierdes todo.
Ahora, quiero ser claro: la Biblia no dice que ser rico sea pecado. Abraham, Job, David, eran hombres bendecidos con riquezas. El problema está cuando el dinero ocupa el lugar de Dios en tu corazón. El dinero es un buen siervo, pero un terrible amo.
¿cómo podemos detectar si el dinero se está convirtiendo en nuestro ídolo? Aquí algunas señales:
Cuando nuestras decisiones principales giran solo en torno a cuánto cuesta y no a si agrada a Dios.
Cuando damos con dolor, pero gastamos con facilidad en nosotros mismos.
Cuando pensamos que si tuviéramos más dinero, seríamos más felices, más seguros, más valiosos.
Cuando sacrificamos nuestra integridad, tiempo con Dios o con la familia por ganar más.
Frente a este ídolo, Jesús nos muestra otro camino: la generosidad. Él, teniendo toda la riqueza del cielo, la entregó por amor a nosotros (2 Corintios 8:9). Y nos enseña que la verdadera bendición no está en acumular, sino en dar. (Hechos 20:35).
Quiero desafiarte, a que examines tu relación con el dinero. ¿Lo ves como un medio para glorificar a Dios y servir a otros, o como un fin en sí mismo? ¿Eres generoso, o estás atrapado en la codicia? Recuerda que Jesús dijo: (Mateo 6:21).
Si tu tesoro está en cosas materiales, tu corazón se quedará atrapado en lo pasajero. Pero si tu tesoro está en el cielo, vivirás con una perspectiva eterna que ni la inflación, ni la crisis, ni la pobreza, ni la abundancia podrán robar.
El ídolo del dinero esclaviza. Cristo libera. Mamón nunca está satisfecho. Jesús ya lo dio todo. Mamón promete y defrauda. Jesús promete y cumple.
Así que, no permitan que este ídolo los atrape. Pongan sus finanzas, sus sueños, sus recursos en las manos de Dios. Aprendan a vivir contentos con lo que tienen, agradecidos en toda situación, generosos en todo tiempo. Porque la verdadera riqueza no está en el banco, sino en Cristo.
El Ídolo de las Ideologías
El Ídolo de las Ideologías
El tercer ídolo que debemos desenmascarar es quizás el más sutil y peligroso: las ideologías.
¿Qué son las ideologías? Son sistemas de pensamiento, teorías sociales, políticas o filosóficas que pretenden explicar la realidad y ofrecer soluciones a los problemas del mundo. A primera vista parecen inofensivas, incluso atractivas, porque prometen justicia, igualdad, libertad, identidad. Pero cuando se convierten en absolutos, se transforman en ídolos que ocupan el lugar de Dios.
En el libro de Hechos, capítulo 17, encontramos al apóstol Pablo en Atenas, en medio del areópago, rodeado de filósofos epicúreos y estoicos. Y les dijo: (Hechos 17:22). Pablo estaba frente a una sociedad saturada de ídolos y de ideologías. Había estatuas dedicadas a cientos de dioses y escuelas de pensamiento que buscaban dar sentido a la vida. Los epicúreos decían que el placer era el fin supremo; los estoicos, que lo era la virtud; y la diosa Atenea, símbolo de sabiduría, presidía la ciudad. Cada uno con su propuesta de salvación.
¿Les suena conocido? Hoy no tenemos epicúreos ni estoicos en la plaza pública, pero sí tenemos ideologías que llenan nuestras redes sociales, universidades, partidos políticos y conversaciones. Cada una promete ser la clave para entender la vida y cambiar el mundo. Algunas se disfrazan de espiritualidad, otras de progreso, otras de tradición. Pero todas tienen algo en común: cuando se absolutizan, nos dividen, nos deshumanizan y nos roban la libertad de pensar y amar.
El gran problema de las ideologías es que ponen las ideas por encima de las personas. Uno ya no ve al prójimo como un ser humano hecho a la imagen de Dios, sino como un aliado o un enemigo de mi causa. Y en nombre de las ideologías se han cometido algunos de los peores crímenes de la historia: revoluciones sangrientas, genocidios, guerras, persecuciones. ¿Por qué? Porque cuando adoramos una idea, sacrificamos lo más valioso: la dignidad del ser humano.
La Biblia nos advierte contra esto. Pablo escribe a los colosenses: (Colosenses 2:8). Es decir, todo pensamiento que se coloca por encima de Cristo termina siendo un engaño.
Ahora, quiero ser justo. No todas las ideologías son malas en sí mismas. Algunas surgen de un deseo legítimo de justicia, de libertad, de paz. El problema es cuando esas ideas reemplazan el lugar de Dios en nuestra vida. Cuando creemos que una corriente política o social es la salvación del mundo, cuando ponemos más fe en un partido que en el evangelio, cuando peleamos con más pasión por defender una postura ideológica que por compartir a Cristo.
Y este es un peligro real. Hoy vivimos en una sociedad polarizada, donde parece que tienes que escoger un bando y odiar al otro. Izquierda contra derecha, conservadores contra progresistas, “ellos” contra “nosotros”. Y tristemente, muchos cristianos caen en la trampa de definir su identidad más por su ideología que por su fe en Jesús.
Pero déjenme recordarles algo: nuestra identidad no está en un “ismo”. Está en Cristo. El evangelio no es “cristianismo + algo”. Es Cristo y nada más. C.S. Lewis llamó a esto “mero cristianismo”: la fe en Jesús sin adornos ideológicos.
Pensemos en Jesús. En su tiempo también había ideologías. Estaban los fariseos, los saduceos, los esenios, los herodianos, los celotes… Cada grupo con su plan para salvar a Israel. Pero Jesús no se casó con ninguno de ellos. Él vino a anunciar el Reino de Dios, un reino que no es de este mundo, un reino que trasciende las ideologías humanas.
Por eso, jóvenes, tengan cuidado. No permitan que una ideología les robe la pasión por Cristo. No dejen que una idea los haga despreciar al prójimo. No permitan que un partido político defina más su vida que la Palabra de Dios. Porque al final, cuando la ideología se convierte en tu ídolo, terminas siendo esclavo de ella, incapaz de pensar libremente, incapaz de amar genuinamente.
El Reino de Dios no es una ideología. Pablo lo dijo claramente: (Romanos 14:17). Eso significa que el Reino no se trata de discusiones de bandos, sino de vivir en justicia, en paz y en gozo bajo la guía del Espíritu Santo.
Déjenme darles un ejemplo práctico. Quizás en tu colegio o universidad hay grupos que te presionan a alinearte con ciertas posturas políticas o sociales. Si no piensas como ellos, te excluyen o te critican. Y puede que te sientas tentado a pensar: “Si quiero pertenecer, debo creer y decir lo mismo que ellos”. Pero ahí es cuando debes recordar que tu identidad no depende de ninguna ideología, sino de Cristo.
Jesús es la verdad encarnada. Él no vino a demandar que pongamos la razón por encima del amor, sino que nos mostró que el amor es la razón. En Él se unen gracia y verdad, misericordia y justicia. Y en su mesa cabemos todos los que le seguimos, no porque pensemos igual en todo, sino porque lo tenemos a Él como Señor.
Así que, jóvenes, les pregunto: ¿han dejado que una ideología defina más su identidad que Cristo? ¿Han sentido más pasión discutiendo de política en redes sociales que compartiendo el evangelio? ¿Han despreciado a alguien solo por pensar distinto? Si la respuesta es sí, es hora de derribar ese ídolo.
La iglesia no es un partido político, es la familia de Dios. Nuestra lealtad no es a una ideología, es a Cristo. Y solo cuando entendemos esto podemos vivir en unidad, a pesar de nuestras diferencias.
Recuerden lo que Jesús dijo: (Juan 13:35). El amor es la señal, no la ideología. El amor es la marca de un discípulo, no el partido en el que milita.
Jóvenes, no entreguen su corazón a los ídolos de las ideologías. Pónganlo en Cristo, el único Señor.
El Ídolo del Sexo
El Ídolo del Sexo
El otro ídolo que quiero poner frente a ustedes es uno de los más poderosos y destructivos de nuestra generación: el sexo.
Vivimos en una sociedad hipersexualizada. La sexualidad lo impregna todo: la publicidad, la música, las redes sociales, las series, las películas, la moda. Nos han hecho creer que nuestra identidad se reduce a nuestra orientación sexual, a nuestras prácticas, a nuestros deseos. Hoy se nos dice: “Eres tu sexualidad”. Pero eso es una mentira. Tú no eres tu sexualidad; tú eres un ser humano creado a imagen de Dios.
En la antigüedad, la sexualidad también fue idolatrada. En Corinto, por ejemplo, había templos dedicados a Afrodita, donde cientos de sacerdotisas practicaban la prostitución sagrada. El sexo se convirtió en religión. Y lo mismo pasa hoy, aunque con otros nombres. El sexo se ha convertido en un dios moderno que promete placer, conexión, libertad, pero que en realidad produce dolor, heridas y esclavitud.
La Biblia es clara al respecto. Pablo escribe a los tesalonicenses: (1 Tesalonicenses 4:3). La palabra griega aquí es porneia, de donde viene nuestro término pornografía. Se refiere a toda práctica sexual que se desvía del propósito de Dios y nos deshumaniza.
Quiero que lo pensemos juntos: la sexualidad es un don de Dios. Dios mismo la diseñó para ser disfrutada dentro del matrimonio entre un hombre y una mujer. El libro de Cantar de los Cantares es una oda hermosa al amor romántico y erótico en su contexto correcto. Pero cuando el sexo se convierte en un ídolo, deja de ser una bendición y se convierte en una fuente de frustración, adicción y destrucción.
¿Cuántos jóvenes hoy están atrapados en la pornografía? ¿Cuántos han creído la mentira de que el sexo casual les dará felicidad, cuando en realidad los deja vacíos? ¿Cuántos han sido heridos en relaciones rotas porque buscaron en el sexo lo que solo Cristo podía darles?
El sexo como ídolo nunca cumple lo que promete. Promete conexión, pero deja soledad. Promete placer, pero deja vacío. Promete amor, pero produce culpa y vergüenza. Es como un fuego fuera de control: en la chimenea da calor, pero en medio de la sala destruye todo a su paso.
La comparación que hace Pablo en 1 Corintios 6:12- 13 es muy interesante.
En otras palabras, la sexualidad es buena, pero no debe dominarnos. El verdadero Señor de nuestro cuerpo no puede ser un apetito físico, sino Cristo. Cuando el sexo se convierte en el centro de nuestra vida, distorsiona la imagen de Dios en nosotros.
Y jóvenes, no podemos ignorar la realidad: vivimos rodeados de una cultura que glorifica la sexualidad sin límites. La pornografía está a un clic de distancia. La prostitución es un negocio multimillonario. Las canciones que escuchamos normalizan la promiscuidad. Todo esto genera adicciones, vacíos emocionales y heridas profundas.
Pero Dios tiene un propósito mucho más alto para la sexualidad. El sexo no es un fin en sí mismo, sino un símbolo que apunta a algo mayor: la unión íntima y eterna entre Cristo y su iglesia. Por eso Pablo compara el matrimonio con el misterio de Cristo y la iglesia (Efesios 5:31-32). En otras palabras, la sexualidad fue creada para señalar hacia una realidad más grande: el amor eterno de Dios por nosotros.
El problema de nuestra cultura es que ha reducido el sexo a placer momentáneo. Pero lo que realmente anhelamos en el fondo no es solo placer, sino conexión. Queremos ser conocidos y amados tal como somos. Queremos volver al Edén, donde Adán y Eva estaban desnudos y no se avergonzaban (Génesis 2:25). Pero el pecado distorsionó esa pureza, y ahora la vergüenza y la culpa marcan nuestras relaciones.
Jóvenes, muchos de ustedes quizás ya han sido heridos en esta área. Quizás han caído en adicciones, quizás han sentido la presión de un mundo que los bombardea con erotismo, quizás han sufrido abusos o han tomado decisiones equivocadas. Déjenme decirles algo con todo el amor pastoral de mi corazón: Jesús puede sanar sus heridas.
Cristo nos ofrece perdón, restauración y un nuevo comienzo. Él no vino a condenarnos, sino a salvarnos. Él nos llama a vivir una sexualidad redimida, donde no somos esclavos de los deseos, sino libres para amar de verdad. Porque el amor verdadero no busca usar al otro, sino entregarse por el otro. Jesús lo dijo: (Juan 15:13). Ese es el verdadero amor: dar la vida, no usar al otro para mi placer.
Así que, jóvenes, no permitan que el sexo sea su ídolo. No se dejen engañar por la cultura que dice “amor es amor”, como si cualquier deseo fuera válido. El verdadero amor es santo, puro y eterno. El verdadero amor está en Cristo, y Él nos enseña a amar como Él nos amó.
Si han caído, levántense en el perdón de Dios. Si están luchando, busquen ayuda y apoyo en hermanos maduros en la fe. Si aún no han caído, cuiden su corazón y su cuerpo, porque son templo del Espíritu Santo (1 Corintios 6:19).
La voluntad de Dios es su santificación. Y la santidad no es represión, sino libertad verdadera. Es vivir de acuerdo al diseño de Dios, disfrutando la sexualidad en el marco correcto, como bendición y no como esclavitud.
El Ídolo del Ego
El Ídolo del Ego
Hemos hablado de ídolos externos como el entretenimiento, el dinero, las ideologías y el sexo. Pero ahora llegamos al ídolo más profundo, el más escondido, el más difícil de reconocer: el ego, el yo.
Desde el principio de la historia, el pecado humano tuvo esta raíz: querer ocupar el lugar de Dios. En Génesis 3, la serpiente tentó a Eva diciendo: “Seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal” (v. 5). Ese es el origen de todo: el deseo de ser nuestro propio señor, de no depender de nadie, de ser los protagonistas absolutos.
Y esa tentación sigue viva hoy. Vivimos en la era del narcisismo. Redes sociales que giran en torno a “mí”: mis fotos, mis logros, mis opiniones. Una cultura que nos dice: “haz lo que quieras”, “sigue tu corazón”, “tú eres tu propia verdad”. Nos hemos sentado en el trono de nuestras vidas y hemos desplazado a Dios.
Pero, ¿qué produce este ídolo? El ego nos exige cada vez más. Nos vuelve hipersensibles: cualquier crítica se convierte en una amenaza porque hiere a nuestro “dios interior”. Nos vuelve competitivos: vivimos comparándonos con los demás para sentirnos superiores. Nos vuelve solitarios: porque en el fondo, nadie puede amar de verdad a alguien que solo se ama a sí mismo.
Un ejemplo bíblico claro es Nabucodonosor. El rey de Babilonia dijo: Daniel 4:30. Y mientras esas palabras salían de su boca, Dios lo humilló, quitándole el reino y dejándolo como un animal en el campo. ¿Por qué? Porque su ego lo había consumido.
El ego es el último ídolo porque incluso cuando derribamos otros, queda en pie el yo que quiere seguir controlando todo. Y jóvenes, quiero decirles algo con franqueza: servir al ego nunca los hará felices. ¿Por qué? Porque ustedes y yo no fuimos creados para adorarnos a nosotros mismos, sino para adorar a Dios.
Pablo lo entendió y escribió en Gálatas 2:20. Esa es la clave. El yo debe morir en la cruz para que Cristo viva en nosotros.
Jesús mismo nos dio el ejemplo. Él, siendo Dios, no vino a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos (Marcos 10:45). Él, que tenía todo el derecho de poner su ego en el centro, lo negó para salvarnos. Y nos llama a seguirle de la misma manera (Lucas 9:23).
Jóvenes, el ego es un ídolo engañoso porque nos hace creer que somos libres, cuando en realidad somos esclavos de nosotros mismos. Pero Cristo nos invita a morir al yo para vivir de verdad. Porque solo cuando dejamos de vivir para nosotros mismos, comenzamos a vivir para Dios y para amar a los demás.
Conclusión Final
Conclusión Final
Después de todo este recorrido, quiero que recuerden algo: el corazón humano es una fábrica de ídolos. Entretenimiento, dinero, ideologías, sexo, ego… todos prometen lo que no pueden cumplir. Todos demandan sacrificios y nunca se satisfacen. Todos esclavizan, todos destruyen, todos nos alejan de Dios.
Pero hay uno que rompe con la lógica de los ídolos: Jesucristo. Él no vino a exigir, sino a entregar. No vino a esclavizar, sino a liberar. No vino a engañar con promesas vacías, sino a cumplir con promesas eternas. En la cruz, Jesús venció a los ídolos, se entregó por nosotros y abrió el camino hacia la verdadera libertad.
Por eso la confesión más radical de la iglesia primitiva era esta: “Jesús es el Señor”. En un mundo lleno de ídolos, decir que Jesús es el único Señor era un acto de valentía, de fe, de resistencia. Y esa sigue siendo la confesión que debemos hacer nosotros hoy.
Jóvenes, quiero terminar con un desafío: examinen su corazón. Pregúntense con honestidad:
¿He hecho del entretenimiento mi refugio?
¿He puesto mi seguridad en el dinero?
¿He defendido ideologías con más pasión que a Cristo?
¿He buscado en el sexo la plenitud que solo Dios puede dar?
¿He puesto mi ego en el trono que solo le corresponde a Jesús?
Si la respuesta es sí, no se desanimen. Hoy es un día de gracia. Hoy Jesús les dice: “Ven a mí, entrégame tus ídolos, entrégame tu corazón, y yo te daré verdadera libertad”.
El Señor quiere ser tu identidad, tu alegría, tu propósito, tu plenitud. No necesitas vivir esclavo de los falsos dioses de este mundo. Puedes vivir libre en Cristo, lleno de su Espíritu, enfocado en lo que realmente importa: amar a Dios con todo tu corazón y amar a tu prójimo como a ti mismo.
Así que, jóvenes, hoy les invito a declarar con fe: “Jesús es mi Señor”. Que ningún ídolo robe ese lugar. Que ninguna distracción les impida vivir para Él. Porque solo en Cristo encontramos lo que nuestro corazón anhela: vida abundante hoy y vida eterna mañana.
